El Encantador (La Saga de los Boston Hawks 1) 15 Indy
47%

15 Indy

QUINCE

INDY

—Vienes.

Claire lo dice como si no hubiese discusión posible.

—Siento que esto ya se está convirtiendo en un patrón en nuestras vidas —replico, intentando escaquearme de ir a tomar algo con el equipo esta noche. No porque no me apetezca, porque sí me apetece. Mucho. Pero mañana tengo un día entero de clases y preferiría no sobrevivirlo con resaca.

—No tienes por qué beber —promete Claire.

Arqueo una ceja.

—¡Hasta Vanny viene! —insiste otra vez y noto cómo mi resistencia empieza a resquebrajarse. Apenas he visto a Savannah desde que se mudó a Nueva York. Entre el calendario de hockey de su marido y su propio trabajo como profesora, lleva más de un mes sin volver a Boston.

—Por favor, Indy. —Savannah me agarra del brazo y me pone ojitos—. Mike y yo nunca podemos salir con vosotros.

—Sí, Indy. Por favor. —Mike pone morritos y yo resoplo una carcajada.

Poniendo los ojos en blanco, cedo.

—Vale, iré. Pero solo puedo tomarme una copa.

Claire carraspea.

—Dos, como máximo —rectifico.

Claire da un gritito de celebración y Savannah me abraza todavía más fuerte.

Me giro para despedirme de mis padres, de mi tía y de mi tío y darles las gracias por la cena.

Mamá me abraza antes de separarse un poco para mirarme.

—Pásalo bien, Indiana. De verdad, estas son las noches en las que deberías salir y disfrutar. Toda la ciudad está llena de vida esta noche.

Me aparto y le sonrío.

—Mamá, se supone que deberías animarme a volver a casa y preparar las clases de mañana.

Ella resopla divertida y las líneas alrededor de su boca se marcan aún más.

—Por favor, Indiana. Llevas estando demasiado preparada la última década. Diviértete un poco.

Le doy un beso en la mejilla.

—Si tú lo dices, mamá.

Papá me envuelve en uno de sus abrazos enormes y me desliza discretamente un billete de cien dólares, algo que siempre consigue hacerme reír. Intento devolvérselo, pero él niega con la cabeza, con los ojos brillantes.

—Todavía no tienes plaza fija —me recuerda.

Pongo los ojos en blanco y me despido con la mano. Mientras Savannah mete a Claire en el coche junto a Mike, a mí me acomodan en el asiento trasero del coche de Austin.

—¿Seguro que no os importa que nos acoplemos? —le pregunto a mi primo cuando sale del aparcamiento.

Él encuentra mi mirada en el retrovisor.

—Nah, esta noche no. Hoy habrá un montón de esposas, novias y amigos. Es una celebración. Me alegro de que vengas, Indy.

—Yo también —dice Noah mientras se gira para mirarme directamente a los ojos. Mi primo le lanza una mirada de advertencia, pero Noah la ignora—. ¿Qué vas a tomar?

Levanto un dedo.

—Solo puedo tomarme una copa.

Austin y Noah estallan en carcajadas.

—Lo digo en serio. Mañana tengo clases todo el día.

—Ya, y ¿no crees que la mayoría de los alumnos de tus clases también van a estar de resaca? —Austin vuelve a mirarme por el retrovisor.

Pongo los ojos en blanco.

—Eso no es motivo para tirar por la borda todas mis normas.

Austin se ríe entre dientes.

—Necesitas salir más, Indy.

—Lo sé —admito. A veces, el apoyo de mi familia resulta más estresante que alentador. Como si tuviesen una fe ilimitada en todas mis decisiones.

—¿Alguna novedad sobre el viaje con los estudiantes? —pregunta Noah, y no se me escapa la mirada asesina que Austin le dedica.

Me acomodo en el asiento y les cuento más cosas sobre el viaje a Daca.

