CAPÍTULO 8
Dos días después…
El viento del norte golpea las aspilleras de la torre con un silbido que parece una advertencia.
Me mantengo inmóvil en el centro del salón; mis dedos enguantados rozan el pomo de la espada mientras observo cómo el sol se oculta tras los riscos de granito.
La penumbra se extiende por el suelo de piedra y devora las pocas manchas de luz que quedan.
Es la hora en la que los recuerdos del cautiverio despiertan y arrastran sus cadenas por los rincones de mi mente.
Escucho el roce de la lana contra la piedra. No necesito girarme. El ritmo de sus pasos, ligeros y constantes, se halla grabado en mi instinto con más fuerza que cualquier orden militar.
—Mairi ha dejado la cena sobre la mesa, Aldric —la voz de Bryndal es firme—. Aunque dudo que la carne de venado mejore si se queda fría como la piedra de este castillo.
Me obligo a soltar el aire retenido en los pulmones. Me giro despacio. Ella está junto al hogar, con las manos entrelazadas sobre su vestido verde. La luz de las brasas le destaca la firmeza de la mandíbula. No hay rastro de la duda que vi en ella aquella primera noche en casa de su padre.
—No tengo hambre —suelto, con la voz más áspera de lo que pretendo—. Podéis comer vos.
—He comido en las cocinas con Mairi. Tiene historias sobre vuestros hermanos, aunque sospecho que omite las partes que os harían parecer menos temible.
Camino hacia la mesa, sin embargo, no me siento. Me quedo de pie y mantengo una distancia segura. El aroma del guiso se mezcla con el olor a lavanda de su piel. Es una combinación que me turba y me obliga a centrarme en el peso de mis botas para no perder el equilibrio.
—Mairi recuerda cosas que deberían haber ardido hace años —respondo, bajando la vista hacia el plato de barro—. No deberíais dar crédito a todo cuanto sale de su boca.
—Me ha contado que, cuando regresasteis del rapto, no dejasteis que vuestro padre os tocara durante meses. Que os escondíais en los establos porque el olor a animal era lo único que os resultaba real.
Me tenso. El cuero de los guantes cruje mientras cierro los puños. Las cicatrices de mis muñecas, ocultas bajo las mangas, parecen arder ante la mención de mi regreso.
—Mi padre me rescató —suelto, y cada palabra es un esfuerzo—. Pero no me trajo a casa. Me trajo a este castillo y me dijo que ahora era su arma. Me adiestró para el acero antes de que aprendiera otra cosa.
Bryndal se acerca. No duda. Se detiene justo al otro lado de la mesa de roble; una barrera de madera que agradezco profundamente.
—¿Y es por ello por lo que me advertisteis que no me tocaríais jamás? —pregunta, ladeando un poco la cabeza—. ¿Creéis que vuestras manos solo saben herir?
—Sé lo que hacen mis manos cuando pierdo el juicio, Bryndal —le digo, elevando el tono lo justo para que suene a advertencia—. No es una frase para asustar a los niños. Es la verdad más honesta que puedo ofreceros.
—He visto cómo tratáis a los corceles —apunta ella, apoyando los dedos en el borde de la mesa—. He visto cómo os agachasteis esta mañana para escuchar a la hija del herrero. Una bestia no tiene esa paciencia, Aldric.
—Una bestia tampoco tiene remordimientos cuando daña aquello que se le acerca —replico.
—¿Me estáis amenazando o advirtiéndome?
La pregunta me detiene. No es la misma cosa.
—Advirtiéndoos —admito, tras un silencio demasiado largo.
Ella asiente. Rodea la mesa. Mis pies quieren retroceder, buscar la sombra en el rincón más oscuro del salón, aunque me obligo a permanecer inmóvil.
Es un ejercicio de voluntad que me agota más que una jornada en la frontera.
Cuando se detiene frente a mí, veo el reflejo del fuego en sus ojos. No hay miedo.
—Mairi dice que no dejáis el portón cerrado de vuestra cámara desde la noche que caminasteis dormida —dice en voz baja.
—Es por precaución. No quiero que os despeñéis por las escaleras en la oscuridad.
—¿Precaución? —lo repite con suavidad—. Lo llamáis precaución. Yo lo llamo cuidado. Cuidáis de mí, incluso cuando intentáis convencerme de lo contrario.
Me giro bruscamente, dándole la espalda. Camino hacia la ventana que da al patio interior. La lluvia ha empezado a caer; gotas pesadas que golpean el granito. El aire se está enfriando. Siento la presión del invierno que se avecina.
—Deberíais ir a descansar, milady. Mañana partiremos temprano para revisar las lindes del norte.
—No voy a moverme de aquí hasta que me digáis por qué os encerráis en esa habitación sin ventanas cuando el cielo truena.
Me quedo paralizado. El secreto de mi flaqueza ha sido expuesto con una naturalidad que me hiere.
—Es mi santuario —respondo sin mirarla—. No tenéis derecho a entrar allí.
—No quiero entrar. Quiero saber por qué sentís que necesitáis esconderos.
Hay un silencio que pide algo.
—El laird que me tuvo... —me detengo, sintiendo un nudo en la garganta.
—No tenéis que contarlo todo ahora —dice ella.
—Sabía quién era mi padre. Pronunció el nombre Blackthorn como si ya lo conociera. Antes de que me rescataran.
Siento que ella se tensa, sin embargo, no se aparta. El silencio vuelve a reinar, pero ya no es el de la soledad. Es una grieta en mi armadura por la que ella ha entrado sin permiso y donde ha decidido quedarse.
—Gracias —digo. Es una palabra pequeña, extraña en mi boca.
—¿Por qué?
—Por no iros cuando comenzó la tormenta.
Ella levanta el rostro y me mira. En la penumbra, sus ojos brillan con una intensidad que me obliga a bajar la guardia. Ya no hay máscaras ni el laird autoritario que protege la frontera. Solo queda el hombre que ella ha decidido sacar a la superficie.
—No me voy a ir nunca, Aldric.
Me inclino hacia ella, no para besarla, sino para apoyar la frente en su hombro. Es un gesto de rendición. Mis defensas han caído, desmoronadas por su persistencia. Me quedo así, sosteniendo su mano y escuchando su respiración, mientras el castillo Blackthorn duerme.
—Me quedo con vos —susurro.
En mí, esas palabras son el juramento más alto que puedo ofrecer. El frío de la piedra ya no llega a mi piel, tapado por el calor de su cuerpo contra el mío. La guardia ha caído. Y por primera vez, no tengo prisa por volver a levantarla.