CAPÍTULO 4
El barro se pega a mis botas con una pesadez que agradezco.
Cada paso por el sendero que bordea la aldea me obliga a centrarme en el equilibrio y en la resistencia física, alejando el eco de la voz de Bryndal que todavía rebota entre las piedras del patio.
Salgo antes de que el sol logre romper la bruma gris de las Highlands, buscando el refugio de la rutina.
A lo lejos, las cabañas de turba de los aldeanos empiezan a soltar hilos de humo blanco.
Me detengo en lo alto de una loma y observo cómo el clan Blackthorn despierta.
No hay soldados patrullando las calles de tierra, solo hombres que cargan fardos de leña y mujeres que sacuden mantas frente a los umbrales.
Es una paz que he construido con muros de hierro, aunque yo mismo sea incapaz de habitarla.
Escucho el galope de un caballo a mi espalda. No necesito girarme para saber quién es por la irregularidad del ritmo.
— Laird Blackthorn —saluda el jinete, frenando en seco.
Es Duncan, uno de los hombres de la frontera. Su rostro está curtido por el viento y trae la capa manchada de salitre.
—¿Alguna novedad en la marca del sur? —pregunto, manteniendo la vista fija en la aldea.
—Silencio absoluto, milord. Los Campbell parecen más preocupados por sus propias cosechas que por nuestras lindes. —Duncan se ajusta el cinturón—. Pero hay rumores en el mercado de Largs. Dicen que el enviado del rey sigue merodeando por las tierras bajas.
«Buscando lo que mi padre escondió».
—Que sigan merodeando —respondo con brusquedad—. Si cruzan el paso, que los detengan. No quiero heraldos ni cartas en mi puerta durante una temporada.
Duncan asiente y pica espuelas, regresando por donde viene. Me quedo solo de nuevo, pero la sensación de ser observado no desaparece. Me giro lentamente y, a lo lejos, en la ronda del castillo, distingo una mancha verde oscuro. Bryndal . Está allí, inmóvil, observando el valle. O observándome a mí.
Bajo hacia la aldea con pasos largos. No quiero volver al castillo todavía.
No quiero entrar en ese salón donde ella parece ocupar cada rincón.
Al entrar en la calle principal, el olor a pan recién horneado y a estiércol me golpea.
Un grupo de niños juega cerca del pozo, lanzándose piedras.
Me detengo frente a la fragua. Hamish, el herrero, golpea el metal al rojo vivo con un ritmo que me resulta hipnótico.
—Buen acero, Hamish —comento, acercándome a la luz de las brasas.
El hombre levanta el martillo y se limpia el sudor de la frente con el antebrazo.
—Lo mejor de la zona, milord. Aunque preferiría estar forjando arados que puntas de flecha.
—Forjad arados entonces. No espero una guerra este invierno.
—Eso dicen todos hasta que el primer estandarte asoma por la colina. Por cierto —Hamish señala con la cabeza hacia el final de la calle—, la señora ha estado aquí hace apenas una hora.
Mis manos, dentro de los guantes, se cierran por instinto.
—¿Bryndal?
—Ha traído ungüentos para la pequeña de los Miller. Dicen que tiene una mano bendecida para las fiebres. Ha estado hablando con la anciana Elspeth durante un buen rato. Es una mujer valiente, milord. No muchos se atreven a caminar por aquí sin escolta, y menos siendo nueva en estas tierras.
«No es valentía, es imprudencia».
Camino hacia la casa de los Miller. Al doblar la esquina, la veo. Bryndal está sentada en un banco de madera junto a una niña de no más de seis años. La pequeña tiene una venda en el brazo y Bryndal le habla en un susurro, sonriendo mientras le coloca un mechón de pelo tras la oreja.
Me detengo a una distancia prudencial, oculto por la sombra de un granero.
La imagen me desarma. No encaja con la oscuridad de mi castillo ni con la frialdad con la que la he recibido.
Ella parece pertenecer a la luz de la mañana, a la vida que fluye sin miedo.
Se ríe de algo que dice la niña, un sonido limpio que atraviesa el aire frío y me golpea en el centro del pecho.
Siente mi presencia. Es como si tuviera un sentido adicional para detectar mi sombra. Se levanta con parsimonia y se despide de la pequeña antes de caminar hacia donde estoy.
—¿Vigilando el orden de la aldea, milord? —pregunta cuando llega a mi altura. Su rostro está sonrosado por el frío y trae una cesta de mimbre colgada del brazo.
