23 Indy
VEINTITRÉS
INDY
El beso de despedida de Aiden apenas roza mi mejilla y bajo la cabeza mientras asiento a su alegre «nos vemos luego» antes de cerrar la puerta detrás de él.
Me giro y suelto un suspiro, pasándome una mano por la frente.
Lo de Noah empujándome hacia Aiden, actuando distante y despreocupado, es muchísimo más que confuso.
De hecho, duele.
Con cada una de sus miradas intensas seguida de un silencio que no entendía, una pequeña punzada, fina como el corte de un papel, me iba arañando el corazón. Después de cuatro horas, me late todo el pecho de decepción, dolor y una rabia que no deja de crecer.
Apoyo la palma de la mano sobre el esternón y presiono, esperando disipar la ansiedad que gira dentro de mí mientras intento imaginarme una vida sin Noah.
Esto se suponía que iba a ser casual.
Sí, claro.
—¿Qué coño le pasa? —pregunta Claire, leyéndome el pensamiento.
Levanto la vista hacia ella y veo que tiene los brazos cruzados sobre el pecho. Los ojos entrecerrados. Los labios convertidos en una línea recta.
—No hacía falta que te quedaras —le digo.
—Y una mierda. Estás claramente hecha polvo.
Hago una mueca.
—Y con razón. —Señala el aire con el dedo y consigo esbozar una pequeña sonrisa.
Mi día favorito del año ha terminado y, en lugar de sentirme cálida y llena de gratitud, estoy agotada y tremendamente aliviada de que haya acabado.
Incluso con la visita sorpresa de Aiden y la noticia de su mudanza, estoy sin energía.
Emocionalmente agotada, físicamente hecha polvo y mentalmente espesa, no sé si me alegra o me irrita que mi prima se una a mi miseria.
Claire me rodea con los brazos y apoyo la cabeza en su hombro, decidiendo que quizá sí estoy un poquito agradecida de que esté aquí.
Una oleada de lágrimas calientes me arde detrás de los ojos y los cierro con fuerza.
¿Qué me pasa?
Yo no suelo ser tan sensible. Tan blandita.
Con Noah conocía las reglas del juego, así que ¿por qué me afecta tanto su actitud distante de hoy?
—A lo mejor está asustado —susurra Claire.
Me aparto y le lanzo una mirada incrédula.
Ella se encoge de hombros, pero la confusión en sus ojos refleja exactamente la mía.
—Estoy agotada, Claire.
Asiente y señala la cocina con la cabeza.
—Vamos a despedirnos de tus padres y a robarles una botella de vino. Yo conduzco tu coche hasta tu piso. Beberemos hasta caer redondas, tu agenda está vacía por las vacaciones de Acción de Gracias y la mía ni siquiera existe.
Consigo asentir y me recompongo lo justo para atravesar la cocina y fingir normalidad delante de mamá y papá.
Estoy segura de que me ven venir a kilómetros.
Solo necesito interpretar bien mi papel para que no hagan preguntas.
Con Claire llamando toda la atención al pedirles a mis padres que elijan qué botella de vino quieren regalarle, consigo despedirme de ellos con besos sin atraer demasiado sus miradas entrecerradas ni sus expresiones preocupadas.
Vale, definitivamente me alegro de que Claire esté aquí.
Sobre todo porque diez minutos después me lleva a casa, me sirve vino y no me dice ni una palabra cuando me quedo dormida antes de terminarme la copa.
Duermo hasta tardísimo al día siguiente.
Tan tarde que Claire ya se ha ido.
Pero ha dejado una cafetera recién hecha antes de marcharse y la adoro por ello.
Aunque he dormido profundamente, ha sido agradable compartir un pedacito de mi desamor con alguien.
Claire siempre ha sido más una hermana para mí, pero pasé toda mi adolescencia siendo hija única, con Aiden como mi amigo más cercano.
No estoy acostumbrada a que una amiga se meta en la cama conmigo cuando estoy mal o se beba una botella de vino a mi lado porque estoy enfadada.
Y resulta muchísimo más agradable de lo que imaginaba.
Me preparo una taza de café y me dejo caer en la mesa de la cocina, incapaz de mantener los ojos abiertos.
Gracias a Dios no trabajo hasta el lunes.
Puedo pasarme el fin de semana intentando recomponerme.
¿Estoy tan desconcentrada por Noah?
¿Estoy tan pillada por él?
Una oleada de emoción me atraviesa y noto que me entran ganas de llorar.
Sí.
Parece que sí.
Poniendo los ojos en blanco conmigo misma, me obligo a levantarme. Me doy una ducha caliente esperando despejarme un poco.
Pero después de secarme el pelo, me pongo un pijama limpio y vuelvo directa a la cama, dispuesta a dormir el resto del día.
