EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La luz de las antorchas en el salón del laird Fyrdan oscila y proyecta sombras alargadas sobre las paredes de piedra.

El aire huele a sebo quemado, a guiso de ciervo y a ese aroma metálico que desprende el hierro cerca de la chimenea.

Bryndal está sentada frente a mí. Me obligo a no mirarla, pero mis dedos, ocultos bajo la mesa y protegidos por el cuero de los guantes, se cierran con tanta fuerza que las costuras amenazan con reventar.

Ella no ha dicho nada en los últimos diez minutos. Se limita a mover la cuchara con una parsimonia que me irrita los nervios. A mi lado, el laird Fyrdan habla sobre lindes, ovejas y la antigua amistad que lo unía a mi padre, pero sus palabras son solo un zumbido molesto.

—El invierno será duro, lord Blackthorn —observa el hombre, alzando su copa de vino—. Pero con esta unión, nuestras tierras estarán protegidas. ¿No os parece?

Mantengo la espalda rígida contra el respaldo de madera tallada. No pruebo el vino. Solo el agua fría, que baja por mi garganta como si fuera granizo.

—El invierno siempre es duro en el norte —respondo. Mi voz suena áspera, con esa vibración que nace más en el pecho que en la garganta—. Las alianzas no cambian el clima.

El laird suelta una carcajada forzada. Bryndal levanta la vista entonces. Sus ojos se clavan en los míos y, por un instante, el ruido del salón desaparece. Me quedo suspendido en esa mirada, buscando la grieta, el miedo que debería estar ahí. No lo encuentro.

—Mi padre se refiere a la seguridad, no al tiempo, milord —interviene ella. Su tono es suave, pero tiene un filo de determinación—. Supongo que en el castillo Blackthorn la seguridad es una prioridad.

«No tienes ni idea de cuánto».

—La seguridad es lo único que garantiza la supervivencia —replico, volviendo a centrarme en el plato de barro—. Todo lo demás es accesorio.

—¿Incluso la compañía? —pregunta ella, ladeando un poco la cabeza.

—Sobre todo la compañía.

El silencio que sigue es denso. El laird carraspea y vuelve a su monólogo sobre el comercio de lana, pero yo ya no escucho. Me levanto de forma brusca; la silla chirría contra el suelo de piedra.

—Si me disculpáis.

—¿Tan pronto, Aldric? —frunce el ceño mi futuro suegro—. Aún no hemos servido el queso.

—Necesito aire —suelto sin mirar a nadie.

Salgo del salón sin esperar respuesta. Mis botas resuenan en el pasillo, un eco rítmico que trato de sincronizar con mi respiración.

El aire del patio está cargado de humedad y frío, el tipo de frío que se mete en los huesos y recuerda que uno está vivo.

Me apoyo en el muro y dejo que la temperatura atraviese la capa de lana.

Mis manos vibran bajo los guantes. No es frío; es ese motor de violencia y alerta que nunca se apaga del todo.

Escucho pasos detrás de mí. Ligeros. Casi imperceptibles sobre la grava. Me tenso y ensancho los hombros: una advertencia física que cualquiera con juicio entendería como una orden de alejarse.

—Es de mala educación dejar a un anfitrión hablando solo —dice Bryndal desde las sombras del pórtico.

No me giro. Mantuve la vista fija en la oscuridad del bosque que rodea el castillo.

—No soy un hombre educado. Deberíais haberlo notado ya.

—He notado muchas cosas —camina hacia mí y se detiene a una distancia que todavía considero segura, aunque sus límites y los míos parecen estar en mundos distintos—. He notado que no bebéis vino. Que no os quitáis los guantes ni para comer. Y que vuestros ojos nunca dejan de buscar las salidas.

Suelto una risa seca, desprovista de humor.

—Vigilancia, milady. Es lo que mantiene la cabeza sobre los hombros.

—Eso no es vigilancia —da un paso más. El olor de su piel, algo parecido a la lavanda y al pan recién horneado, me golpea—. Es como si esperarais que el techo fuera a desplomarse sobre vos en cualquier momento.

Me giro entonces, rápido, buscando intimidarla con mi altura. Ella es menuda comparada conmigo, pero no retrocede. Sus ojos brillan bajo la luna creciente.

—Tal vez debería preocuparos más qué tipo de hombre se va a llevar a vuestro castillo que mis hábitos en la cena —le digo, bajando la voz hasta que es un gruñido—. Soy la bestia de los Blackthorn. El hermano que volvió de la oscuridad y nunca encontró la salida.

Ella ladea la cabeza, un gesto que denota curiosidad en lugar de espanto.

