El Encantador (La Saga de los Boston Hawks 1) 12 Noah
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12 Noah

DOCE

NOAH

—Gracias por el día de hoy, pequeña Indy —digo cuando nos detenemos frente a mi brownstone.

—Cuando quieras, Noah. Gracias por seguirme el rollo.

Suelto una carcajada y señalo con la cabeza hacia la puerta principal. Tengo las manos metidas en los bolsillos mientras el viento arrecia y, por mucho que quiera quedarme charlando con Indy, tampoco quiero que acabemos congelados en la acera.

—¿Quieres subir?

Ella vacila y una punzada de decepción me atraviesa el estómago, lo cual es ridículo porque acabamos de pasar el día entero juntos.

Antes de que pueda decirle que no pasa nada, baja la cabeza y responde:

—Vale.

—Tengo café —bromeo, sabiendo que la cafeína es su punto débil.

Ella se ríe y me sigue al interior de casa, dejando el bolso sobre la isla de la cocina.

—Nunca le diré que no a un café.

—Me lo apunto. —Meto una cápsula en la Nespresso y me giro, apoyando los codos sobre la encimera.

Indy se sube a uno de los taburetes y me dedica una sonrisa.

—Hoy me lo he pasado muy bien.

—Yo también —admito—. Estar contigo es… fácil. Nada complicado.

—Eso es bueno, ¿no?

—Sí. —Frunzo el ceño, preguntándome por qué pensaría que no lo es.

Ella se encoge de hombros.

—Has puesto cara rara al decirlo.

Niego con la cabeza, aunque probablemente tenga razón.

Me resulta extraño poder pasar tiempo con una mujer y que todo salga tan natural.

Sin las expectativas ni la presión que suelen colgarme del cuello como una soga cada vez que trato con mujeres.

Incluso con Courtney sentía a veces que caminaba sobre cristales.

—¿Leche o crema? —pregunto mientras cojo su taza.

—Crema, por favor.

Le preparo el café y lo dejo delante de ella.

—¿Tienes ganas del partido inaugural? —Da un sorbo y gime de puro placer.

Ese gemido me atraviesa entero.

Se le cierran los ojos y una pequeña sonrisa satisfecha curva sus labios. Yo aprieto las manos en puños.

Puede que todo sea fácil con Indy Merrick, pero esto no puede seguir siendo tan casual.

Mis manos mueren por tocarla, por deslizarse sobre su piel suave. Se me hace agua la boca solo de pensar en volver a probarla. Joder, ¿cómo puede ser tan tentadora sentada en mi cocina un domingo por la tarde tomando café? ¿Por qué no consigo quitarme el hambre que tengo de ella?

—¿Noah? —pregunta, observándome con preocupación.

Me aclaro la garganta. ¿De qué cojones estábamos hablando? Del partido.

—Sí, sí. Tengo muchas ganas.

Sus cejas se juntan.

—¿Estás bien?

Suelto un suspiro y me paso una mano por el pelo. ¿Se lo digo? ¿Lo suelto todo de una vez? ¿Y por qué coño no? Nunca he sido de andarme con rodeos.

—Te mentí.

Ella se echa hacia atrás, sobresaltada, y yo me maldigo por idiota.

—¿Sobre qué?

—No quiero ser solo tu amigo, Indiana. Igual estoy siendo un presuntuoso de la hostia ahora mismo, pero la otra noche… —Dejo la frase colgando mientras observo su reacción.

—¿La otra noche qué? —susurra, buscando mis ojos.

—La otra noche fue mucho más que increíble. Joder… no puedo dejar de pensar en ello. En ti, en mi cama. Y quiero volver a tenerte allí.

Indy me mira en shock durante un segundo entero y me entran ganas de darme un puñetazo en la garganta con tal de dejar de pensar en la cautela que cruza su cara. ¿La he cagado?

Indy se aclara la garganta y pronuncia las palabras más bonitas que he oído en mi vida.

—Yo también lo sentí así.

—¿Sí? —Me inclino hacia delante y le aparto un mechón de pelo detrás de la oreja, acariciándole la cara con la mano.

Dios, qué piel tan suave.

Ella asiente.

—No quiero ser solo tu amigo, Indy.

—Eso ya lo has dicho.

Sonrío.

—Lo sé. Pero tampoco quiero darte falsas esperanzas.

—No lo haces. Entiendo lo que intentas decir. Hoy ha sido divertido, fácil, relajado. Pero si quedamos, nos lo pasamos bien y surgen cosas…

—Si surgen cosas… —repito, desesperado por que termine esa frase.

¿Quiere que surjan cosas? ¿Quiere hacer esto conmigo sabiendo que no llevará a nada serio?

—Si surgen cosas y los dos sabemos a qué jugamos, ¿qué tiene eso de malo? —pregunta al fin.