—Incluso vamos a visitar el Grameen Bank. Muhammad Yunus lo fundó en los años setenta y…

—Guau —dice Austin, claramente impresionado—. ¿Y cuál es el objetivo de la parte de investigación?

—En el mejor de los casos, escribir un artículo para publicarlo.

Se centrará en el papel de la mujer dentro de una sociedad patriarcal y en cómo las mujeres impulsan el progreso de sus familias y, por tanto, de la sociedad cuando tienen un mayor control sobre las finanzas.

Será una oportunidad increíble para que mis alumnos prueben la investigación de campo y también participen en una publicación académica.

Estoy emocionadísima, obviamente, y quiero que todo salga bien.

Aunque, siendo sincera, solo de pensar en toda la responsabilidad y en todo lo que podría salir mal me entran náuseas.

Austin se ríe, pero los ojos de Noah se vuelven cálidos cuando vuelven a encontrarse con los míos.

Me mira con una intensidad tan profunda, con tanta comprensión, que durante un segundo siento como si pudiera verme el alma entera.

Más allá de mis inseguridades y de mis dudas.

Directamente hasta el motivo por el que todo esto significa tanto para mí.

—Lo vas a petar, Indy. Hablas de tu trabajo con tanta pasión, tanto entusiasmo y tanto optimismo… Tus alumnos tienen muchísima suerte de tenerte como referente.

Sus palabras me atraviesan de lleno. Son sinceras, sentidas, tan alentadoras que me dejan sin aire durante un instante.

—Gracias, Noah.

Los ojos de mi primo vuelven a clavarse en mí y no paso por alto el ceño que frunce.

Pero cuando miro a Noah, veo la verdad reflejada en su expresión.

Dice exactamente lo que piensa y el hecho de que crea en mí —él, que no es familia ni tiene obligación alguna de apoyar mis decisiones— me llena de una confianza nueva.

Creo que ni siquiera es consciente de cuánto consigue calmar mis nervios, pero lo hace.

Y, de repente, me alegro muchísimo de haber salido esta noche.

Taps está absolutamente descontrolado.

La energía vibra en el ambiente, la gente se agolpa por todas partes y no dejan de servirse copas.

Cuando llegamos, los aficionados empiezan a vitorear y algunos incluso se suben a los taburetes del bar para gritarnos felicitaciones y agradecimientos.

Austin y Noah me flanquean y, aunque mi primo siempre está pendiente de mí, es Noah quien me coloca la mano en la parte baja de la espalda y acompasa sus pasos a los míos, como si estuviera preocupado por mi seguridad.

Austin y Noah se detienen varias veces para firmar autógrafos y no se me escapan las miradas cargadas de veneno que me lanzan algunas mujeres.

Llevan escotes imposibles y más maquillaje que el almacén de Sephora.

Me observan con expresiones que van desde la curiosidad hasta el odio más descarado.

Un escalofrío me recorre las venas al ver el veneno en sus ojos y doy un paso atrás por puro instinto, chocando directamente contra el muro musculoso del pecho de Noah.

Su mano baja hasta mi cadera para sujetarme, pero después de devolver la gorra que acaba de firmar, no la aparta.

Se queda ahí, firme, familiar. En cuanto Austin vuelve a abrirse paso entre la multitud, Noah entrelaza sus dedos con los míos y tira de mí para que lo siga, sin importarle lo más mínimo toda la atención que provoca que vayamos cogidos de la mano.

De hecho, parece completamente ajeno a las miradas asesinas de las mujeres que llevan su camiseta, a las sonrisas ladeadas de algunos tíos o a las dobles miradas de varios de sus compañeros de equipo.

Entramos en la sala privada del fondo que, según me contó Claire, el equipo ocupa después de cada partido en casa. Noah me guía hasta la barra y saca una tarjeta de crédito de la cartera. La golpea suavemente contra el borde mientras me dedica una sonrisa torcida.

—¿Qué te apetece tomar, pequeña Indy?

