EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 7
22%

CAPÍTULO 7

El frío se cuela por las hendiduras de los muros, arrastrando ese aroma a tierra húmeda y musgo que siempre precede a la nieve en las Highlands.

Camino por la estancia en penumbra, midiendo cada paso sobre la piedra fría, mientras mis botas resuenan en el vacío de este lugar sin ventanas.

Es mediodía, mas aquí dentro el tiempo no tiene dueño.

La oscuridad es una mortaja que yo mismo elijo para cubrir los despojos de lo que queda de mí.

Escucho el rechinar de la puerta de hierro. No es el golpe seco de los guardias, sino un siseo metálico, casi dubitativo.

—Mairi ha dejado la cocina abierta y el aroma del guiso llega hasta la torre —la voz de Bryndal es un hilo de seda que corta la penumbra—. Supongo que no habéis bajado a yantar por falta de tiempo, no por falta de ganas.

Permanezco de espaldas, con las manos enguantadas apretadas contra el pecho. Noto cómo el vello de mis brazos se eriza ante su presencia. Es un calor que no debería morar aquí, un pulso de vida que desafía la quietud de mi santuario.

—Marchaos —suelto, y mi voz suena como el roce de dos peñascos—. Este no es lugar para vos.

—El castillo entero es mi hogar ahora, Aldric. Eso incluye las sombras donde decidís enterraros.

Escucho el roce de su saya de lana contra el suelo. Se acerca. Puedo oler la lavanda de su jabón mezclada con el aire gélido que entra por el corredor. Se detiene a dos pasos.

—No comprendo qué buscáis aquí —murmuro, girándome apenas lo suficiente para ver su silueta recortada por la luz que se filtra desde la puerta entreabierta.

—No busco nada. Solo estoy aquí —responde con esa calma que me desarma más que cualquier acero—. Mairi dice que cuando el laird Blackthorn regresó del cautiverio, no hablaba con nadie durante semanas. Dice que os quedabais en los rincones, vigilando los portones.

—Mairi recuerda demasiadas cosas que deberían haber ardido con el pasado.

—La memoria no arde, Aldric. Se queda en la piel. Lo veo en vuestra espalda cuando os curo la herida de la frontera.

Me tenso tanto que los nudillos me duelen bajo el cuero.

El recuerdo de sus dedos rozando mis cicatrices me atraviesa como una centella.

Es un instante de flaqueza, un momento en el que las defensas ceden ante el cansancio y el dolor.

Pero ella no pide perdón. No llora. Solo me toca como si mis marcas fueran parte de la geografía de su nuevo mundo.

—Esas marcas son una advertencia, Bryndal —le digo, dando un paso hacia ella para intimidarla con mi talla—. Os dije que cuando pierdo el juicio, alguien vierte su sangre.

—Lo habéis repetido tantas veces que empiezo a pensar que lo usáis como un conjuro para que no me acerque —da un paso adelante, acortando la distancia.

Su rostro está a escasos centímetros del mío—.

Pero aquí sigo. Y no veo sangre. Solo veo a un hombre que ha olvidado que también puede ser tratado con tiento sin que ello signifique el fin del mundo.

Extiende la mano. Sus dedos, pálidos y finos, se detienen a un milímetro de mi mejilla. El aire vibra entre nosotros.

—No lo hagáis —susurro, y mi voz se quiebra al final.

—¿Por qué? ¿Tenéis miedo de que vuestra piel recuerde que está viva?

—Tengo miedo de lo que haré si lo recuerda.

Ella no retira la mano. Sus dedos rozan apenas el vello de mi mandíbula.

Es un contacto tan leve que podría ser imaginario, pero para mí es un incendio.

Cierro los ojos, luchando por no reclinar la cabeza hacia su palma.

El olor a lavanda me inunda, borrando por un instante el hedor a encierro y a hierro viejo de la sala.

—Mairi me cuenta lo que aconteció aquella noche en el patio antes de que os llevaran —dice ella, bajando la voz hasta que es una caricia sonora—. Había tormenta. Igual que la de anoche.

—Basta.

—Dijisteis que el hombre que os raptó conocía el nombre de vuestro padre antes de que pudierais gritarlo. Que os llamaba por vuestro nombre en la negrura de la celda.

Abro los ojos de golpe. La oscuridad de la sala parece espesarse, llenándose de los espectros de aquel cautiverio. El sonido de las cadenas choca contra mis oídos. Siento el frío del suelo de tierra en mi espalda desnuda.

