EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) PRÓLOGO
2%
EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4)

EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4)

Por Jude DeCroix

© inepub.com

PRÓLOGO

La carta llega cuando el castillo ya ha callado.

No entra con el ruido del día ni con el cruce de voces de la cena, sino cuando el fuego del gran salón ha bajado hasta volverse una respiración roja entre los troncos y el viento del norte trabaja las almenas con esa paciencia feroz que solo tienen las cosas que existen desde mucho antes que nosotros.

A esta hora, Strathavern se repliega sobre sí mismo.

Los pasos de los guardias pesan menos sobre la piedra, los sirvientes apenas hablan, y los muros, que durante el día sostienen hombres y decisiones, de noche parecen recordar que fueron levantados para resistir.

Siempre me ha gustado esa verdad de la piedra: no finge ser otra cosa.

El golpe en la puerta de mi estudio suena dos veces. Seco. Medido. No es un hombre que dude ni que tema interrumpirme. Alzo la vista del mapa extendido sobre la mesa.

—Pasad.

El guardia entra, deja el pliego sobre la madera y sale sin perder tiempo en palabras innecesarias. Cuando la puerta se cierra tras él, el silencio regresa con la misma firmeza con que se guarda una hoja de acero en su vaina. No necesito tocar el sello para saber de dónde viene.

La cera oscura, el emblema estampado con precisión, el modo en que el pergamino ha sido doblado sin una sola concesión al descuido.

La Corona no envía cartas: dicta órdenes que viajan en forma de misiva para que los hombres se engañen y crean que todavía existe, entre ellos y el rey, algún espacio para la voluntad propia.

Nunca lo hay. No para un Blackthorn. No desde que el nombre de mi padre quedó manchado ante el reino y mis hermanos y yo aprendimos que, a veces, obedecer no es la forma baja de la lealtad, sino la única que permite conservar lo que todavía merece ser salvado.

Me quedo mirando el pliego un momento más de lo necesario.

El cuerpo reconoce ciertas cosas antes que la mente y decide, por su cuenta, tomarse un instante para endurecerse.

El viento empuja uno de los postigos y la madera cruje.

La vela sobre el escritorio inclina la llama antes de devolverla a su sitio.

Paso dos dedos sobre el borde del pergamino. Está frío.

Rompo el sello. Leo.

El rey ordena mi matrimonio.

No aparto la vista de las palabras al terminar.

Vuelvo a leer la línea donde figura el nombre del clan, la alianza que reforzará el norte y las tierras que conviene asegurar.

Luego leo el nombre de ella. Bryndal . Solo Bryndal .

Como si bastara un nombre para resumir una vida entera.

Como si un puñado de letras pudiera decirme algo útil sobre la mujer que va a cruzar mis puertas.

Dejo la carta sobre la mesa. Durante unos segundos no hago nada.

No me levanto ni maldigo. Hace años que dejé atrás esa clase de respuestas.

La ira visible solo sirve a quien la provoca.

Lo que yo siento no toma esa forma, y cuando lo hace, alguien sangra.

Por eso aprendí a inmovilizarme antes de que nada se mueva dentro de mí con fuerza suficiente para arrastrarme.

Clavo la vista en la veta negra que cruza el escritorio de roble.

Yo mismo elegí esta madera cuando mandé levantar el castillo.

La hice traer del bosque alto, de la parte donde los árboles crecen más despacio y por eso se vuelven más densos, más duros.

Todo aquí ha sido pensado para aguantar: la mesa, las bisagras, los muros, la anchura del paso de guardia.

No construí Strathavern para el lucimiento de un laird .

Lo levanté para que nada entrara sin mi permiso y para que, si lo hacía, supiera que se internaba en un lugar donde cada piedra fue puesta por alguien que no confía en el mundo.

Ese alguien soy yo.

Me pongo en pie. El estudio queda pequeño cuando camino dentro de él de noche.

El aire cambia en las horas tardías y los espacios cerrados empiezan a parecerse demasiado a otros que conocí de niño.

He aprendido a elegir el tamaño de las habitaciones donde paso las noches malas.

Este estudio tiene las medidas justas. Cuatro pasos hasta el muro del fondo.

