EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La luz de las antorchas en la capilla de los Fyrdan es escasa y vacilante, apenas un par de lenguas de fuego que luchan contra la corriente de aire que se cuela por las rendijas de la piedra.

El olor a incienso viejo se mezcla con la humedad de la noche.

Me mantengo rígido frente al altar, con las manos entrelazadas a la espalda para ocultar el temblor que amenaza con delatarme.

El cuero de mis guantes cruje con cada movimiento de mis dedos; un recordatorio constante de la barrera que he construido entre mi piel y el resto del mundo.

A mi lado, Bryndal permanece inmóvil. Su vestido de novia, de una lana tan blanca que parece herir la vista en aquella penumbra, roza el suelo con un siseo suave.

No la miro. No me atrevo. Si lo hago, temo que su imagen se instale en mi memoria y debilite la resolución que me mantiene en pie desde hace veintidós años.

El sacerdote murmura las palabras del rito en una lengua que suena a siglos de polvo y deber. Mi mente, sin embargo, está en otra parte. Escucho el chasquido de una rama fuera, el ulular de un búho y el latido pesado de mi propio corazón.

—¿Aceptáis a esta mujer como vuestra esposa ante Dios y ante los hombres? —la voz del clérigo me arranca de las sombras.

Tardo un segundo de más en responder. El silencio se expande por la pequeña capilla, volviéndose denso, casi sólido. Noto la mirada del laird Fyrdan clavada en mi nuca.

—Acepto —mi voz sale áspera, una vibración que nace en el pecho y muere en el aire gélido sin llegar a calentarlo.

No hay emoción en mi tono. Solo la aceptación de una sentencia que el rey dictó meses atrás en una misiva sellada con cera roja.

—¿Y vos, Bryndal?

—Acepto —responde ella de inmediato.

Su voz es clara, sin el menor rastro de la duda que debería albergar una mujer que está a punto de unir su destino al de la Bestia de los Blackthorn.

El sacerdote nos indica que nos unamos las manos.

Siento una punzada de pánico que sube por mi espina dorsal como una descarga.

Me giro hacia ella muy despacio. Sus manos están extendidas, pequeñas y pálidas, esperando el contacto.

Extiendo las mías, todavía enguantadas en ese cuero negro.

Cuando rodeo sus dedos con los míos, el calor me golpea con tal fuerza que tengo que apretar los dientes para no soltarla.

Sus manos no están frías. Están llenas de una vida que me resulta ajena y peligrosa.

«No la rompas».

Al terminar la ceremonia, el sacerdote nos da la bendición.

Se supone que debo besarla. Me acerco lo justo para que mis labios rocen su mejilla, una caricia tan breve y distante que apenas cuenta como contacto.

Ella no se aparta, pero noto cómo contiene la respiración un milisegundo; la misma pausa que detecté cuando nos presentaron por primera vez.

Salimos de la capilla hacia el patio del castillo Fyrdan.

No hay banquete ni celebraciones. La boda se celebra al anochecer y partimos de inmediato hacia mis tierras.

Su padre se acerca con una expresión que intenta ser solemne, aunque no oculta el alivio de haberse quitado de encima la responsabilidad de casar a su hija con un hombre de mi reputación.

—Es vuestra ahora, Blackthorn —dice el laird , estrechándome el brazo—. Cuidadla.

—Estará protegida —respondo, soltándome de su agarre.

Ayudo a Bryndal a subir a su montura. Mis manos vuelven a rodear su cintura por un instante. Ella se acomoda en la silla y me mira desde arriba. Sus ojos, en la oscuridad, parecen buscar algo que yo no estoy dispuesto a mostrar.

—¿Partimos ya? —pregunta.

—Cada minuto que pasamos aquí es un minuto que perdemos de camino —monto en un solo movimiento fluido—. El desfiladero es peligroso de noche.

Salimos del patio al trote. El sonido de los cascos sobre el puente levadizo es un redoble que marca el final de su antigua vida.

Cabalgamos en silencio durante la primera hora.

El bosque de los Fyrdan es espeso, lleno de sombras que parecen moverse entre los troncos.

