CAPÍTULO 12
La luz grisácea del alba se cuela por la aspillera y tiñe las mantas de un tono mortecino que no alivia la quemazón de mis párpados.
Me aparto del borde del colchón con una brusquedad que hace que la madera del lecho proteste bajo mi peso.
Bryndal sigue ahí, ocupando el centro de mi cama con una calma que me resulta ofensiva tras las horas en las que su brazo ha rodeado mi cintura.
Sus pestañas proyectan sombras tenues sobre sus mejillas; está ajena al rastro de calor que ha dejado impregnado en mi túnica.
Me calzo las botas con movimientos mecánicos y aprieto los cordones de cuero hasta que la circulación se detiene en mis tobillos.
Salgo al pasillo sin hacer ruido. El frío de la piedra me recibe como un viejo aliado y me devuelve esa lucidez áspera que el contacto de Bryndal ha empezado a erosionar.
Bajo las escaleras de caracol escuchando cómo el castillo Blackthorn despierta entre chirridos de goznes y el eco de los primeros cubos de agua.
En el salón, el fuego del gran hogar es apenas un puñado de brasas rojas. Mairi ya está allí, moviendo un caldero de hierro.
—Habéis madrugado más de lo habitual, mi señor —suelta sin girarse.
—Hay mucho que hacer antes de que la nieve bloquee el paso —respondo, acercándome a la mesa para buscar un trozo de pan seco.
—La nieve no es lo único que bloquea los caminos en este lugar. —Levanta la vista y sus ojos recorren mi rostro, deteniéndose en la sombra bajo mis ojos—. ¿Ha dormido bien la señora?
—Ha dormido —replico, cortando cualquier posibilidad de que la conversación derive hacia lo acontecido en la alcoba.
Me siento a la mesa e ignoro el cuenco de gachas que Mairi me pone delante.
Poco después, unos pasos ligeros resuenan en la escalera.
Bryndal aparece en el umbral, ya vestida con su lana verde y el cabello trenzado con una pulcritud que ignora el desorden de hace una hora.
Se detiene al verme. Sus ojos buscan los míos con una intensidad que me obliga a bajar la vista hacia mi plato.
—Buenos días —dice, sentándose frente a mí.
—Buenos días —respondo sin levantar la cabeza.
Mairi le sirve un cuenco con una sonrisa que me tensa la mandíbula.
—¿Habéis descansado, mi señora? —pregunta la anciana, lanzándome una mirada de soslayo.
Bryndal toma la cuchara de madera, aunque no empieza a comer de inmediato. Se queda observando el vapor que sube del cuenco.
—He dormido profundamente —responde ella, y noto un matiz en su voz que me hace tensar los hombros—, aunque me despierto con una extraña sensación de seguridad. Como si alguien hubiera estado vigilando mis sueños toda la noche.
Mairi suelta una risilla seca. Yo sigo concentrado en el pan, aunque el sabor me resulta ceniciento.
—La vigilancia es la primera ley de este castillo, milady —sentencio, recuperando el tono que me protege del resto del mundo.
—Una ley que parece aplicarse con un rigor agotador. —Inclina la cabeza, buscándome—. Tenéis ojeras, Aldric. ¿Acaso los fantasmas del ala norte no os han dejado pegar ojo?
«Los fantasmas no han sido el problema».
—Tengo asuntos que requieren mi atención. —Me levanto antes de terminar mi ración—. Duncan me espera en el patio.
—Duncan no se moverá de allí en los próximos diez minutos. —Se levanta también, rodeando la mesa—. No podéis huir cada vez que menciono lo que acontece en este castillo cuando el sol se pone.
—No huyo de nada.
—Vuestras botas dicen lo contrario. Hacen mucho ruido cuando intentáis alejaros de mí.
Me giro para encararla. Mairi desaparece hacia la despensa con una rapidez sospechosa, dejándonos solos frente al hogar. Bryndal se detiene a un paso. El calor de su presencia vuelve a envolverme.
—¿Qué queréis de mí, Bryndal? —pregunto, bajando la voz hasta que es un gruñido—. Os di un nombre, un techo y mi protección. ¿No es suficiente?
—Quiero que dejéis de actuar como si haberme sostenido dormida fuera un pecado que debéis purgar con indiferencia. —No baja la vista—. Sé que no me apartasteis. Sé que estuvisteis ahí hasta que el primer rayo de luz tocó la pared.
—Lo hice para evitar que os cayerais de la cama —miento, y la falsedad suena hueca.
—¿Toda la noche? —suelta una risa corta, sin alegría—. Sois un hombre de una dedicación asombrosa para tareas tan triviales, milord.