—Él sabía quién era yo —suelto, y las palabras salen como bilis—. Sabía que mi padre pagaría cualquier rescate. Pero no fue por el oro. Había algo más en su voz. Una familiaridad que me quema los oídos.

—¿Creéis que vuestro padre lo sabía?

—Mi padre murió con secretos que nos han dejado marcados a todos. Me rescató, sí. Pero no me trajo de vuelta a casa. Me trajo a este castillo de piedra y me dijo que ahora era su arma. Me adiestró para matar antes de que aprendiera a amar algo que no fuera el acero de mi espada.

Bryndal se desliza hacia abajo, sentándose en el suelo de piedra, justo a mis pies. Es un gesto tan natural, tan desprovisto de pompa, que me deja paralizado. Se abraza las rodillas y mira hacia la oscuridad del fondo de la estancia, dándome el espacio que necesito para respirar.

—Mi hogar no era mucho mejor, Aldric —dice ella, con la vista fija en la nada—.

Mi padre es un hombre de silencios que pesan más que las rocas.

Mis hermanos aprendieron a gritar para ser escuchados, pero yo aprendí a caminar sin hacer ruido.

Por eso camino dormida. Mi cuerpo busca la libertad que mi mente no se atreve a reclamar de día.

"El sonambulismo".

Recuerdo las dos noches en las que entra en mi cámara.

La primera, metiéndose en mi lecho y envolviéndose en mi calor como si fuera un derecho de nacimiento.

Me quedo rígido, contando cada una de sus respiraciones, temiendo que un solo movimiento mío la despierte y vea al monstruo que sostiene entre sus brazos.

La segunda, chocando con mí en el corredor, enganchándose a mi cuello con una urgencia que me detiene el corazón.

"Estáis caliente" , murmura contra mi piel.

Aquellas palabras me persiguen en mis sueños más oscuros.

Me siento en el suelo, a una distancia prudencial, imitando su postura. La piedra está helada, pero el calor que emana de ella parece crear una burbuja de seguridad que nunca antes he sentido en este lugar.

—Mairi dice que no dejáis el portón cerrado desde aquella segunda noche —comenta ella, ladeando la cabeza para mirarme.

—Es por precaución. No quiero que os despeñéis por las escaleras en la oscuridad.

—¿Precaución? —Una sonrisa pequeña le cruza el rostro—. Lo llamáis precaución, pero yo lo llamo de otra forma.

—¿Y qué nombre le ponéis vos, Bryndal?

—Cuidado. Estáis cuidando de mí, incluso cuando intentáis convencerme de que solo sois un arma. Un arma no deja mantas de sobra en el corredor cuando el viento sopla del norte. Un arma no se asegura de que el fuego del salón esté encendido antes de que yo baje a desayunar.

Guardo silencio. Sus palabras son como golpes certeros en la armadura que tanto me ha costado forjar. No tengo respuesta, porque la verdad es que cada vez que escucho sus pasos por el castillo, mi cuerpo se tensa, no por miedo al ataque, sino por la necesidad desesperada de saber que está a salvo.

—¿Por qué no huisteis tras la boda? —pregunto, con la voz apenas audible—. Os advertí que no os tocaría jamás.

—Porque las promesas hechas con miedo no cuentan, Aldric —responde ella, volviendo a mirarme a los ojos—.

Y porque vi cómo me mirasteis en el patio de mi padre.

Fue solo un instante. Un pestañeo en el que perdisteis el aliento al verme.

Ese hombre es el que me interesa. El que todavía puede ser sorprendido por la belleza, a pesar de todo lo que ha vivido.

Me levanto bruscamente, necesitando moverme para no sucumbir a la intensidad de su mirada. Camino hacia la puerta y la cierro del todo, dejando que la oscuridad total nos envuelva. Solo queda el sonido de nuestra respiración y el crepitar lejano de una antorcha en el corredor.

—Aquí no hay belleza, Bryndal —suelto en la negrura—. Solo hay lo que el fuego no borró.

—Entonces dejad que yo sea el agua que limpie las cenizas —su voz suena justo a mi lado. No la escucho acercarse.

Su mano encuentra la mía en la oscuridad. No intenta entrelazar sus dedos, solo apoya su palma sobre el cuero de mi guante. Es un contacto firme, decidido. Mi pulso se acelera.

—No... —susurro, pero no retiro la mano.

