EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El aire del patio golpea mis pulmones con una frialdad que agradezco.

El cielo de Escocia se despliega sobre el castillo Blackthorn como una mortaja de nubes cenicientas, prometiendo una lluvia que no termina de romper.

Camino con las botas resonando sobre la piedra irregular, buscando la distancia que el desayuno me ha arrebatado.

Mis manos, envueltas en el cuero negro que nunca me quito, se cierran en puños al costado de mis muslos.

«Demasiado cerca. Ella siempre está demasiado cerca».

Me detengo junto a la forja, donde el calor del fuego lucha contra la humedad. Observo el metal incandescente. Mi cuerpo conserva la memoria del roce de su vestido verde contra mi pierna en el salón. Es una intrusión que mis instintos no saben cómo catalogar sin recurrir a la huida.

—Mi señor —saluda el herrero, deteniendo el golpe del martillo—. Los caballos de la patrulla están listos. He reforzado las herraduras para el hielo.

—Bien —respondo, y mi voz sale más áspera de lo que pretendo—. Que los preparen. Saldremos antes del mediodía.

—¿Vais a salir vos mismo, señor? —pregunta el hombre, limpiándose el sudor—. El cielo no tiene buena cara.

—El cielo nunca tiene buena cara en estas tierras, Geordie —replico, girando sobre mis talones para evitar la conversación—. Haced vuestro trabajo.

Me alejo hacia la aldea que bordea la muralla sur. Allí, las casas de piedra se agrupan buscando la protección de la fortaleza. Veo a los aldeanos moverse con la calma de quienes confían en que el muro no se desmoronará. Entonces la veo a ella.

Bryndal está sentada en un banco de madera frente a una de las chozas.

No lleva la capa. Tiene a un niño pequeño en brazos que llora con la cara roja de esfuerzo.

Ella le acaricia la cabeza con una mano pálida y le murmura algo que el viento se lleva.

Me quedo inmóvil bajo la sombra de un arco.

La imagen me golpea con una fuerza que no entiendo.

Bryndal sonríe al niño y el pequeño deja de llorar; se apoya en su pecho con una confianza que me resulta ajena.

«No tiene miedo. Ninguno de los dos tiene miedo».

Me obligo a avanzar. Mis botas crujen sobre la tierra húmeda. Ella levanta la vista y me encuentra. No se sorprende ni se levanta con prisa.

—Aldric —dice, y su voz es una nota cálida—. Mirad a este pequeño. Se ha raspado las rodillas corriendo tras los perros.

Me detengo a dos pasos de distancia. El espacio entre nosotros es una frontera que ella ignora.

—Debería estar con su madre —suelto, manteniendo los brazos rígidos—. El patio no es lugar para juegos cuando los caballos están sueltos.

—Su madre está ayudando en el molino —responde Bryndal, acomodando al niño en su regazo—. Y los caballos están bien sujetos en las cuadras, mi señor. Lo sabéis mejor que nadie.

El niño me mira con ojos redondos. Estira una mano pequeña hacia mi jubón. Me tenso al instante y retrocedo con rapidez.

—No —mi voz suena demasiado fuerte—. Que no me toque.

Bryndal frunce el ceño ligeramente. Baja la mano del niño, aunque no retira su mirada de la mía.

—Solo tiene curiosidad por las hebillas, Aldric —murmura—. No os va a romper.

—Él no —respondo, y mis dedos buscan la empuñadura de la daga—. Pero mis manos no son para niños. No son para nada frágil.

Ella se levanta lentamente y deja al niño en el suelo. El pequeño corre hacia una mujer que se acerca, aunque Bryndal no lo sigue con la vista. Camina hacia mí, reduciendo la distancia hasta que huelo la lavanda de su piel.

—Todo lo que veo aquí es frágil en comparación con vos, Aldric —dice, deteniéndose donde el calor de su cuerpo desafía al mío—. Las piedras, el niño, yo misma. Pero no veo a nadie huyendo, salvo a vos.

—Porque soy el único que sabe lo que hay detrás de esta piel —replico, y mi respiración choca contra su frente—. Me pedís que me quede, que me siente a vuestra mesa. Pero cuando pierdo el control, Bryndal, alguien sangra.

Ella no parpadea. Sostiene la mirada. El silencio se extiende, denso como la niebla que baja de las montañas.

—Entonces aprended a no perderlo —suelta—. O aprended que no todo contacto tiene que ser un golpe.

