CAPÍTULO 10
Diez días después…
El olor a ozono se filtra por las rendijas de las contraventanas y se mezcla con el aroma a sebo de las velas que agonizan en los candelabros.
En el castillo Blackthorn, el silencio nunca es vacío; es una masa densa, cargada de la vibración de la piedra que aguanta el peso de los siglos.
Noto cómo la presión en mis sienes aumenta al mismo ritmo que el viento golpea los muros exteriores.
Mis dedos, ocultos tras el cuero negro de los guantes, se cierran rítmicamente. Uno, dos, tres.
Camino por el salón principal evitando las zonas donde las vigas de madera crujen bajo el peso del techo.
El frío me sube por las botas, aunque no me detengo.
Necesito movimiento. La quietud es el terreno donde los recuerdos del cautiverio hallan espacio para crecer.
Un relámpago ilumina el patio a través de una aspillera y, milisegundos después, el primer trueno sacude los cimientos.
El aire se escapa de mis pulmones. Mi respiración se vuelve errática, un fuelle roto que lucha por encontrar oxígeno en un salón que, de pronto, se me antoja tan estrecho como aquella celda en las tierras bajas.
—¿Buscáis algo en la oscuridad, Aldric? —la voz de Bryndal me alcanza desde el umbral de la escalera.
Me detengo en seco. No la he escuchado bajar. Sus pasos son siempre demasiado ligeros. Me giro muy despacio y recompongo la máscara antes de que ella pueda ver el temblor que me recorre la mandíbula.
—Vigilancia —suelto, y mi voz suena como el roce de dos piedras—. Es mi deber asegurar que los cierres aguanten el temporal.
—Mairi dice que los cierres de este castillo podrían aguantar un asedio de tres meses sin pestañear. —Bryndal avanza hacia la luz de la chimenea. Lleva una capa de lana gruesa sobre los hombros—. Aunque también dice que vuestro pulso no resiste igual que la piedra cuando el cielo ruge.
—Mairi debería dedicar más tiempo a los fogones y menos a observar lo que no le atañe.
—Le atañe lo que os acontece. Y a mí también.
Se acerca a la mesa larga de roble. No hay miedo en su postura, solo esa firmeza que me descoloca desde el día que llegó. Se detiene a tres pasos, respetando esa frontera invisible que he trazado entre nosotros.
—¿Os vais a encerrar de nuevo? —pregunta, señalando con la barbilla hacia el ala norte, donde se oculta la habitación sin ventanas.
—Es lo que hago.
—Es lo que elegís hacer —me corrige, cruzándose de brazos—. Hay una diferencia.
—No en mi mundo, Bryndal. Aquí, la necesidad manda sobre la elección.
Otro trueno, mucho más cercano, hace vibrar los cristales de las pocas ventanas reforzadas.
Siento un pinchazo de sudor frío en la nuca.
Mis manos buscan el contacto del metal de mi daga, la única ancla que reconozco como real.
Ella nota el gesto. Sus ojos bajan hacia mi cintura y luego vuelven a los míos.
—Venid a sentaros cerca del fuego —pide ella, señalando el banco de madera frente a las llamas—. El calor ayuda a que los fantasmas se queden en las esquinas.
—Mis fantasmas no temen al fuego —replico, empezando a caminar hacia la salida del salón—. Se forjaron en él.
—Entonces dejad que yo me siente con ellos.
Me detengo con la mano ya apoyada en el marco de la puerta. El frío de la piedra atraviesa el cuero de mi guante.
—¿Por qué hacéis esto? —pregunto sin girarme—. Cualquier otra mujer estaría en sus aposentos, con el portón atrancado.
—No soy cualquier otra mujer. Y vos no sois el monstruo que intentáis venderme cada mañana. —Su tono es directo—. He visto cómo tratáis a los aldeanos. He visto cómo vuestras manos se agachan para escuchar a una niña que ha perdido su juguete.
—La piedad no borra el tormento, Bryndal. Solo lo oculta bajo una capa de ceniza.
—Aunque la ceniza protege lo que todavía arde debajo.
Salgo del salón sin responder. Mis botas resuenan en el pasillo de piedra, un eco rítmico que compite con el silbido del viento.
Llego a la puerta de hierro de la sala oscura.
Entro y corro el cerrojo. La oscuridad allí es total, una masa física que me envuelve y me obliga a arrodillarme en el centro de la estancia.
Aquí no hay ventanas. No hay luz. Solo el olor a humedad y el recuerdo persistente del hierro en mis tobillos.
Afuera, la tormenta estalla con toda su furia. Los truenos se encadenan unos con otros en un fragor constante. Me cubro los oídos con las manos y aprieto los párpados. El aire se vuelve denso.