Doy un paso hacia ella, invadiendo su espacio. Ella no retrocede. Al contrario, levanta la barbilla.
—No juguéis conmigo —le advierto, sintiendo cómo el pulso se me acelera—. No entendéis lo que estáis provocando.
—Entiendo que tenéis miedo de descubrir que vuestro corazón no es de piedra —replica con una suavidad que me hiere—. Y entiendo que anoche no estuvisteis solo en vuestra celda.
Mis dedos, dentro de los guantes, se cierran con una fuerza que hace que el cuero cruje. El recuerdo de su cuerpo contra el mío me golpea con la fuerza de un ariete.
—Si volvéis a entrar en mi habitación, cerraré la puerta con llave —digo, tratando de recuperar mi frialdad.
—Ya lo hicisteis una vez. Y acabasteis sosteniéndome en el pasillo. —Sonríe con una melancolía que me descoloca—. Podéis poner todos los cerrojos que queráis, Aldric. Pero la grieta ya está ahí.
Me doy la vuelta de forma brusca y salgo al patio. El aire helado del exterior me golpea el rostro. Duncan está junto al pozo, revisando el herraje de su caballo. Al verme, se pone rígido.
—¿Alguna novedad, milord? —pregunta el soldado.
—Preparad los caballos. Vamos a recorrer el perímetro del bosque. Ahora mismo.
—Pero aún no ha salido el sol del todo, laird ...
—He dicho ahora —mi voz corta el aire como un látigo.
Duncan asiente y corre hacia las caballerizas. Me quedo solo en el patio, rodeado por los muros que construí para protegerme. Miro hacia la torre principal y distingo su silueta en la ventana del salón. Sigue allí, observándome.
Paso el día cabalgando bajo un cielo de plomo.
El esfuerzo de controlar a Sombra consigue silenciar mis pensamientos durante un rato.
Pero cada vez que el viento sopla, me parece oler la lavanda de su piel.
Cada vez que el roce de la silla me incomoda, recuerdo el peso de su brazo sobre mis costillas.
Al atardecer, regresamos. Bryndal está sentada en el banco de piedra junto a la entrada, rodeada de un par de niños de la aldea.
Les enseña algo que tiene en las manos, riendo en ese entorno de hierro y sombras.
Me desmonto y entrego las riendas sin decir una palabra.
Ella levanta la vista y su sonrisa se apaga, transformándose en esa expresión de observación que tanto me irrita.
—Habéis tardado —observa cuando paso a su lado.
—El territorio es amplio —respondo sin detenerme.
—Y el corazón pequeño, al parecer —murmura, lo suficientemente alto para que la escuche.
Me detengo en el umbral de la puerta. Mis manos tiemblan bajo los guantes.
—No me provoquéis, Bryndal.
—No os provoco. Os invito a que dejéis de ser una sombra de vuestro padre. —Se levanta y se acerca a mí—. Mairi ha preparado la cena. Esta vez os sentaréis a la mesa y actuaréis como un hombre, no como un fantasma que huye de la luz.
Entramos en el salón en un silencio cargado de tensión.
La cena transcurre bajo la vigilancia de Mairi.
Bryndal actúa como si nada hubiera pasado, comentando los progresos de la huerta, aunque sus ojos no dejan de buscar los míos por encima de la jarra de vino.
Cuando terminamos, se levanta y se acerca al hogar, dándome la espalda.
—No voy a cerrar mi puerta esta noche tampoco, Aldric —dice sin girarse, y su voz vibra con determinación—. Si queréis ponerme un cerrojo, tendréis que hacerlo vos mismo, con vuestras propias manos.
Me quedo sentado a la mesa, mirando mi cuenco vacío. El eco de sus palabras rebota en mi mente. Me levanto y camino hacia la escalera. Al llegar a su habitación, me detengo. La puerta está entreabierta y deja escapar un hilo de luz dorada.
Dudo. Mis dedos rozan la madera fría de la puerta. Podría empujarla y cerrar el cerrojo desde fuera. Podría asegurar mi soledad por una noche más. Pero la imagen de ella abrazada a mí se interpone entre mi mano y el hierro.
Retiro la mano como si la madera quemara. Sigo caminando hacia mi propia recámara y siento cómo el corazón me martillea contra las costillas. Entro y me encierro, aunque esta vez no me siento en la silla a vigilar. Me dejo caer en la cama y cierro los ojos.
Sin embargo, lo único que encuentro es el recuerdo de su voz: «La grieta ya está ahí».
En el silencio del castillo Blackthorn, sé que ella tiene razón. El muro ya no es impenetrable.