El Encantador (La Saga de los Boston Hawks 1) 14 Noah
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14 Noah

CATORCE

NOAH

Le paso el disco a Sims mientras veo de reojo cómo Austin le bloquea el paso a un rival.

Sims se escapa y ejecuta un tiro de muñeca perfecto justo cuando suena la bocina del final del segundo periodo.

El equipo estalla en celebraciones, golpeándole el casco y la espalda.

Cuando nos dejamos caer en el banquillo y empezamos a beber agua como animales sedientos, noto cómo una especie de cambio de energía se extiende entre nosotros.

Por primera vez desde que Sims ocupó el puesto de mi hermano hace cuatro semanas, el equipo lo acepta de verdad. Hay cruces de palabras, pero la tensión ha desaparecido. Los puñetazos amistosos ya no llevan esa fuerza contenida y el velo de desconfianza por fin ha desaparecido.

Sims me mira y baja ligeramente la barbilla. Yo hago lo mismo y, en ese instante, llegamos a un entendimiento silencioso. Es mi compañero de equipo y voy a hacer todo lo posible por sacar esto adelante. Pero siempre voy a respaldar a mi hermano.

La idea consigue calmarme un poco y, sinceramente, sienta bien. Como si después de noches enteras dándole vueltas a la cabeza y dejando que me absorbiera toda la energía, por fin hubiese tomado una decisión importante.

—Escuchadme bien.

El entrenador Phillips avanza por delante del banquillo soltando instrucciones y ajustando algunas jugadas. Vamos ganando 3-1 a los Seattle Serpents y necesitamos esta victoria. Necesitamos mantener el buen arranque de temporada y conservar la moral alta para seguir adelante.

—No perdáis intensidad. Queda un periodo —ruge el entrenador mientras nos golpea los cascos al pasar.

Cuando vuelve a sonar la bocina y nos colocamos para el saque neutral, Austin me lanza una sonrisa agradecida y sé que estamos haciendo lo correcto.

Estamos apoyando a Sims para asegurarnos de que se convierta en parte del equipo.

Estamos creando una química con él que quizá sea incluso más prometedora que la facilidad natural que teníamos con Easton.

Estamos haciendo lo mejor para el equipo, aunque quizá no sea lo mejor para mi hermano.

Aunque, pensándolo bien, después de todo lo que he aprendido gracias a Indy…

puede que sí lo sea. Puede que lo mejor para Easton no sea aquello que llevo años dando por sentado. Puede que ni siquiera sea el hockey.

El disco cae sobre el hielo y comienza el partido.

Aparto el ruido de mi cabeza y me concentro únicamente en el puck.

Austin me pasa el disco y subo por el lateral de la pista a toda velocidad antes de enviarle un pase de revés a Sims. Un segundo después, me estampan contra la valla.

Jugamos duro durante los siguientes cuatro minutos hasta que estalla una pelea entre Torsten y un jugador de los Serpents.

En cuestión de segundos, todos los que estamos sobre el hielo acabamos involucrados y los árbitros hacen sonar los silbatos con furia mientras ambos entrenadores gritan órdenes a sus jugadores.

Cuando por fin separan la pelea, veo la sonrisa de Austin.

Sims ha sido el primero en lanzarse a defender a Torsten y no hay forma más rápida de ganarse la unidad del equipo que recibir un puñetazo destinado a otro.

El labio de Torsten sangra, pero el ala de Seattle está bastante peor.

Me río entre dientes mientras me rasco la mejilla.

Joder, cuánto había echado de menos este deporte.

Había echado de menos esta adrenalina. Había echado de menos todo esto desde que terminó la temporada pasada.

Levanto la vista hacia el palco donde siempre se sientan las WAGs y, cuando encuentro la cara de Indy, sonrío.

Verla aquí, animándonos, hace que tenga todavía más ganas de que llegue esta noche. La adrenalina zumba por mis venas y vuelvo a perderme en el juego que adoro.

Después de conseguir nuestra cuarta victoria de la temporada, Boston está desatada. El buen ambiente recorre al equipo y todos acordamos ir a Taps, uno de nuestros bares favoritos y parada habitual después de los partidos.

Me ducho rápido en el vestuario y me pongo unos vaqueros oscuros y un jersey negro. Tengo la mejilla roja por el golpe contra la valla, pero aparte de eso, quedo bastante decente.

