EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Cinco días después. Castillo Blackthorn, Strathavern

El cielo sobre el castillo Blackthorn se tiñe de un color plomizo que presagia algo más que una simple llovizna de otoño.

Camino por el adarve y siento cómo el viento húmedo me golpea el rostro.

Desde aquí arriba, el patio parece una maqueta de piedra y lodo, aunque mi atención se clava en la figura que cruza el rastrillo.

Bryndal camina con una soltura que me resulta ofensiva.

Lleva una cesta bajo el brazo y su capa verde ondea tras ella; un destello de vida en este lugar que construí para que fuera una fortaleza.

Bajo las escaleras de caracol con pasos pesados. La encuentro cerca de las caballerizas, hablando con uno de los mozos como si llevara años viviendo entre estos muros.

—Mairi os ha dado permiso para pasear, supongo —suelto, deteniéndome a una distancia prudencial.

Ella se gira. No hay sobresalto en su movimiento, solo esa calma que empieza a erosionar mis nervios.

—No necesito permiso para conocer mi hogar, Aldric —responde, dejando la cesta en un banco—. He estado en las cocinas. Mairi dice que los suministros de invierno han llegado antes de tiempo.

—La prevención mantiene este clan en pie.

—La prevención también puede asfixiar, milord. Vuestros hombres parecen estatuas cuando paso a su lado. Temen romper el silencio que habéis impuesto.

Me acerco un paso, invadiendo ese espacio que la noche anterior juré proteger de mi propia presencia.

—Mi silencio es la única seguridad que tienen. En este castillo, las palabras no detienen las flechas ni el hambre.

—Aunque tampoco calientan el alma. —Me sostiene la mirada. Sus ojos buscan algo debajo de mi armadura de cuero—. He visto la puerta del ala norte. Mairi se ha negado a abrirla. Dice que es vuestro santuario.

Siento que el aire se congela en mis pulmones. La habitación sin ventanas.

—Es un lugar prohibido. No volváis a preguntar por él.

—¿Por qué? ¿Qué guardáis allí que os aterra tanto que yo vea?

—Nada que os pertenezca —replico con un gruñido—. Bryndal, os lo advierto. No busquéis grietas donde solo hay piedra.

Ella da un paso hacia mí. Sus dedos rozan la manga de mi casaca; un contacto leve que apenas debería sentir, sin embargo, mi cuerpo reacciona como si me hubieran marcado con un hierro al rojo vivo. Retrocedo de golpe, con la respiración entrecortada.

—No me toquéis —le ordeno, con la voz rota.

—Son solo dedos sobre cuero, Aldric. No os estoy atacando.

—Para mí es lo mismo.

Me doy la vuelta y me alejo hacia el granero, necesitando que las sombras me traguen. Escucho sus pasos siguiéndome sobre la paja seca. No se rinde.

—Mairi dice que no dormís cuando el cielo se oscurece —suelta a mis espaldas—. Dice que las tormentas os devuelven a un lugar del que nunca terminasteis de salir.

Me detengo en seco. La furia y el miedo se trenzan en mi garganta. Me giro con una violencia que hace que ella se tense por primera vez, y eso me detiene más que cualquier otra cosa.

—¡Mairi no sabe nada! —grito, y el eco resuena en las vigas—. Nadie sabe lo que es estar en esa oscuridad. Nadie sabe lo que es sentir el hierro frío en las muñecas día tras día, esperando un golpe que llega solo porque el carcelero está aburrido.

Bryndal no retrocede esta vez. Se queda allí, en medio de la penumbra del granero, con el rostro iluminado por un rayo de luz gris que se filtra por el tejado.

—Yo no soy vuestro carcelero, Aldric. Soy vuestra esposa.

—Eso es lo que más me asusta.

Me apoyo en una de las vigas, dejando que la frente descanse sobre la madera rugosa. Mis manos tiemblan con tal fuerza que tengo que apretarlas contra mi pecho.

—¿Por qué aceptasteis? —pregunto, con la voz apenas audible—. Vuestro padre os podría haber ocultado. Podría haber buscado otro laird menos... roto.