—He oído las historias, Aldric. Los criados hablan. Dicen que sois peligroso. Que vuestro castillo es una prisión de hierro.

—No se equivocan.

—¿Y por qué estáis aquí entonces? —pregunta, ignorando mi advertencia—. Podríais haber enviado a un emisario. Podríais haber firmado los papeles y quedaros en vuestro castillo de piedra. Pero vinisteis vos mismo.

«Porque el rey me lo ordena. Porque mi padre murió con secretos que me queman las manos».

—Vine para asegurarme de que no hubiera malentendidos —miento, invadiendo su espacio para ver si por fin cede—. Para que vierais lo que estáis comprando con esta alianza. No habrá bailes en mi castillo. No habrá música. Solo silencio y muros altos.

—El silencio no me asusta —responde. Su voz es firme, sin un solo temblor—. He pasado gran parte de mi vida escuchando lo que los hombres como mi padre no dicen.

Me quedo callado. Su respuesta no encaja en el guion de mi cabeza. Se suponía que debería estar llorando o mirando al suelo con resignación. Pero sostiene la mirada con una intensidad que me hace desear tocarla y, al mismo tiempo, querer huir a cien leguas.

—Vuestro padre dice que nuestras familias eran aliadas —suelto, buscando recuperar el control.

—Lo eran. Mi padre respetaba al laird Blackthorn. Dice que compartían cosas que solo los hombres que han visto la guerra comprenden.

—¿Qué tipo de cosas?

Ella se encoge de hombros, un movimiento sutil que hace que su capa se deslice.

—No lo sé con exactitud. Pero mencionó algo sobre un rapto. Sobre alguien que conocía vuestro nombre antes de que pudierais pronunciarlo con fuerza.

El aire se congela en mis pulmones. La mención del rapto es un latigazo en mi espalda; una punzada de dolor antiguo que hace que mis cicatrices palpiten bajo la ropa.

—No habléis de lo que no entendéis —le digo, y mi voz es un corte limpio.

—Entiendo más de lo que creéis, Aldric. Sé lo que es estar atrapada.

Ella estira la mano, como si fuera a tocar mi brazo. Reacciono de inmediato y doy un paso atrás tan violento que casi tropiezo con un banco de madera. Mi corazón martillea contra las costillas.

—No me toquéis —le ordeno.

Baja la mano lentamente, pero no hay ofensa en su rostro. Solo una especie de comprensión insoportable.

—¿Por qué los guantes, Aldric? —pregunta en voz baja—. ¿Es para que nadie vea vuestras manos, o para que vos no sintáis lo que tocáis?

—Es para protegeros a vos —respondo antes de poder frenarme.

Me doy cuenta del error en cuanto las palabras salen. Le he entregado una pieza de mi armadura que no debería tener. Me recompongo y endurezco el rostro.

—Mañana partiremos al amanecer —retomo el tono de mando—. Aseguraos de que vuestras pertenencias estén listas. No esperaré a nadie.

—Estaré lista. No necesito que me esperéis. Puedo seguir vuestro ritmo.

La miro una última vez. No huye. No se amilana ante mi violencia contenida. Es como si viera a través de mí, y eso es lo más peligroso que me ha pasado nunca.

—Buenas noches, milady.

—Buenas noches, Aldric.

Me retiro hacia mis aposentos, sintiendo su mirada clavada en mi espalda.

Una vez en la habitación, cierro la puerta y paso el cerrojo de hierro.

Me quito los guantes con cuidado. Mis manos están blancas por la tensión.

Observo las marcas en mis muñecas, las cicatrices que las cadenas dejaron grabadas a fuego cuando solo era un niño.

Cada una es un recordatorio de que el contacto siempre tiene un precio.

«Una esposa no puede romperme más de lo que ya estoy».

Me lo digo a mí mismo mientras me dejo caer en la cama sin quitarme las botas. Pero la imagen de Bryndal en el patio se queda grabada. Su presencia es una grieta en el muro. Y lo peor es que, cuando ella se acercó, mi cuerpo no gritó de dolor. Gritó de algo mucho más peligroso.

No duermo. Nunca duermo bien en lugares que no controlo. Pero esta noche, el insomnio tiene un nombre diferente.

Al alba, el cielo es de un gris plomizo.

El patio es un hervidero de actividad. Bryndal aparece a la hora acordada.

Llevaba un vestido de lana gruesa verde oscuro y una capa con bordes de piel.

Camina con una rectitud que impone respeto.

Su padre está a su lado, dándole consejos que ella recibe con la cabeza inclinada.

Me acerco liderando mi caballo. El estómago se me ha cerrado como un puño.

—Es hora —digo simplemente.