«Uno, dos, tres... respira, Aldric».
—Sé que estáis ahí —la voz de Bryndal llega desde el otro lado de la puerta de hierro—. No voy a entrar, milord. No voy a invadir vuestro silencio.
Abro los ojos. La oscuridad ya no se siente tan absoluta. Escucho el roce de su ropa contra el metal. Se ha sentado en el suelo, justo al otro lado.
—Mairi me contó que, cuando regresasteis, vuestro padre no os abrazó. Os entregó una espada y os dijo que las lágrimas eran para los clanes débiles.
—Mi padre me rescató —suelto, y mi voz suena extraña en el vacío de la sala—. Sin embargo, no me trajo de vuelta. Me convirtió en el escudo de este clan para no tener que mirar sus propios yerros.
—Os convirtió en un arma porque no sabía cómo consolar a un niño que había visto el infierno —la voz de ella es firme—. Aunque las armas también necesitan descansar, Aldric.
—Un arma que descansa es un arma que se oxida.
—O un arma que espera el momento justo.
Me quedo en silencio escuchando la lluvia golpear contra la torre con una violencia salvaje.
El frío de la estancia parece menos hiriente ahora que sé que ella está ahí.
Noto cómo la tensión de mis hombros cede un milímetro.
Es una grieta pequeña, involuntaria, en el blindaje que he tardado veintidós años en forjar.
—¿Seguís ahí? —pregunto después de lo que parecen horas.
—Aquí sigo. No me voy a mover hasta que el cielo deje de gritar.
—Deberíais estar durmiendo. Mañana hay que revisar los almacenes del sur.
—Dormiré cuando sepa que vuestra respiración ha vuelto a la normalidad. —Hay una pausa—. Además, Mairi ha dejado un poco de sidra caliente cerca del fuego. Sería una lástima que se perdiera.
Me levanto con los movimientos torpes de quien pasa demasiado tiempo en una posición forzada. Me acerco a la puerta y apoyo la frente contra el metal.
—Bryndal.
—¿Sí?
—¿Por qué no huisteis tras la boda? Os advertí de lo que soy.
—Porque vi el instante en que dejasteis de respirar al verme. Un hombre que siente tanto como para perder el aliento no es alguien de quien se deba huir. Es alguien a quien se debe esperar.
El silencio que sigue a sus palabras es distinto. Ya no está cargado de espectros. Me alejo de la puerta y siento cómo el frío del castillo Blackthorn vuelve a reclamarme.
—Mañana será un día largo —digo, tratando de recuperar mi tono de laird —. Id a vuestro lecho.
—Iré cuando escuche que abrís ese cerrojo, Aldric. No antes.
Giro la llave con un movimiento seco. La puerta se abre y baña la estancia en la luz mortecina de las antorchas del corredor. Bryndal está sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el muro de enfrente. Levanta la vista y me sostiene la mirada. No hay juicio en sus ojos.
Me quedo en el umbral con las manos enguantadas apretadas contra los muslos. El temporal parece haber perdido fuerza y se convierte en un goteo constante.
—La tormenta ha pasado —murmuro.
—Para el cielo, quizá. —Se pone en pie con gracia natural—. Para vos, sospecho que todavía quedan nubes.
—Las nubes son mi estado natural, milady.
—Entonces tendré que acostumbrarme a vivir bajo la lluvia.
Empieza a caminar hacia la escalera principal, sin embargo, se detiene y se gira un segundo.
—Mairi tenía razón —dice en voz baja—. No dejáis la puerta cerrada por desprecio. La dejáis cerrada porque teméis que alguien vea que el hierro de vuestra armadura tiene grietas.
—Las grietas dejan pasar el frío —replico.
—O la luz. Buenas noches, Aldric.
La veo desaparecer por la escalera. Me quedo solo en el pasillo con la puerta de la sala oscura abierta de par en par. El silencio vuelve a reinar en el castillo Blackthorn, aunque ya no se siente igual. Noto el peso de mi daga en el cinto y el frío de la piedra en mis pies.
Camino hacia mis aposentos, sin embargo, al pasar ante su puerta, me detengo. No entro. Solo me quedo allí un instante.
«Ella no se ha ido».
Es la amenaza más grande que he enfrentado jamás. No son los ejércitos ni las traiciones. Es la presencia constante de una mujer que no huye de mi oscuridad y que me está robando el espacio que necesito para seguir siendo la bestia que mi padre creó.
Entro en mi cámara y me dejo caer en el lecho sin quitarme las botas. Cierro los ojos. Lo único que escucho es el eco de su voz diciendo que las armas también necesitan descansar.