EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Cuatro días después. Castillo del laird Fyrdan. Tierras del norte.

El castillo del laird Fyrdan aparece al final de la pendiente como una mancha gris recortada contra un cielo del color del hierro mojado.

No es grande. No tanto como otros que he cruzado por orden del rey o por necesidad del clan.

Tampoco es pobre. Tiene esa solidez sin adorno de las casas levantadas por hombres que prefieren invertir en piedra buena, grano suficiente y vigías atentos antes que en torres de lucimiento inútil.

La muralla exterior no impresiona a primera vista, aunque aguantaría un asedio corto sin desmoronarse.

La puerta principal muestra marcas viejas de hacha en la madera y un refuerzo de hierro más nuevo en la junta inferior.

Arreglaron lo necesario y dejaron a la vista la herida. No me disgusta.

Reduzco la marcha de mi caballo a unos metros del portón.

Siempre hago lo mismo cuando llego a un lugar nuevo.

Miro las salidas antes que las ventanas, el grosor de los muros antes que los tapices, el ángulo de las torres antes que las caras de quienes vienen a recibirme.

El cuerpo se encarga solo. No tengo que ordenárselo.

Cuenta los hombres, mide distancias, pesa la altura del rastrillo, calcula el tiempo que tardaría en cerrarse la puerta si alguien diera la orden. Son hábitos que se pegan al hueso.

Un guardia anuncia mi nombre antes de que yo llegue al umbral.

No alza mucho la voz; no le hace falta. En patios así, los sonidos rebotan contra la piedra y terminan donde deben.

Dos mozos salen de los establos. Uno toma el freno de mi caballo con cautela.

El otro me mira una sola vez antes de bajar la vista a mis botas.

Han recibido instrucciones. A veces basta con eso para saber el tipo de cosas que se dicen de mí antes de que yo llegue a una casa.

Desmonto sin ayuda. He venido con dos hombres de escolta y los he dejado atrás a media jornada del castillo. No necesito testigos para esto. Tampoco compañía. Si el rey me obliga a cruzar una puerta en busca de una esposa, al menos esa humillación menor me pertenece solo a mí.

El laird Fyrdan aguarda en el umbral de la puerta principal.

Tiene más canas de las que espero y menos adornos.

Su túnica de lana oscura cae limpia, sin bordados que reclamen atención.

Lleva una daga al cinto, visible, y no intenta parecer más cordial de lo que exige el momento.

Cuando me acerco, me ofrece el antebrazo.

Lo tomo. Su agarre es firme, seco, medido.

—Aldric Blackthorn.

No suena a bienvenida. Suena a constatación. Lo prefiero.

— Laird Fyrdan.

Sus ojos recorren una vez mi cara, mis hombros, la espada al costado, los guantes. Luego aparta la atención de mí con la naturalidad de un hombre que entiende que examinar demasiado a otro es una forma de declararse inferior o temerario.

—Llegáis antes de que caiga la noche —observa.

—El camino está limpio.

—Hoy. Mañana no lo estará.

Asiento. No necesitamos más conversación que esa para dar un primer paso. Él tampoco. Me hace pasar.

El corredor de entrada huele a turba, cuero húmedo y pan reciente.

Hay un calor contenido en el aire que no viene solo de los fuegos, sino de la costumbre de gente que vive junta y llena el espacio con una respiración compartida.

Me resulta ajeno. No desagradable. Solo ajeno.

Mis pasos suenan distintos aquí que en Strathavern.

La piedra del suelo tiene menos desnivel.

La luz de las antorchas queda mejor distribuida.

No hay oscuridad suficiente en los ángulos.

En una casa como esta, un hombre no puede desaparecer sin que alguien lo note.

No me gusta esa idea.

Atravesamos el corredor principal y entramos al salón.

Es más amplio de lo que la fachada promete.

La mesa grande ocupa el centro, pulida por años de uso.

Un fuego vivo trabaja la chimenea del fondo.

Hay bancos, sillas, una vitrina abierta con jarras de estaño y dos tapices de caza en la pared este.

Todo está ordenado sin exceso de rigidez.

Una casa vivida. Una casa donde la gente se sienta donde le corresponde y nadie teme hacerlo.

El laird Fyrdan dice algo que no escucho del todo. Oigo mi nombre. Oigo el roce de las telas cuando dos mujeres se incorporan y un hombre empuja la silla hacia atrás. Luego la veo.

Está junto a la ventana del fondo, no junto a la mesa.

No se aparta de la luz ni se adelanta con esa docilidad ensayada que he visto en demasiadas hijas de lairds cuando un hombre llega a medirlas para un matrimonio conveniente.

Está quieta. Eso es lo primero. Quieta de un modo que no nace de la timidez, sino de una elección limpia.

Lleva un vestido de lana verde apagado, sin adornos.

El cabello castaño va recogido en una trenza sencilla sobre un hombro.

No baja la cabeza cuando me mira. Tampoco la alza con desafío. Solo mira.