El laird me mira, luego a su hija. Se limita a estrecharme el brazo —un contacto que me hace tensar la mandíbula— y a besar la frente de Bryndal.

—Cuida de ella, Blackthorn. Es el tesoro de este clan.

—Estará segura en mi castillo —respondo. Es la única promesa que estoy dispuesto a hacer.

Ayudo a Bryndal a subir a su montura. Mis manos, de nuevo protegidas por el cuero, apenas rozan su cintura un segundo. Ella me mira desde arriba y, por primera vez, sonríe. Es una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero me golpea con fuerza.

—¿Listos para el silencio, milord?

—Más de lo que creéis —respondo, montando en un movimiento fluido.

Salimos por la puerta del castillo. El camino hacia las tierras Blackthorn es accidentado; el viento ruge en los pasos de montaña. Cabalgo a la cabeza, con Bryndal justo detrás. No hablo. No me giro. Pero mis oídos están atentos a cada movimiento de su caballo, a cada respiración en el aire frío.

A medida que avanzamos, el paisaje se vuelve más agreste. Es mi territorio. Un lugar donde la belleza es dura y la supervivencia es un logro diario. A mitad de la mañana, nos detenemos junto a un arroyo. Desmonto y me alejo para vigilar el camino. Bryndal se acerca.

—Vuestras tierras son hermosas de una forma cruel, Aldric —observa.

—La crueldad es honesta. La naturaleza no miente sobre sus intenciones.

—Ni vos tampoco —se coloca a mi lado—. Me dijisteis que no me tocaríais jamás. ¿Lo decíais en serio?

Me giro hacia ella, dejando que mi sombra la cubra.

—Soy un hombre de palabra, Bryndal. Lo dije como una advertencia. No habrá afecto ni contacto físico más allá de lo necesario.

Ella asiente con esa calma exasperante.

—¿Y si soy yo quien decide tocaros?

Me acerco, reduciendo la distancia hasta que veo las motas doradas en sus ojos. Mi voz es un susurro peligroso.

—Entonces descubriréis por qué me llaman monstruo. Cuando pierdo el control, Bryndal, alguien sangra. Siempre.

Espero que el miedo aparezca por fin. Pero ella se queda exactamente donde está, respirando el mismo aire que yo.

—Entonces tendré que aprender a ser vuestra calma, Aldric Blackthorn —dice, y sus palabras se clavan en mi pecho—. Porque yo ya he decidido que no os tengo miedo.

Me doy la vuelta bruscamente hacia mi caballo. Mi corazón late tan fuerte que puedo sentirlo en la punta de los dedos. No es miedo ni ira. Es el reconocimiento de que esta mujer acaba de declarar una guerra que no sé cómo luchar.

Montamos de nuevo. El sol empieza a bajar y tiñe las nubes de un rojo oscuro. A lo lejos, las torres de mi castillo comienzan a recortarse contra el horizonte. Una estructura de piedra oscura, cerrada, con ventanas estrechas como ojos vigilantes.

—Allí está —digo, señalando las torres.

Bryndal mira hacia el castillo. No dice nada, pero se envuelve más en su capa. Un rastro de duda cruza su rostro. El primero.

—Parece un lugar que guarda muchos secretos —comenta en voz baja.

—Los muros están hechos para eso —respondo—. Para guardar lo que está dentro y mantener fuera lo que no pertenece.

Entramos en el desfiladero. El sonido de los cascos se vuelve metálico, amplificado por la roca. Los guardias abren las pesadas puertas. El chirrido de las bisagras suena como un grito en el silencio del atardecer.

Cruzamos el umbral. Es un lugar sombrío.

Las cadenas de los puentes levadizos cuelgan como serpientes de metal.

Bryndal observa todo con una curiosidad que no se apaga.

Desmonto y espero a que ella haga lo mismo.

Cuando pone un pie en el suelo, se tambalea por el viaje.

Por puro instinto, estiro la mano para sostenerla, pero me freno justo a tiempo y la retiro como si el aire quemara.

Ella nota el gesto. Nota mi retirada. Pero no dice nada; se erguice y me mira con esa determinación que empieza a ser mi perdición.

—Bienvenida a vuestro nuevo hogar, milady. Espero que vuestra valentía dure más que la luz del sol.

Ella da un paso hacia la entrada principal y se detiene en el umbral. Se gira hacia mí, con la silueta recortada por las antorchas.

—Durará, Aldric —reproduce—. Porque he venido aquí para quedarme. Con los ojos abiertos.

Me quedo en el centro del patio, viendo cómo entra en mi mundo de piedra y sombras. Cierro los puños. El juego ha empezado y, por primera vez, no estoy seguro de querer ganar.