—Porque vi cómo me mirasteis en el patio de mi casa —responde ella, acercándose. Esta vez no intenta tocarme, pero su proximidad es una presión física—. Durante un segundo, olvidasteis ser la Bestia de los Blackthorn. Durante un segundo, solo fuisteis un hombre que no podía respirar al verme.

«Maldita sea su intuición».

—Es una debilidad pasajera. No volverá a ocurrir.

—Las debilidades son lo único real que tenemos. El resto es solo teatro para los soldados.

Ella se sienta en una paca de heno y me indica con un gesto que haga lo mismo. No lo hago. Me quedo de pie, vigilando la entrada.

—Contadme algo que no sea una orden o una advertencia —pide—. Algo de antes de las cadenas.

—No hay nada de aquel entonces que valga la pena recordar. Mi padre me rescató y me convirtió en lo que veis. Me enseñó que el contacto físico es el preludio del dolor. Me forjó para ser el escudo del clan, no para ser un hombre que se siente a conversar en un granero.

—Vuestro padre os convirtió en un arma para protegerse a sí mismo de la culpa por haberos perdido —replica ella con una dureza que me sorprende—. Pero ya no sois un niño de ocho años, Aldric. Sois un hombre de treinta que se esconde detrás de unos guantes de cuero.

Me río, un sonido seco y carente de humor.

—Estos guantes protegen al mundo de mí, no al revés. Cuando pierdo el control, alguien sangra. Siempre.

—Entonces dejad que yo corra ese riesgo.

Me acerco a ella, agarrándola por los hombros. No uso toda mi fuerza, pero es suficiente para que ella suelte un pequeño jadeo. La miro fijamente, buscando ese rastro de miedo que me devuelva la cordura.

—¿De verdad queréis esto? —le susurro—. ¿Queréis una vida de silencios y muros de piedra? ¿Queréis un marido que se encierra en una habitación oscura para no heriros?

—Quiero al hombre que se esconde detrás de todo eso —responde, sin desviar la mirada—. Quiero al Aldric que entrega grano a los aldeanos cuando cree que nadie lo ve. Quiero al laird que protege a sus hermanos con una devoción que lo consume.

La suelto bruscamente. El contacto me quema. Salgo del granero sin mirar atrás, subiendo hacia el adarve de nuevo. El viento ha arreciado y las primeras gotas de lluvia empiezan a caer, gélidas. Entro en el gran salón. Mairi está allí, encendiendo las velas de la mesa larga. Me mira de soslayo.

—La cena estará lista pronto, mi señor. He preparado el guiso de venado que os gusta.

—No tengo hambre, Mairi.

—La señora sí la tiene. Deberíais sentaros con ella. Ha estado toda la tarde preguntando por la historia del clan.

—Decidle que la historia de este clan está escrita con sangre y traiciones.

—Ella no es cualquier dama, Aldric. Es la que habéis elegido. O la que el destino ha puesto en vuestro camino para que dejéis de ser una sombra.

Subo a mis aposentos, pero no entro en mi habitación habitual. Me dirijo a la puerta de hierro del ala norte. Saco la llave que siempre llevo colgada al cuello y la giro en la cerradura. El sonido metálico resuena en el pasillo vacío. Entro y cierro tras de mí.

La habitación sin ventanas está en total oscuridad.

No hay muebles, solo una estera en el suelo y el olor a piedra fría.

Me siento en un rincón, apoyando la espalda contra la roca.

Aquí no hay miradas de compasión. Aquí solo estoy yo y el eco de las cadenas que todavía arrastro en mi mente.

Escucho un trueno a lo lejos. La tormenta ha llegado.

Mis pulmones se contraen. La respiración se vuelve errática. Cierro los ojos y las imágenes regresan: el rostro del laird enemigo, el brillo del látigo, la oscuridad absoluta de la celda donde pasé meses sin saber si era de día o de noche.

—Uno... dos... tres... —murmuro, tratando de anclarme al presente.

