8 Noah
OCHO
NOAH
El equipo no está encajando como debería, y menos aún a tan poco del inicio de temporada. Con East en rehabilitación, un chico nuevo, Sims, está ocupando su lugar.
Austin, Easton y yo llevamos jugando juntos tantos años que nuestro rendimiento sobre el hielo es algo natural.
Sale solo. A veces ni siquiera tengo que pensarlo.
Sé que cuando mando el puck hacia la derecha, mi hermano estará allí.
Sé, sin mirar, que Austin me cubre las espaldas.
Nuestro ritmo se ha perfeccionado tras años de entrenamientos y cientos de partidos puliendo errores y mejorando.
Con Sims, esa fluidez simplemente no existe, y está destrozando toda nuestra línea ofensiva.
—¡Vamos! —grita Austin, claramente frustrado cuando Sims falla el puck y acaba estampado contra las vallas.
Sims niega con la cabeza mientras se aleja patinando para recomponerse.
Llevamos toda la semana así: entrenamientos agotadores que terminan con el equipo entero cabreado.
Una parte de mí siente lástima por Sims. No es fácil ocupar el lugar de Easton y convertirse en el blanco de la frustración de Austin.
Pero otra parte de mí tampoco puede preocuparse demasiado.
Está mal pensar así, pero no quiero que Sims se acomode demasiado rápido.
Dentro de diez semanas mi hermano volverá y quiero que su puesto siga siendo suyo cuando salga de rehabilitación.
—¡Otra vez! —vocifera Austin, y el equipo vuelve a colocarse.
Repetimos el ejercicio tres veces más hasta que el entrenador Phillips da por terminado el entrenamiento. La energía en el vestuario está por los suelos y la moral del equipo peor que nunca. Me ducho y me visto rápido, deseando salir del estadio y dejar atrás esta mierda de entrenamiento.
—Eh.
Torsten aparece a mi lado justo cuando cierro la taquilla.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—¿Te apetece comer algo?
—Sí, claro —acepto mientras el estómago me ruge. Por mucho que quiera salir de aquí, tampoco me apetece volver a casa y quedarme solo dándole vueltas a la temporada.
Torsten se cuelga la bolsa de entrenamiento al hombro y lo sigo fuera del estadio antes de sentarme en el asiento del copiloto de su coche.
—¿Qué te apetece? —pregunta.
—Hace siglos que no como mexicano —respondo tras un momento. Solo decirlo hace que el estómago me proteste aún más.
—Conozco un sitio —dice Torsten mientras sale del aparcamiento del estadio y se incorpora a la carretera. Suelta un largo suspiro—. Hoy ha sido duro.
—Ni me lo recuerdes. Sims nunca está donde se supone que tiene que estar.
Torsten aprieta la parte superior del volante y me mira de reojo.
—¿Tú crees que East estará listo para jugar dentro de unos meses?
Su tono es medido, pero percibo la incertidumbre, el escepticismo escondido debajo de sus palabras.
Exhalo despacio y miro por la ventanilla. Quiero que mi hermano vuelva al hielo dentro de poco más de dos meses y les recuerde a todos —al equipo, a la directiva, a los aficionados de Massachusetts y del resto del país— que es un puto dios jugando al hockey.
Pero la realidad es otra.
Aunque East hubiera llegado a rehabilitación en la mejor forma de su vida, que no era el caso, necesitará semanas para recuperar el ritmo.
Mientras tanto, Sims es nuestra mejor opción y todo el mundo le está cayendo encima.
Si no empezamos fuerte la temporada, será difícil levantar la moral y pelear por un puesto en los playoffs.
—No lo sé, tío.
Torsten guarda silencio unos segundos.
—Mi contrato termina al final de la temporada —dice en voz baja.
Me giro hacia él frunciendo el ceño.
—¿Y?
—Y si los Hawks no me renuevan o me traspasan…
—¿Por qué no iban a renovarte?
Se ríe, pero no hay humor en el sonido.
—Scotch, tengo casi treinta y ocho años. El equipo acaba de subir a dos rookies. Puede que ni siquiera sea titular al final de esta temporada, y lo sé.
Levanto una mano, dispuesto a llevarle la contraria, pero el brillo de sus ojos me hace callarme. Torsten lleva siendo un pilar fundamental de los Hawks tanto tiempo que cuesta imaginarlo fuera del equipo. Más difícil aún imaginarlo sin jugar al hockey.
—Necesito que esta temporada sea espectacular. Tengo que rendir al máximo cada minuto que pise el hielo. Necesito que este sea nuestro año, que ganemos la Copa. Quizá porque podría ser el último. Pero también porque es mi mejor oportunidad para que me renueven. Si no…
—¿Qué? —pregunto, frunciendo aún más el ceño—. ¿Qué coño intentas decir?
Me dedica una mirada donde el humor asoma apenas un segundo.
—No tendré visado. Tendré que volver a Noruega.
Suelto una maldición y me quedo mirándolo un largo momento.