Tres hasta la ventana. Dos hasta el soporte de las armas.

Si el cuerpo necesita recordar dónde está, puedo dárselo en números.

Voy hasta la pared donde cuelga mi espada y me detengo con las manos a la espalda.

Miro mi sombra recortada sobre la piedra.

Ancha. Inmóvil. He pasado veintidós años enseñando a esa sombra a quedarse quieta cuando todo dentro de mí quiere otra cosa.

La he convertido en un animal obediente a base de disciplina y noches en vela.

La carta no cambia eso. Lo que cambia es la idea de una mujer dentro de este castillo.

Una presencia ajena a mis costumbres, a mis silencios, al frío de la sala sin ventanas donde me encierro cuando las tormentas deciden abrir puertas que paso meses manteniendo cerradas.

La sola idea se me instala en el pecho como una cuña de hierro.

Una esposa.

La palabra me resulta extraña aplicada a mí.

Mis hermanos lo han hecho; todos, de un modo u otro, han aceptado el movimiento de la Corona y el peso del apellido.

Caeran tiene el temple de quien entiende el deber antes que el deseo.

Drevyn mira el mundo como un tablero y por eso todo acaba encajando en su cabeza.

Sorlen convirtió la resistencia en una forma de vida y aun así ha cedido. Yo no soy como ellos.

No es que desprecie el matrimonio. Es que sé lo que hay en mí cuando algo importa.

Y una mujer aquí, en la cercanía obligada del pan compartido y del mismo fuego, sería algo condenado a importar, aunque yo no quisiera.

La proximidad hace eso. Lo aprendí demasiado pronto.

Primero te obligan a estar al alcance de la mano ajena.

Luego esa mano cae sobre ti. Después el cuerpo deja de entender diferencia alguna entre cercanía y peligro.

No importa cuánta sangre derrames en nombre de un clan.

El cuerpo conserva sus propias lealtades.

Cierro los ojos un instante. El frío vuelve primero.

No el de esta habitación, sino el otro: el que sube desde la piedra húmeda y se mete en los huesos de un niño demasiado delgado para soportarlo.

Después llega el olor. Tierra mojada. Hierro viejo.

Paja podrida. La mezcla agria de un lugar sin luz y sin misericordia.

No permito que la memoria complete la escena.

Bastan el olor y el frío para saber adónde me arrastraría si le diera cuerda.

Abro los ojos. Estoy en Strathavern. En mi estudio. Frente a mi espada. Tengo treinta años, no ocho. La puerta está cerrada y nadie sostiene la llave salvo yo. El anclaje regresa y mi interior vuelve a su sitio. Respiro hondo una sola vez. Luego vuelvo a la mesa y tomo la carta otra vez.

El nombre del clan de ella me detiene. Fyrdan . Hay algo en esa mención que roza una sombra vieja. El padre de ella conoció al mío. La línea aparece limpia, envuelta en las formalidades de la alianza. La conozco lo bastante como para saber que ninguna línea de una carta real es inocente.

Mi padre conocía a demasiados hombres. Y uno de los hombres que me tuvo encadenado conocía el nombre Blackthorn con una familiaridad que un enemigo no debería haber tenido.

Nunca pude demostrar nada. Solo tengo una frase atravesada en la memoria de un niño aterrado.

Aun así, la he guardado todos estos años como se guarda un hierro caliente: lejos del tacto, pero sin dejar que se apague.

Quizá esta alianza no tenga nada que ver con eso. Quizá sí. No necesito más para decidir que iré yo mismo.

Podría mandar un emisario, pero si el nombre de la mujer que debo tomar por esposa viene unido a un hombre que trató con mi padre, quiero mirar esa casa con mis propios ojos. Quiero ver quién evita ciertas preguntas. Hay cosas que solo se entienden estando presente.

Me siento y saco un pliego limpio. La respuesta a la Corona es breve. Acepto. Indico el día de mi partida hacia las tierras Fyrdan. Nada más. La pluma avanza con firmeza; mi letra nunca tiembla. Sello con la cera del clan y dejo la carta para el mensajero del alba.

