CAPÍTULO 17
El murmullo de las voces en el gran salón se apaga en cuanto mis botas golpean el primer peldaño de la escalera de piedra.
Bajo con lentitud y siento el peso de la túnica sobre los hombros y el ligero escozor de la herida en mi costado.
Mis dedos, envueltos en el cuero negro, rozan la barandilla fría.
Busco una mesa apartada, lejos del calor de la chimenea que Mairi alimenta como si estuviéramos en mitad de una ventisca. Sin embargo, antes de elegir mi rincón, la veo.
Bryndal está sentada cerca del hogar, compartiendo un banco con un anciano del pueblo que gesticulula con entusiasmo. Ella no habla mucho; se limita a escuchar con la espalda recta. El fuego proyecta sombras anaranjadas sobre su rostro y resalta la quietud de sus ojos.
—El señor Blackthorn nos ha dado lo que necesitábamos para reconstruir el granero antes de las heladas —escucho decir al anciano—. Nunca nos ha faltado el grano, incluso cuando las cosechas fueron pobres hace tres inviernos.
Bryndal asiente despacio, sin apartar la vista del hombre.
—Es un hombre que cumple con su palabra —responde, y su tono me obliga a detener mi avance a mitad del salón.
—Es un hombre que regresó de las sombras para cuidarnos —insiste el viejo, bajando la voz—. A veces parece que nos vigila más que nos protege, pero aquí nadie duerme con miedo.
Me tenso. Mis músculos se vuelven rígidos; una armadura interna que me impide respirar con normalidad.
No quiero escuchar más. No quiero que ella recoja esos pedazos de mi historia que los aldeanos sueltan con ligereza.
Doy un paso hacia la mesa más alejada, aunque Bryndal levanta la cabeza en ese instante. Sus ojos se clavan en los míos.
No hay lástima en su mirada. Solo una aceptación silenciosa que me resulta difícil de combatir.
—Aldric —me llama. El anciano se calla de inmediato y se pone en pie para hacerme una reverencia que ignoro con un gesto seco.
—Bryndal —replico, obligándome a acercarme. Cada paso hacia el fuego se siente como una invasión—. Ya es tarde para que sigáis aquí. El frío se está filtrando por las piedras de la entrada.
—El fuego es suficiente, mi señor —interviene Mairi, apareciendo desde las cocinas con una jarra de cerveza que deposita frente a mí—. Y a la señora le gusta escuchar las historias del valle. Dice que ayudan a conocer el alma del castillo.
—El alma de este castillo son sus muros —suelto, sentándome en el banco frente a Bryndal, aunque manteniendo una distancia de seguridad—. No hay nada más que saber.
Mairi suelta un resoplido y se aleja, dejándome a solas con Bryndal. El silencio se instala entre nosotros, solo roto por el crujido de un tronco que se desmorona.
«Vete. Levántate y vete antes de que las palabras lo estropeen todo».
No me muevo. Me quedo mirando la jarra de madera y siento el calor del hogar golpeando mi costado. Bryndal me observa. Puedo sentir su mirada recorriendo mi frente, bajando por mi cuello, deteniéndose en mis manos enguantadas que aprieto sobre los muslos.
—¿Por qué no hacéis preguntas, Bryndal? —suelto de repente, y mi voz suena como un crujido en la noche.
Ella ladea un poco la cabeza.
—¿Sobre qué, Aldric?
—Sobre lo que dicen. Sobre por qué este castillo tiene más cadenas que tapices.
—Porque no necesito que me lo contéis —responde, y su voz es un susurro firme—. Las palabras a veces ocultan más de lo que muestran. Prefiero ver cómo actuáis.
—Actúo como un laird —replico, y el corazón me golpea con violencia.
—Un laird que se agacha para escuchar a una niña que llora. Un laird que no permite que sus aldeanos pasen hambre. Un laird que vigila una puerta abierta toda la noche —enumera, y cada palabra es un impacto contra mi pecho—. Eso no son solo deberes. Es otra cosa.
—Es supervivencia —la corto, poniéndome en pie con brusquedad—. He aprendido que si no cuidas lo que es tuyo, alguien vendrá y te lo quitará por la fuerza. Y yo no voy a permitir que me quiten nada nunca más.
Bryndal se levanta también, aunque no retrocede. Al contrario, rodea la mesa con pasos lentos, acortando la distancia hasta que su calor se funde con el del fuego que tengo a mi espalda. Siento la piedra caliente tras de mí, atrapado entre las brasas y ella.
—Nadie va a quitaros nada, Aldric —murmura, deteniéndose a menos de dos palmos.
Su cercanía es asfixiante. Puedo ver el pulso en su cuello y el brillo de las llamas en sus pupilas. Mis manos tiemblan bajo el cuero. Es una reacción física que no puedo controlar ante la inminencia de un contacto que me aterra.
