4 Noah
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CUATRO
NOAH
Indiana Merrick sería capaz de tentar a un santo.
Mientras que casi todas las mujeres del club esta noche —y desde luego las que están aquí arriba de fiesta con el equipo— harían cualquier cosa por impresionar a uno de los jugadores, Indy destaca por completo entre todas ellas.
Va vestida de una forma increíblemente sexy, con unas piernas largas y torneadas, curvas deliciosas y un pelo en el que me muero por hundir la mano.
Pero lo que realmente vale oro es su cara.
Sus expresiones, tan auténticas y transparentes, cruzan sus facciones con una sinceridad que la mayoría de las mujeres que conozco aprendieron a ocultar hace años.
Sus ojos arden de curiosidad, emoción… y una inseguridad que resulta mucho más adorable de lo que debería.
—¿Qué tal te trata Boston? —pregunto, haciendo una mueca por lo cutre que sueno.
La verdad es que no tengo demasiada práctica con las conversaciones triviales.
La mayoría de la gente con la que interactúo quiere algo de mí: un autógrafo, entradas para un partido.
La mayoría de las mujeres con las que me relaciono ofrecen algo en bandeja de plata, como la oportunidad de desnudarse y no hablar demasiado.
El pensamiento me sacude un poco.
Hace demasiados años que no tengo que esforzarme mínimamente con una mujer y, como Indy no es una chica cualquiera con la que pueda acostarme y no volver a ver jamás, me siento totalmente fuera de mi elemento intentando mantener una conversación normal.
—Me gusta. —Arruga la nariz—. El invierno no me entusiasma demasiado, así que no sé cómo voy a sobrevivir a los próximos meses. Pero me gusta estar más cerca de mis primas y de mis tíos.
—¿Tus padres también se mudaron aquí?
Asiente mientras da otro sorbo a su bebida.
—Supongo que, en ese sentido, tengo suerte de ser hija única. Ahora que mi padre está retirado, podían irse a vivir a cualquier parte y tenían clarísimo que querían estar cerca de mí.
Me rasco la mejilla, preguntándome cómo coño debe de sentirse algo así.
Mis padres apenas soportan a East y a mí durante la única o las dos visitas anuales que hacemos al norte del estado.
Jamás se mudarían a ningún sitio solo para estar más cerca de nosotros, ni aunque les pagaran todos los gastos.
Nunca he sido el centro de atención ni la prioridad de mis padres.
Solo una carga añadida en los márgenes de sus vidas, una de esas que servicios sociales les obligaba a atender de vez en cuando.
Mientras East y yo les sigamos enviando cheques todos los meses, les da exactamente igual lo que pase en nuestras vidas.
—Sí, recuerdo cómo tu padre intentaba arrastrarte a todos nuestros campus de hockey cada vez que veníais a Boston en verano.
Indy pone los ojos en blanco.
—Puede que estuviera un pelín decepcionado de que le saliera una hija más interesada en el ballet y los libros que en perfeccionar un slap shot.
Me río al recordar a Indy sentada en las gradas, devorando páginas como si los capítulos alimentaran su alma, mientras su padre improvisaba entrenamientos de los que los jugadores hablaban durante todo el año siguiente.
Jeremiah Merrick es una leyenda del hockey y, aunque seguro que parte de él lamenta que a su hija única le dé igual este deporte, dudo muchísimo que alguna vez se sintiera decepcionado por tener una hija en vez de un hijo.
—Qué va. Tu padre está completamente loco por ti.
Ella se sonroja y sonríe.
—Soy la niña de papá nivel extremo.
—Tú, Claire y Savannah. Pobres padres Merrick.
Hago tintinear el hielo de mi vaso antes de terminarme la copa.
—Sí. Nuestros padres son bastante geniales. Dan buenos consejos.
—¿Como cuáles?
Arruga la nariz otra vez.
—Nunca salgas con un jugador de hockey.
Echo la cabeza hacia atrás y me río, asintiendo.
—Sí, apostaría a que tu padre estaba encantado de que estuvieras demasiado absorbida por tus libros de fantasía como para prestarnos atención mientras hacíamos el payaso sobre el hielo intentando impresionarte.
Ella arquea una ceja.
—¿Intentabais impresionarme?
—¡Constantemente! —Me giro hacia ella hasta quedar completamente de frente.
Incluso con tacones, la parte superior de su cabeza apenas me llega a la barbilla. Es tan pequeña que probablemente podría rodearle la cintura con las manos y hacer que mis dedos se tocaran.