—¿Vamos juntos? —pregunta Austin cuando cierro mi taquilla.

—¿No ha venido tu familia?

—Sí. Vamos a picar algo antes de que me reúna con el equipo para tomar unas copas. Vente con nosotros —me ofrece, como hace siempre.

Antes, East y yo rara vez nos uníamos a su familia después de los partidos.

Sabíamos que era un buen momento para que él estuviera con sus padres y sus hermanas.

Además, se daba por hecho que East y yo también cenaríamos juntos.

Pero ahora, con la familia de Indy viviendo en Boston y East fuera, esas cenas han dejado de ser algo tan exclusivamente familiar. Así que me encojo de hombros y digo:

—Sí, claro.

—Vamos.

Austin se dirige hacia la puerta y le da una palmada a Torsten en la espalda.

Torst levanta la vista apenas un segundo. Tiene el móvil pegado a la oreja y la expresión tensa.

—¿Te vemos en Taps? —pregunta Austin.

Torsten asiente y nos dedica media sonrisa, aunque se nota que está preocupado por algo. Le aprieto el brazo al pasar a su lado y entonces su sonrisa se vuelve auténtica.

—Eh, Ryan, ¿vienes? —le grita Austin a James.

James levanta la cabeza y nos ofrece una sonrisa forzada antes de negar con ella.

—Tengo que irme a casa.

—Buen partido, tío —le digo al pasar junto a él. Si yo pensaba que este año estaba siendo duro para mí, para James está siendo un auténtico infierno.

—He visto a Indy sentada con las WAGs —comento cuando salimos del estadio. Me había gustado verla allí arriba más de lo que debería. Porque no estaba allí como mi chica y, aun así, una parte de mí deseó durante un segundo que sí lo estuviera.

Austin se ríe entre dientes.

—Seguro que Claire la arrastró con ellas. Está empeñada en sacar a Indy al mundo real.

—¿Qué quieres decir?

Me mira por encima del capó del coche mientras abre la puerta del conductor.

—Las WAGs hablan sobre todo lo que está pasando en sus vidas.

—¿Cosas de chicas? —pregunto con escepticismo mientras abro la puerta del copiloto.

Austin se mete en el coche y yo hago lo mismo. Gira la llave del contacto.

—Hablan de viajes que quieren hacer y de cuáles son los mejores colegios para apuntar a sus hijos.

Hablan de buscar casa en Boston y de rebajas en distintas boutiques.

Hablan de sus propios negocios y de cómo gestionar una empresa mientras se mudan…

—Se encoge de hombros—. Hablan de un montón de cosas que no implican estar completamente absorbidas por un libro de texto lleno de teorías políticas.

Mudarse aquí ha sido lo mejor que le ha pasado a mi prima desde que se fue a la universidad después de que aquel gilipollas le rompiera el corazón.

Por fin consiguió apartar la nariz de los libros, dejar de estudiar a todas horas y empezar a disfrutar de la vida que ocurre a su alrededor.

El gilipollas que le rompió el corazón. Jace Edwards.

—¿Qué pasó exactamente entre ella y Jace? —pregunto con tono despreocupado mientras me pongo el cinturón de seguridad.

—La trató igual que trata a todas las mujeres de su vida —responde Austin mientras sale del aparcamiento del estadio y pone rumbo al restaurante—.

Odio hablar de la vida privada de otro jugador, pero Jace le jodió la cabeza a Indy durante muchísimo tiempo.

Siempre intentaba hacerle sentir que su vida, sus prioridades, el hockey y su carrera eran muchísimo más importantes que los de ella.

No soportaba la forma en la que le hablaba, como si aquello que estaba estudiando fuese una tontería porque iba a acabar con él y siguiéndolo de ciudad en ciudad para que pudiera jugar al hockey. A mi tío lo ponía de los putos nervios.

Trago saliva, intentando deshacerme del nudo de rabia que se me forma en la garganta.

Menudo capullo. Aunque puedo imaginármelo perfectamente.

Jace Edwards siempre ha sido un niñato arrogante y con derecho a todo.

Va por la vida creyéndose un regalo de Dios para el hockey —que no lo es—, para las mujeres —muchísimo menos— y para la humanidad en general. Qué puta broma.

—¿Y ella no lo mandó a la mierda? —pregunto.

Austin niega con la cabeza mientras se detiene en un semáforo en rojo.