La emoción me estalla en las venas como Peta Zetas.

Ella también lo quiere. Me quiere a mí tanto como yo la deseo a ella.

Me inclino sobre la isla y le sujeto la cara para que me mire directamente. Necesito que entienda lo siguiente y que esté de acuerdo antes de arrastrarla hacia mí y besarla hasta dejarla sin sentido.

—No pasa nada, cariño. Solo prométeme que serás sincera conmigo si esto se vuelve demasiado… complicado.

—Lo mismo va por ti —dice simplemente, y sé que habla en serio.

Jesús. ¿Quién es esta mujer?

Jamás había conocido a alguien tan segura de tener algo casual y divertido conmigo. Y aun así, Indy me sorprende a cada paso.

Me llevo una mano al pecho y noto cómo sus ojos siguen el movimiento, cómo la punta de su lengua asoma entre sus labios.

—Lo mismo va por mí —prometo.

—Perfecto. —Indy sonríe.

Cuando me mira, no veo dudas ni inseguridad en sus ojos. Veo a una mujer que entiende perfectamente las reglas del juego y quiere lo mismo que yo: diversión, conversaciones reales y sexo espectacular.

—¿Es demasiado pronto para desnudarnos? —pregunto con tono ligero, por si necesito convertir la pregunta en una broma.

Pero no estoy bromeando una mierda.

Indy deja la taza de café sobre la encimera y se pone en pie. De un tirón se quita el jersey y se queda delante de mí, toda piel cremosa y curvas deliciosas, vestida únicamente con un sujetador negro de encaje.

—No es demasiado pronto.

Gruño mientras camino hacia ella.

Ella sonríe y retrocede en dirección a las escaleras. Antes de empezar a subir hacia mi dormitorio, se detiene y me mira por encima del hombro.

—Debería avisarte, Noah. Yo no suelo hacer este tipo de cosas.

—¿Qué tipo de cosas? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.

—Casual.

Parte de mi emoción se evapora. ¿Será demasiado difícil para ella aceptar esto? El hecho de que no haya ningún compromiso.

—Vale…

—Pero contigo… —niega con la cabeza y sus ojos brillan— no sé. Casi es un alivio que tengamos una historia previa, una amistad, porque así puedo ser yo misma contigo y saber que no vas a malinterpretarlo.

El alivio me recorre entero al escucharla.

—Solo sé sincera conmigo, Indy.

Ella se sonroja y se pasa la lengua por el labio inferior. Cuando vuelve a mirarme, el calor en sus ojos es innegable. Los pezones se le endurecen bajo el encaje del sujetador y me tientan a través de las copas.

Jesús. La quiero en mi cama.

Ahora mismo.

Hace cinco minutos.

—Te deseo, Noah Scotch. Quiero que me prendas fuego el cuerpo y me hagas sentir todas las cosas que me he estado perdiendo.

La sinceridad de sus palabras, la súplica en su voz, me arrancan un gruñido mientras la levanto en brazos. La subo escaleras arriba y descubro que me encanta el sonido de su risa jadeante. Me encanta sentir su pelo sedoso deslizándose sobre mis brazos.

—Te tengo, Indy.

La dejo caer en el centro de mi cama.

Ella me dedica una sonrisa ladeada mientras me arranco la camiseta y desabrocho los vaqueros.

Camino hacia ella y le rodeo los tobillos con las manos, tirando hasta dejarla completamente extendida debajo de mí.

Le bajo las mallas y gimo al ver el tanga negro de seda que deja poquísimo a la imaginación.

—¿Siempre llevas ropa interior así?

—Me gusta cómo me queda. —Su respuesta no responde realmente a nada y consigue intrigarme tanto como irritarme.

¿Otros tíos la ven así?

No. Me ha dicho que no hace este tipo de cosas casuales.

Aun así…

La idea de ella con otro hombre me molesta aunque no debería. Aunque no quiera que me importe.

Pero dejo que esa punzada de irritación eche raíces mientras subo por el cuerpo de Indy y fundo mi boca con la suya.

Dejo que el pensamiento de otros hombres tocándola alimente cada uno de mis movimientos mientras la reclamo en mitad de una tarde de domingo, en el centro de mi cama, hasta que los dos nos quedamos sin aliento.

Hasta que nuestros cuerpos vibran de adrenalina y tiemblan de necesidad.

Hasta que me hundo dentro de ella y suelto una maldición.

Ella gime alto, clavándome las uñas en los antebrazos mientras la llevo hasta la cima de una montaña y salto detrás de ella por el puto precipicio.

Cuando descendemos de ese placer compartido, me quedo mirando los ojos de Indiana y casi me ahogo en ellos.

Aunque jamás se lo diría.

Aunque ni siquiera sería capaz de admitírmelo a mí mismo.

Y ese es mi gran error cuando se trata de Indiana Merrick.