EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La madera de la puerta cruje bajo la presión de la llave. Es un sonido seco que retumba en el pasillo como un disparo. Es la segunda noche que la cierro por dentro, convencido de que un trozo de roble y un pestillo de hierro son suficientes para contener lo que no puedo controlar.

Me quedo de pie en la oscuridad de mi alcoba, escuchando el silencio de mi propio castillo.

No es un silencio vacío; es el peso de las piedras, el frío que se filtra por las cicatrices de mi espalda y el eco de las cadenas que, aunque ya no cuelgan de mis muñecas, siguen marcando mi pulso.

Mi respiración es lo único que rompe la quietud: pesada, marcada por un ritmo que mi cuerpo solo reconoce cuando las sombras se vuelven densas.

«No puede entrar. No esta vez».

Me siento en el borde de la cama. Apoyo las manos en las rodillas y aprieto los dedos hasta que los nudillos protestan bajo el cuero de los guantes. No me los quito. Nunca lo hago hasta que la oscuridad es total. Aunque Bryndal no usa la fuerza. Ese es el problema.

Un roce suave llega desde el otro lado de la madera.

Pasos. Tan ligeros que cualquier otro hombre los confundiría con el viento, aunque yo estoy entrenado para detectar el latido de una presa a cien varas.

Ella está ahí. Descalza, con ese camisón de lino fino, con los ojos abiertos, aunque perdidos en ese limbo de su mente.

Se detiene frente a mi puerta. Escucho el pomo girar.

Una vez. Dos. El metal forcejea contra la cerradura que le impide el paso.

Siento una punzada que se transforma de inmediato en una náusea de culpa.

La dejo fuera mientras el frío del pasillo le cala los huesos.

Ella no sabe que estoy allí, a menos de un palmo, separado solo por la madera.

El sonido del metal cesa. No obstante, los pasos no regresan a su habitación. Se alejan hacia el extremo opuesto del corredor, hacia la escalera de caracol que baja a los salones y las puertas del patio.

«No. La escalera no».

Me pongo en pie de un salto. Giro la llave con una violencia que hace saltar una chispa en mi pecho y abro la puerta de par en par. El pasillo está en penumbra. La veo. Su figura blanca se mueve con una cadencia fantasmal hacia el borde del primer escalón de piedra.

—¡Bryndal! —mi voz sale como un ladrido, áspera, cargada de una urgencia que no reconozco.

Ella no responde. Ni siquiera vacila. Da un paso más y su pie queda suspendido sobre el vacío.

Corro. No pienso en la distancia ni en mi promesa de no tocarla jamás.

Solo veo el peligro. Alcanzo el rellano justo cuando su cuerpo se vence hacia delante.

La rodeo con los brazos antes de que el suelo la reclame y tiro de ella hacia atrás con una fuerza que ella recibe como si fuera una pluma.

El impacto contra mi pecho es total. El mundo se detiene.

Bryndal no se asusta ni despierta con un grito de terror.

En lugar de eso, sus manos suben por mi jubón de cuero buscando apoyo, buscando el calor que mi cuerpo desprende.

Se engancha a mi cuello como si fuera lo único sólido en un mar de sombras.

Sus brazos, finos y pálidos, se cierran alrededor de mi nuca y me obligan a inclinar la cabeza hacia ella.

Siento su rostro enterrarse en el hueco de mi cuello. Su respiración, cálida y rítmica, golpea mi piel desnuda.

—Estáis caliente —murmura contra mi yugular, con la voz pastosa del sueño.

Dejo de respirar. Cada músculo de mi espalda se tensa hasta el punto del desgarro.

Mis manos, todavía rígidas, quedan suspendidas en el aire a escasos milímetros de su cintura, temblando por el esfuerzo de no cerrarse sobre ella.

Sé lo que mis dedos pueden hacer. Sé que, si pierdo el control, ella pagará el precio.

«Suéltala. Déjala en el suelo y retrocede ahora mismo».

Sin embargo, no puedo. Si la suelto allí, en mitad del rellano, se desplomará. Y si la toco para apartarla, el contacto me destruirá. Estamos atrapados en un abrazo que ella no sabe que está dando.

—Bryndal, despertad. Por lo que más queráis, despertad —susurro, aunque mi voz no es más que un hilo de aire.

Ella solo suspira y se acomoda mejor contra mi pecho. Su cuerpo se relaja, confiando en mi fuerza como si yo fuera un refugio y no una bestia herida. Es esa confianza, esa falta absoluta de miedo, lo que me desarma.

Me obligo a moverme. Doy un paso atrás, arrastrando los pies sobre la piedra, hasta que siento el muro contra mi espalda. No la suelto. No soy capaz. La levanto ligeramente del suelo y camino hacia su habitación con la rigidez de un hombre que camina hacia el cadalso.

Cada paso es una batalla contra mis instintos. La sensación de su cuerpo contra el mío, a través de la tela de su camisón, es una tortura que no he aprendido a combatir. Ella no suelta mi cuello. Sus dedos rozan la base de mi garganta donde el pulso me golpea con violencia.

Entro en su alcoba. El fuego de la chimenea es apenas un rescoldo que baña las paredes con una luz mortecina. La acerco al lecho con la intención firme de depositarla sobre las pieles y huir. Sin embargo, cuando intento bajarla, sus brazos se aprietan con más fuerza.

—No os vayáis —susurra entre sueños. Es un sonido pequeño, desamparado, que golpea directamente en mi blindaje.

Me quedo allí, medio inclinado sobre la cama, sujetándola contra mí. Puedo sentir su corazón latiendo contra mis costillas, rápido, aunque constante. El mío, en cambio, golpea con una furia que amenaza con fracturar mi caja torácica.

—Tengo que irme, Bryndal —le digo a la oscuridad, aunque sé que no me oye—. Si me quedo...

No termino la frase. Mis manos, envueltas en el cuero negro, se posan finalmente con una delicadeza extrema sobre su espalda, apenas rozándola para asegurar su equilibrio.

Ella exhala un largo suspiro de alivio y hunde la mejilla en mi hombro, finalmente quieta, finalmente segura en los brazos del hombre al que debería temer.

No cierro los ojos. Me quedo mirando el vacío, escuchando su respiración fundirse con el viento que aúlla fuera de los muros.

Decido, en este instante, que no volveré a cerrar la puerta de mi habitación con llave.

No porque el peligro haya pasado, sino porque comprendo que el verdadero muro no es la madera, sino el miedo a que ella descubra que no soy más que un hombre aterrado de su propia sombra.

Me quedo sentado en el borde de su cama sujetándola mientras la noche avanza, sabiendo que mañana tendré que volver a ser de piedra, aunque sintiendo cómo, palmo a palmo, la primera grieta en mi mundo se vuelve irreversible.