—Bueno, sí, al final. Pero no antes de que él le destrozara la autoestima, hiciera que dudara de sí misma y de su futuro y, encima, la engañara con la prometida de otro jugador.

La mano se me cierra en un puño sobre el muslo. Odio que Jace, un tío como Jace, haya conseguido que Indy dudara de sí misma. Odio todavía más que le pusiera los cuernos. Y aborrezco por completo que fuese con la prometida de otro jugador. Eso me toca demasiado de cerca.

Joder. Menuda pieza.

—Pero aquí, en Boston… ¿está bien? —pregunto.

Austin entrecierra los ojos y gira la cabeza hacia mí.

—¿A qué vienen tantas preguntas?

—A nada, simple curiosidad.

—¿Sobre Indy?

—Sí, tío. Es una chica increíble.

—Es mi prima.

—Eso no la hace menos increíble.

Austin suelta una risita y niega con la cabeza.

—No sale con jugadores de hockey.

Me muerdo la comisura de la boca para no responder nada.

Austin se ríe aún más.

—Lo digo en serio. Ha jurado no volver a salir con jugadores de hockey, para alegría de mi tío.

—Solo me gusta verla, ya está. Es como una bocanada de aire fresco después de un año de mierda —acabo admitiendo, sin querer reconocer cuánto espacio ocupa la pequeña Indy Merrick en mi cabeza. Aunque tampoco puedo ignorar que me atrae. Jesús… qué limbo tan raro.

Austin aparca y apaga el motor. Se me queda mirando durante un largo instante.

—Indy es especial, Scotch. No se parece a las chicas con las que sueles estar.

Frunzo el ceño.

—¿Y eso qué se supone que significa?

—Que no es como Courtney.

—No me jodas.

Austin se encoge de hombros.

—Solo digo que es especial.

—Ya lo sé. Por eso me gusta.

—Y no sale con jugadores de hockey.

—Eso ya lo has dicho.

Levanta una ceja y su intención queda clarísima. No voy a terminar con su prima.

—Lo repito por si acaso.

Niego con la cabeza y fuerzo una sonrisa.

—Te he oído perfectamente la primera vez, Merrick.

Abre la puerta del coche.

—Solo quería asegurarme, Scotch.

Sigo a Austin hasta el interior del restaurante.

En cuanto cruzamos la entrada, varios aficionados empiezan a aplaudir y vitorear.

Nos acompañan rápidamente hasta la mesa mientras algunas personas se levantan para felicitarnos por el partido.

Austin y yo sonreímos, saludamos con la mano y soltamos un montón de “gracias”.

Cuando llegamos a la mesa del fondo, Austin hace una mueca y yo estallo en carcajadas al ver los globos atados al respaldo de su silla.

Lo juro, Mary Merrick es mi persona favorita del planeta.

Da igual que su hijo sea el capitán de un equipo de la NHL; para ella sigue siendo su niño pequeño y continúa haciendo cosas como comprar globos para su silla o enviar cupcakes al vestuario el día de su cumpleaños.

Mi risa desaparece cuando se pone en marcha, desata algunos de los globos de Austin y los ata a la silla que tiene al lado.

—Para ti, cariño. —Me señala con el dedo.

Austin resopla y yo le doy un puñetazo en el hombro.

—Buen partido, chicos —dice el padre de Indy mientras nos guía hasta nuestras sillas. Se nota que está conteniendo la risa por las ocurrencias de Mary.

Claire se lanza hacia nosotros para abrazarnos a los dos. Vanny nos besa en las mejillas y Mike nos estrecha la mano. Indy nos da un abrazo rápido a cada uno y se sonroja cuando le sonrío.

Nos sentamos todos y los entrantes aparecen casi por arte de magia mientras echamos un vistazo a la carta y elegimos los platos principales. Sirven vino, untamos mantequilla en los panecillos y el ruido alegre y animado de la familia Merrick llena mis oídos.

Miro alrededor de la mesa y noto una punzada en el pecho. Ojalá Easton estuviera aquí. Pero cuando veo la cara luminosa de Indy, sus ojos brillando mientras escucha alguna historia que Vanny y su marido, Mike, están contando, parte de mis preocupaciones se disipan.

En lugar de eso, dejo que la calidez y la luz de Indy me envuelvan y me doy cuenta de lo feliz que soy de que esté aquí.