Sonrío al recordar cuánto odiaba que Austin, Noah y Easton me llamaran así cuando tenía dieciséis años y estaba desesperada porque me tomaran en serio.

Ahora, en cambio, el apodo se siente distinto.

Como una broma privada entre nosotros. Ha perdido todo el escozor y se ha transformado en algo inesperadamente dulce.

Tamborileo con las yemas de los dedos sobre la barra mientras me lo pienso.

—Yo me encargo —dice Noah al notar mi indecisión. Le hace un gesto al camarero y, unos minutos después, el chico empieza a preparar las bebidas.

—¿Qué has pedido?

—Mi favorita.

—Uy, miedo me das.

—Te juro que está buenísima. Además, mañana no te dejará hecha polvo.

Levanto una ceja, esperando una explicación.

—Tequila con Sprite. —Su brazo roza mi hombro cuando se inclina hacia mí para bajar la voz—. Pero no se lo digas a nadie. Voy por ahí fingiendo que es una bebida súper sofisticada y secreta.

Me río y asiento, siguiéndole el juego. La buena noticia es que me gusta el tequila. La mala es que podría emborracharme solo con la cercanía de Noah.

Noah desliza la tarjeta por la barra justo cuando el camarero deja dos vasos delante de nosotros.

—Eh, Pete. ¿Me abres cuenta?

—Claro, Scotch. Buen partido esta noche.

Pete coge la tarjeta y se aleja por la barra para atender a otros jugadores.

Noah me acerca mi bebida y levanta su vaso.

—Por tu viaje, Indy. Que tu investigación y tu publicación sean un éxito brutal.

Su tono es juguetón, pero la expresión de su cara es completamente seria.

Resulta peligrosamente atractivo lo implicado que está con mi trabajo.

Cuando estaba solicitando plaza en las universidades, Jace solía gruñir y poner los ojos en blanco, preguntándose para qué necesitaba estudiar si iba a terminar cuidando de su casa y de sus hijos.

Me estremezco solo de pensar lo idiota que fui al encontrarle algún encanto a Jace Edwards.

Choco mi vaso con el suyo.

—Enhorabuena por ese pedazo de victoria. Has estado increíble.

Él se lleva una mano al pecho, sosteniendo el vaso entre los dos.

—¿Increíble? Dios mío, Indiana… viniendo de ti, eso sí que es un cumplido.

Sonrío y su expresión se suaviza.

—Gracias.

Da un sorbo a su copa y yo hago lo mismo.

La bebida es suave y refrescante. Baja demasiado bien.

Claire aparece a mi lado y me da un golpe con la cadera. Levanto rápidamente la copa por encima de la barra cuando parte del líquido se derrama sobre mi mano.

—Ups, perdón —dice Claire con una mueca fingidamente arrepentida.

Noah coge unas servilletas y las presiona sobre mi muñeca justo cuando Vanny, Mike, Austin y Torsten se unen a nosotros en la barra.

—¿Ya estás bebiendo? —se ríe Savannah señalándome—. Y eso que solo ibas a tomar una copa.

Me sonrojo y Torsten sonríe antes de dejarme un beso en la mejilla.

—Qué alegría verte, preciosa.

Claire pone los ojos en blanco.

—Qué encanto eres, Big Daddy —lo pincha, ya que es el jugador más mayor del equipo.

Mike se ríe mientras Noah entrecierra los ojos y Austin aparta a su compañero un par de pasos hacia atrás. Mike se gira hacia el camarero y señala al grupo.

—Esta noche estoy bebiendo con el equipo equivocado.

Que no dejen de traer rondas —bromea, ya que el año pasado lo traspasaron de Boston a Nueva York.

Aunque fue un golpe duro, el cambio acabó siendo mejor para su carrera.

Ahora juega más minutos y, además, se distancia un poco de tanta intesidad familiar, mientras él y Vanny se adaptan a sus primeros años de matrimonio.