—Vigilando mi territorio —respondo, saliendo de las sombras—. No deberíais estar aquí sola.
—Nadie me ha molestado. Al contrario, vuestra gente es mucho más hospitalaria que vuestros muros.
—Empieza a caminar hacia el sendero que sube al castillo y, sin pedir permiso, me obliga a seguirla—.
He conocido a Elspeth. Me ha contado que este invierno será el primero en diez años que no falta grano en los almacenes.
—Hago lo que debo para que no mueran de hambre —respondo, manteniendo un paso de distancia—. Es una cuestión de logística, no de bondad.
—Lo llamáis logística, pero ellos lo llaman justicia. —Bryndal se detiene y me mira de frente—. ¿Por qué os empeñáis en ocultar que os importan?
—No me importan de la forma que creéis. Los aldeanos son el motor del clan. Si ellos caen, el castillo cae.
Ella suelta una risa corta, llena de escepticismo.
—Sois un mentiroso pésimo, Aldric Blackthorn. He visto cómo mirabais a esa niña desde la sombra. No estabais calculando su valor como fuerza de trabajo.
Me adelanto, tratando de dejarla atrás, pero ella acelera el paso, manteniéndose a mi lado.
—Mairi me ha enseñado las cocinas —continúa, ignorando mi silencio—. Y las despensas. Pero se ha negado a abrir una puerta en el ala norte. Una puerta pequeña, de hierro, que parece llevar a ninguna parte.
Mis pies se clavan en el barro. Siento que el aire se vuelve escaso.
—Esa puerta no se abre —mi voz sale como un gruñido.
—¿Por qué? El castillo es mi hogar ahora. No debería haber lugares prohibidos para mí.
—Hay lugares que solo contienen oscuridad, Bryndal. No hay nada allí que queráis ver.
—¿O es que no queréis que yo vea lo que guardáis allí? —Se coloca frente a mí, bloqueándome el camino—. Sé que es vuestro refugio. Mairi dice que allí es donde os escondéis cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.
—¡Mairi habla demasiado! —estallo. Doy un paso hacia ella, invadiendo su espacio.
Noto su aliento cálido golpeando mi barbilla—.
Esa habitación es una réplica de un lugar en el que pasé meses encadenado.
Oscuro. Frío. Vacío. La construí para recordarme que la libertad es una mentira y que el dolor es lo único real. ¿Es eso lo que queríais oír?
Ella no retrocede. Ni siquiera parpadea ante mi explosión. Al contrario, su mirada se vuelve más suave, lo que me irrita aún más.
—No es curiosidad —murmura en voz baja—. Es que no quiero que estéis solo allí dentro.
—¡Siempre estoy solo! —grito, y el eco de mi voz rebota en las laderas—. Aprendí a estarlo cuando me golpeaban por llorar. Aprendí que nadie viene a rescatarte si no puedes rescatarte a ti mismo. Así que quedaos con vuestros ungüentos y vuestras sonrisas, pero no crucéis esa puerta. Jamás.
Me doy la vuelta y sigo subiendo hacia el castillo, con el corazón martilleando contra las costillas.
Mis manos tiemblan tanto que tengo que meterlas en los bolsillos de mi casaca.
Llego al patio y cruzo el rastrillo sin mirar atrás.
Entro en el gran salón, buscando la penumbra, pero allí está Mairi, limpiando los restos de la cena con una calma que me resulta ofensiva.
—Habéis vuelto pronto, mi señor —comenta la anciana—. La señora ha salido a la aldea.
—Lo sé. Me la he cruzado.
—Es una mujer de buena madera. Os vendría bien escucharla de vez en cuando.
—Me vendría bien que todo el mundo dejara de decirme lo que me conviene —suelto, dirigiéndome hacia las escaleras de la torre.
—Podéis cerrar todas las puertas del castillo, Aldric —la voz de Mairi me detiene en el primer escalón—, pero ella ya ha encontrado la forma de entrar por las grietas. No podéis detener la primavera con muros de piedra.
Subo las escaleras sin responder y me encierro en mi estudio. Me siento a la mesa, rodeado de mapas y registros de grano, pero las letras bailan ante mis ojos. Solo veo la imagen de Bryndal con la niña. Solo escucho su risa.
Pasan las horas. El sol empieza a caer, bañando el castillo en un tono ámbar.
Escucho pasos en el pasillo exterior. Ligeros.
Dubitativos. Se detienen frente a mi puerta.