Mantengo una mano cerca de la empuñadura de mi daga, escaneando los flancos del camino.

—No hace falta que busquéis enemigos donde no los hay, milord —interviene Bryndal, poniéndose a mi altura.

—Los enemigos no avisan antes de aparecer, milady.

—Habéis estado en tensión desde que pusisteis un pie en mi casa. ¿Es por el matrimonio o por el lugar?

Me giro para mirarla. La luna se filtra entre las ramas de los pinos, iluminando su perfil.

—Es por el mundo —replico—. Un hombre que baja la guardia acaba bajo tierra.

—Sé que la vigilancia es vuestra armadura. Pero ahora sois mi marido. Supongo que eso me da derecho a preguntar qué es lo que tanto teméis que ocurra.

—No temo nada que venga de fuera, Bryndal.

Ella calla un momento, asimilando mis palabras. El camino se estrecha al llegar al paso de la montaña. El viento empieza a rugir entre las rocas, un sonido agudo que me hace encoger los hombros. Detengo mi caballo en un pequeño ensanchamiento del sendero y le hago una señal para que haga lo mismo.

—Tenemos que descansar un par de horas —sentencio, desmontando—. Los caballos no aguantarán la subida final si no beben.

Busco un rincón protegido por una saliente de roca.

Enciendo un fuego pequeño, apenas unas ramas secas para dar algo de luz y alejar el frío más intenso.

Bryndal se sienta en una piedra plana, envolviéndose en su capa verde oscuro.

Me quedo de pie, de espaldas a ella, vigilando el sendero por el que hemos venido.

—Aldric.

Es la primera vez que pronuncia mi nombre desde que salimos de la capilla. Me tenso, pero no me giro.

—¿Sí?

—¿Por qué me habéis dicho eso antes? Que no teméis nada que venga de fuera.

—Porque es la verdad.

Me doy la vuelta y la encuentro mirándome con una fijeza insoportable. No hay el miedo que la mayoría de las mujeres muestran ante mí.

—Mairi me habló de vuestro castillo antes de que partiéramos —dice ella, bajando la voz—. Dijo que no dejáis que nadie os toque.

—Mairi habla demasiado —gruño, acercándome al fuego para atizar las brasas—. Mi castillo es funcional. Nada más.

—¿Y vuestra promesa? ¿También es funcional?

Me quedo inmóvil, con la rama de pino a medio camino del fuego. El calor de las llamas me lame la cara, pero siento un frío glacial en las entrañas.

—No os he traído aquí para que me analicéis, milady. Os he traído porque es mi deber.

—¿Y vuestro deber incluye la honestidad?

Me levanto y camino hacia ella. Me detengo a un paso, dejando que mi sombra la cubra por completo.

—Escuchadme bien —le digo, bajando la voz hasta que es un gruñido—. Habéis aceptado este vínculo. Habéis aceptado mi apellido y mi protección. Pero hay algo que debéis entender ahora mismo, antes de que crucemos el umbral de mi castillo.

Ella levanta la barbilla, sosteniéndome la mirada sin parpadear.

—Os escucho.

—Jamás os tocaré —sentencio.

La frase cae entre nosotros con el peso de una losa de piedra. El crepitar del fuego es el único sonido que llena el silencio que sigue. No lo digo con desprecio. Es la única advertencia honesta que puedo darle.

—¿Jamás? —repite ella, con una calma que me descoloca.

—Jamás. No esperéis caricias en mi cama ni besos al despertar. No esperéis que os tome de la mano mientras caminamos por el patio. Mi cuerpo es un territorio prohibido para vos, y el vuestro estará a salvo del mío.

—¿A salvo? —ladea la cabeza, con esa curiosidad que me irrita—. ¿Me consideráis una amenaza, Aldric?

—Me considero a mí mismo una amenaza para vos. Cuando pierdo el control, Bryndal, alguien sangra. No permitiré que esa persona seáis vos.

Me doy la vuelta y me alejo hacia la oscuridad del bosque, necesitando que el aire frío limpie el rastro de su presencia de mis pulmones.