Él vuelve la vista a la carretera mientras yo sigo procesando la bomba que acaba de lanzarme. Claro que sabía que Torsten era noruego, pero nunca me había parado a pensar en cómo vivía aquí. Nunca había entendido que, sin el hockey, toda su vida en Estados Unidos desaparecería.
Torsten Hansen lleva en Estados Unidos desde los diecinueve años. Tiene inversiones aquí. Su vida está aquí. ¿Qué demonios haría en Noruega para empezar de cero rozando los cuarenta? Niego con la cabeza mientras me pellizco el puente de la nariz.
Primero puede que perdamos a Easton. Nuestro otro defensa, James Ryan, lleva mentalmente ausente desde que murió su mujer. Y ahora esto.
¿Qué coño le está pasando a mi equipo?
¿Cómo vamos a competir este año cuando nuestros mejores jugadores, los veteranos que conocen el ritmo y entienden cómo fluye el juego, están siendo apartados poco a poco?
Lo miro con dureza.
—Entonces haremos que esta sea nuestra mejor temporada.
Torsten se ríe, pero por la expresión que cruza su rostro sé que está preocupado. Preocupado y esperanzado al mismo tiempo.
—Lo digo en serio —repito.
Asiente y me lanza una mirada cargada de compasión.
—¿Y si East no consigue recomponerse?
Exhalo lentamente, entendiendo perfectamente lo que me está pidiendo, aunque no lo diga directamente.
—Entonces pondré a Sims al día. Me aseguraré de que esté preparado. Austin también.
Joder.
No quiero ayudar a la competencia de East cuando mi lealtad, en todos los sentidos posibles, pertenece a mi hermano.
Pero ¿puedo quedarme mirando cómo Torsten abandona el equipo, abandona el país, porque Easton tomó una serie de decisiones que lo llevaron de vuelta a rehabilitación?
Atrapado entre la espada y la pared, niego con la cabeza y vuelvo la vista hacia la ventanilla. Torsten y yo, perdidos en nuestros propios pensamientos, permanecemos en silencio hasta que aparca frente a un restaurante pequeño pero decorado con muchísimo encanto en el West End de Boston.
—¿Qué sitio es este? —pregunto mientras salgo del coche.
Torsten me mira por encima del capó.
—Una joya escondida.
Resoplo una risa y lo sigo al interior del restaurante. En cuanto entro, el delicioso aroma de una cocina espectacular me envuelve y aspiro profundamente.
Torsten se ríe entre dientes y señala una mesa con la barbilla.
Lo sigo mientras echo un vistazo a los platos de las demás mesas. Todo tiene una pinta increíble. Comida mexicana clásica con giros modernos, llena de color y con una presentación brutal.
¿Eso es sushi sobre unos nachos?
Vale, este sitio sí que es una joya escondida.
Justo antes de sentarme, levanto la vista y mi mirada se cruza con la de la pequeña Indy Merrick. Los recuerdos de nuestra noche juntos me atraviesan de golpe y, en vez de sentir incomodidad o ganas de salir huyendo antes de que se aferre a mí —como me pasa con otras mujeres—, sonrío.
Ella se queda paralizada, como un ciervo deslumbrado por unos faros, con los dedos suspendidos sobre el teclado del portátil.
Solo verla hace que parte de la tensión que llevo acumulada en los hombros desaparezca.
—¡Indy! —la llamo.
Frente a mí, Torsten se gira en la silla.
—Hola, preciosa. ¿Te apetece comer con nosotros?
Indy se queda mirándonos con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer que estemos aquí.
Lleva el pelo recogido en un moño complicado en lo alto de la cabeza.
Unos pendientes triangulares enormes le cuelgan de las orejas.
Va con un jersey tie-dye que parece sacado directamente de los noventa más que de cualquier tendencia actual.
Lleva las mangas remangadas hasta los antebrazos.
En cualquier otra chica el conjunto quedaría ridículo, pero en Indy simplemente…
funciona. Está cómoda, mona y completamente segura de sí misma con ese look retro.
Se queda mirándonos tanto rato que empiezo a preguntarme si siente esa necesidad incómoda de salir corriendo o si teme que sea yo quien se le pegue demasiado. O quizá le he interrumpido algo importante del trabajo al saludarla.
Niega con la cabeza y hace el gesto de apartarse un mechón detrás de la oreja antes de recordar que lleva el pelo recogido. El rubor le sube por las mejillas mientras baja la vista y sonríe tímidamente. Y yo, inevitablemente, le devuelvo la sonrisa.
Está adorable cuando se pone nerviosa.
—Hola, chicos. Claro, gracias.
Cierra el portátil, lo guarda en el bolso y recoge el café que estaba tomando.
Arrastro una tercera silla hasta nuestra mesa y ella se sienta, dejando el bolso colgado en el respaldo.
Torsten se inclina hacia delante para darle un beso en la mejilla y pongo los ojos en blanco aunque sé perfectamente que no significa nada.
Saluda así a todas las mujeres, desde las universitarias que le suplican autógrafos hasta las abuelas que le enseñan fotos de sus nietos jugando al hockey.