Y durante un segundo exacto no respiro.

No por belleza; he visto mujeres bellas.

No por sorpresa; sabía que habría una hija.

Es otra cosa. La forma en que permanece donde está.

La calma sin exhibición. La ausencia total de ese temblor de cautela que casi siempre precede a la primera mirada.

No hay nada en su rostro que pida ser perdonado por existir.

Es la quietud de quien ya ha aceptado la realidad antes de que la realidad entre por la puerta.

Ese segundo basta para que algo en mi pecho falle.

Me recompongo al instante. Lo hago sin mover un músculo de más, del mismo modo en que me recompongo siempre que el pasado decide treparme por dentro o el presente intenta tocar lugares que no le pertenecen.

El cuerpo vuelve a su sitio. La respiración regresa.

El gesto se mantiene intacto. Si alguien en la sala percibe ese mínimo quiebro, no lo demuestra.

Ella sí. Lo sé con la misma certeza con que sé cuándo un hombre oculta un cuchillo bajo la capa. Lo ve. No sé cómo, pero lo ve.

El laird Fyrdan extiende una mano hacia su hija.

—Mi hija Bryndal.

Bryndal. El nombre se me queda un instante en la lengua sin salir.

Ella avanza entonces, solo dos pasos, lo justo para dejar la ventana a su espalda y entrar de lleno en la luz del salón.

No sonríe. En otras circunstancias agradecería esa ausencia de coquetería obligada. En esta, solo la registro y la guardo.

—Milord Blackthorn —dice.

La voz es más cálida de lo que espero y menos blanda de lo que toleraría.

—Milady.

Eso es todo.

La madre de ella hace una inclinación breve de cabeza.

El hermano me observa con una firmeza que roza la torpeza.

Dos muchachas guardan silencio junto al fuego.

El laird Fyrdan me señala un asiento. Tomo el que me corresponde.

Bryndal se sienta frente a mí, algo ladeada hacia la cabecera.

No tan cerca como para obligarme a sentir su respiración, no tan lejos como para olvidarla.

Un mozo sirve vino. Yo no lo tomo.

—Agua —indico.

El mozo retira la jarra de vino antes de que llegue a mi copa y vuelve con agua limpia.

Noto la mirada del laird sobre ese gesto.

No la de ella. La suya la noto en otra parte, más nítida, como una línea cálida en un punto fijo de mi cara.

No levanto los ojos para comprobarlo. No quiero regalarle esa constatación tan pronto.

La cena empieza. Se habla de caminos, de ganado, del viento que baja temprano desde el paso norte y del rey.

Respondo cuando me preguntan. Lo justo. Ni una palabra de más.

El laird Fyrdan no parece hombre de discursos largos, lo cual ahorra tiempo a ambos.

Aprecio también que no intente venderme la bondad de su hija como si yo hubiera venido por elección.

La alianza existe. Adornar el hecho no la vuelve más amable.

En un momento dado, mientras su madre pregunta a uno de los hombres por el viaje, escucho la voz de Bryndal dirigida a mí por primera vez.

—¿Siempre viajáis con tan poca escolta, milord?

Alzo la vista. La pregunta no suena a reproche ni a curiosidad hueca. Suena a pregunta real.

—Cuando el camino no merece más hombres, sí.

—¿Y cuándo sí los merece?

No sonríe al decirlo. Sostiene la vista con serenidad, como si de verdad le interesara la respuesta y no el efecto de formular la pregunta.

—Cuando la compañía sirve de algo.

El hermano deja escapar una respiración por la nariz que casi parece una risa ahogada. El laird Fyrdan le clava una mirada lateral sin apartar la mano de la copa. Bryndal, en cambio, ni se inmuta.

—Entonces hoy el camino era bueno —apunta ella.

—Hoy el camino estaba vacío.

Su boca se mueve apenas. No llega a ser sonrisa. Aun así, esa casi curva me irrita de una forma que no consigo clasificar. No porque se burle, sino porque no parece intimidada. La intimidación establece un orden claro. Esto no.

La cena sigue. La madre de ella me pregunta por el estado de las tierras Blackthorn.

El laird quiere saber si el invierno golpeó duro la frontera el año pasado.

Bryndal guarda silencio y se ocupa de cortar pan para la mujer mayor sentada a su derecha, un gesto sencillo que no debería significar nada y que, sin embargo, me encuentro mirando.

Nada en el movimiento busca ser visto. Eso lo vuelve más visible.

Vuelvo la atención al plato.

El laird Fyrdan menciona entonces a mi padre. Solo una frase: que el laird Blackthorn conocía bien estas tierras en otro tiempo. La dice sin doblez aparente. Aun así, al oír el apellido en su boca, algo me aprieta por dentro. Levanto los ojos.

—¿Lo tratasteis mucho? —pregunto.

El salón se aquieta un grado. Fyrdan deja la copa sobre la mesa antes de responder.

—Lo suficiente para saber que veía más lejos que muchos hombres de su tiempo.

No contesto de inmediato.