—¿Por qué los guantes, Aldric? ¿Es para protegerme a mí, o para protegeros a vos de sentir que todavía sois humano?

—Son para protegeros a vos —respondo, y la verdad me quema la garganta—. No sabéis lo que estas manos han hecho. Lo que son capaces de hacer cuando el recuerdo de las cadenas regresa.

—Sé lo que hicieron por la niña Miller en la aldea —añade, y noto que está más cerca. Su calor es una presión física contra mi costado—. Vi cómo os agachasteis para escucharla. Vi cómo vuestras manos, esas manos que tanto teméis, la trataron con una delicadeza que me hizo llorar.

"Ella lo vio".

El recuerdo de la pequeña corriendo hacia mí en la aldea me golpea. No fue un acto de bondad, me digo entonces. Fue solo que la niña no tenía miedo, y el miedo es el lenguaje que mejor entiendo.

—Esa niña no sabe lo que soy —digo, tratando de recuperar mi frialdad—. Vos sí lo sabéis.

—Me han contado que sois el escudo de estas tierras. Que bajo vuestra vigilancia, nadie ha pasado hambre este invierno. Que sois el señor que prefiere dormir en el suelo de piedra antes que permitir que una injusticia se cometa bajo su techo.

Ella se mueve en la negrura. Siento el roce de su hombro contra el mío. Es una invasión deliberada de mi espacio, un avance palmo a palmo que me está dejando sin terreno donde retroceder.

—No me hagáis esto, Bryndal —pido, y mi voz es un ruego—. No me pidáis lo que no puedo dar.

—No os pido nada que no queráis dar, Aldric —responde, y su aliento cálido me roza el cuello—. Solo os pido que dejéis de huir.

En la penumbra total, su mano sube por mi brazo, recorriendo el cuero de la casaca hasta llegar a mi nuca. Se engancha a ella con una firmeza que me obliga a bajar la cabeza hacia ella. Sus labios están tan cerca de los míos que puedo sentir su aliento.

—Si me besáis, no habrá vuelta atrás —le advierto, con la respiración entrecortada—. La bestia no entiende de promesas ni de delicadezas cuando despierta.

—Entonces despertadla —susurra—. Porque yo no temo a lo que hay en vuestro interior.

La beso. No es el beso formal de la capilla, ni el roce distante de un contrato.

Es una explosión de necesidad contenida durante décadas, un choque de desesperación y esperanza que me hace temblar desde los cimientos.

Mis manos enguantadas la agarran por la cintura, atrayéndola hacia mí con una fuerza que me asusta, pero ella no se aparta.

Al contrario, se pega a mi cuerpo, rodeando mi cuello con sus brazos, buscando más.

Siento cómo el aire se nos escapa. Sus labios saben a miel y a tormenta. Por un instante, el recuerdo de las cadenas desaparece. Ya no estoy en una celda fría en las tierras bajas. Estoy aquí, en mi castillo, con la única mujer que ha tenido el valor de mirar mi oscuridad y llamarla hogar.

Me aparto bruscamente, jadeando, apoyando la frente contra la suya. Mi corazón late con tal fuerza que temo que mis costillas se quiebren.

—No... no debería haber ocurrido —logro articular, con la voz rota.

—No os he pedido promesas, Aldric —repunta ella, con una sonrisa que puedo sentir, aunque no la vea—. Solo os he pedido que os quedéis.

La suelto y doy un paso atrás, buscando la seguridad de la sombra. La grieta en el muro se ha ensanchado tanto que ya no hay forma de repararla. Ella ha visto a la bestia rendirse por un segundo, y sé que, a partir de ahora, cada rincón de este castillo estará impregnado de su recuerdo.

—Salid —le ordeno, pero esta vez mi voz no tiene el filo de la autoridad, solo el peso del agotamiento—. Necesito pensar.

—Pensad todo lo que queráis, milord —dice ella, caminando hacia la puerta—. Pero recordad que el invierno es largo, y la piedra es muy fría para un hombre solo.

Sale de la estancia, dejando la puerta de hierro abierta de par en par. La luz del corredor inunda la sala, revelando las motas de polvo que bailan en el aire y la austeridad de mi refugio.

Me quedo allí, de pie en medio de la luz, mirando mis manos enguantadas. Por primera vez en veintidós años, el cuero me resulta insoportable. Me quito los guantes con movimientos lentos, dejando al descubierto mis dedos blancos y las cicatrices que adornan mis muñecas.

Observo la puerta abierta.

No la cierro.