CAPÍTULO 1 #2
—No siempre ver más lejos libra a un hombre de acabar rodeado de ciegos —respondo al fin.
La madre de Bryndal baja la vista al mantel. El hermano deja quieta la mano sobre el cuchillo. La frase no es un desafío abierto, pero la sala la recibe con cautela. Es Bryndal quien rompe la tensión.
—A veces tampoco lo libra de ser el único dispuesto a pagar el precio de lo que ve —interviene.
Giro la cabeza hacia ella. No debería haber dicho eso. No tan pronto. Y, sin embargo, la frase sale de su boca sin cálculo.
—No conocisteis a mi padre —replico.
—No —admite.
—Entonces no sabéis qué precio pagó.
—Ni vos el que paga el mío por aceptar esta alianza.
El hermano levanta la cabeza de golpe. La madre murmura el nombre de ella con la aspereza justa para avisarla. El laird Fyrdan no la reprendre. Eso me interesa: la deja sostener lo que ha dicho. Yo también.
—No —concedo—. No lo sé.
Ella asiente. Ese intercambio dura un instante, aunque deja en el aire algo más denso que el humo de la chimenea.
La cena no se rompe por ello. El laird retoma una cuestión de ganado con una habilidad que delata años de mando.
Los demás lo siguen. Yo no vuelvo a hablar más de lo necesario.
Tampoco ella. Pero desde ese momento la sala se inclina un grado distinto hacia mí.
Cuando termina la cena, Fyrdan propone revisar las cláusulas al amanecer y celebrar la boda al mediodía siguiente. Directo. Sin teatro. Acepto con una inclinación mínima. No hay razón para retrasar lo inevitable.
Los criados empiezan a despejar la mesa. Me levanto. Bryndal también. Quedamos los dos frente a frente con la anchura de la mesa entre nosotros. La luz del fuego se refleja en el agua de mi copa intacta. Ella no baja los ojos.
—Mañana será un día largo —observa.
—Sí.
—Dormid si podéis.
No sé qué me molesta más: que se permita decirlo o que lo haga con un tono tan llano que vuelve imposible tomarlo como insolencia.
—Siempre duermo lo necesario.
Sus ojos sostienen los míos un momento más de la cuenta. Luego asiente, como si archivara la respuesta en algún lugar reservado para las medias verdades.
—Buenas noches, milord.
—Milady.
Se aparta primero. No siento alivio. Siento algo peor: la impresión absurda de que la sala se queda un grado más fría en cuanto deja de ocupar ese espacio. Rechazo el pensamiento antes de que termine de formarse.
El laird Fyrdan me entrega a un sirviente para que me guíe a la habitación. Es sobria y correcta. Una cama amplia, un arcón, una palangana con agua limpia y una chimenea pequeña donde alguien ha encendido fuego. El detalle no me enterneció; lo registro como una forma eficaz de hospitalidad.
El muchacho pregunta si necesito algo más.
—No.
Sale de inmediato. Cuando la puerta se cierra, el silencio me devuelve por fin un poco de aire.
Fui hasta la ventana y abro el postigo. El patio está casi vacío.
Más allá de los muros del castillo Fyrdan, la noche del norte se extiende húmeda y dura.
Respiro hondo. El cuerpo no está alterado, sino atento. Eso basta.
Bryndal . El nombre vuelve sin que lo llame. La forma en que me ha mirado. La pregunta sobre la escolta. La calma. Sobre todo la calma. He tratado con mujeres que obedecen o que tiemblan. Esto es distinto. No sé aún si lo considero mejor o peor.
Me quito la espada y la dejo sobre el banco.
Mañana me caso. La verdad cae con un peso extraño ahora que ya no está escrita sobre papel, sino instalada en las horas inmediatas.
Mañana una mujer que no conoce Strathavern, ni mis noches, ni mis reglas, cruzará el umbral del castillo que levanté para estar solo. La idea me cierra la mandíbula.
Distancia. Habitaciones separadas. Ningún contacto. Cuanto antes lo entienda, mejor.
Cierro el postigo y me vuelvo hacia el cuarto.
Me siento en el borde del colchón con la espalda recta y las manos abiertas sobre los muslos.
Conté las salidas. La puerta. La ventana.
La chimenea. El cuerpo lo sabe: no necesita salir de aquí.
Aun así, cuenta. Lo dejo hacerlo. Algunas guerras no se ganan desafiando los hábitos, sino permitiéndoles agotarse.
Afuera, en algún punto del corredor, una tabla cruje. Volví la cabeza sin pensarlo. Nada. Me quedo así, inmóvil, escuchando. He venido a cumplir. La amargura de esa palabra no me altera tanto como debería. Hay cargas que se sostienen mejor cuando se las llama por su nombre exacto.
Me levanto al fin. Apago el fuego hasta dejarlo en un lecho de brasas. Me tumbo encima de las mantas. Cierro los ojos. Y la primera imagen que vuelve no es la del sello real ni la del laird Fyrdan. Es la de ella junto a la ventana. Quietud. Luz gris. Ojos firmes.
El segundo exacto en que dejo de respirar.
Abro los ojos de nuevo. Maldigo en silencio.
No por ella, sino por mí. Cuando por fin el sueño empieza a acercarse, me aferró a la única idea útil que me queda: mañana volveré al norte con una esposa que no sabe nada de mí salvo lo que ha visto en una cena y en un segundo mal disimulado.
La ignorancia permite establecer normas limpias antes de que el afecto o el miedo las deformen.
Le diré la verdad justa. Le ofreceré distancia. Le dejaré claro, desde el primer momento, que el castillo al que va no es un lugar de ternura ni de promesas.
Y si me mira cómo me ha mirado esta noche cuando lo haga, sin bajar la vista y sin huir, entonces sabré qué tipo de mujer ha decidido el rey meter entre mis muros.