20 Noah
VEINTE
NOAH
—¿Qué coño te pasa, tío? —pregunta mi hermano, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Eh? —Frunzo el ceño mirando la pantalla del móvil.
East se ríe al otro lado de la línea.
—Joder, estás en Babia. ¿Dónde tienes la cabeza? Jugáis esta noche.
—Lo sé. Estoy aquí —gruño.
Tengo la cabeza hecha un puto desastre, pero estoy aquí.
—¿Qué tal Indy? —pregunta East despacio.
—¿Y tú qué? ¿Cómo vas? ¿Qué tal la recuperación? —desvío la conversación hacia lo importante.
East resopla y sé que va a volver al tema de Indy a la mínima oportunidad. Pero no quiero hablar de Indy.
Porque Indy es increíble.
Es una jodida diosa y me hace sentir un millón de cosas con las que no tengo ni puta idea de qué hacer.
Es alucinante y estoy cabreado. No quiero pensar en ella mil veces al día.
No quiero preguntarme qué estará haciendo ni cómo le habrá ido el día en clase.
No quiero ninguna de estas complicaciones.
Indiana Merrick es inteligente y ambiciosa. Se ha dejado la piel para construir la vida que tiene y aquello que quiere —estabilidad— es justo lo que yo no puedo darle.
Así que mientras ella va por ahí brillando, repartiendo su luz entre un grupo de universitarios de primero, yo voy gruñéndole a todo el puto mundo, de mala hostia.
La risa irritante de Easton vuelve a sacarme de mis pensamientos.
—¿Qué? —salto.
—Cristo, hermano. Estoy bien, ¿vale? Aguantando. Pero tú… tú estás entrando en barrena. Créeme, conozco las señales.
Le suelto una sarta de tacos.
—¿Qué pasa con Indy?
—Nada.
—No te creo —canturrea Easton con tono burlón.
Me pellizco el puente de la nariz, exasperado.
—Es increíble, ¿vale?
Easton deja de reírse.
—Tío, ¿qué coño está pasando?
Me siento en el borde de la cama del hotel.
—Jugamos contra Vancouver esta noche.
—¿Y?
—El puto Jace Edwards —escupo, notando cómo la irritación me sube solo de pensar que voy a ver al gilipollas que le hizo daño a Indy hace años.
El mismo que consiguió que jurara no volver a salir con jugadores de hockey ni con este estilo de vida incierto que llevamos, uno sin garantías de ningún tipo.
El mismo que hizo que fuera inalcanzable para tíos como yo. Para mí.
—Noah, ¿ha pasado algo con Indiana? ¿Está bien?
La preocupación en la voz de mi hermano me hace darme cuenta de lo mucho que lo estoy desconcertando con toda esta amargura y mis desvaríos aleatorios.
Joder. Espabila, Scotch.
—Está bien, Easton. Solo que… me gusta muchísimo.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí, hombre. ¿Por qué no iba a gustarte alguien? Por cierto, me encanta este regreso a la época del instituto.
Resoplo una risa.
—¿Cuál es el problema, Noah? —insiste East.
Me pongo en pie otra vez.
—Anoche vino a casa conmigo. Fue diferente.
—¿Diferente? —repite mi hermano, cargando la palabra de escepticismo.
—Diferente en el buen sentido —me apresuro a añadir—.
Creo. No sé, East, tengo la cabeza hecha mierda.
Fue… increíble, más intenso, algo… cambió.
Y ahora no consigo quitármela de la cabeza mientras ella está tan normal.
Como si nada. Tan tranquila siendo amigos que follan, mientras yo tengo ganas de partirle la cara a su puto exnovio solo porque años atrás estuvo con ella.
East se queda callado unos segundos.
Luego oigo un:
—Joder…
La palabra viaja por la línea.
—Noah, estás coladísimo por la pequeña Indy.
—Lo sé —suspiro, odiando esto.
¿Por qué coño tenía que enamorarme precisamente de la única chica que no puedo tener de verdad?
Quiero decir, sí, puedo acostarme con ella.
Pero no la merezco. No debería quererla.
Lo único que un tío como yo puede ofrecerle a una mujer como Indy son complicaciones, inestabilidad y, tarde o temprano, resentimiento.
—¿Por qué no hablas con ella? —pregunta mi hermano con cautela, intentando mantener la voz neutra.
Vuelvo a levantarme de la cama, incapaz de quedarme quieto.
—No puedo, tío. Dejó clarísimo lo que quería, cuáles eran sus expectativas.