Al terminar, me quedo con la pluma entre los dedos.

El estudio ha cambiado de forma porque el orden tranquilo de Strathavern acaba de recibir una grieta.

Pienso en cómo llegará ella. En si traerá damas, baúles o bordados.

En si le asustarán las cadenas de la pared oeste o si preguntará por la sala sin ventanas.

En si le bastará una mirada para entender que este castillo no es un hogar, sino una defensa.

No deseo hacerle daño. La idea es una claridad dura.

Cualquier mujer traída aquí por orden del rey entra en mis manos por un deber que no eligió, y mis manos no son un lugar seguro.

Puedo contenerme, pero eso no es lo mismo que ignorar el riesgo.

El primer deber que tendré con esa desconocida será decirle la verdad.

«Jamás la tocaré».

La frase me llega entera. No es una promesa noble, sino la única advertencia limpia que puedo ofrecer.

Si ella vive aquí y yo mantengo esa ley entre nosotros, tal vez baste.

Tal vez logremos coexistir como dos fuegos en una misma sala: cada uno en su hogar de piedra, consumiendo solo la madera que le corresponde.

Me obligo a pensarlo hasta el final. Habitaciones separadas. Distancia. Ninguna cercanía innecesaria. El castillo es grande y yo sé desaparecer dentro de él. Si ella entiende que no tendrá de mí aquello que otras mujeres esperan de un marido, quizá encuentre más alivio que ofensa.

Dejo la pluma. Me acerco a la ventana y abro el postigo.

La noche me golpea la cara con una frialdad que agradezco.

Desde aquí se ve la línea negra de los tejados bajo el cielo cubierto.

El viento trae olor a brezo y humo lejano.

Strathavern respira. A veces creo que el castillo y yo nos sostenemos del mismo modo: tensos, vigilantes contra un paisaje hermoso que no perdona.

Apoyo una mano en el alféizar. La piedra no miente. Bajo mis dedos encuentro una pequeña hendidura. La dejó el cincel durante la construcción y decidí no corregirla porque no comprometía nada. A veces las marcas dicen más de una obra que sus partes perfectas.

Cierro el postigo. La carta del rey, mi respuesta y el mapa ocupan la mesa como tres versiones de la misma verdad: nadie elige el camino, pero sí cómo coloca los pies sobre él.

Apago las velas. Con menos luz, el hierro de las armas deja de brillar y se integra en la sombra del muro. Lo prefiero así. Aquello que sirve para dañar gana dignidad cuando no busca ser visto. Guardo la carta del rey.

Bryndal . Repito el nombre para acostumbrarme a su existencia.

No sé si será dócil u orgullosa, ni si me mirará con miedo o con esa compasión insoportable de quienes creen entender historias que solo conocen a medias.

No sé qué hará cuando comprenda que las cadenas de las paredes no son un adorno, sino un recordatorio de que el hierro sometido sirve mejor que el hierro oculto. No sé nada. Y quizá sea mejor así.

Recojo el sello y la pluma. Me aseguro de que nada quede fuera de su sitio. Cuando el interior amenaza con inclinarse, el orden visible ayuda a que el resto aguante. A mi edad, uno aprende a no despreciar lo que sostiene, aunque no salve.

Antes de salir, apoyo la mano sobre la madera de la puerta.

«Nadie me encierra aquí. Yo decido cuándo entro y cuándo salgo».

Lo pienso sin esfuerzo, como un dato elemental.

Abro. El corredor está vacío. Una antorcha arde a media altura y el castillo descansa bajo el peso del invierno que ya se anuncia.

Mairi ha dejado encendido el brasero del pasillo; noto el calor leve junto al muro.

Son detalles pequeños, nunca insignificantes.

Camino hacia mi habitación sin hacer ruido. Mañana habrá órdenes, monturas y decisiones. Esta noche todavía me pertenece, y la tomo como todo lo que es mío: sin dulzura.

Una esposa. Bien.

Me detengo ante la puerta de mi cuarto y dejo que la verdad se coloque en su forma exacta: que Dios la ayude si espera de mí otra cosa que honestidad, distancia y piedra. Una esposa no puede romperme más de lo que ya estoy.