CAPÍTULO 11
Tres semanas después…
La oscuridad en mi recámara no es absoluta; el rescoldo del hogar agoniza con un fulgor anaranjado que apenas alcanza a lamer los bordes de la pesada cama de roble.
Me mantengo sentado en la silla de respaldo alto, con la espalda separada de la madera y los ojos fijos en la puerta que he decidido no cerrar.
Mis manos, aún envueltas en el cuero negro de los guantes, descansan sobre mis muslos.
Noto el pulso en las yemas de mis dedos; un latido sordo que compite con el silbido del viento contra las aspilleras.
No hace mucho que la tormenta ha amainado, dejando tras de sí un silencio que pesa más que el trueno. En esa quietud, el castillo Blackthorn respira. Escucho el crujido de las vigas, el asentamiento de la piedra y, de pronto, algo distinto. Un roce. Casi imperceptible.
La puerta se desliza sobre sus goznes con un susurro metálico.
Me quedo inmóvil. Mis pulmones se bloquean y retienen el aire frío de la estancia.
Una silueta blanca se recorta contra la penumbra del pasillo.
Bryndal. Camina con una lentitud irreal, sus pies descalzos no emiten sonido alguno sobre las losas.
Lleva solo el camisón de lino; una mancha de luz pálida que avanza hacia el centro de mi habitación.
No me ve. Sus ojos están abiertos, aunque su mirada atraviesa los muros, fija en un horizonte que solo existe en su mente dormida. Se detiene a medio camino entre la puerta y mi lecho. El vello de mis brazos se eriza bajo la túnica.
—Bryndal —murmuro, con la voz tan baja que apenas vibra.
Ella no responde. No hay reconocimiento en sus facciones, solo una paz que me resulta dolorosa.
Se gira hacia el lecho y continúa su avance.
El pánico, ese viejo conocido que huele a hierro, intenta trepar por mi espina dorsal.
Debería levantarme. Debería despertarla con un grito o, mejor aún, salir de aquí antes de que ocurra lo que mi cuerpo ya empieza a anticipar.
Sin embargo, mis pies no obedecen. Me limito a observar cómo levanta la manta y se desliza bajo las pieles con una naturalidad que me deja sin aliento. Se acomoda en mi espacio, en el lugar donde cada noche intento, sin éxito, enterrar mis propios demonios.
Me levanto de la silla con movimientos torpes; el cuero de mis guantes cruje en el silencio. Me acerco al borde de la cama y observo su rostro a la luz de las brasas. Parece tan frágil que temo que mirarla pueda romperla.
«Una esposa no puede romperme más de lo que ya estoy».
Me siento en el borde del colchón y mantengo una distancia que se antoja ridícula y vital al mismo tiempo. El calor que desprende su cuerpo bajo las pieles me alcanza; una marea invisible que golpea mi costado.
De pronto, Bryndal se mueve. Se gira hacia mí y, antes de que pueda reaccionar, me rodea la cintura con un brazo buscando el refugio de mi pecho.
Me quedo congelado. Mi columna se vuelve una barra de hierro.
No respiro. Noto su frente apoyada contra mi esternón y la suavidad de su cabello rozando mi mandíbula.
A través del lino de su camisón y la lana de mi túnica, su calor se infiltra en mi piel.
—¿Aldric? —balbucea entre sueños. No es una pregunta; es un anclaje.
Mis manos quedan suspendidas en el aire, palmas abiertas y dedos crispados bajo el cuero.
La advertencia que le hice en la capilla, aquel «jamás os tocaré», ruge en mi mente.
Mi instinto me ordena apartarla, lanzarla lejos de mi oscuridad antes de que mis manos pierdan el juicio y decidan que ese contacto es lo que han buscado durante veintidós años.
Pero no lo hago. No la aparto.
Me quedo allí, sentado, convertido en una estatua de carne y miedo. Pasa el tiempo. Los hombros me empiezan a temblar por el esfuerzo de no ceder a la gravedad que me empuja hacia ella.
—Estáis... aquí —murmura de nuevo, y su brazo me aprieta con una fuerza que no creía que poseyera.
Aprieto los dientes hasta que la mandíbula me duele. El olor a lavanda de su piel inunda mis sentidos y borra, por un instante, el hedor a piedra fría que define mi vida. Es una invasión de mi territorio más privado.
