CAPÍTULO 3
Al día siguiente…
El viento golpea las aspilleras del patio con un silbido que corta el aire como un látigo.
Permanezco con la mano aferrada a las riendas de Sombra, sintiendo el cuero húmedo de mis guantes mientras observo a Bryndal.
Se ha quedado inmóvil frente a la pesada puerta de roble de la entrada principal, la que reforcé con bandas de hierro para que nada la atraviese sin mi permiso.
Las antorchas de los muros proyectan una luz anaranjada sobre su capa verde; una silueta que parece demasiado frágil para la piedra que la rodea.
—El patio es frío —suelta ella, rompiendo el silencio—. ¿Siempre recibe así a sus invitados, lord Blackthorn?
—No sois una invitada —respondo, entregando las riendas a un mozo de cuadra que desaparece en las sombras—. Sois la señora de este lugar.
Caminé hacia ella. Mis botas resuenan contra el suelo irregular, un eco que rebota en las murallas oscuras. Me detengo a dos pasos. Puedo ver el vaho de su respiración en el aire gélido. Ella no retrocede. Me sostiene la mirada con una fijeza que me obliga a tensar la mandíbula.
—Un título no calienta los huesos —replica Bryndal, señalando las cadenas que cuelgan cerca del rastrillo—. Vuestro hogar parece listo para un asedio, no para una vida.
—La vida es un asedio constante —sentencio, pasándola de largo para abrir la puerta—. Entrad. El fuego del salón debería estar encendido.
El interior del castillo es una boca de lobo iluminada apenas por braseros dispersos.
El olor a pino quemado y humedad me envuelve; una fragancia que para mí es seguridad y para otros, sospecho, resulta claustrofobia.
Bryndal camina detrás de mí. Escucho el roce de sus faldas contra la piedra.
Es un sonido nuevo aquí. Un sonido que no encaja con el ruido del metal y los pasos pesados de mis hombres.
Al llegar al salón, el calor del gran hogar nos golpea. Las llamas lamen los troncos con hambre y proyectan sombras danzantes sobre las mesas largas y vacías. Me detengo cerca del fuego, dándole la espalda. Noto que ella se queda cerca del umbral, evaluando cada rincón.
—Es más grande de lo que parece desde fuera —comenta, acercándose a la calidez de las llamas—. Pero falta algo.
—¿Qué falta?
—Gente. Risas. No escucho nada más que el crepitar de la madera.
—Mis hombres comen en el cuartel. Solo suben aquí cuando los convoco. Prefiero el silencio.
—El silencio puede ser una prisión si se usa para ocultarse —se coloca a mi lado, lo suficientemente cerca para que note el calor de su cuerpo—. Mi padre decía que el laird Blackthorn no siempre fue un hombre de sombras.
El nombre de mi padre actúa como un resorte. Me giro con brusquedad, atrapándola con mi sombra. Mis manos, ocultas por el cuero negro, se cierran en puños.
—Vuestro padre habla demasiado de un hombre al que apenas conoció.
—Lo conocía lo suficiente para saber por qué os enviaron lejos de niño.
Siento un pinchazo de frío en la nuca. La habitación parece encogerse.
—¿Qué os ha dicho exactamente? —la tensión convierte mi voz en un susurro—. ¿Qué secretos le confió mi padre a un aliado antes de morir acusado de traición?
Bryndal se toma su tiempo para responder. Se quita la capa y la deja sobre un banco, revelando sus hombros delgados. No aparta los ojos de los míos.
—Mencionó que el hombre que os arrebató de este patio conocía bien los senderos de estas tierras —dice con lentitud—. Que no fue un rapto al azar. El laird que os tuvo encadenado sabía quién era vuestro padre antes de pedir el rescate.
«Lo sabía».
Esa idea ha sido un parásito en mi mente durante veintidós años. El recuerdo de las cadenas rozando mis muñecas vuelve con una nitidez dolorosa. El olor a moho. El sonido de la llave girando en el candado.
—Vuestro padre no debería hurgar en heridas que no le pertenecen —gruño, dando un paso hacia ella—. No sabéis lo que estáis despertando.
