CAPÍTULO 9
Una semana después. Aldea de Strathavern
El aire de la aldea es denso, cargado de ese olor a turba quemada y lana húmeda que define la vida a los pies de mi fortaleza.
Camino por la calle principal con las manos tras la espalda y siento el cuero de mis guantes tensarse sobre los nudillos.
Cada aldeano que se cruza en mi camino inclina la cabeza con una sobriedad que reconozco como respeto.
Dedico años a asegurar que aquí no falte el grano ni la leña; convierto mi necesidad de control en su seguridad.
Me detengo frente al hogar de los Miller. La pequeña Elspeth juega en el umbral con un trozo de madera tallada. Al verme, no huye.
— Laird Blackthorn —pronuncia la niña, levantando la vista.
Me agacho con lentitud y siento el crujido de mis botas sobre la tierra. Es un movimiento mecánico.
—¿Has terminado de tallar ese ciervo, Elspeth? —pregunto, y mi voz suena despojada de la aspereza militar que uso tras los muros del castillo.
—Le falta una pata, milord. Se rompió con el frío.
—La madera también sufre con el invierno —respondo. Extiendo la mano para rozar el juguete con la punta de mis dedos enguantados.
Escucho el murmullo de una tela moviéndose contra el viento.
No necesito girarme para saber que Bryndal está allí, observándonos desde la sombra de un granero.
Siento su mirada como un peso físico. Me levanto de inmediato y recupero la rigidez en la espalda.
Rompo la burbuja de calma que se ha formado con la niña.
Camino hacia la zona de los almacenes. Ella me sigue con paciencia. Se mantiene a una distancia prudencial, aunque su presencia llena el espacio vacío a mi espalda.
—¿Siempre os detenéis a escuchar los problemas de los juguetes rotos, Aldric? —su voz me alcanza, suave.
Me detengo y me giro. Ella lleva la capa verde que tanto destaca en este paisaje de grises.
—Una pieza rota puede hacer que todo un mecanismo falle —replico, tratando de ocultar la fragilidad que la niña me ha recordado.
—No era lógica lo que había en vuestros ojos hace un momento —da un paso hacia mí, invadiendo el círculo de mi vigilancia.
—No sabéis lo que hay en mis ojos, Bryndal.
—Mi padre decía que sois un hombre de hierro, aunque el hierro también retiene el calor mucho tiempo después de que el fuego se apaga.
Niego con la cabeza y reanudo la marcha hacia el castillo. La subida es empinada. Ella no se queda atrás. Sus pasos son ligeros, pero decididos.
—Mairi me ha contado que entregáis doble ración a las viudas antes de que las tormentas cierren los pasos —dice, alcanzándome.
—Es una cuestión de supervivencia del clan. Si los aldeanos mueren, no hay quien trabaje la tierra.
—¿Y por qué lo hacéis vos mismo en lugar de enviar a un recaudador?
Me detengo en seco junto a un afloramiento de granito. La miro fijamente, buscando esa grieta de rechazo que todavía espero encontrar en ella.
—Porque nadie vigila mis tierras mejor que yo —sentencio, y el cuero de mis guantes cruje al cerrar los puños.
—Os gusta pensar que todo es vigilancia, Aldric. Pero yo veo a un hombre que protege lo que ama porque sabe lo que se siente al no tener protección.
Las palabras me golpean como un impacto físico. El recuerdo de las cadenas en mis muñecas regresa con una nitidez que me quita el aire. Ella se acerca un centímetro más. Noto el calor que desprende su cuerpo.
—No habléis de lo que no entendéis —le advierto, con la voz apenas por encima de un susurro.
—Entiendo que el laird Blackthorn que se agacha ante una niña no es el mismo que se encierra en una sala oscura cuando el cielo truena.
—Ambos son el mismo hombre —replico, girándome para seguir subiendo—. Y ambos son peligrosos para vos.
Entramos por el rastrillo del castillo. Las cadenas de la puerta principal chocan con la piedra con un sonido metálico que me devuelve a mi zona de control. Me dirijo hacia las caballerizas, necesitando la soledad del trabajo manual para acallar su voz.
—¿Vais a huir de nuevo? —pregunta desde el centro del patio.
—Tengo caballos que revisar.
—Los caballos pueden esperar. La cena no.
No respondo. Me encierro en el establo y siento cómo el olor a paja y animal me envuelve. Es el único lugar donde no tengo que ser un laird , ni un arma. A través de la puerta entreabierta, la veo caminar hacia la torre principal. Se detiene un segundo, mira hacia atrás y sé que me está buscando.
La grieta en mi blindaje se ha hecho hoy un poco más profunda. Me quito los guantes con un movimiento seco y observo mis manos. Tiemblan. Las cierro con fuerza hasta que las uñas se clavan en las palmas.
«Solo cuando le importa», me dijo Mairi una vez.
Y ese es el terror que me recorre la espina dorsal mientras el sol se oculta tras las torres de mi prisión de piedra. Me está importando. Y cuando algo me importa, el miedo a perder el control y destruirlo se vuelve insoportable.