El timbre insistente del teléfono me arranca del sueño.
Abro los ojos lentamente. Cada párpado pesa más o menos lo mismo que un luchador de sumo.
Me incorporo a duras penas y tanteo buscando el móvil hasta encontrarlo debajo de una almohada.
—¿Sí? —contesto con la voz espesa de sueño.
—¿Indy? —pregunta Noah, con un matiz de preocupación en el tono.
—¿Qué hora es?
—Pasan un poco de las seis.
—¿De la tarde? —pregunto alarmada al darme cuenta de que literalmente he dormido todo el día.
—Sí —responde despacio—. ¿Estás bien?
—Sí. —Me dejo caer otra vez sobre las almohadas, preguntándome por qué se ha molestado siquiera en llamarme después de prácticamente emparejarme con mi mejor amigo anoche—. ¿Qué necesitas?
Creo que mi brusquedad lo pilla por sorpresa, pero me da igual.
¿Por qué coño me llama después de comportarse de forma tan distante anoche?
—Eh… nada. Solo quería saber cómo estabas.
—Estoy bien.
—Ah. Vale. Bien.
El silencio se extiende entre nosotros y, donde antes era cómodo, ahora no lo es.
Es pesado.
Tenso.
Incómodo de cojones.
Noah suspira profundamente.
—Siento haber estado raro ayer.
—No pasa nada —lo corto.
Sí, me muero por una explicación, pero si va a ser la que estoy bastante segura de que va a darme —que ha terminado conmigo—, ahora mismo no quiero escucharla.
—Escucha, estoy cerca de tu casa. ¿Puedo pasar? ¿Llevarte cena?
Dudo, preguntándome siquiera si quiero verlo.
Pero el estómago me ruge y me doy cuenta de que no he comido nada en todo el día, así que murmuro:
—Vale.
—¿Qué te apetece?
—Pizza.
Él se ríe entre dientes.
—Vale. Estoy ahí en un rato.
Cuelgo sin despedirme.
El sueño tira de mí con fuerza, pero me obligo a sacar las piernas de la cama y ponerme en pie.
Una oleada de mareo me golpea de lleno y vuelvo a sentarme, dejándome caer con la cara entre las manos.
Mierda.
De verdad necesito comer algo.
¿Cómo demonios puedo tener tanta resaca por unas pocas copas de vino?
Cuando el mareo pasa, me levanto y me pongo una sudadera y unas zapatillas peludas.
Ni siquiera me importa el aspecto que tengo.
Estoy demasiado cansada para preocuparme. Demasiado confundida y molesta como para analizar cualquier cosa que Noah diga.
Solo quiero la maldita pizza.
Abro la puerta en cuanto llama.
Noah está ahí plantado, con cara de pocos amigos, los ojos oscuros y el pelo revuelto. Lleva el abrigo de invierno abierto y debajo asoma una camiseta negra lisa.
Me tiende la pizza, que cojo antes de darme la vuelta sin molestarme siquiera en saludar.
La puerta se cierra detrás de él y me sigue hasta la cocina.
—Indy…
Su tono es de disculpa.
Me giro para mirarlo.
—Siento lo de ayer.
—¿Qué parte exactamente? —pregunto mientras saco platos y cubiertos de los cajones de la cocina.
Los dejo sobre la mesa, descorcho la botella de vino que Claire y yo no terminamos anoche y la levanto ofreciéndole.
Él niega con la cabeza, así que me sirvo una copa.
Noah se sienta a mi lado y me observa. Su expresión es ilegible, pero tiene los ojos llenos de arrepentimiento.
—Siento haber sido un capullo anoche.
—Vale.
—Lo digo en serio.
Me encojo de hombros y doy un sorbo al vino.
—Lo que tú digas, Noah. Pero que sepas que yo no hago esto.
—¿El qué?
—Llevar tíos a celebraciones familiares. Acción de Gracias es mi fiesta favorita del año y fue estúpido emocionarme por pasarla contigo. Sobre todo cuando esto —señalo entre nosotros— ni siquiera es algo real.
Su ceño se frunce todavía más.
—Yo también quería pasar el día contigo. Fue un detalle muy bonito por parte de tu madre invitarme.
Esta vez doy un trago largo al vino.
Tengo la piel caliente y fría a la vez y me escuecen los ojos.
Mierda.
¿Voy a echarme a llorar?
¿Qué me pasa?
Necesito dejar de beber.
Dejo la copa sobre la mesa y abro la caja de pizza, poniendo una porción en cada plato.
—Indy, no te enfades. Yo solo… la cagué, ¿vale?
Lo miro esperando que continúe.
—Me gusta estar contigo, Indy. Muchísimo más de lo que debería.
Y, mira, desde el principio acordamos mantener esto casual.
