17 Indy
DIECISIETE
INDY
En cuanto la puerta de la casa de Noah se cierra con un clic a nuestra espalda, la realidad de la situación cae sobre mí como una losa. Estoy otra vez en casa de Noah. Pero esta vez es distinto.
Lo sé yo. Lo sabe él. Y esa certeza hace que el momento parezca importante.
Si doy este paso con Noah, va a significar algo más que algo casual.
Más que un simple rollo. Para empezar, nunca se me ha dado bien eso de las relaciones sin complicaciones, pero está clarísimo que mucho menos sé hacerlo con un hombre como Noah.
Un jugador de hockey. Un encantador nato.
Un tío capaz de incendiarme el cuerpo con una sola mirada cargada de deseo.
Jesús.
Titubeo y el aire se me atasca en el pecho al reconocer cuánto me gusta Noah.
En apenas unas semanas, lo que siento por él ya es real y complicado. Siento demasiadas cosas cuando estoy cerca. Deseo demasiadas cosas para el futuro que sé perfectamente que no debería querer.
Él da un paso hacia mí, me sujeta la barbilla con los dedos y me levanta el rostro hasta obligarme a mirarlo a los ojos.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
El pánico me atraviesa durante un segundo mientras me hundo en la oscuridad de su mirada. Ya significa demasiado para mí. Todo esto es demasiado. Y la última vez que me permití sentir algo así, terminé con la autoestima hecha pedazos y el corazón destrozado.
—Me estás haciendo romper todas mis reglas —susurro, suplicándole con los ojos que lo entienda.
La Indy que soy desde que Noah apareció en mi vida, la Indy que sale a la luz cuando estoy con él, es muy distinta de la mujer que he sido durante los últimos cinco años. El problema es que esa versión de mí me gusta muchísimo. Pero ¿puedo seguir siendo ella si Noah desaparece de mi vida?
¿Y si lo nuestro acaba mal?
¿Y si no?
Los pensamientos chocan dentro de mi cabeza, peleándose por imponerse.
—No intento cambiarte, Indy —me asegura, con una expresión casi dolorida ante la idea.
—No es eso. Es que me gusta cómo soy cuando estoy contigo.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—¿Y si las cosas salen mal entre nosotros?
—¿Por qué piensas eso? —pregunta, más curioso que ofendido.
Me encojo de hombros.
—Eres jugador profesional de hockey.
—Tú eres profesora.
Sonrío de lado.
—Viajas muchísimo.
—Tú no.
—¡Noah!
Él se ríe y me aparta un mechón de pelo de los ojos.
—Cariño, ninguno de esos detalles importa.
Me gustas. Yo te gusto. Lo nuestro funciona, es divertido.
Pero si todo esto es demasiado para ti, si no te gusto o no te convence esto o lo que sea, dímelo.
Si quieres irte ahora mismo, te llevo a casa.
Seguiremos siendo amigos y no pasará nada.
Lo único que no quiero es que tomes una decisión de la que luego te arrepientas.
Se pasa los dientes por el labio inferior y niega despacio con la cabeza. Con la voz más baja, añade:
—No creo que pudiera soportar que te arrepintieras de mí, Indy.
Trago saliva mientras valoro mentalmente los pros y los contras.
De repente, todo me parece demasiado. Mis pensamientos desbocados, el nudo en el estómago, este corazón desesperado.
¿Debería decirle que lo que siento por él ya no es casual?
¿Que aunque dije que podía manejar esto, me equivocaba?
Pero si se lo digo… ¿lo perderé todo con él?
Solo pensarlo me revuelve el estómago y me deja inestable.
—Dime qué estás pensando, Indy.
Abro la boca. Tengo mil confesiones en la punta de la lengua. Verdades que resuenan en cada parte de mí, pero algo me impide pronunciarlas en voz alta.
Levanto la vista hacia sus ojos color chocolate y su expresión preocupada. Me aclaro la garganta. Vamos, Indy. Dilo. Atrévete.
Él frunce el ceño y me sostiene la cara entre las manos. Me observa con tanta intensidad que yo… me acobardo.
¿Y si lo espanto?
Niego con la cabeza y fuerzo una sonrisa.
—Quiero quedarme, Noah.
Me estudia durante unos largos segundos.
—¿Estás segura?
Asiento y me inclino hacia él.
No tengo que acercarme mucho porque Noah elimina la distancia, me envuelve entre sus brazos y baja la boca hasta la mía.
Los ojos se me cierran mientras me dejo arrastrar por las sensaciones embriagadoras que despierta su contacto.
Su beso es ardiente, apasionado. Me intoxica mientras su olor me rodea y sus caricias me hunden sin remedio.
Arranca la boca de la mía y empieza a dejar besos por mi cuello.
Gimo, arqueando la espalda para darle más acceso.
Su boca sobre mi piel prende algo profundo dentro de mí.
Un incendio salvaje se extiende por mis venas, emborronando mis pensamientos hasta que lo único capaz de importar es lo increíblemente bien que responde mi cuerpo bajo sus manos.
