18 Noah
DIECIOCHO
NOAH
Llevo semanas despertándome con Indiana en mi cama, pero hoy se siente distinto. En el buen sentido. Aunque, aun así, no tengo ni puta idea de qué hacer con ello.
Cuando se gira y noto el calor de su cuerpo pegándose al mío, las manos me piden recorrer sus curvas y volver a reclamarla entera otra vez.
La idea se me instala en el estómago como una piedra.
No suelo actuar así. Después de la mayoría de las noches de sexo, ya estoy fuera de la cama y saliendo a correr al amanecer.
Con Indy, en cambio, suelo levantarme, ducharme y meter una cápsula de Nespresso en la máquina.
Pero esta mañana no me apetece hacer ninguna de esas cosas.
Y desde luego nunca digo mierdas como:
—Oye, ¿te apetece ir a tomar un brunch?
Indy se frota los ojos, todavía adormilada, con el pelo extendido sobre mi almohada como un abanico.
—Me encanta el brunch.
Claro que le encanta. A ella le encanta todo, y estar con ella es tan fácil como respirar. Ni siquiera tengo que pensarlo.
—Conozco un sitio —me limito a decir mientras me aparto del capullo de mantas en el que nos envolvimos anoche, aislados del resto del mundo.
Un pequeño paréntesis que me permitió concentrarme en la sensación de las largas piernas de Indy rodeándome la cintura y en esos sonidos dulces que se le escapaban de los labios, en vez de pensar en el partido fuera de casa que tenemos esta semana en Cleveland.
—Genial.
Se quita el edredón de encima y recoge el bolso del suelo. Varios minutos después, la puerta del baño se cierra y yo suelto lentamente el aire.
Apoyo los codos en las rodillas, me cubro la cara con las manos e intento recomponerme. Anoche fue divertido. Fue caliente. Jodidamente sexy; Indy es jodidamente sexy. Pero también fue distinto a todas las demás veces que nos hemos acostado juntos. Algo cambió entre nosotros. Algo se desplazó.
¿Pero qué?
Esta mañana Indy parece perfectamente normal. No está rara, ni pegajosa, ni nada parecido. De hecho, parece muchísimo más tranquila que yo.
Oigo tirar de la cadena y luego el grifo.
Unos minutos después, Indy abre la puerta del baño.
Va sin maquillar, con el pelo recogido en un moño deshecho.
Lleva los vaqueros de anoche y se está abotonando el jersey que yo quería arrancarle del cuerpo durante horas.
No tiene pinta de estar haciendo el paseo de la vergüenza.
No parece nerviosa. Solo parece… normal.
Me levanto y saco unos pantalones de chándal y una sudadera de la cómoda.
—Está aquí al lado.
—Perfecto.
Sonríe mientras se coloca el bolso en el hombro.
—Ah, espera. Me dejé el abrigo en el bar anoche.
—Yo me encargo, cariño.
Le pongo una de mis sudaderas más gruesas encima y me encanta cómo le queda, cayéndole hasta medio muslo. Le remango las mangas y sonrío al ver lo condenadamente adorable que está. Y lo mucho que me gusta verla llevando mi número.
Salimos a la calle y la acomodo bajo mi brazo mientras el viento helado nos golpea de lleno. Todo entre nosotros grita que somos algo más que “solo amigos” y, aun así, no consigo sacar el tema.
Lo nuestro es fácil. Funciona. Es divertido y me encanta pasar tiempo con ella. ¿Por qué coño iba a complicarlo ahora?
La guío hacia el restaurante. El viento hace casi imposible hablar, así que avanzamos deprisa en silencio. Cuando por fin nos acomodamos en un reservado al fondo, Indy se quita mi sudadera y deja escapar un gemido al ver que la camarera deja una cafetera sobre la mesa.
Sonrío.
—¿Qué? —arquea una ceja mientras sirve el café—. Me tuviste despierta hasta tarde. Necesito cafeína de verdad.
Me río entre dientes y le acerco la nata.
—Mereció la pena.
Ella asiente con una sonrisa tímida y levanta la taza hacia la mía para hacer un pequeño brindis.
—Totalmente.
—Indy, eres la chica más guay que conozco —le digo antes de dar un sorbo al café caliente.
—¿Qué quieres decir?
—Pues… joder, cualquier otra chica tendría un millón de expectativas después de estas últimas semanas.
Me aclaro la garganta, sin saber muy bien cómo expresar todos los pensamientos que me dan vueltas en la cabeza.
—Sobre todo después de anoche —añado, tanteándola un poco.
¿Ella también había notado el cambio entre nosotros? ¿O no había cambiado nada si solo lo había sentido yo?
—Pero tú… tú simplemente eres…
—¿Normal?
—Relajada —corrijo—. Me gusta lo bien que nos lo pasamos juntos sin toda esa mierda dramática.