Savannah resopla divertida y rodea a su marido con los brazos. Él le besa la punta de la nariz y resulta increíble ver lo enamorados que siguen estando, incluso entre la mudanza, una ciudad nueva y el caos constante de su agenda.

Austin pide una ronda de chupitos.

Noah vuelve a inclinar la cabeza hacia mí.

—No tienes por qué bebértelo.

Arqueo una ceja.

—¿Y dejar que esta gente se ría de mí? —señalo por encima del hombro hacia mis primos, siempre tan juzgones.

—Puedo bebérmelo yo por ti, si te preocupa tanto —ofrece.

Me giro para mirar hacia atrás justo cuando Claire discute con Austin por no sé qué.

Torsten ha arrastrado a Panda hasta nuestro pequeño círculo.

Mientras el camarero coloca los chupitos en fila sobre la barra, la masa de gente se aprieta todavía más a nuestro alrededor y yo quedo pegada al cuerpo de Noah.

Su pecho cubre mi espalda y, cuando choco ligeramente contra él, no se aparta.

Al contrario. Sus dedos rozan el lateral de mi muslo y me invitan a acercarme más.

Jesús, ¿qué estoy haciendo?

Es Noah Scotch. Uno de los mejores amigos de Austin. Estaba prometido hace menos de un año. Estoy a punto de delatarme delante de mi familia y de todo su equipo. Es jugador de hockey.

Por lo visto, a mi cuerpo le importa una mierda toda la lógica que me está gritando la cabeza.

Me pego más a él, a su calor, a su fuerza, hasta que me rodea la cadera con una mano y las yemas de sus dedos me rozan justo debajo del ombligo.

Un escalofrío me sacude y él vuelve a inclinar la cabeza hacia mí.

Levanto la vista para mirarlo y mis labios rozan la parte inferior de su mandíbula.

Dios. Está tan cerca… El cuerpo se me enciende y se me enfría al mismo tiempo por culpa de su proximidad, y parte del ruido ensordecedor de Taps desaparece.

La mandíbula firme de Noah y sus ojos intensos, clavados únicamente en mí, hacen que todo lo demás deje de existir.

Me aclaro la garganta.

—Me tomaré el chupito.

Se me queda mirando durante un largo instante y algo pesado, intenso, pasa entre nosotros. Sea lo que sea esto, es mucho más que algo casual. Muchísimo más de lo que debería ser, y los dos lo sabemos. Porque no debería ser absolutamente nada.

—Solo uno. —Sus ojos perforan los míos.

Asiento y la punta de mi nariz roza su barbilla.

Él cambia ligeramente de postura y me acomoda contra su cuerpo, como si perteneciera ahí.

Como si hubiéramos bailado esta danza un millón de veces y ahora fuese simple memoria muscular.

Pero mi cuerpo está electrizado. Cada respiración de Noah, cada roce de sus dedos, cada vibración profunda de su pecho me atraviesa con la fuerza de un huracán de categoría cinco.

Siento que me hundo bajo el agua y, al mismo tiempo, que me elevan hacia el cielo.

Como si estuviera envuelta en fuego y hielo a la vez.

Siento una emoción anticipada, una expectativa desesperada, algo que jamás había experimentado antes.

Vanny me lanza una mirada cargada de intención.

Claire contiene la risa como puede. Mike no se entera de nada.

Austin fulmina con la mirada la mano de Noah, apoyada sobre mi vientre.

Abre la boca, pero antes de que llegue a decir nada, Torsten le planta un chupito en la mano y luego me pasa otro a mí con un guiño.

Torsten alza el vaso y se gira hacia nuestro pequeño grupo junto a la barra.

—¡Por esta temporada! —grita.

Más vítores y gritos estallan a nuestro alrededor mientras todos levantamos los vasos y nos bebemos los chupitos de golpe.

Apenas noto el sabor del alcohol.

Lo único en lo que puedo pensar es en cómo se sienten los brazos de Noah rodeándome. Y en que no quiero que me suelte jamás.