«Cuando pierdo el control, alguien sangra».
Miro mis propias manos. El cuero negro brilla con un reflejo cobrizo.
Sé lo que estas manos han hecho en la oscuridad de las mazmorras.
Sé de lo que son capaces cuando el pánico se torna en violencia.
Si la toco, si permito que ese abrazo sea recíproco, ¿quién garantiza que no terminaré por destruirla?
Sin embargo, Bryndal no parece estar sangrando. Respira con una parsimonia que me resulta insultante. Su pulso, que noto contra mi costado, es un ritmo constante que ignora por completo la tormenta que arrasa mi interior.
—No deberíais —logro articular, aunque sé que ella no puede oírme.
Paso la noche así, sentado en el borde de la cama, sujeto por el abrazo de una mujer dormida. La primera grieta en mi muro no ha sido causada por una maza, sino por la confianza de alguien que no sabe que abraza a una bestia.
A medida que las horas avanzan, la rigidez de mi espalda se torna en una agonía sorda.
Mis ojos arden por la falta de sueño, aunque no me atrevo a cerrarlos.
Cada vez que ella se mueve ligeramente, mi corazón da un vuelco salvaje, esperando el momento en que despierte y descubra la posición en la que se encuentra.
El gris del amanecer empieza a filtrarse por la aspillera cuando noto que su respiración cambia. Se vuelve más profunda. Siento cómo sus músculos se tensan sutilmente antes de que ella se aparte de un golpe, abriendo los ojos de par en par.
Se queda mirándome con las pupilas dilatadas por la sorpresa. Su mano vuela a su garganta y sujeta el lino del camisón.
—Aldric —suelta, y esta vez su voz tiene el filo de la vigilia.
Permanezco inmóvil, con las manos aún sobre mis muslos. No digo nada. No tengo palabras que puedan explicar por qué he permitido esto durante toda la noche.
—Yo... ¿he vuelto a hacerlo? —pregunta, con el rostro teñido de un carmesí que no es obra del sol.
—Habéis entrado hace horas —respondo, y mi voz suena como si hubiera estado tragando arena.
—¿Por qué no me habéis despertado? —Se sienta y retira las mantas, aunque sin apartar la vista de mí.
Me levanto con una lentitud deliberada y siento cada articulación de mi cuerpo protestar por la postura mantenida. Me acerco a la ventana y le doy la espalda.
—No estabais en peligro —digo, aunque es la mentira más grande que he pronunciado jamás.
—Habéis pasado la noche en vela por mi culpa. —Se levanta de la cama. Escucho el roce de sus pies sobre el suelo mientras se acerca.
—He pasado muchas noches en vela en este castillo, milady. Una más no marcará la diferencia.
—No es lo mismo. Me habéis sostenido.
Me giro con una brusquedad que la obliga a detenerse. Mis ojos deben de ser dos pozos de sombras, pues ella retrocede medio paso.
—No os he sostenido —replico entre dientes—. Solo he permitido que vuestro cuerpo hallara un lugar donde descansar. No le deis más importancia de la que tiene.
Bryndal me mira durante un largo segundo. Hay una determinación en su rostro que me obliga a apartar la mirada.
—Sé lo que habéis hecho, Aldric —dice en voz baja—. Y sé que vuestro muro tiene una grieta que no sabéis cómo tapar.
Camina hacia la puerta con la cabeza alta. Se detiene en el umbral y me mira una última vez.
—Mañana no cerraré mi puerta. Tampoco deberíais hacerlo vos.
Sale de la habitación y me deja de nuevo con el silencio y el olor a lavanda que ahora impregna mis pieles.
Me dejo caer en la silla. Me quito los guantes con movimientos mecánicos.
Observo mis manos a la luz del día. No han herido a nadie esa noche.
No han destruido la fragilidad que se refugió en ellas.
Pero el temblor que recorre mis dedos me dice que la batalla no ha hecho más que empezar.
«Solo cuando le importa».
Las palabras de Mairi resuenan en mi cabeza como una condena. Cierro los puños y siento las cicatrices de mis palmas arder. El castillo Blackthorn sigue en pie, aunque sus cimientos acaban de sufrir un impacto que ninguna tormenta externa habría logrado jamás.