CAPÍTULO 15
La claridad del alba se filtra por las rendijas de las contraventanas y dibuja líneas de un gris pálido sobre el suelo de piedra.
Me quedo inmóvil, con la espalda apoyada contra el muro, justo al lado del marco de la puerta de Bryndal.
No he pegado ojo en toda la noche. Mis dedos, todavía enfundados en el cuero de los guantes, se cierran en puños rítmicos para ahuyentar el frío.
El pasillo es un túnel de sombras largas donde el silencio solo lo interrumpe el eco lejano de algún sirviente.
Miro hacia el interior de la habitación. La puerta está abierta de par en par, tal como la dejé después de llevarla en brazos desde el rellano de la escalera. Bryndal descansa bajo las mantas de piel con el cabello castaño extendido sobre la almohada. Su respiración es profunda.
«Debería haberme ido hace horas».
Sin embargo, mis pies no obedecen. Me quedo allí, vigilando el umbral. Es la única forma que conozco de estar cerca sin que mis manos se conviertan en una amenaza. Si ella duerme, no hay riesgo. Si ella no me mira, no tengo que fingir que no noto cómo el aire se vuelve pesado cuando se acerca.
Un crujido suave en la madera me hace girar la cabeza.
Mairi aparece al final del corredor cargando un fardo de mantas.
Se detiene a unos pasos, observándome con esa mirada suya que parece ver a través del cuero.
No dice nada de inmediato; se limita a estudiar mi posición defensiva frente a la puerta abierta.
—Habéis dejado la puerta abierta, mi señor —murmura Mairi, bajando la voz.
—Es por su seguridad —respondo, y mi voz suena como el roce de dos piedras—. Si vuelve a levantarse dormida, no quiero que se encuentre con un muro de madera. Podría caerse.
Mairi da un paso más, acercándose lo suficiente para que pueda oler el aroma a lavanda y pan que siempre la acompaña. Se asoma un instante al interior de la alcoba y luego vuelve a fijar sus ojos en los míos.
—Nunca habéis dejado vuestra propia puerta abierta —señala con una calma que me irrita—. Ni siquiera en las noches de verano.
—Mis razones son mías, Mairi. No las vuestras.
—Solo cuando le importa —suelta casi como un suspiro—. Solo cuando tiene miedo de que algo se rompa, un hombre como vos deja de esconderse tras los pestillos.
—No tengo miedo de que ella se rompa. Tengo miedo de lo que yo pueda hacer si ella vuelve a buscarme en sueños —replico, apretando los dientes—. Ayer se enganchó a mi cuello. No pude apartarla sin ser brusco.
Mairi deja escapar una sonrisa mínima.
—Y, sin embargo, aquí estáis. En lugar de alejaros diez leguas, os habéis quedado a menos de tres pasos de su cama.
—Alguien tiene que vigilar.
—Quedaos —dice ella, dándome un golpecito en el antebrazo—. El castillo no va a caerse porque os sentéis a desayunar con ella por una vez.
La veo alejarse por el recodo del pasillo.
Vuelvo la vista hacia la cama. Bryndal se agita.
Sus párpados tiemblan y abre los ojos. Se queda mirando el dosel un momento, desorientada, hasta que gira la cabeza y me encuentra recortado contra la luz del pasillo.
No se asusta. Simplemente se incorpora, apoyándose en los codos, y me mira de frente.
—Buenos días, Aldric —dice, y su voz todavía tiene el rastro del sueño.
—La puerta estaba abierta —suelto de inmediato—. Os levantasteis anoche. Casi llegasteis a la escalera.
Ella frunce el ceño. Se pasa una mano por el cabello para apartar un mechón.
—¿Otra vez? —pregunta, con una nota de vergüenza en el tono—. Creía que eso solo me pasaba en casa de mi padre. Lo siento. No quería molestar vuestro descanso.
—No me habéis molestado —miento, ignorando la tensión de mis hombros—. Pero el suelo de piedra está frío. No deberíais caminar descalza.
Bryndal se sienta en el borde del colchón. Sus pies pálidos rozan las losas y yo me obligo a mirar hacia otro lado, hacia las armas que cuelgan del muro opuesto.
—Me habéis traído de vuelta, ¿verdad? —insiste, poniéndose en pie. Camina hacia mí con pasos lentos—. No recuerdo cómo he llegado a la cama. Solo recuerdo... calor.
—Os pesqué en el pasillo —respondo con brusquedad, dando un paso lateral para no quedar atrapado—. Estabais a punto de caer por la escalera.
Se detiene a un metro de mí.
—Mairi me ha dicho que no habéis dormido —observa, mirando las sombras bajo mis ojos.
—Mairi habla demasiado.
—Mairi dice la verdad. ¿Por qué os habéis quedado fuera, Aldric? Podríais haber cerrado la puerta.
—No voy a volver a usar esa llave —suelto, y la confesión me suena a rendición—. No quiero tener que derribarla si volvéis a salir hacia el vacío.
Bryndal asiente despacio. Sus ojos recorren mi rostro buscando algo que no estoy dispuesto a mostrar.
