CAPÍTULO 13
La cerradura de mi alcoba se siente pesada; una pieza de hierro que ahora parece burlarse de mi necesidad de aislamiento.
He decidido no girar la llave la noche anterior, convencido de que el control sobre mi propio pánico es suficiente para contener la marea.
Aunque la noche en el castillo Blackthorn tiene sus propias reglas.
El viento golpea las aspilleras con un silbido que imita el roce de los grillos contra el suelo de tierra, y ese sonido me mantiene sentado en la silla de madera, con la espalda recta y las manos enguantadas apretadas sobre los muslos.
Paso horas observando cómo las sombras de las vigas se estiran por las losas de piedra, esperando un ataque que no viene de los acantilados, sino del pasillo.
Un crujido.
Mis pulmones se bloquean. Noto el vello de mis brazos erizándose bajo la túnica de lana.
La puerta se abre con una parsimonia que me obliga a clavar las uñas en el cuero de mis palmas.
Bryndal entra de nuevo. Camina con los pies descalzos, su camisón de lino blanco flotando como un espectro en la penumbra.
Sus ojos están fijos en la nada, vidriosos por el sueño, aunque su cuerpo avanza con una determinación geográfica hacia las escaleras.
«No de nuevo».
Me levanto de la silla. Mis botas apenas emiten sonido sobre la piedra, aunque el latido de mi corazón resuena en mis oídos como un tambor de guerra.
Ella no se dirige a la cama esta vez. Gira hacia el umbral que conduce al descenso de piedra, hacia el vacío de los escalones de caracol que podrían romper sus huesos con un solo mal paso.
Salgo al pasillo justo cuando ella alcanza el primer peldaño. El frío del corredor me golpea el rostro, aunque es el miedo lo que me deja sin aliento. Me muevo por puro instinto y la alcanzo antes de que descienda.
Choca con mi pecho. Sus manos se enganchan a mi cuello con una urgencia eléctrica; sus dedos se hunden en mi nuca como si fuera el único ancla en un mar embravecido.
El impacto me obliga a retroceder hasta golpear el muro de piedra.
Jadeo, sintiendo su rostro enterrarse en el hueco de mi hombro.
El olor a lavanda de su piel inunda mis sentidos y asfixia el aroma a aceite de lámpara del castillo.
Me quedo rígido, con los brazos suspendidos a los costados, incapaz de apartarla, aunque incapaz de soltarla para que caiga.
—Bryndal —susurro. Mi voz es una vibración ronca que ella parece absorber directamente.
Ella no despierta. Su respiración es un soplo cálido contra mi cuello, un ritmo constante que ignora la violencia de mi pulso.
—Estáis... caliente —murmura contra mi garganta; un balbuceo dormido que me atraviesa como el acero al rojo vivo.
Cierro los ojos y aprieto la mandíbula hasta que me duele.
Noto cada curva de su cuerpo contra el mío; la suavidad del lino separando mi oscuridad de su luz.
Mis manos tiemblan bajo el cuero. Sé de lo que son capaces mis manos cuando el control se quiebra.
Sin embargo, ella sigue ahí, enganchada a mí.
—Soltadme, Bryndal —pido en la oscuridad, aunque sé que no puede oírme.
Ella no cede. Al contrario, apoya más peso sobre mí, obligándome a sostenerla para que no resbale por la pared.
El frío del pasillo empieza a calar en mis huesos, aunque el lugar donde su cuerpo toca el mío arde.
Me quedo inmóvil, convertido en un soporte de piedra para su sonambulismo.
Escucho el viento allá afuera, el rugido de las Highlands.
Al final, la rodeo por los muslos y la espalda, levantándola del suelo en un movimiento brusco. Ella suspira en sueños y acomoda la cabeza en mi pecho, ajena al temblor que recorre mis extremidades mientras la cargo de vuelta a su habitación.
Entro en su alcoba. La luz de la luna se filtra por la ventana y baña la cama en un fulgor plateado.
La dejo sobre el colchón con una delicadeza que me resulta ajena.
Intento retirar mis brazos, aunque ella mantiene sus manos entrelazadas tras mi nuca y tira de mí hacia abajo.
Me quedo inclinado sobre ella, con el rostro a milímetros del suyo.
Sus labios están entreabiertos; su pecho sube y baja con una paz que me insulta.
Mis manos quedan apoyadas a ambos lados de su cabeza, los guantes de cuero hundidos en las pieles del lecho.
—No me dejéis —balbucea ella.
No es una orden. Es un ruego.
Me siento en el borde de la cama, permitiendo que ella mantenga su agarre sobre mi brazo.
Paso el resto de la noche así, sentado en la penumbra, sujetándola mientras el mundo exterior desaparece tras los muros.
No duermo. No puedo permitirme bajar la guardia.
Noto la suavidad de su camisón contra mi antebrazo enguantado.
Cada vez que ella se remueve, mi sistema nervioso se dispara; una alarma silenciosa.
—Bryndal —susurro de nuevo, buscando la fuerza para levantarme y huir a mi sala oscura.
Pero no me muevo. Me quedo sujeto por sus dedos pequeños, por su confianza ciega ante el hombre que todos los demás llaman monstruo.
Cuando el alba empieza a teñir de gris las aristas de los muebles, ella suspira profundamente y su agarre se relaja.
Sus manos caen sobre la colcha. Me levanto con una agilidad mecánica, sin hacer ruido, alejándome de la cama.
Salgo de la habitación y me dirijo a mi propia estancia.
El frío de la piedra me resulta casi acogedor tras el incendio de su contacto.
Entro en mi cuarto y me detengo frente a la puerta.
Giro la llave. El sonido del metal al encajar es un alivio, una barrera física que intenta restaurar el orden que ella acaba de dinamitar.
Pero mientras me quito los guantes y observo el temblor de mis manos desnudas, sé que el cerrojo ya no sirve de nada.
Ella ha dicho que estaba caliente. Me ha buscado en la oscuridad. Y yo, el hombre que juró no tocarla jamás, la he sostenido contra mi pecho toda la noche.
Me dejo caer en la silla. El sol empieza a iluminar el castillo Blackthorn, aunque para mí, la oscuridad acaba de volverse mucho más compleja.
Decido que no volveré a cerrar la puerta con llave.
No porque la quiera cerca, sino porque el riesgo de que caiga por las escaleras es lo único que mi mente puede usar para justificar que la deseo a su lado.
La vigilancia ha cambiado. Ya no vigilo la frontera, ni el grano. Me vigilo a mí mismo, esperando el momento en que el sonambulismo de Bryndal termine por devorar lo poco que queda de mi armadura.