Los dos lo dejamos claro. ¿Y ahora qué? ¿Voy a cambiarle las reglas del juego y retractarme de todo lo que dije solo porque es jodidamente increíble?
Lo único que conseguiría sería liarle la cabeza o hacer que todo se volviera raro entre nosotros, y no quiero ninguna de esas dos cosas.
—Ya, pero… ¿no crees que va a darse cuenta de que estás raro? Estás totalmente ido, Noah. Tenéis tres partidos importantes por delante y tú estás en las nubes por una mujer que ni siquiera vas a hacer tuya.
Ni siquiera vas a hacer tuya.
Eso sí que ha dolido.
Maldigo entre dientes.
Porque, joder, mi hermano tiene razón. No puedo hacer que Indy sea mía.
No de la manera en que quiero. No cuando ella merece la luna y las estrellas y yo apenas puedo ofrecerle un maldito asteroide.
Además, necesito volver a concentrarme. Literalmente.
El hockey no se juega solo. Mi puesto en los Hawks no es seguro.
El de Easton tampoco. Mira lo que le está pasando a Torsten.
Jesús.
No puedo permitirme perder la cabeza así. Después de Courtney juré que iba a poner el hockey por encima de todo.
Y mírame ahora.
Desquiciado por una mujer. Al menos sé que es LA mujer. Pero no va a pasar y también lo sé.
—Tengo que dejarla ir —murmuro.
—¿Qué? —pregunta East.
—Voy a ir a su casa en Acción de Gracias.
—¿Vas a una cena familiar a casa de una mujer? —El tono de Easton baja de golpe.
—Sigue siendo una Merrick —señalo.
—Sí, una Merrick a la que te has follado.
Hago una mueca ante su vulgaridad.
—Tengo que hablar con ella. Relajar las cosas entre nosotros. Pasamos demasiado tiempo juntos. Estamos cayendo en… esto, en salir juntos, cuando se supone que lo nuestro es casual. Tiene que tener una cita con otro.
Mi hermano se echa a reír, pero cuando ve que yo no me uno, deja de hacerlo.
—Es la peor idea del mundo. Horrible. Estúpida.
—Gracias, East.
—Noah, hablo en serio. Simplemente… habla con ella. Hace dos minutos querías partirle la cara a Edwards porque salió con Indy en la universidad. ¿Y ahora quieres buscarle una cita?
—Tengo que hacerlo —digo, dándole vueltas a la idea en mi cabeza.
Joder, me va a destrozar. Me va a cabrear. Va a doler.
Pero es lo mejor.
Es lo mejor para ella.
Me importa Indy y, como hombre que quiere que tenga la vida que desea, sé que necesita a un tipo que no se parezca en nada a mí. Necesita a alguien que comparta sus intereses, que tenga una carrera estable, que quizá no esté viviendo al otro lado del país el año que viene.
—Noah, escucha lo que estás diciendo —me reprende Easton.
—Ya lo he hecho. —Asiento, como si necesitara reafirmar la decisión ante mí mismo—. Esto es lo mejor para Indy. Tengo que hacer lo correcto por ella, East.
Me trago esas palabras seis horas después, cuando mi puño conecta de lleno con la mandíbula de Jace Edwards.
Mierda.
Echo el brazo hacia atrás y sacudo la mano.
—¿Pero tú estás puto loco o qué? —Edwards se lleva la mano a la cara.
Torsten patina entre los dos y se coloca delante de mí.
—Vete a la mierda, Edwards. Bastante suerte tienes ya con que te hayan dejado jugar esta noche.
La mejor prueba del carácter de Edwards es que solo uno de sus compañeros intenta meterse en la pelea, y creo que más por obligación que por amistad.
Le hago un gesto con la barbilla al chaval —un jugador joven que Vancouver fichó esta temporada— y doy un paso atrás.
—¿Estás bien? —Torsten patina a mi lado mientras los silbatos pitan de fondo.
Asiento y me paso una mano por la cara.
No debería haberle pegado. Lo sé.
Pero cuando ese hijo de puta me miró y sonrió, gritando demasiado alto: «He oído que te estás comiendo mis sobras. Quién iba a decir que te gustaban las cosas de segunda mano», perdí completamente la cabeza.
Para empezar, ¿cómo coño sabe lo mío con Indy?
Ya sé que el mundo es un pañuelo y toda esa mierda, pero mi equipo es discreto.
Ni siquiera he hablado con Austin de mi relación —o lo que sea— con su prima.