—Solo despierto lo que ya está ahí, Aldric —no se inmuta. Se acerca un centímetro más. El aire entre nosotros se carga de una electricidad que me hace vibrar los dientes—. Habéis construido este castillo para mantener el pasado fuera, pero lo habéis encerrado dentro con vos.
—No sabéis nada de mi castillo. Ni de mí.
—Sé que no soportáis que os toquen porque vuestro cuerpo recuerda el dolor antes que la caricia. Sé que os encerráis cuando el cielo truena. Y sé que habéis aceptado casaros conmigo por una orden que no podéis desobedecer.
Mi mano derecha se mueve por puro instinto defensivo buscando el pomo de mi daga. Me detengo antes de rozar el arma. El pecho me sube y baja con una violencia que delata mi agitación.
—Os advertí que no os tocaría jamás —le recuerdo entre dientes—. Mantened vuestra distancia y sobreviviremos a este matrimonio.
—No busco sobrevivir, Aldric. Busco vivir —estira un brazo, moviéndose con una parsimonia que me deja paralizado. Sus dedos se detienen a milímetros de mi antebrazo—. ¿De qué tenéis miedo realmente? ¿De que os haga daño, o de que descubráis que vuestras manos pueden hacer algo más que herir?
«Si me toca, perderé el control».
La advertencia ruge en mi cabeza. Retrocedo dos pasos y golpeo la mesa con el muslo. El ruido de la madera resuena como un trueno.
—¡Basta! —mi voz estalla—. No soy un experimento para vuestra curiosidad. Mañana empezaréis vuestras labores. Mairi os enseñará el castillo. Ella sabe lo que debe mostrarse y lo que debe permanecer bajo llave.
—¿Mairi? —frunce el ceño.
—Mi sirvienta. La única que queda aquí desde antes de que yo naciera. Ella os dará lo que necesitéis. Yo tengo asuntos que atender en la frontera.
—¿Huís tan pronto? —hay una chispa de provocación en su tono que me quema más que el fuego.
—Vigilo mi territorio. Es mi deber.
Ella repite la palabra vigilancia con una sonrisa triste.
—Lo llamáis vigilancia, pero solo es miedo con otro nombre.
Me doy la vuelta, ignorando la punzada de verdad que sus palabras clavan en mi pecho. Salgo del salón con pasos largos, sintiendo que el aire se me escapa. Subo las escaleras de la torre norte, la más alejada de sus habitaciones. Necesito el frío. Necesito el silencio de mi estancia vacía.
Entro en mi habitación y paso el cerrojo. No enciendo ninguna luz. Me quedo a oscuras, dejando que mis ojos se acostumbren a las sombras. Me quito los guantes con un movimiento seco y observo mis manos. A la luz de la luna, las cicatrices de mis muñecas parecen marcas de propiedad.
«Alguien que conocía a mi padre».
Las palabras de Bryndal resuenan contra la piedra. Si el laird que me torturó tenía vínculos con alguien cercano a la Corona, la acusación de traición contra mi padre cobra un sentido diferente. Fue algo personal.
Me dejo caer en la silla frente a la ventana estrecha. El cuerpo está agotado, pero la mente es un campo de batalla. Noto el peso de la soledad; una carga que antes era mi armadura y ahora se siente como plomo.
Escucho un ruido en el pasillo. Pasos ligeros. Se detienen frente a mi puerta. Contengo la respiración.
—Sé que estáis ahí, Aldric —la voz de Bryndal llega amortiguada por la madera—. No podéis esconderos de todo el mundo para siempre.
No respondo. Me quedo inmóvil, como una estatua tallada en la roca.
—Mañana no me mostraré distinta por lo que me habéis dicho —continúa—. Seguiré aquí. Y pasado mañana también. Acostumbraos a mi presencia, milord, porque no soy una sombra que podáis disipar con un grito.
Escucho sus pasos alejándose. El silencio vuelve, pero ya no es pacífico.
Está contaminado por su aroma, por su voz, por la certeza de que ha plantado una semilla de duda en el corazón de mi fortaleza.
Me quedo sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en el suelo frío.
Mis manos tiemblan. Las cierro con fuerza, sintiendo las uñas clavarse en las palmas.
«Cuando pierdo el control, alguien sangra».
