25 Indy
VEINTICINCO
INDY
Esto no puede estar bien.
Cuento hacia atrás con los dedos, mirándolos completamente confundida, porque las cuentas no salen. Al menos, no como deberían.
—No. No puede ser —murmuro, atrayendo la atención de Claire.
—¿Qué pasa? —pregunta al ver mi expresión.
—¿Cuándo fuimos a tomar café con Rielle? —le pregunto, recordando vagamente aquella tarde en la cafetería en la que me vino la regla. Pero eso fue hace semanas… no, meses.
—Eh… —Claire me mira como si estuviera perdiendo la cabeza—. Hace como dos meses. ¿Ves a lo que me refiero? Ya no tiene tiempo para nada. Ni siquiera puede tomarse un café con sus malditas amigas. —Deja de hablar de golpe y entrecierra los ojos—. Tía, ¿qué coño te pasa?
Todo mi cuerpo se queda rígido mientras mi mente da vueltas y más vueltas, contando y volviendo a contar mentalmente. No puede ser… pero, joder, ¿cuándo fue exactamente mi última regla?
—¡Indy, vuelve al planeta Tierra! —Claire agita la mano delante de mi cara.
Abro la boca, pero no me sale ni una palabra. Me paso la lengua por el labio inferior y me aclaro la garganta.
—No recuerdo cuándo fue mi última regla.
Los ojos de Claire se abren de golpe y la boca se le queda abierta. Su expresión es tan dramática, tan condenadamente apropiada, que me echaría a reír si no estuviéramos hablando de mí.
—Bueno, sí que me acuerdo —aclaro—. Fue el día que quedamos con Rielle para tomar café.
—Mierda, Indy. —Claire se deja caer de rodillas frente a mí—. Eso fue hace… —Saca el móvil y abre la aplicación del calendario—. Siete semanas.
Cierro los ojos.
—Puede ser otra cosa —susurra Claire.
Abro los ojos y le lanzo una mirada asesina.
—¿Como qué?
—¿Has estado haciendo mucho ejercicio últimamente?
Cuando le levanto el dedo corazón, esboza una pequeña sonrisa.
Después me río yo. Y entonces las dos acabamos llorando de la risa, agarrándonos el estómago, aunque no hay absolutamente nada gracioso en este momento.
Mi risa se transforma en lágrimas, las lágrimas en hipidos y, de pronto, estoy sollozando de verdad, con lágrimas enormes resbalándome por la cara mientras me tiemblan las manos.
—¿Qué coño voy a hacer?
Claire se pone de pie de un salto, coge las llaves de mi casa de la mesa y dice:
—Confirmarlo. Ni siquiera sabemos todavía a qué nos enfrentamos. Voy a bajar a la farmacia de la esquina y comprar unos tests. —Desaparece en la cocina y vuelve con un vaso de agua—. Empieza a beber. Vamos a necesitar mucho pis.
Arrugo la nariz.
—¿En serio?
—Si quieres hacerte varios tests.
—Claro. —Me trago medio vaso de agua—. ¡Ve! —La empujo prácticamente hacia la puerta cuando se queda parada mirándome.
—Te ofrecería vino, pero… —Claire se encoge de hombros con gesto culpable.
Le tiro la cartera a la cabeza.
—Compra para ti. Y tráeme… una chocolatina Snickers.
Claire resopla con una risa y yo consigo sonreír un poco. Las lágrimas vuelven a acumularse en mis ojos y la expresión de mi prima se suaviza.
—Pase lo que pase, Indiana, vamos a solucionarlo.
Al oír esas palabras, las lágrimas terminan derramándose.
Miro a mi prima, probablemente la persona menos cualificada del mundo para dar consejos sensatos, y aun así sé que dice la verdad.
Aunque Claire sea un desastre andante la mitad del tiempo, siempre ha estado ahí para mí.
Siempre. Igual que ahora. Y tiene razón: lo resolveremos. Sea lo que sea esto al final.
—Vale.
—Vale —repite antes de salir de mi apartamento.
Miro el vaso de agua, respiro hondo… y me lo bebo de golpe.
Cuatro tests.
Cuatro malditos tests de cuatro marcas diferentes que confirman exactamente lo mismo.
—Estás embarazada de verdad. —La voz de Claire sale bajísima, como si estuviera sorprendida. Como si no fuera la conclusión más obvia del mundo cuando no te viene la regla y te acuestas con un dios del hockey tremendamente sexy.
—Estoy embarazada de verdad —confirmo, clavando la vista en los cuatro positivos.
—¿Vas a decírselo a tus padres?
Me dejo resbalar contra la puerta del baño hasta quedarme sentada en el suelo.
Claire se sienta a mi lado y cruza las piernas.
Por un momento es como si volviéramos a ser niñas, jugando con maquillaje en el baño y haciendo planes para cuando fuéramos lo bastante mayores como para salir a la calle llevándolo.
—Claro que voy a decírselo.
Ella asiente.
—Pero ¿no crees que debería decírselo antes a él?
—¿A Scotch?
—No, al otro tío con el que me he estado acostando —respondo con sarcasmo, y Claire suelta una risita.
