22 Noah
VEINTIDÓS
NOAH
Quiero partirle la puta cara a Aiden Hardsin igual que hice con Jace anoche.
Jesús.
La mano se me cierra en un puño y los raspones de los nudillos protestan.
¿Qué coño me pasa? ¿Voy a ir por ahí pegándole a todos los tíos que se ponen cachondos con Indy mientras yo ni siquiera estoy dispuesto a ir a por ella?
No puedo.
No puedo hacerle eso.
Y Aiden, por mucho que me irrite, parece un tío sinceramente decente. El tipo de hombre que lleva protegiendo a Indy las últimas dos décadas. El tipo de hombre que parece odiar a Jace. El tipo de hombre que guarda todos los recuerdos de la infancia de Indy y los recuerda con una claridad perfecta.
Me termino la cerveza de un trago.
La amargura y la rabia me llenan la boca y cojo otra cerveza de la mesa de centro.
Desde la cocina escucho las voces de los padres de Indy, de sus tíos, todos hablando y riéndose. Aquí, el fuego calienta la estancia mientras su familia y su amigo comparten recuerdos.
Esta es la vida que ella merece.
La vida en la que vuelve a casa con un hombre como Aiden y se acurrucan juntos frente a una chimenea mientras hablan de su día, recuerdan historias divertidas y hacen planes de futuro que saben que van a cumplirse.
La certeza de que las vidas de Indy y la mía jamás encajarán como deberían, de la forma correcta para ella, me llena de angustia.
¿Cómo no lo ve?
Estoy aquí sentado viendo cómo le sonríe radiante a Aiden —Aiden el alto, el rubio de ojos azules, el que hace deporte y tiene una sonrisa fácil—, el tío que ha estado a su lado toda la vida. Comparten miradas privadas, bromas internas y tantas putas risas que me pitan los oídos.
—Estoy aquí dos semanas —continúa Aiden—. Después volveré un mes a Tampa y luego ya haré la mudanza definitiva.
—¡Guau! —exclama Indy, con los ojos brillándole de emoción como si Aiden acabara de anunciar que ha curado el cáncer mientras dormía.
Dios mío, mírame.
Necesito dejar de ser tan amargado.
Sabía desde el principio que no teníamos ninguna posibilidad; nunca se supuso que debiéramos tenerla.
Al final del día pensaba decirle a Indy que necesitábamos bajar el ritmo. Que todo se estaba complicando demasiado. Volviéndose demasiado intenso.
Y ahora…
La idea de ayer vuelve a encenderse en mi cabeza y trago saliva.
El hombre perfecto para Indy está sentado aquí mismo, mirándola con tanto cariño y respeto que vuelvo a cerrar la mano en un puño.
Abro la boca y obligo a salir esa idea, la misma contra la que Easton me advirtió, dejando que explote en medio del salón.
—Indy, deberías llevar a Aiden a The Ivy el próximo fin de semana —digo, agradeciendo que mi voz salga tranquila y estable.
Por dentro, el estómago se me retuerce y me arde el pecho.
Pero por fuera estoy sereno.
Controlado.
Todas las miradas del salón se giran hacia mí.
Los ojos de Indy se entrecierran y el dolor le cruza la cara.
Sigo adelante.
—Hice una reserva para el sábado por la noche, pero al final no va a poder ser. ¿Por qué no vais vosotros? Podéis celebrar la mudanza de Aiden. Tienes que probar ese sitio, tío.
Me giro hacia Aiden y empiezo a describirle el ambiente del restaurante y lo brutal que es la carta.
Siento la mirada de Indy clavada en el lateral de mi cara, pero no me giro hacia ella.
No puedo.
Porque no quiero ver la decepción en su expresión por mi cobardía.
Su decepción conmigo.
—¿Qué dices, Indy? ¿Podrás hacerme un hueco en tu apretadísima agenda? —bromea Aiden mirándola.
Durante un segundo, su expresión es pura furia.
El daño es evidente.
Tiene los hombros tensos.
Pero entonces inspira hondo y se coloca una sonrisa enorme.
Mira a Aiden y la rabia en su rostro se suaviza.
—Claro, Aid. Me encantaría ir contigo.
Sus palabras me atraviesan el pecho y lo llenan de rabia, dolor y pensamientos horribles.
Pero me lo merezco.
Todo.
Porque esto era lo que quería, ¿no?
Entonces, si estoy haciendo lo correcto…
¿por qué se siente tan jodidamente mal?