Como si no pesara nada, Noah me levanta y yo le rodeo la cintura con las piernas.
Su boca no abandona mi piel mientras me sube por las escaleras y me lleva hasta su dormitorio.
En cuanto entramos, me deja en el centro de la cama y se aparta unos pasos, observándome.
Una sombra de vacilación cruza su expresión y mi ansiedad despierta al instante.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Absolutamente nada.
Niega con la cabeza y se quita el jersey por encima de la cabeza con una sola mano, como hace siempre. Lo deja caer al suelo y mis ojos se clavan en sus abdominales marcados.
—Me gusta cómo quedas en mi cama.
Noah sonríe mientras se deshace de los vaqueros. Se acerca al borde del colchón y se inclina sobre mí para darme un beso descuidado en los labios.
Me dejo caer hacia atrás hasta que la cabeza toca el colchón y Noah se coloca encima de mí, a horcajadas sobre mi cintura. Me aparta el pelo de los ojos y me mira como si estuviera memorizándome la cara.
Me ruborizo y él sonríe aún más.
—Pequeña Indy, ¿qué me estás haciendo? —murmura.
Se inclina para besarme la mejilla izquierda, luego la derecha, después la frente, las comisuras de la boca y, por último, los labios.
Cuando su boca roza la mía, estoy prácticamente temblando de necesidad.
Ningún hombre salvo él se había tomado nunca su tiempo conmigo, y toda esa tensión acumulada me deja completamente descolocada.
Arqueo la espalda, pegándome más a Noah cuando su lengua invade mi boca.
Mientras me besa, sus dedos desabrochan con habilidad los botones de mi jersey hasta dejarlo abierto, con solo mi sujetador negro entre los dos.
Él emite un sonido ronco al fondo de la garganta mientras me cubre un pecho con la mano y aprieta suavemente. Después aparta la boca de la mía y centra toda su atención en su propia mano, provocando mi pezón con los dedos.
No puedo apartar la mirada de Noah mientras sus dedos rozan mi pezón, tirando de él una, dos, tres veces antes de bajar despacio la copa del sujetador. El pezón se endurece al contacto con el aire fresco, tenso, rosado. Noah se humedece los labios y vuelve a clavar los ojos en los míos.
—Eres jodidamente perfecta, Indy —dice con la voz ronca.
Después baja la cabeza y desliza lentamente la lengua alrededor de mi pezón antes de atraparlo en su boca.
Me estremezco. Su otra mano empieza a trabajar mi otro pecho mientras su boca succiona el pezón expuesto, provocándolo una y otra vez hasta que dejo caer la cabeza hacia atrás con un gemido.
Noah me quita por completo el jersey y el sujetador y dedica tanta atención a mis pechos que el calor se acumula entre mis piernas y mis caderas empiezan a moverse solas, buscándolo, buscando esa fricción deliciosa que sé que puede darme.
Pero no tiene ninguna prisa.
Se toma su tiempo besándome la piel, rodeando mi ombligo con la lengua, acariciando el interior de mis muslos cubiertos por los vaqueros con esos dedos largos.
Todo esta noche se siente distinto. Hay una lentitud en lo nuestro que antes siempre parecía desesperada.
Esta noche estamos saboreándonos en lugar de correr el uno hacia el otro y, con cada segundo que pasa, caigo más bajo el hechizo de Noah.
Despacio, me desabrocha los vaqueros y baja la cremallera. Su respiración se entrecorta cuando descubre el tanga negro y rosa fucsia que llevo puesto.
—Estás muy sexy, nena.
Pasa los dedos apenas rozando el encaje y me retuerzo bajo él.
Lo repite, sonriendo.
—¿Estás mojada por mí?
Asiento mientras me humedezco los labios.
Una parte de mí sabe que sus palabras deberían avergonzarme.
Ningún hombre me había hablado así de directo antes.
Pero estoy demasiado excitada, demasiado desesperada por que me toque, como para preocuparme por eso.
Noah me baja los vaqueros por las caderas y oigo cómo caen al suelo.
Entonces se detiene, se coloca una de mis piernas sobre el hombro y me muerde suavemente la cara interna del muslo.
Se pasa la lengua por los labios, como si estuviera saboreándome antes incluso de probarme, y noto cómo el coño se me contrae de anticipación.
Baja la cabeza y empieza a dejar besos húmedos por mis muslos mientras sus dedos se deslizan sobre la tela del tanga y la yema de su pulgar recorre lentamente mi centro.
Me estremezco y él suelta una maldición antes de repetir el movimiento.
—Tan mojada para mí, cariño.
Su voz suena tensa mientras lleva dos dedos a mi clítoris y empieza a moverlos en círculos. Al principio, suaves como una pluma. Después encuentra un ritmo que hace que mis caderas se arqueen contra el colchón y mis ojos se cierren con fuerza.
—Eres preciosa —murmura.
Entonces siento su lengua caliente sobre mí.
Joder.