Me coge la mano y me la aprieta.
—Sí, creo que deberías decírselo primero. Es lo maduro, lo correcto, y tú siempre has sido…
—¿La típica que sigue las normas?
—Bueno, esto quizá cambie tu historial de chica obediente, pero…
Me río y Claire sonríe.
—Díselo, Indy.
Asiento lentamente y dejo escapar el aire.
—Primero necesito aclararme yo. Ya sabes, entender qué siento.
—¿Vas a…?
Levanto la vista hacia ella.
—¿Quedártelo? —pregunta en voz baja.
Es una pregunta justa, y agradezco que no haya ni una pizca de juicio en el tono de Claire. Pero ni siquiera necesito pensarlo antes de asentir.
—Tengo veintisiete años, Claire. Tengo un trabajo bien pagado, mi propio piso, unos padres y una familia que me apoyan.
—Hago un gesto hacia ella—. Sé que no es una decisión que todo el mundo tomaría, o siquiera podría tomar, pero yo sí puedo y, bueno…
—me encojo de hombros— siempre he querido ser madre. Solo pensé que estaría casada antes.
—O al menos saliendo con el padre del bebé —añade Claire con toda la ayuda del mundo antes de hacer una mueca al darse cuenta de lo que acaba de decir.
—O eso —admito—. Solo necesito ordenar todo esto en mi cabeza. Pensar cómo va a funcionar, ¿sabes? Porque puedo hacerlo sola, claro que sí. Pero si Noah quiere implicarse, puede hacerlo.
Claire se muerde la comisura de la boca.
—Habla con él, Indy.
Suelto una respiración profunda y cojo el móvil. Con dedos temblorosos, le escribo un mensaje a Noah.
Indy
Hola. ¿Podemos hablar?
Responde al instante, y una pequeña oleada de alivio me recorre el cuerpo.
Noah
Hola. Claro. ¿Estás bien?
—Joder, qué intuitivo es —comenta Claire—. Debe de haber heredado toda la intuición de la familia Scotch, porque su hermano vive completamente ajeno a la realidad.
Antes de que pueda pensar qué contestarle, el móvil vuelve a sonar.
Noah
¿Quieres que vaya a verte?
Mierda. Le enseño la pantalla a Claire.
—No puedo. Todavía no estoy preparada para hablar con él de esto.
—Vale, no pasa nada.
—Además, tiene un partido importante esta noche —añado, sin querer darle esta noticia justo antes de salir en ESPN. Dios, ¿por qué coño me importa eso ahora mismo?
Claire me quita el móvil de la mano y escribe una respuesta. Me la enseña antes de enviarla.
Indy
Ahora mismo estoy liada. ¿Podemos hablar luego? ¿Después del partido?
Asiento y ella pulsa enviar.
Noah
¿Vienes al partido?
Indy
Sí.
Noah
Vale. ¿Me esperas después? Podemos ir a comer algo.
—Ayyy… —suspira Claire con cara soñadora—. Te echa de menos, Indy.
—Seguro que deja de hacerlo en cuanto le diga que estoy embarazada de su hijo —respondo de malas maneras. Inspiro bruscamente cuando la información atraviesa por fin las barreras protectoras de mi cerebro—. Claire, voy a tener un bebé.
Ella levanta la vista, abriendo mucho los ojos al leer algo en mi expresión.
—Estoy creando una persona —añado.
Claire me rodea los hombros con el brazo y me apoyo en ella.
—Vas a ser una madre increíble, Indy. Créeme.
Levanto la vista hacia ella y sonríe.
—Ya sé lo que estás pensando, pero en esto puedes confiar en mí.
El móvil vuelve a sonar.
Noah
No pasa nada si no quieres ir a cenar. Podemos simplemente hablar.
Indy
Tenemos que hablar.
Su respuesta llega inmediatamente.
Noah
Indy, ¿va todo bien?
Indy
Mucha suerte esta noche. Te veo después del partido.
Me alivia comprobar que Noah juega bien. Concentrado y decidido, es una máquina sobre el hielo, incluso marca el último gol. Después de casi una semana sin verlo, no puedo apartar la vista de él. Lo observo durante todo el partido con el corazón en un puño y el estómago encogido.
Dios, cómo lo echo de menos.
Las pocas veces que su cara aparece en la pantalla gigante sobre la pista, hago una mueca al ver lo agotado que parece. Tiene sombras moradas bajo los ojos, barba de varios días cubriéndole las mejillas y la mandíbula, y una dureza marcada en la boca.
No le resta ni un ápice de atractivo.
El corazón me da un vuelco cada vez que lo veo y, por millonésima vez desde Acción de Gracias, deseo que las cosas entre nosotros fueran diferentes.
Los Hawks ganan cinco a tres y el equipo está eufórico. Los chicos gritan y se golpean los cascos y la espalda mientras abandonan la pista. En lugar de seguirlos, Noah se gira y busca con la mirada la zona de las WAGs hasta que sus ojos chocan con los míos.
Tiene la expresión seria, los ojos oscuros.
Inclina la barbilla para hacerme saber que seguimos quedando para hablar, y yo asiento.