—¿Vais a desayunar conmigo? —pregunta de repente.
—Tengo asuntos en las cuadras. El herrero me espera.
—El herrero puede esperar media hora —replica ella, y hay una firmeza nueva en su voz—. Yo he esperado toda la noche a que el hombre que me salvó me diera los buenos días.
La miro, sorprendido por su audacia.
—No sé qué esperáis de mí, Bryndal —le digo, bajando el tono—. Ya os lo advertí. No soy un hombre de gestos suaves ni de charlas largas.
—No os he pedido suavidad —responde, dando un paso hacia delante—. Solo os he pedido que os sentéis a la mesa. Ni siquiera tenéis que hablar. Me conformo con que no huyáis del salón en cuanto entro.
Me tenso. Ella lo nota. Pero no retrocede.
—Está bien —gruño—. Pero solo media hora. Hay trabajo en la muralla norte antes del invierno.
—Media hora es más de lo que tenía ayer —dice con una sonrisa pequeña—. Id bajando. Me vestiré rápido.
Giro sobre mis talones y me alejo por el corredor sin mirar atrás. Mis manos sudan dentro de los guantes. Bajo las escaleras hacia el salón principal. El fuego ya arde en el hogar y la mesa está servida con pan y queso. Me siento en el extremo de la mesa larga y me quedo mirando las llamas.
«No es nada. Es solo una comida».
Aunque sé que no es verdad. Cada vez que permito que se acerque, el muro se resquebraja. Escucho sus pasos bajando la escalera. Bryndal entra en el salón luciendo un vestido de lana verde. Se acerca a la mesa y elige la silla que está justo a mi derecha, invadiendo mi espacio.
—Mairi ha preparado este queso especialmente para vos —dice, cortando una rebanada—. Dice que es vuestro favorito.
—Mairi debería dedicarse a limpiar. ¿Siempre sois tan persistente en vuestros deseos?
—Solo cuando merecen la pena —replica ella, mirándome de frente—. Mi padre decía que soy como la hiedra: si encuentro una piedra que me gusta, me agarro a ella hasta que formo parte de su superficie.
«Yo no soy una piedra que queráis decorar, Bryndal».
Comemos en un silencio cargado de tensión. Ella no me presiona con preguntas, simplemente está ahí. De repente, estira la mano sobre la mesa. No llega a tocarme, pero deja sus dedos a un palmo de los míos.
—Aldric —dice mi nombre, y el sonido me recorre la columna—. No tenéis que estar a la defensiva todo el tiempo. Aquí no hay nadie que quiera lastimaros.
—Eso es lo que vos creéis —respondo, apartando la mano con lentitud—. Pero el peligro no siempre viene de fuera. A veces, el peligro está en lo que uno lleva dentro.
—Yo no veo peligro en vos. Veo protección. Veo a un hombre que se queda toda la noche frente a una puerta para que una mujer no tropiece.
—Eso se llama vigilancia. No lo confundáis.
Bryndal se inclina un poco hacia mí. Su aroma me envuelve.
—Llamadlo como queráis. El resultado es el mismo. Os importa lo que me pase.
Me levanto de golpe, haciendo que la silla chirríe.
—La media hora ha pasado —suelto, tratando de recuperar mi máscara—. El herrero me espera.
—Aldric, esperad —dice, levantándose también.
No me detengo. Camino hacia la puerta, pero antes de salir, me giro un instante. Ella está allí, de pie junto a la mesa. Se ve fuera de lugar en este castillo oscuro.
—No os levantéis esta noche —le ordeno—. No salgáis de vuestra habitación.
—¿Y si lo hago? —pregunta—. ¿Vais a volver a cerrar la puerta con llave?
Me quedo en silencio. Siento el peso de la llave en mi bolsillo.
—No —respondo finalmente—. Pero no esperéis que esté allí para recogeros.
—Ya lo estáis, Aldric. Aunque no queráis admitirlo.
Salgo al patio con el corazón tronando. El aire frío me golpea la cara. Cruzo hacia las cuadras consciente de que Mairi me observa desde una ventana.
Me paso el resto del día trabajando hasta que mis músculos arden, buscando en el esfuerzo físico la paz.
Pero cada vez que cierro los ojos, veo a Bryndal despertando, mirándome con esa confianza absoluta.
Al caer la noche, regreso al castillo. Evito el salón y subo directamente.
Al pasar frente a la puerta de Bryndal, me detengo.
No hay luz debajo, pero escucho el roce de las sábanas.
Entro en mi habitación y me siento en la cama. Saco la llave del bolsillo y la dejo sobre la mesa de noche. No la uso. Dejo mi propia puerta abierta unos centímetros, lo justo para escuchar cualquier paso.
«Si cae, la recogeré. Solo una vez más».
Aunque sé que me miento. La recogeré todas las veces que haga falta, porque el miedo a que se rompa es más fuerte que el miedo a romperla yo mismo.
Permanezco en la penumbra, esperando el sonido de los pasos que sé que volverán a buscarme. Bryndal no huye de la oscuridad; camina hacia ella, y yo no tengo otra opción que ser la sombra que la reciba.