Esa es la razón por la que mantengo los guantes puestos incluso a solas. No es por desprecio a ella. Es por terror a lo que soy capaz de hacer si permito que alguien atraviese mis muros.
Pasan las horas. El castillo cruje bajo el frío nocturno.
Camino de un lado a otro midiendo el espacio como un animal enjaulado.
Me detengo frente a la puerta. Mis dedos rozan el hierro del cerrojo.
Podría bajar. Podría decirle que se fuera.
Pero sé que no lo haré. Hay algo en la forma en que me miró en el salón que me obliga a quedarme.
Ella ha venido para quedarse con los ojos abiertos. Y yo empiezo a temer que esos ojos vean la parte de mí que ni siquiera yo me atrevo a mirar.
Me acerco de nuevo a la ventana. La nieve ha empezado a caer. Me apoyo contra el muro, dejando que el frío me calme la piel. El misterio de mi padre y la presencia de Bryndal son dos fuerzas que colisionan en mi interior.
«¿Quién sabía mi nombre?».
Esa pregunta es ahora mi norte. Si Bryndal tiene razón, si su padre sabe algo más, entonces este matrimonio es la única llave para limpiar la memoria del clan. Aunque el precio sea mi propia cordura.
Me obligo a sentarme. Trato de visualizar el rostro de mi captor, pero solo veo sombras y escucho el ruido de las cadenas. Ahora, entre esos ruidos, se cuela el eco de la voz de Bryndal, firme y sin piedad. El contraste es violento.
Me quedo así, atrapado entre el pasado que me muerde y un futuro que me aterra, hasta que los primeros rayos grises de la mañana lamen las piedras de mi torre.
Me pongo los guantes de nuevo. La armadura está puesta.
La vigilancia continúa. Pero cuando abro la puerta, sé que la primera batalla ya la he perdido.
Bajo las escaleras hacia el salón. El fuego se ha reducido a brasas. Mairi está allí, moviendo los calderos con un ruido metálico familiar.
—Mi señor —dice ella sin levantar la vista—. La joven dama ya está despierta. Ha preguntado por el jardín de hierbas.
—Decidle que puede ir a donde quiera, siempre que no me estorbe —respondo, tratando de sonar indiferente.
—No os estorbará, Aldric —Mairi me mira con sus ojos sabios—. Ella no es de las que estorban. Es de las que iluminan. Y vos lleváis demasiado tiempo a oscuras.
No respondo. Salgo al patio buscando el frío cortante que es lo único que entiendo. Pero incluso allí, bajo el cielo gris, siento que el aire ha cambiado. Me dirijo a los muros exteriores. Camino por la ronda, observando el valle. Las tierras Blackthorn están en silencio.
Me detengo en la torre del homenaje y miro hacia abajo.
Veo a Bryndal en el patio pequeño, hablando con uno de los guardias.
Gesticulaba con las manos, y el guardia —un hombre rudo que ha servido a mi familia durante décadas— parece relajarse ante ella.
Algo en esa imagen me revuelve las entrañas.
Ella posee una facilidad para conectar con los demás que a mí me fue arrebatada.
«¿Cómo puede sonreír en este lugar?».
La pregunta me persigue mientras bajo al patio. Paso cerca de ella, pero no me detengo. No la miro. Sin embargo, noto cómo su presencia tira de mí, como una marea invisible.
—Buenos días, lord Blackthorn —dice ella, alzando la voz.
Sigo caminando sin responder. Mi silencio es mi última defensa. Pero mientras cruzo el rastrillo hacia el bosque, supe que ella sigue ahí, mirándome, esperando el momento en que la primera grieta sea demasiado grande para repararla.
La nieve cruje bajo mis botas. Me adentro en la espesura buscando la soledad. Pero hoy, el bosque solo me devuelve el eco de sus palabras.
«No podéis esconderos de todo el mundo para siempre».
Aprieto los dientes y sigo adelante. La sombra del traidor y la presencia de la esposa se entrelazan en mi camino, y sé que, tarde o temprano, tendré que enfrentarme a ambas. La bestia está despierta, y el castillo Blackthorn se ha vuelto, de repente, un lugar demasiado pequeño para los dos.