Recojo mis cosas y espero a que Claire se despida de algunas amigas. Después caminamos hacia el pasillo donde aguardamos a Noah y Austin.
Cuando los primeros jugadores empiezan a salir, se me tensa la espalda de golpe. La anticipación y los nervios recorren mis venas como una descarga de adrenalina.
—Puedes hacerlo —susurra Claire para animarme. Saluda a los jugadores que pasan, pero no se pone a charlar con ninguno como suele hacer.
En cuanto Austin atraviesa la puerta, sé que Noah viene justo detrás. Claire se aparta de mí y corre hacia su hermano, hablándole sin parar de un drama familiar mientras prácticamente se lo lleva arrastrando pasillo abajo. Antes de desaparecer, me guiña un ojo por encima del hombro.
Aparto la vista de Claire justo cuando una sombra cae sobre mí. Unas botas se detienen delante de las mías. El olor fresco a aire de montaña y pino me envuelve, y deseo con todas mis fuerzas que abra los brazos, me estreche contra él y consiga que me sienta a salvo.
Porque ahora mismo estoy aterrada.
—Indy. —Su voz suena tensa. Me toca la muñeca mientras la duda y la preocupación le cruzan el rostro.
—Buen partido, Noah. —Levanto apenas la comisura de la boca, incapaz de sonreír de verdad, y él lo nota.
—¿Qué pasa? —Da un paso más hacia mí y sus ojos arden.
Inclino la cabeza hacia el final del pasillo.
—¿Podemos salir de aquí?
Asiente y, aunque ya no estamos juntos, entrelaza sus dedos con los míos y me saca del estadio sin importarle quién nos vea, sin importarle nada excepto yo.
Esa certeza hace que me escuezan los ojos y me maldigo en silencio. Contrólate, Indiana.
Hoy, en medio de este torbellino absurdo en el que Google y el SEO se han convertido en mis mejores amigos, he leído sobre las locas e impredecibles hormonas del embarazo.
Ahora mismo, soy exactamente esa mujer.
Desbordada por demasiados sentimientos como para ser capaz de procesar uno solo.
Noah me acomoda en el asiento del copiloto de su coche y se desliza detrás del volante.
Arranca el motor y, al instante, el aire frío sale disparado por las rejillas.
Gira la rueda de la temperatura hasta ponerla al máximo de calor y permanecemos en silencio varios segundos mientras el coche va calentándose poco a poco.
Noah se vuelve hacia mí, tamborileando con los dedos sobre la consola central.
—Indy, dímelo ya. ¿Estás bien?
Asiento, sin confiar en mi voz.
—¿Ha pasado algo? ¿Estás enferma? —La angustia le atraviesa la cara y hay una súplica en su tono que me rompe por dentro.
—Más o menos —consigo decir mientras noto cómo se me llenan los ojos de lágrimas.
Su expresión se desencaja por completo mientras me mira con los ojos muy abiertos.
—Cariño, sea lo que sea, puedes decírmelo. Me da igual que sigamos acostándonos o no. Me tienes aquí para lo que necesites.
Asiento y me llevo las manos a las mejillas.
—Háblame, Indy —suplica.
Cierro los ojos, incapaz de soportar ver su expresión cuando suelto de golpe:
—Estoy embarazada.
Las palabras quedan suspendidas entre nosotros y el aire parece cambiar de densidad. Noah deja de hablar. Me obligo a abrir los ojos. Echa la cabeza hacia atrás como si lo hubiera empujado y me mira completamente confundido.
—Eh… ¿qué?
Trago saliva y lo repito, agradeciendo que la voz no se me quiebre.
—Estoy embarazada, Noah.
—¿Un bebé?
Asiento. La mano de Noah abandona la consola y me rodea la muñeca. Aun así, no consigo leer nada en su expresión más allá de la pura confusión que le llena los ojos.
—Me he enterado hoy —añado.
—¿Y tú…?
—Voy a tenerlo.
Niega con la cabeza y yo me estremezco, apartándole la muñeca de golpe.
Él vuelve a agarrármela, apretando con suavidad.
—No iba a preguntarte eso. —Inclina la cabeza hasta obligarme a mirarlo directamente a los ojos cuando dice—: Iba a preguntarte si estás bien.
Suelto el aire lentamente mientras mi cuerpo arde de frío y calor al mismo tiempo. Los nervios, el miedo y la incertidumbre me recorren como un huracán. Siento que voy a ponerme mala.
—¿Indy?
—No lo sé. —Lo miro fijamente. Cuantos más segundos pasan sin que entre en pánico, más violentamente se arremolinan mis emociones. Me siento salvaje, fuera de control, aterrada.
La expresión de Noah se suaviza. Sin dudarlo ni un segundo, se inclina sobre la consola central y me envuelve entre sus brazos. En cuanto apoyo la cara en su hombro, aspiro su olor. Las lágrimas me resbalan por las mejillas mientras lloro y Noah me sostiene contra él.
—Noah, no lo sé —repito.
—Sí lo sabes, Indy —dice sin el menor rastro de duda—. Claro que lo sabes.