Aun así, el pequeño pinchazo de irritación que me provoca verlo besar a Indy es nuevo. Lo ignoro.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunta ella mientras alterna la mirada entre Torsten y yo.
—¿Lo dices en serio? —replica Torsten—. Este sitio tiene una de las mejores comidas que he probado en mi vida.
—¡Lo sé! —coincide ella—. Es de mis favoritos. Vivo a la vuelta de la esquina y estoy intentando protegerlo con mi vida. Lo último que necesito es que su fama se dispare y esto se llene de turistas.
—Es la primera vez que Scotch viene aquí. No me odies por traerlo —la pincha Torsten.
Indy sonríe y mueve la cabeza hacia mí.
—Lo dejaré pasar esta vez. —Levanta un dedo hacia Torsten antes de mirarme otra vez—. Te va a encantar.
—No lo dudo —respondo—. ¿Qué has pedido?
—Ah, todavía nada. Solo café. —Indy se lleva la taza a los labios y da un sorbo, aunque vuelve a parecer distraída.
—¿Tienes hambre? —pregunta Torsten.
Ella asiente.
—Muerta. Ni siquiera me había dado cuenta de la hora. Estaba totalmente absorbida con el trabajo.
—¿En qué estás trabajando? —pregunto mientras me recuesto en la silla.
Su expresión cambia por completo, abriéndose como un girasol al sol. Le brillan los ojos y me quedo hipnotizado por la forma en que parece iluminarse entera.
—Ay, Dios, ¡es que estoy emocionadísima! —Se ríe bajando la cabeza y empuja un menú hacia mí—. Primero pidamos.
Torsten coge otro menú.
—Así que nos vas creando expectación, ¿eh, Indy?
Ella se sonroja aún más. Se arruga la nariz.
—A vosotros seguramente no os parecerá tan emocionante. Vais a pensar que soy una aburrida.
—Nah, no puede ser más aburrido que analizar jugadas de hockey obsesivamente. —Dejo el menú sobre la mesa—. Pide por mí. Lo que más te guste de aquí.
Sus ojos se encuentran con los míos. Verdes, profundos, infinitos, como el mar.
Joder. Un hombre podría perderse en los ojos de Indy.
—Vale.
Cuando llega nuestra camarera, Shell, Indy pide por nosotros y Torsten añade su plato y un par de entrantes para compartir. Después, toda nuestra atención vuelve a centrarse en ella.
Su sonrisa es absurdamente adorable, como si no pudiera aguantar un segundo más sin contar lo que sea que le ronda la cabeza.
—¡Estoy organizando un viaje!
—¿Un viaje? —pregunta Torsten, frunciendo el ceño mientras intenta entender por qué eso es tan importante.
—¡Sí! —exclama Indy—. Un viaje de investigación.
Voy a llevarme a un grupo de estudiantes de segundo a Bangladesh durante las vacaciones de invierno.
Vamos a estudiar iniciativas de microcréditos dirigidas a mujeres y cómo eso influye en la movilidad social de los hogares.
Está estadísticamente demostrado que las mujeres toman mejores decisiones familiares que los hombres, y esa es una de las razones por las que estos préstamos, aunque sean pequeños, tienen un impacto tan grande.
—Guau —murmuro, impresionado.
Torsten la mira con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de descubrir una versión totalmente nueva de Indy.
Ella se ríe y se muerde la comisura del labio.
—¿Aburrida?
—Para nada, Indy. Eso es… jodidamente increíble. —Me gusta la idea de su viaje casi tanto como escucharla hablar de ello.
—Eres una cerebrito total, ¿eh? —dice Torsten—. Debes de aburrirte muchísimo en los partidos de hockey.
—Nah. —Niega con la cabeza.
—Ni los mira. Está demasiado ocupada leyendo sus libros —le explico a Torsten, que se echa a reír mientras Indy se sonroja y aparta la mirada.
—¿El viaje es en diciembre? —pregunto justo cuando la camarera deja los entrantes sobre la mesa.
—Sí. Tengo muchísimo que organizar antes de entonces.
También tengo que elegir a los estudiantes durante la próxima semana o así.
Hay muchísimo trabajo, pero estoy emocionadísima.
Aún recuerdo la primera vez que hice investigación de campo.
No hay nada parecido. Conectar con desconocidos, trabajar hacia un objetivo común, sentir que estás contribuyendo a cambiar la vida de alguien…
Esta es exactamente la razón por la que quería ser profesora.
Nunca imaginé que tendría esta oportunidad en mi primer año, pero el profesor que suele encargarse del viaje tiene un problema médico y tuvo que cancelarlo.
Habla moviendo mucho las manos, gesticulando sin parar. Lo hace cuando se emociona y me gusta que viva su trabajo con tanta pasión. Le brillan los ojos cuando añade:
—Qué suerte la mía.
—Seguro que te sale genial —dice Torsten.
—Eso espero. —Indy coge un bol y se sirve ensalada en el plato—. ¿Qué tal el entrenamiento?
Torsten y yo soltamos un gemido al mismo tiempo.
—Así de bien, ¿eh?