5 Indy
cNU
CINCO
INDY
Chupitos de tequila. Vodka con soda.
Y es una cerveza la que termina de rematarme.
Estoy borracha. No destrozada como Claire, pero sí bastante más achispada de lo que he estado desde la despedida de soltera de Savannah hace tres años.
Aquella noche pensaba que estaba empezando un camino nuevo y emocionante que me llevaría a un trabajo increíble, importante…
y a una propuesta de matrimonio del hombre de mis sueños.
Ja.
Le doy otro trago largo a la cerveza.
Alrededor de mí están sentados varios compañeros de Austin —Noah, Torsten y el portero al que todo el mundo llama Panda—, hablando y riéndose.
Estar rodeada de jugadores de hockey no es ninguna novedad para mí, pero esta noche se siente diferente.
Estos chicos ya han triunfado. Aunque admiran a mi padre, no me están utilizando para conseguir un autógrafo o una oportunidad de conocerlo. Todos lo han visto decenas de veces, han trabajado con él en campus de hockey y ya no se impresionan por eso.
Tampoco me están soportando solo porque sea la prima de Austin o la recién llegada a Boston.
De verdad les interesa lo que digo.
La conversación fluye fácil, natural. Por primera vez en mi vida me siento como una de esas chicas a las que siempre admiraba desde lejos. Una chica como Claire o Vanny. De las que pueden sentarse entre un grupo de hombres fuertes, exitosos y deseables sin sentirse fuera de lugar.
Con el cuerpo vibrando por la mezcla de alcohol y una inesperada oleada de confianza, me lo estoy pasando mejor que en años.
—¿Saliste con Jace Edwards? —pregunta Torsten a mi lado, torciendo la cara con asco.
Suelto una risita.
¿Una risita? Madre de Dios.
—No es tan horrible.
—El simple hecho de que tengas que decir eso significa que es aún peor —señala Torsten.
Inclino la cabeza hacia un lado y asiento, aceptando que su lógica tiene sentido.
Jace Edwards da asco.
Que me engañara me destrozó. Me rompió el corazón y pulverizó todos los sueños que había construido sobre nuestro futuro juntos.
Pero esa no fue la peor parte.
Lo peor fue cómo fue desgastando mi confianza durante años.
Siempre insistiendo en que su carrera era la importante, que sus objetivos valían más que los míos.
Consiguió convencerme de que su futuro sería mucho más brillante que cualquier cosa que yo pudiera lograr y, en algún momento, empecé a creerle.
Empecé a hacerme pequeña para que él pudiera sentirse grande.
Cuando finalmente me engañó públicamente con una chica digna de portada de revista, mi autoestima quedó hecha añicos.
Los últimos dos años me he dedicado a volverme todavía más invisible y a refugiarme en lo único que se me da bien: estudiar.
El recuerdo me revuelve el estómago y el club empieza a girar ligeramente a mi alrededor, los colores y sonidos mezclándose. Me aferro a la parte inferior de la barra para no resbalarme del taburete y siento el calor del cuerpo de Noah cuando se coloca detrás de mí.
Torsten se está partiendo de risa con algo que ha dicho Panda, así que nadie se da cuenta cuando la palma de Noah se apoya en mitad de mi espalda y él se inclina hacia mí para susurrarme al oído:
—¿Estás bien?
Un escalofrío me recorre la piel mientras su aliento roza la curva de mi oreja. Giro la cabeza hasta que sus labios casi rozan mi mejilla.
—¿Indy? ¿Seguro que estás bien? —repite.
Tiene la boca tan cerca de mi piel que un pensamiento totalmente irracional cruza mi mente: girarme y buscar su contacto.
Asiento mientras noto cómo su mano sube lentamente por mi espalda, deslizándose bajo la cortina de mi pelo hasta que sus dedos me sostienen la nuca.
Me gira suavemente la cara hacia él.
Sus ojos parecen dos pozos negros.
En ellos brillan la preocupación… y algo mucho más caliente.
Dos emociones completamente opuestas y, aun así, ambas consiguen hacerme temblar por dentro.
—¿Quieres que nos vayamos? —pregunta.
Las yemas de sus dedos acarician mi cuero cabelludo antes de que su mano baje lentamente hasta mi mejilla, sujetándome la cara.
Los ojos se me cierran solos y, esta vez, no puedo evitar inclinarme hacia su caricia.
Me roza el pómulo con el pulgar y me obligo a abrir los ojos.
—Vale —susurro.
Una sonrisa suave le curva los labios.
—Vale, preciosa. Vamos a despedirnos.
Preciosa.
La palabra sale de su boca con tanta naturalidad que seguro que se la dice a cientos de mujeres. A miles.
Pero la forma en que me ha mirado al decírmelo no tenía absolutamente nada de casual y me aferro a eso.
Nos despedimos con Torsten besándome la mejilla y Panda envolviéndome en un abrazo enorme. Ambos le lanzan a Noah unas miradas demasiado largas, pero él las ignora por completo mientras me guía fuera del reservado, escaleras abajo y hasta la salida trasera de Firefly.
—¿Has pedido un coche? —pregunto sorprendida al ver a un conductor esperándonos ya.
Noah se encoge de hombros.
—Siempre tengo un chófer de guardia para noches como esta. Algo termina torciéndose sí o sí.
Me abre la puerta trasera y me hace entrar.