La madera cruje lentamente y Bryndal aparece en el umbral.
Ya no trae la cesta, pero sigue llevando ese vestido verde que parece absorber la poca luz que queda.
—He traído esto. —Deja una pequeña jarra de barro sobre la mesa—. Es una infusión de corteza de sauce y miel. Ayuda con la tensión de los hombros.
—No la quiero —respondo, sin levantar la vista del mapa—. Lleváosla.
—No lo haré. Podéis beberla o dejar que se enfríe, pero aquí se queda.
Se acerca a la ventana, observando el patio que empieza a cubrirse de sombras.
—Mairi me ha contado algo más. —Su voz tiene un tono diferente—. Me ha dicho que, cuando volvisteis del rapto, vuestro padre no os abrazó. Os dio una espada y os dijo que ahora teníais una deuda con el clan.
Siento un nudo en la garganta que me impide respirar.
—Mi padre hizo lo que creyó necesario para que no volviera a ser una víctima —mi voz suena hueca—. Me convirtió en el arma que el clan necesita.
—Os convirtió en una estatua de piedra, Aldric. Pero las estatuas también se rompen si el frío es demasiado intenso.
Se gira hacia mí. La luz del atardecer le ilumina el rostro, destacando la determinación de sus facciones.
—¿Por qué me habéis traído aquí realmente? —pregunta—. El rey mandó la orden, sí. Pero podríais haber elegido a cualquier otra mujer. ¿Por qué la hija de un hombre que conocía los secretos de vuestro padre?
—Porque necesito saber qué sabía él —admito, y la verdad me quema la lengua—. Porque la sombra que persigue a mi familia nace en este castillo y vuestro padre parece tener la llave.
—¿Y si la llave no la tiene mi padre? —Da un paso hacia la mesa, apoyando las manos en la madera—. ¿Y si la llave sois vos y lo que recordáis de aquellos meses?
—No recuerdo nada útil. Solo dolor.
—El dolor es una forma de memoria muy precisa. Solo tenéis que dejar de huir de él.
Me levanto, haciendo que la silla chirríe violentamente. La habitación se ha vuelto demasiado pequeña. Ella está demasiado cerca.
—¡No sabéis lo que me pedís! —Me acerco a ella, atrapándola entre mi cuerpo y la mesa—. Recordar significa volver a esa celda. Significa sentir las cadenas de nuevo. Significa perder el control. ¿Queréis ver lo que pasa cuando pierdo el control?
Le agarro el brazo, por encima de la ropa, con una fuerza que sé que le duele. Mis dedos se cierran sobre su carne y, por un segundo, la oscuridad se apodera de mi visión. Veo la cara de mi captor. Escucho el chasquido del látigo. Mi respiración es un jadeo salvaje.
—¿Veis? —le susurro al oído, con la voz rota—. Esto es lo que soy. Esto es de lo que os advertí.
Espero que grite. Espero que llore. Pero Bryndal no hace nada de eso. Se queda inmóvil, dejando que mi agarre le deje una marca, y me mira fijamente a los ojos. No hay miedo en ellos. Hay algo mucho más difícil de soportar.
—Entonces hacedlo mirándome a la cara, Aldric —dice en un susurro firme—. Si eso es lo único que sabéis hacer, empezad conmigo. Pero miradme.
La suelto como si su piel quemara. Retrocedo, tropezando con mis propios pies, y me apoyo en la pared opuesta. Mi corazón late con una violencia errática.
—Marchaos —le ordeno, con la voz apenas audible—. Marchaos antes de que haga algo de lo que no pueda arrepentirme.
Ella me mira un largo rato, frotándose el brazo donde mis dedos han dejado marcas que se volverán moradas mañana. No dice nada. Se da la vuelta y sale de la habitación, cerrando la puerta con una suavidad que me hiere más que cualquier portazo.
Me quedo solo en la oscuridad. Me quito los guantes y observo mis manos.
Me dejo caer al suelo, apoyando la espalda contra la piedra fría, y escondo la cara entre las rodillas.
La grieta se ha ensanchado. Ella ha visto a la bestia y, en lugar de huir, le ha ofrecido su cuello.
Y eso es lo más peligroso que me ha pasado en veintidós años.
Fuera, el viento empieza a soplar con más fuerza. Permanezco allí, en el suelo de mi estudio, mientras la penumbra me envuelve por completo, preguntándome cuánto tiempo más podré mantener los muros en pie.