Cambia de postura y su lengua sustituye a sus dedos sobre mi clítoris mientras me introduce dos dedos dentro.
—Oh, Dios… —gimo, agarrándome los pechos mientras Noah me arrastra hacia un incendio del que ya no quiero escapar, con el cuerpo entero temblando por la necesidad de correrse.
—Te tengo, Indy.
Su voz me acaricia antes de volver a sentir su boca sobre mí. Noah es caliente, apasionado, obscenamente sexy. Sus gemidos se mezclan con los míos, llenando el aire de deseo y excitación.
Va llevándome cada vez más alto, poco a poco, hasta que todo dentro de mí se tensa y estalla. Grito su nombre mientras atravieso el orgasmo más intenso de mi vida.
—¡Noah!
Él afloja el ritmo de la boca y de los dedos, pero sigue acariciándome hasta que el último temblor desaparece de mi cuerpo.
Jesús.
No puedo moverme. No puedo abrir los ojos. No puedo ni pensar.
—Jodidamente preciosa —murmura Noah antes de besarme la cadera—. Y sabes a caramelo. Dulce.
Consigo abrir los ojos y casi jadeo al ver la expresión de su cara. Está llena de fascinación… y un poco de desconcierto.
Sube por mi cuerpo y se coloca entre mis piernas, justo a mi entrada. Siento la punta de su polla presionando contra mí y vuelvo a estremecerme.
—¿Condón? —pregunto con un hilillo de voz ronca, todavía temblando. Esta vez, por necesidad. Por él. Por más.
Noah se queda quieto y alarga el brazo hacia la mesilla de noche.
Suelta una maldición y apoya la frente contra la mía.
—Nos hemos ventilado la caja entera, cariño. Joder… Se me olvidó comprar más.
Gimo y cierro los ojos. Nunca he dejado de usar preservativo, ni siquiera con Jace. Llevo años tomando la píldora y sé que estoy limpia, pero el condón siempre me ha dado una capa extra de seguridad.
—Lo siento, Indy —suspira Noah mientras se aleja.
Mis caderas se eleven, buscándolo. Por primera vez desde que empezó lo que tenemos, los celos suben por mi garganta.
Intento no pensar en todas las mujeres que ha tenido en esta cama antes de mí como para justificar tener siempre una caja gigante de preservatives a mano, pero no consigo apagar esa punzada de envidia.
Obviamente, sé que ha estado con una barbaridad de mujeres.
Pero, ¿las hace sentir así a todas? ¿Alguna vez lo ha hecho sin preservativo con alguna?
—Tomo la píldora —digo con voz ronca—. Y estoy limpia.
—Yo también —murmura Noah, mientras su mirada busca la mía—. ¿Estás segura de esto, Indy? —añade, deteniéndose un instante, como si leyera algo en mi expresión.
Asiento.
Él duda, esperando mi confirmación.
—Contigo todo es más intense —admito—. Nunca me había pasado algo así.
Baja la mirada hacia mi cuerpo desnudo y luego vuelve a mi rostro.
—¿Nunca?
Niego con la cabeza.
—Bien —dice—. Nunca había disfrutado tanto hacienda que una mujer se corra como lo hago contigo, cariño.
Aparte el pelo de mi frente con los dedos.
—Me muero de ganas de estar dentro de ti, Indy. Llevo pensando en eso desde que levanté la vista durante el partido y te vi sentada en el palco. Pero no tenemos que…
—Quiero hacerlo —le corto.
Noah me besa suavemente los labios antes de apartar mis rodilas hacia los lados. Se prepara ante mí. Mientras me mira, se desliza dentro de mí y pongo los ojos en blanco. Por primera vez, no hay nada entre nosotros y se siente increíble.
—Joder, te sientes increíble, Indy —dice con voz ronca mientras se desliza fuera antes de volver a entrar en mí.
Me obligo a abrir los ojos, sosteniendo su mirada. Sus ojos son más oscuros que la medianoche, pero algo nuevo brilla en sus bordes.
—Dime lo que quieres, pequeña Indy.
—Hazme sentir todo, Noa.
Se deja caer y desliza un beso en mi boca.
—Será un placer, cariño.
Me da todo y más. Su boca se encuentra con la mía mientras crea un ritmo constant entre ambos, mientras mi cuerpo lo anhela. Por primera vez en mi vida, creo que entiendo perfectamente lo que es una adicción.
Nunca tendré suficiente de Noah Scotch.
No cuando hace que todo mi cuerpo se tense y se quiebre.
No cuando hace que mi piel se erice y estremezca.
No cuando hace que mi mente esté a la vez en calma y desbordada.
Y, desde luego, no cuando hace que mi corazón se agite y lo desee.
Vuelvo a soltar un gemido y escucho a Noah pronunciar mi nombre poco después.
Mientras vuelvo poco a poco a la calma del major sexo que he tenido en mi vida, el miedo me llena el estómago. Ahora que Noah está en mi vida, sé que nunca volverá a ser la misma.
¿Pero cuánto tiempo va a durar esto?