Ella se muerde el labio inferior y una sombra de inseguridad le cruza la cara antes de asentir. Frunzo el ceño, preguntándome si la he ofendido. Me inclino hacia delante y le rozo la muñeca, pero antes de que pueda decir nada, ella habla.
—Sé a qué te refieres. La única otra vez que intenté algo casual, el chico, Chris, tenía un montón de ideas raras y expectativas, y acabó fastidiándolo todo.
Eso consigue amargarme el humor al instante.
—¿Chris? —pregunto, preguntándome quién coño es.
Ella arruga la nariz y asiente.
—Fue justo antes de mudarme aquí. Era una tontería; sabíamos que no iba a llegar a ninguna parte. Mi mejor amiga se partía de risa con el tema, sobre todo después de que Chris insinuara que vendría a visitar Boston.
Pone los ojos en blanco.
Trago saliva y retiro la mano de la mesa.
Claro que Indy había salido con hombres y había tenido relaciones, serias o no. Hace seis meses, yo estaba a punto de caminar hacia el altar. Aun así, pensar en ella con otros tíos me escuece.
De hecho, me molesta más que pensar en Courtney con su marido abogado.
Y eso resulta inquietante.
Me recuesto en la silla mientras el peso de la mañana cae sobre mis hombros.
¿Qué coño me está pasando?
La camarera aparece para tomarnos nota y dejo escapar un suspiro de alivio. Indy pide torrijas francesas, yo pancakes integrales, y ambos volvemos a coger las tazas de café.
La miro por encima del borde de la taza. Sus ojos verdes brillan, luminosos, chispeantes. Ella me sostiene la mirada con una sonrisa juguetona curvándole los labios.
Cuando dejo la taza sobre la mesa, se ríe, y yo vuelvo a inclinarme hacia delante, desesperado por descubrir qué demonios está pasando por su cabeza.
—Noah…
Asiento.
Ella hace un gesto entre los dos.
—Sé que normalmente no hacemos este tipo de cosas.
Frunzo el ceño.
—¿Comer?
Indy pone los ojos en blanco.
—Desayunar juntos después de acostarnos.
Me muerdo la lengua. A la vez quiero saber qué va a decir…
y no quiero saberlo. Porque, de alguna manera, tengo la sensación de que sus palabras van a cambiar algo entre nosotros.
Y no estoy seguro de querer que las cosas cambien o de preferir que sigan exactamente como están.
Quiero decir… estamos bien, ¿no? Me aclaro la garganta.
—Te prometí enseñarte la otra cara de Boston.
Ella arquea una ceja.
—¿Es esto?
Mira alrededor del restaurante tranquilo, que no tiene nada que ver con el caos abarrotado de los brunch de Back Bay.
Aun así, su expresión derrite parte del hielo que empieza a formarse en mi pecho y se me escapa una risa. Levanto las manos en señal de rendición y asiento con la cabeza.
—Vale, pequeña Indy, me has pillado. Esto no ha sido precisamente mi mejor representación de la escena brunch de Boston.
Ella resopla divertida y se inclina hacia delante hasta que el borde de la mesa se le clava en el pecho. La suave curva de sus tetas se marca bajo el jersey y recuerdo exactamente cómo encajaban en mis manos anoche.
Obligo a mi mirada a subir de nuevo hasta sus ojos.
Indy me lanza una mirada divertida, pero el calor que le cruza los ojos me hace entender por qué nunca hago brunchs matutinos con ella.
Es condenadamente tentadora.
La camarera deja nuestros platos sobre la mesa y la cara de Indy se ilumina como la de una niña en Navidad. Corta un trozo de torrija y gime de placer al probarla. Me quedo mirándola.
¿Cómo coño ha pasado esto?
Claro que desde el instante en que volví a verla supe que me atraía. Puedo admitir sin problema que es preciosa, inteligente, rápida, divertida.
Después de Courtney, jamás pensé que volvería a sentir tanto por otra mujer en tan poco tiempo. Y, si soy sincero conmigo mismo, lo de Indy no tiene absolutamente nada que ver con lo que tuve con Courtney. En algunos aspectos, ya siento más por Indy. Quiero más con ella.
¿Cuánto tiempo podremos seguir bailando este delicado equilibrio antes de que uno de los dos salga herido?
Le dije a Indy que fuera sincera conmigo, pero aquí estoy yo, observándola comer torrijas como si fuese la octava maravilla del mundo.
Entonces, ¿quién es el que no está siendo sincero ahora?
No salgo con jugadores de hockey.
Por primera vez desde que Indy soltó ese detalle, me molesta.
Antes pensaba que eran las mejores palabras que podía escuchar.
Ahora mismo, lo único que quiero es que se retracte y me diga algo completamente distinto.