Tengo a Austin dándome la brasa diciendo que tú no eres como las demás, cosa que ya sé —añade cuando entrecierro los ojos—.
Tengo que mantener la cabeza centrada en el juego ahora mismo.
Los Hawks han empezado fuerte incluso sin mi hermano y no puedo fallarle al equipo. No puedo permitirme distracciones.
—¿Ahora soy una distracción? —escupo.
Y sé que lo soy, porque él también es una enorme distracción en mi vida.
Pero ¿solo soy eso?
Noah suelta un largo suspiro y ladea la cabeza.
—Me gustas, Indy. Pero los dos sabemos que entre nosotros no hay nada más que esto. —Vuelve a señalar entre nosotros.
—Sexo increíble y pizza —resumo antes de darle un mordisco enorme.
Él resopla una risa, pero al ver que no reacciono, la expresión se le viene abajo.
Alarga la mano y me roza la muñeca con una suavidad casi dolorosa.
Bajo la cabeza intentando controlar mis emociones.
Sé perfectamente lo que Noah y yo acordamos.
Sé que le dije que le avisaría si empezaba a sentir algo y no lo hice.
No le conté cuánto esperaba verlo. Cómo empecé a necesitar sentir sus brazos alrededor de mí.
No le dije que cuando nos acostábamos juntos empezó a parecerse más al amor.
¿Amor?
Me estremezco y mastico la pizza.
¿Qué se supone que haga? ¿Decírselo ahora, justo cuando él está poniendo distancia entre nosotros? ¿Confesarle que me estoy enamorando de él?
Trago saliva.
Ni de coña voy a prepararme para una decepción todavía mayor.
Estaré bien.
Superaré esto.
El corazón se me contrae y me presiono el centro del pecho con los dedos, intentando aliviar un poco la presión.
Noah ve el gesto y me aclaro la garganta, obligándolo a mirarme a los ojos.
Forzando una expresión neutra, me encojo de hombros con fingida indiferencia.
—No pasa nada. Lo entiendo. Fue divertido mientras duró y lo pasamos bien juntos, ¿no?
Noah ladea la cabeza observándome.
Después de unos segundos, asiente lentamente.
—Gracias por traer esto. —Levanto la porción de pizza en el aire antes de doblarla por la mitad—. La verdad es que estoy agotada. Pero bueno, está bien que hayamos tenido esta conversación para dejar claro dónde estamos. Seguimos bien, ¿no?
Él asiente y coge su trozo de pizza.
—¿Quieres que me quede un rato?
Me muerdo el interior del labio intentando contener el torrente de lágrimas.
¿Va en serio?
Acabamos de medio romper lo nuestro y ¿quiere “quedarse un rato”?
Mis emociones tiran de mí en direcciones opuestas.
Por un lado, sí quiero que se quede.
Quiero que se quede porque quiere estar conmigo, no por un estúpido acuerdo de follamigos.
Por otro lado, necesito que se vaya ya para poder tirarme en la cama y llorar hasta quedarme seca.
Claramente, esa es la opción más racional.
Niego con la cabeza.
—No me apetece.
La cara de Noah se ensombrece, pero me obligo a no ceder.
Después de todo, prácticamente pasó de mí regalándole nuestra reserva de cena a Aiden.
¿En qué demonios estaba pensando?
Noah termina su porción rápidamente.
La química entre nosotros ha quedado rota mientras ambos nos levantamos de la pequeña mesa de mi cocina.
¿Cómo hemos acabado aquí?
Hace apenas una semana Noah iluminaba mis noches.
Ahora las está destrozando.
Lo acompaño hasta la puerta y la abro de par en par.
—Nos vemos, Noah.
Él duda, cambiando el peso de un pie al otro.
Traga saliva y la nuez le sube y baja en el cuello.
Por favor.
Di algo.
Retíralo todo.
Dime que sientes lo mismo que yo.
Dime que quieres esto.
Que me quieres a mí.
Espero, con el corazón mucho más esperanzado de lo que debería.
Finalmente, Noah suspira y baja la cabeza.
—Buenas noches, Indy.
Me muerdo la comisura de la boca para no echarme a llorar delante de él.
Pero en cuanto cruza el umbral, cierro la puerta y echo el pestillo.
Los hombros me tiemblan por la intensidad de las emociones que estoy conteniendo.
Tengo el estómago hecho un nudo, el pecho se me agita con sollozos silenciosos y una oleada de náusea me atraviesa.
Oh, Dios.
Las primeras lágrimas caen y me desplomo de rodillas, dejando que todo me arrase por dentro.
Sabía perfectamente que no debía enamorarme de un jugador de hockey.
Sabía perfectamente que no debía dejar entrar a Noah Scotch en mi vida.
Y aun así lo hice.
Y ahora me toca volver a recoger los pedazos.