Y, segundo, Jace se lo tenía merecido. Desde hace años.
Yo solo he sido el primero en hacer algo con toda la mierda que suelta.
Para un jugador que apenas pisa el hielo, debería aprender a controlar la boca.
Austin me da una palmada en la espalda y no se me escapa la cautela en su expresión.
—Se lo había ganado —digo a modo de explicación.
—¡Scotch! —ruge el entrenador Phillips, mirándome como si no pudiera creerlo.
El árbitro me manda al banquillo de penalización durante cinco minutos.
—Joder —murmuro mientras patino hasta el box y salto dentro.
Soy idiota.
Aunque no me arrepiento ni un segundo de haberle pegado a Edwards, sí me arrepiento de haber perjudicado al equipo con mi arrebato.
Maldigo entre dientes y me paso otra mano por la cara.
Mi mal humor empeora cuanto más tiempo paso sentado viendo al equipo jugar con un hombre menos.
En cuanto termina la penalización, vuelvo al hielo y juego como un animal.
La adrenalina me arde en las venas, me late la cabeza y una fina capa de rabia tiñe todo lo que veo.
Ganamos el partido, lo que mejora mi humor mínimamente.
—¿Qué coño ha pasado antes? —pregunta Austin mientras salimos del vestuario visitante camino al autobús del equipo.
Niego con la cabeza.
—Se pasó de la raya.
—¿Y?
—¿Y? —Lo fulmino con la mirada—. Dijo un montón de mierda sobre Indy y…
—¿Indy? —me corta Austin, abriendo los ojos de par en par—. ¿Qué coño pasa entre mi primita y tú, Scotch?
Paso a su lado sin importarme quedar como un gilipollas.
—Absolutamente nada —grito por encima del hombro.
Esa noche no me uno al equipo para salir a tomar algo. No estoy de humor para conversaciones, ruido ni grupis del hockey con vaqueros ajustados y demasiado eyeliner.
En vez de eso, me ducho, pido servicio de habitaciones y empiezo a hacer zapping buscando alguna película.
El móvil vibra.
Me quedo quieto mirando donde está apoyado en el centro de la cama.
Es Indy. Lo sé.
Imposible que no se haya enterado de mi pelea con Edwards. Joder, probablemente lo haya visto en ESPN.
Suspirando, cojo el teléfono.
Siguen entrando mensajes mientras me siento ahí pensando qué decirle. Qué hacer.
Indy
Eh, ¿estás bien?
¿Qué ha pasado con Jace?
Enhorabuena por la victoria. Has estado increíble.
Sigo en la cena del departamento. Te llamo cuando llegue a casa.
Lanzo el móvil sobre la cama y ni siquiera me molesto en responder.
Más tarde, cuando el teléfono vibra sobre la mesilla y la pantalla se ilumina con el nombre de Indy, tampoco contesto.
Esta noche he puesto mis sentimientos por Indy por delante del bien del equipo. Por delante de la carrera de mi hermano.
Necesito que cada segundo sobre el hielo cuente.
No puedo desperdiciar energía peleándome con un don nadie como Edwards. No puedo pasarme cada minuto obsesionado con Indiana Merrick.
Menos aún cuando ni siquiera tenemos futuro.
Cuando ella siempre va a estar fuera de mi liga.
Me paso toda la noche dando vueltas en la cama.
La alarma suena temprano y paso de las dos llamadas perdidas y de los mensajes de Indy preguntando si estoy bien.
En vez de responder, me levanto, me visto y cargo la bolsa al hombro.
Subo solo al autobús del equipo y me quedo mirando por la ventana, ignorando las conversaciones de mis compañeros mientras nos dirigimos al aeropuerto.
Paso de las miradas de Torsten, ignoro las preguntas de Austin y me pongo los auriculares.
Cuando aterrizamos en Boston, voy directo a casa y me dejo caer sobre la cama para dormir durante horas.
Mañana es Acción de Gracias y, aunque sé que tengo muchas cosas por las que dar gracias, ahora mismo no siento demasiada gratitud.
Porque mañana tengo que dejar ir a Indy.
Tengo que asegurarme de que entienda que rompimos nuestras propias reglas, que estamos convirtiendo lo nuestro en algo más de lo que debería ser. Tengo que soltarla, desearle lo mejor y verla seguir adelante, saliendo y coqueteando con hombres que no son yo.
Y tengo que sonreír, asentir y fingir que no me estoy desangrando por dentro.
Cierro los ojos y siento alivio cuando el sueño por fin me arrastra.