Mis manos tiemblan bajo el cuero. Sé lo que soy.

Soy el arma que mi padre forjó sobre el yunque de mi propio trauma.

El hombre que aprendió que el contacto físico es el preludio de la tortura, y que la única forma de no ser herido es no permitir que nadie se acerque lo suficiente.

Pasan los minutos. Me obligo a respirar de forma acompasada hasta que el pulso se estabiliza.

Cuando regreso al fuego, Bryndal sigue en el mismo sitio.

No ha llorado ni ha protestado. Se limita a mirarme con una expresión que no alcanzo a descifrar, pero que tiene algo oscuro en el fondo.

Es alguien que también guarda sus propios silencios.

—¿Es por lo que os pasó de niño? —preguntó en voz muy baja cuando me acerco a los caballos.

—No habléis de lo que no entendéis —le corto, sin mirarla—. Es hora de partir.

Montamos de nuevo. El resto del viaje es una agonía de silencio y tensión.

El paisaje cambia, volviéndose más agreste y oscuro a medida que nos adentramos en el territorio Blackthorn.

Las montañas se cierran sobre nosotros, sus laderas cubiertas de una nieve perpetua que brilla como plata vieja bajo las estrellas.

Al fin, tras un recodo del camino, aparece mi castillo. Sus torres se alzan contra el cielo como colmillos de piedra negra. No hay ventanas iluminadas ni estandartes alegres. Solo muros altos, puertas de hierro y el viento silbando entre las aspilleras.

—Ahí tenéis vuestro nuevo hogar —digo, señalando la estructura.

Bryndal observa la fortaleza sin decir palabra. Noto cómo sus dedos se cierran sobre las riendas. Pero no retrocede.

—Parece un lugar que ha olvidado cómo sonreír —comenta.

—Es un lugar que cumple su función. Mantener el peligro fuera y lo que importa dentro —replico, espoleando a mi caballo hacia la puerta principal.

Los guardias abren el rastrillo con un chirrido de metal que resuena por todo el valle. Entramos en el patio, donde el aire parece cinco grados más frío que fuera. El suelo de piedra está limpio, pero las paredes están cubiertas de armas y cadenas que cuelgan de ganchos de hierro.

Desmonto y me acerco para ayudarla a bajar. La rodeo con los brazos y la bajo de la silla. Durante un segundo, su pecho roza el mío. Su calor atraviesa mis capas de lana y cuero. La suelto de inmediato, dándole la espalda para ocultar mi agitación.

—Mairi os llevará a vuestros aposentos —sentencio, señalando a la anciana que ya espera en el umbral—. Están en el ala opuesta a los míos. Tendréis todo lo que necesitéis.

—¿No cenaréis conmigo?

—Tengo asuntos que atender con mis capitanes. El invierno se acerca y las fronteras no se vigilan solas.

Empiezo a caminar hacia el cuartel, pero su voz me detiene antes de que cruce el patio.

—Aldric.

Me giro, irritado.

—¿Qué?

—Habéis dicho que jamás me tocaríais —observa, con una sonrisa pequeña que me hiela la sangre—. Pero me habéis ayudado a bajar del caballo. Y vuestras manos no han temblado tanto como vuestra voz.

Me quedo paralizado. Ha visto la grieta. Ha detectado el fallo en mi armadura antes incluso de haber deshecho su equipaje.

—Ha sido una necesidad física —replico, recuperando mi tono de piedra—. No lo confundáis con otra cosa.

—No lo confundo con nada, milord. Pero recordad que las promesas que se hacen con miedo son las primeras que el tiempo termina por borrar.

Se da la vuelta y sigue a Mairi hacia el interior del castillo sin esperar respuesta. Me quedo solo en el patio, bajo la mirada impasible de mis hombres y el peso asfixiante de mis propios muros.

«Jamás me acercaré».

Mientras observo cómo su capa verde desaparece tras la puerta de hierro, sé que la verdadera batalla no se librará en las fronteras de mi clan, sino en los pasillos silenciosos de este castillo donde la Bestia acaba de encerrar a la única mujer que no parece tenerle miedo.