19 Indy #2
—Dios… eres tan jodidamente preciosa.
Su rostro queda suspendido sobre el mío, torturado, casi suplicante.
—¿Qué me estás haciendo, Indy?
Tiene la voz rota y frunzo el ceño, queriendo preguntarle qué quiere decir, queriendo entender qué me está pidiendo exactamente.
Pero antes de que pueda pronunciar una sola palabra, sus labios encuentran los míos.
Me besa con fuerza, cargado de todas esas emociones que no está diciendo en voz alta. Gimo y me arqueo contra él cuando presiona su cuerpo contra el mío.
Su contacto arde sobre mi piel y, de repente, es como si no pudiera saciarme nunca de él.
Una especie de frenesí me corre por la sangre, anulando cualquier pensamiento racional.
Mis manos recorren sus bíceps, su tórax, sus duros pectorales aplastándose contra mis palmas.
Su lengua desciende por la columna de mi cuello mientras sus dedos desabrochan rápidamente los botones de mi blusa.
Cuando su boca atrapa mi pezón y el aire caliente de su respiración queda atrapado entre mi piel y la copa del sujetador, se me escapa un gemido.
No hay nada extraordinario en este momento y, sin embargo, se siente más intenso que cualquier cosa que haya vivido antes.
Más sexy. Más embriagador. Muchísimo más necesitado.
El deseo se acumula entre mis piernas mientras Noah me desabrocha el sujetador y mis pechos se derraman en su mano y en su boca, esperando por él.
No pierde el tiempo provocándome, trabajando mi cuerpo poco a poco hasta que mis piernas terminan rodeándole la cintura.
Lo busco con las manos y le bajo la cremallera de los vaqueros con rapidez.
—Jesús —maldice Noah mientras se quita los pantalones de una patada y me arranca las mallas y la ropa interior de un solo tirón—. Te necesito, cariño. Joder.
Levanto la vista hacia él, fijándome en cómo sube y baja su pecho, en el brillo salvaje de sus ojos, en las venas marcándose a lo largo de sus fuertes antebrazos.
—Te deseo, Noah —consigo decir justo antes de que se hunda dentro de mí.
Los dos soltamos un gemido y él se queda quieto, dejándome tiempo para acostumbrarme.
Me recoge contra su pecho y deja besos entre mi pelo.
—¿Estás bien?
—Muévete, Noah. Por favor —le suplico casi sin aliento.
Él se ríe bajito, aunque el sonido termina convertido en un gemido cuando empieza a salir lentamente para volver a entrar en mí.
Joder. Veo estrellas.
Porque lo que recorre mi cuerpo no es solo físico; hay algo emocional que nunca había compartido con Noah antes.
Cada vez que nos acostamos juntos es un poco más intenso, pero esta noche estamos en otro nivel completamente distinto.
La pasión impregna el aire a nuestro alrededor, hace vibrar el espacio entre nosotros y me atraviesa las extremidades como una descarga eléctrica.
—Demasiado increíble, Indy —murmura Noah mientras acelera el ritmo.
Nos gira hasta dejarme encima de él, montándolo a horcajadas. Mis palmas chocan contra el centro de su pecho cuando empiezo a moverme y Noah maldice en voz alta, echando la cabeza hacia atrás.
Dios santo, es una visión.
Uno de los hombres más sexys que he visto jamás y saber que puedo provocarle esto es como una droga.
Me golpea como una inyección de adrenalina y me ayuda a encontrar el ritmo.
Una de mis manos abandona su cuerpo y se desliza sobre el mío, pellizcándome el pezón mientras los ojos de Noah se abren aún más.
—Así, Indy. Siénteme, cariño —exige mientras impulsa las caderas hacia arriba, respondiendo empuje por empuje.
Pero estoy demasiado perdida para procesar sus palabras.
Demasiado metida en este momento, en él, para entender otra cosa que no sean las sensaciones deliciosas que me sacuden por dentro.
El deseo crece en oleadas que hacen que se me contraiga el abdomen y me tiemblen los muslos.
Noah se incorpora, me sujeta por la cintura y empieza a guiarme arriba y abajo, arriba y abajo.
Más rápido.
—Tan preciosa, cariño.
Lanzo un grito ahogado y me muerdo el labio inferior. Mis manos se aferran a sus hombros y las uñas se le clavan en la piel.
—Noah…
—Córrete para mí, Indy. Por favor, cariño, deja que te vea romperte en pedazos.
Tiene la voz ronca, desesperada.
Es mi perdición.
Estallo.
Me rompo en un millón de fragmentos diminutos que saben a sol, a lluvia y a perfección.
Mientras cabalgo la ola del placer, Noah me gira y vuelve a dejarme debajo de él, embistiéndome con un ritmo frenético hasta que también se precipita al borde, pronunciando mi nombre antes de desplomarse encima de mí.
Respiramos el aire del otro, jadeando los dos. Mi cuerpo parece derretido sobre el colchón y mi mente gira demasiado deprisa para procesar nada. Pero mi corazón… Dios, mi corazón galopa completamente desbocado, saltándose latidos.
Noah suelta una exhalación temblorosa y sale de mí antes de dejarse caer boca arriba a mi lado.
Durante unos instantes, lo único que llena la habitación son nuestras respiraciones y todos esos pensamientos rebotando entre nosotros.
Entonces noto cómo la mano de Noah encuentra la mía.
—¿Indy?
Giro apenas la cabeza para observar su perfil.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
Asiento, intentando encontrar palabras capaces de explicar cómo me siento. Porque estoy mejor que nunca en toda mi vida.
—Más que bien.
Él aprieta mis dedos.
—Yo también. Eres espectacular.
Resoplo divertida. Me encanta cuando mezcla lo dulce con lo juguetón.
—Lo mismo digo, Scotch.
Pero en vez de reírse, como esperaba, Noah se gira hacia mí. Sus ojos parecen infinitos, oscuros y profundos. Me sostiene la mirada durante un largo instante y algo pasa entre nosotros.
No tengo una palabra para definirlo, pero es más.
Más que deseo. Más que atracción. Más que este momento.
Me aclaro la garganta y Noah parpadea. Después se levanta de la cama y va al baño a asearse.
Suelto lentamente el aire y me obligo a ponerme en pie, aunque las piernas me tiemblan como gelatina.
Todo mi cuerpo se siente desequilibrado, como si hubiera perdido el centro de gravedad y el mundo entero estuviera inclinado.
Cuando Noah abre la puerta del baño, me sonríe y me roza los labios con un beso.
—Perdona que tenga que ponerme una alarma tan temprano.
—No te disculpes. Sé que tienes que irte antes de que salga el sol.
Entro en el baño y me ducho rápidamente.
Cuando vuelvo al dormitorio, el suave ronquido de Noah llena el silencio. La maleta está abierta junto a la cama, preparada para el vuelo de mañana.
Me deslizo bajo las sábanas y me acerco más a él, disfrutando de cómo el calor de su cuerpo se filtra en mi piel. Aunque tengo un millón de pensamientos revoloteando por la cabeza, mi cuerpo está agotado.
A los pocos minutos, me quedo dormida.
Cuando me despierto por la mañana, Noah ya se ha ido. La luz gris y pálida del amanecer me envuelve como una manta.
Todo se siente diferente.