—No habléis de lo que no entendéis —insisto, retrocediendo para recuperar el aire—. No sabéis nada de mis manos.

—Sé lo que dicen de vos en el pueblo —responde, señalando las casas—. Sé que protegeréis a estos aldeanos sin que nadie os lo pida. Eso también lo hacen vuestras manos, ¿verdad?

—Eso es deber —dije, y mi tono es una advertencia final—. No es otra cosa.

—Llamadlo como queráis —imita mis palabras con una sonrisa—. Pero un hombre que solo supiera destruir no se preocuparía por las rodillas raspadas de un niño.

Me doy la vuelta sin responder. No puedo. Cruzo el patio hacia las caballerizas con el corazón golpeando con una violencia que me ensordece.

«Ella no retrocede. Cada vez que le muestro los dientes, ella avanza un paso más».

Entro en la penumbra de las cuadras. El olor a paja seca me recibe. Me acerco a mi semental negro. El animal bufa, reconociendo mi agitación. Comienzo a revisar las cinchas con movimientos mecánicos. Aunque la imagen de Bryndal con el niño en brazos se superpone a las correas de cuero.

—Mi señor —la voz de Mairi me sobresalta. Está apoyada en la entrada—. Los hombres están esperando en la puerta principal.

—Ya voy —respondo sin mirarla, ajustando la hebilla con fuerza excesiva.

—¿Vais a huir de nuevo? —pregunta ella.

—No huyo, Mairi. Patrullo mis tierras. Es lo que hace un laird .

—Un laird también se ocupa de su esposa —señala, dando un paso hacia el interior—. Esa joven no ha venido aquí para ser una estatua en vuestro salón. Ha venido para estar con vos.

—Pues ha elegido mal el lugar —suelto, girándome finalmente—. Este castillo es solo piedra y sombras. No hay nada aquí para alguien como ella.

Mairi se acerca y me pone una mano en el brazo. Me tenso.

—Ella no ve las sombras, Aldric. Ve al hombre que las habita. Y ese hombre está aterrado de que ella decida quedarse.

—No me habléis más, Mairi —digo, apartando el brazo con brusquedad—. No hoy.

Salgo con el caballo de la mano. En la puerta principal, diez hombres montados me esperan bajo la lluvia. Me subo a la silla de un salto.

—¡En marcha! —ordeno, espoleando al animal.

Galopamos fuera del castillo. El viento me azota la cara.

Durante horas, solo somos el sonido de los cascos contra la tierra empapada.

Reviso los límites, los vados del río y las granjas.

No obstante, no puedo concentrarme. En cada sombra de los árboles veo la figura de Bryndal.

La grieta que se abrió cuando se enganchó a mi cuello se hace más profunda con cada respiración.

Regresamos al castillo cuando la luz desaparece tras las colinas. Estoy empapado; el frío se ha instalado en mis cicatrices. Entro en el patio y la veo. Bryndal está sentada cerca de la chimenea, con un libro en el regazo. Me ve entrar y se pone en pie.

—Estáis empapado —dice, acercándose con una manta gruesa.

—No es nada —respondo, tratando de pasar de largo, aunque ella se interpone.

Extiende la manta hacia mis hombros. Por un segundo, sus dedos rozan el cuero de mi manga. Me quedo helado. El contacto es mínimo, aunque suficiente para que mi respiración se detenga.

—Dejadme —suelto, y mi voz tiembla.

—Solo es una manta, Aldric —murmura, sosteniéndome la mirada—. No es una trampa.

Me deja la manta sobre los hombros y retrocede, dándome el espacio que exigí. Se queda allí, observándome mientras el agua gotea de mi pelo.

—Id a cambiaros —dice, y su tono es casi una orden—. No quiero que enferméis por vuestra propia terquedad.

No respondo. Subo las escaleras hacia mi habitación con las piernas pesadas. Me quito el jubón empapado y dejo que la manta caiga al suelo. Miro mis manos. Los guantes de cuero están oscuros por el agua, pegados a mi piel.

«Cuando pierdo el control, alguien sangra».

Me siento en el borde de la cama, escuchando el silencio.

Pero ya no es el silencio de antes. Ahora tiene el ritmo de una respiración que sé que se halla a pocos metros de distancia.

Me quedo allí, en la penumbra. La puerta sigue abierta.

Y por primera vez, no tengo la fuerza necesaria para levantarme y girar la llave.