El trueno vuelve a sonar, esta vez mucho más cerca, haciendo que las vibraciones suban por mis pies. Me cubro los oídos con las manos, apretando los párpados hasta ver chispas. Escucho pasos fuera. Ligeros.

—Aldric —la voz de Bryndal llega desde el otro lado de la puerta.

—¡Marchaos! —grito, con la voz quebrada.

—No me voy a ir. Mairi dice que no debéis estar solo cuando el cielo ruge.

—¡Mairi es una vieja entrometida! Bryndal, por lo que más queráis, alejaos de esta puerta.

Escucho el roce de su ropa contra la madera. Se ha sentado en el suelo, justo al otro lado.

—Entonces me quedaré aquí con el que seáis ahora —dice, con una calma que me atraviesa—. No voy a entrar si no queréis. Pero no vais a estar solo en esa oscuridad.

Un rayo ilumina las rendijas de la puerta, seguido por un estruendo que sacude el castillo entero.

Suelto un grito ahogado y me acurruco más contra la pared, enterrando la cara entre las rodillas.

La vergüenza se mezcla con el terror. El Laird de los Blackthorn, reducido a un niño asustado por un poco de ruido.

—Contadme algo, Aldric —pide ella desde el otro lado—. Cualquier cosa. Contadme cómo son las montañas en primavera.

—Están... están llenas de brezo —respondo, luchando por articular las palabras—. El color es tan intenso que duele a la vista. Y el aire huele a libertad.

—¿Y el río? Elspeth dice que hay una cascada que ruge más que este trueno.

—Sí. La llaman el Salto del Ciervo. Mi padre me llevaba allí antes de... antes de que todo cambiara. Decía que el agua limpia el pasado.

—Quizás tenga razón. Quizás el agua pueda limpiar incluso lo que el fuego no borró.

Me quedo en silencio, escuchando la lluvia golpear contra el tejado. La presencia de Bryndal al otro lado es como un ancla en medio de la tormenta. Su voz es el hilo que me guía de vuelta a la superficie.

—¿Seguís ahí? —pregunto después de un rato.

—Aquí sigo. Y aquí estaré cuando la tormenta pase.

Me levanto con dificultad. Me acerco a la puerta y apoyo la mano en la madera fría. Al otro lado noto un leve calor, como si ella estuviera apoyada exactamente en el mismo punto.

—Bryndal...

—¿Sí?

—Gracias.

Me suena extraña la palabra, casi prohibida.

—No tenéis que darme las gracias, Aldric. Solo tenéis que recordar que no todos los contactos terminan en dolor.

Escucho cómo se levanta. Sus pasos se alejan por el pasillo, dejándome de nuevo con el silencio y la oscuridad. Sin embargo, esta vez la habitación no parece tan pequeña. El aire ya no está tan viciado por el recuerdo del miedo.

Giro la llave y salgo al pasillo. El castillo está en calma, solo interrumpido por el goteo rítmico de la lluvia sobre la piedra. Bajo al salón y encuentro a Bryndal sentada frente al hogar, con una manta sobre los hombros. No me mira al entrar, pero noto cómo se relaja su postura.

Me siento en el banco de enfrente, manteniendo la distancia.

No hablamos. El crepitar de la leña y el calor del fuego llenan los huecos que nuestras palabras no se atreven a ocupar.

Observo sus manos mientras pasa las páginas de su libro.

Son manos delicadas, aunque hay una fuerza en ellas que me asombra.

Ha cruzado mi umbral, ha visto mi debilidad más profunda y no ha huido.

El misterio de la traición de mi padre y los vínculos del laird que me raptó siguen ahí, en las sombras de mi mente. Pero esta noche, por primera vez, la tormenta no ha ganado.

Me quedo mirándola hasta que el sueño empieza a reclamarme. Ella levanta la vista y me dedica una sonrisa pequeña.

—Mañana saldrá el sol, Aldric.

—Mañana será otro día de vigilancia —replico, sin embargo, esta vez mi voz no suena tan dura.

Me levanto y me retiro a mi habitación, la que tiene ventanas. No duermo de inmediato, pero cuando cierro los ojos, la oscuridad ya no tiene garras.