—No os acerquéis tanto —le advierto, y mis pulmones arden—. Os lo dije. Cuando pierdo el control...
—No lo estáis perdiendo —insiste, alzando una mano.
La sigo con la vista, atento al movimiento de sus dedos hacia mi brazo. Mi mente ordena que me aparte, que huya hacia la sala oscura. Pero mis pies se han convertido en piedra.
Ella posa la mano sobre mi antebrazo, justo encima del cuero del guante.
El contacto es mínimo, aunque el efecto es devastador.
Siento una descarga que me recorre el brazo y se instala en la nuca.
Mis músculos se contraen y mis dedos se cierran en un puño tan apretado que las costuras del cuero protestan.
Mi respiración se vuelve un silbido entrecortado.
—Soltadme —suelto, aunque la palabra sale sin fuerza, ahogada por la tensión.
Bryndal no me suelta. Al contrario, desliza sus dedos un milímetro hacia arriba, rozando la tela de mi manga. Sostiene la mirada.
—¿Veis? —susurra—. Seguís aquí. No ha pasado nada. No me habéis herido.
—Todavía no —replico, y la mandíbula me duele por el esfuerzo—. No sabéis lo que hacéis. Mi cuerpo... no distingue entre una caricia y un golpe. Todo es amenaza.
—Entonces dejad que aprenda la diferencia —responde, y su voz tiembla ligeramente.
Me obligo a reaccionar. Agarro su muñeca con mi otra mano, con una rapidez que la hace jadear.
La presión de mis dedos enguantados sobre su piel es excesiva; puedo sentir sus huesos bajo mi palma.
La aparto de mi brazo con un movimiento seco, aunque no la suelto.
La mantengo a distancia mientras trato de recuperar el ritmo de mi corazón.
—Mirad lo que habéis hecho —le digo, señalando su muñeca donde mi guante aprieta—. Si sigo apretando, os romperé. Si me dejo llevar por el instinto de apartaros, podríais acabar en el suelo. Eso es lo que soy.
Bryndal mira su muñeca atrapada en mi mano negra y luego vuelve a mirarme. No hay miedo en su rostro. Solo una determinación que me resulta insoportable.
—Pero no estáis apretando más —observa—. Me sujetáis, aunque no me hacéis daño. Tenéis el control, Aldric. Siempre lo habéis tenido.
Suelto su muñeca como si quemara. Retrocedo dos pasos hasta chocar con el borde de la chimenea. El calor de las brasas me muerde la espalda, aunque el frío que siento por dentro es peor. Ella se queda allí, frotándose suavemente la piel donde mis dedos dejaron su huella.
—Idos a dormir, Bryndal —le ordeno, y mi voz es un latigazo—. No volváis a intentar esto. Nunca.
—¿Por qué? ¿Porque tenéis miedo de descubrir que podéis ser algo más que un arma? —pregunta, y sus palabras atraviesan mi blindaje.
—Porque no quiero que seáis vos quien pague el precio de mi aprendizaje —replico, dándole la espalda para ocultar el temblor de mis manos—. Ahora, marchaos.
Escucho sus pasos alejándose lentamente hacia la escalera. Cada golpe de sus pies contra la piedra me indica que ella ha avanzado hoy un espacio que yo no sé cómo recuperar. Me quedo solo frente al fuego con los pulmones ardiendo.
«Ella no se va. Ella se queda, incluso cuando le muestro lo peor de mí».
Me siento en el banco, exhausto. Mis manos, todavía envueltas en el cuero, descansan sobre mis rodillas. El contacto de sus dedos sigue quemando mi antebrazo; una marca invisible.
Mairi aparece en el umbral de las cocinas, observándome en silencio. No necesito sus gestos de complicidad. Sé lo que ha pasado. Sé que Bryndal ha tocado algo que yo creía enterrado bajo capas de desconfianza.
Me levanto y subo a mi alcoba, evitando mirar hacia su puerta. Entro en mi habitación y cierro tras de mí, aunque no giro la llave. Me quedo apoyado contra la madera, escuchando el latido de mi propio corazón.
Saco la daga de mi cinto y la dejo sobre la mesa de noche. Los reflejos metálicos me devuelven la imagen de un hombre que ya no se reconoce.
«Dejad que aprenda la diferencia».
Me dejo caer en la cama, completamente vestido, con la mirada fija en el techo.
No voy a dormir. No puedo permitirme el lujo de bajar la guardia mientras ella esté bajo este techo.
Porque el peligro ya no está fuera. El peligro está aquí, en este castillo que se ha vuelto demasiado pequeño para dos personas que no saben cómo estar juntas sin destruirse.