Me deslizo hasta el otro lado del asiento corrido aunque doy por hecho que él irá delante, en el asiento del copiloto.
La sorpresa y la emoción me recorren el estómago cuando Noah entra detrás de mí y cierra la puerta.
Cuando consigue encajar su cuerpo en el espacio reducido del coche, nuestras rodillas se tocan.
Apoyo la palma de la mano entre nuestros muslos y, cuando el conductor sale del aparcamiento, la enorme mano de Noah cubre la mía.
—¿Te lo has pasado bien esta noche? —pregunta mirándome con curiosidad.
—Muchísimo.
Agradezco el delicioso cosquilleo de alcohol que todavía corre por mi sangre porque, de otro modo, esto —estar sola y tan cerca de Noah Scotch— me llenaría de nervios en vez de expectación.
—¿Adónde vamos, Scotch? —pregunta el conductor por encima del hombro.
Noah me mira.
—¿Cuál es tu dirección, Indy?
Se la digo y el conductor asiente mientras sube un poco la música que estaba escuchando.
Pero un segundo después suelta una maldición.
—Ha habido un accidente entre Devonshire y Congress. Tremont y Blossom están completamente bloqueadas. —Nos mira a través del retrovisor—. Hay como cincuenta minutos de atasco. ¿Qué queréis hacer?
Me quedo inmóvil mientras proceso la noticia.
¿Vamos a quedarnos atrapados en el tráfico?
¿Noah va a ofrecerme ir a su casa?
La idea me provoca una descarga de emoción y me quedo totalmente quieta, esperando a que diga algo.
—Podemos esperar si quieres, Indy. Pero yo voto por ir a mi casa y dormir allí. —Mira su reloj—. Son más de las dos.
La emoción me sube del estómago al pecho y me baja después por las piernas.
Me aclaro la garganta.
—Me parece bien.
Noah le comunica la decisión al conductor. Mientras habla, sus dedos se entrelazan con los míos y el pulgar empieza a dibujar círculos lentos sobre mis nudillos.
No me suelta hasta que el coche se detiene delante de una preciosa brownstone en Beacon Hill.
—Guau. —Lo miro—. ¿Vives aquí?
—East y yo.
—No sabía que vivías con tu hermano —digo mientras salgo del asiento trasero y me estremezco por la ráfaga de aire frío.
Todavía no es invierno, pero hace muchísimo más frío del que estoy acostumbrada. Me mudé a Boston en abril, dejando atrás el calor y el sol de Florida. Mis raíces sureñas aún no se han adaptado al clima.
Noah me rodea con un brazo, como si la masa de sus músculos pudiera bloquear el viento.
La verdad es que probablemente podría.
Intercambia unas palabras con el conductor y después me guía hasta la entrada principal.
—East y yo compramos esta casa juntos hace años. Él ha vivido aquí solo los últimos dos años, desde que Courtney y yo compramos una casa. —Hace una mueca y de repente deseo no haber mencionado nada sobre vivir con Easton—. Pero la vendí después de…
Asiento, sin necesidad de que termine la frase.
—Es preciosa.
Me dedica una mirada agradecida.
—Gracias.
Teclea el código de la puerta principal y la abre. Entro primero y Noah lo hace justo detrás de mí, apagando y reconfigurando la alarma.
Enciende las luces y el aire se me queda atrapado en la garganta.
Su casa es mucho más que preciosa.
Es como entrar en las páginas de una revista de decoración.
La estructura original de la casa, antigua, encantadora y llena de historia, se ha conservado a la perfección y mezclado con materiales contemporáneos y comodidades modernas.
El ladrillo visto combina con lámparas de estilo industrial.
Una chimenea de madera auténtica queda enmarcada por estanterías empotradas llenas de premios de hockey y clásicos de la literatura.
El espacio abierto nace de lo que hace más de cien años eran habitaciones separadas, cada una con su propia función.
—Esto es increíble —murmuro mientras doy una vuelta sobre mí misma.
Noah se sonroja y es la cosa más adorable del mundo.
—La mayor parte fue idea de East.
Le doy un empujoncito juguetón en el pecho.
—Deja de ser tan modesto.
Él se ríe entre dientes, me agarra de la mano y tira de mí hasta que choco contra su pecho. Mis pechos se aplastan contra su abdomen.
Baja la mirada y sus ojos chispean al detenerse en mi escote, ahora más pronunciado por la postura, antes de volver lentamente a los míos.
Una de sus manos se posa en mi cintura.
—Debería darte un pijama. Y agua.
No hace el menor movimiento para ir a por ninguna de las dos cosas y yo tampoco digo nada que lo anime a apartar la mano.
Porque ahora mismo no deseo nada más que sentir sus manos sobre mí.
Notar sus dedos acariciándome la piel. Descubrir qué se siente cuando su lengua se desliza entre mis labios y juega con la mía.
Un pequeño suspiro se me escapa y la mandíbula de Noah se tensa al instante. Su mirada se vuelve más intensa.
Levanto la mano y rodeo su antebrazo con los dedos, manteniendo su palma anclada a mi cadera.
Nos quedamos mirándonos, nuestras respiraciones agitadas mezclándose en el pequeño espacio entre los dos.
—Tú no sales con jugadores de hockey —me recuerda.
Su voz apenas es un susurro, pero las palabras salen cargadas de fuerza, como si intentara convencerse a sí mismo tanto como a mí.