Es extraño, pero pensarlo hace que me entren todavía más ganas de protegerla. Más incluso que cuando Austin la dejó «a mi cargo».
—¿No te acuerdas de las carreras de patinaje que hacíamos?
Niega con la cabeza, sinceramente confundida.
—Madre mía… —gimo—. No sé si sentir celos de que tus novelas de fantasía fueran más interesantes o admirarte por estar tan obsesionada con tus estudios y tu lectura.
Se sonroja otra vez y se muerde la comisura de la boca.
Es un gesto dulce y tentador a la vez. Una combinación absurda que hace que quiera rodearla con los brazos por ser tan condenadamente irresistible.
—Espera un momento. —Frunzo el ceño al recordar al único chico del que alguna vez la escuché hablar—. ¿No saliste con un jugador de hockey?
El rubor se intensifica en sus mejillas y una sombra de dolor cruza su cara. Sus labios se tensan.
Mientras me maldigo mentalmente por sacar el tema de algún imbécil que obviamente le hizo daño, mentiría si dijera que no tengo curiosidad. ¿Qué jugador de hockey tuvo una oportunidad con Indiana… y la cagó para todos los demás?
—No funcionó —dice en voz baja mientras juega con la pajita del vaso entre los dedos.
Levanta la mirada hacia mí y sus ojos se suavizan.
—Estuvimos juntos durante años y luego lo draftearon… —Deja la frase colgando mientras se encoge de hombros.
Aunque hace años que no la veo y apenas la conozco, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que ese tío la destrozó. Y de que lo que acabó con su relación fue muchísimo más profundo que un simple draft.
Doy medio paso hacia ella, tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo.
Mis dedos recorren lentamente su brazo y ella inclina la cabeza hacia atrás para sostenerme la mirada. Los dos llevamos unas copas de más, pero no pienso usar eso como excusa.
La verdad es mucho más simple.
Me muero de ganas de tocarla.
Quiero darle aunque sea una mínima sensación de consuelo. Lo que sea para borrar esa expresión triste de su cara.
—¿Quién era? —gruño, preguntándome si conozco al tío en cuestión. ¿Es alguien a quien considero amigo? ¿O algún jugador al que no soporto?
El hecho de no saberlo me irrita más de lo normal.
Ella niega con la cabeza.
—Fue hace mucho tiempo. Éramos unos críos.
Definitivamente lo conozco.
Me estrujo el cerebro intentando adivinar quién es, pero no consigo sacar nada en claro.
—¿Cómo se llama?
Indy junta los labios y se los aprisiona entre los dientes. Sus ojos verdes brillan con destellos dorados.
—Jace Edwards.
Me quedo blanco al reconocer al capullo al instante.
—¿El de los Vancouver Eagles?
Ella asiente mientras retuerce los dedos delante de la cintura. El vaso vacío descansa ya sobre la barra.
—No te merece ni de puta coña —escupo, sin importarme sonar como un desequilibrado.
¿Pero Jace Edwards? Ese tío le pone los cuernos a todas las mujeres con las que lo he visto. Es una mierda de novio y como jugador es todavía peor. Ni siquiera fue titular la temporada pasada.
Indy hace una mueca.
—Ni siquiera sabes lo que pasó.
Resoplo. Claro que puedo imaginarme lo que pasó. Metió la polla en otra mujer… o en varias. Y alguna se aseguró de que Indy se enterara. Ese idiota sigue jugando de manera estúpida con las mujeres, intentando conseguir notoriedad entre los demás porque desde luego no puede lograrla sobre el hielo.
—¿Quieres contármelo?
Niega con la cabeza y aprieta los labios en una línea fina.
Mi mano rodea suavemente su codo.
—Conozco a Jace.
—Ya me lo imaginaba.
—No lo soporto.
—Eso también lo había deducido.
—Tu padre tenía razón, Indy. No salgas con jugadores de hockey.
Ella alza las cejas, sorprendida.
—¿Porque sois todos iguales?
—No. —Niego despacio con la cabeza.
No he sido precisamente un santo estos últimos seis meses, pero jamás he engañado a ninguna mujer con la que estuviera saliendo en exclusiva. Ni una sola vez.
—No somos todos iguales. Pero tú eres demasiado buena para cualquiera de nosotros. Puede que incluso para cualquier hombre del planeta.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Parte de la tristeza desaparece de sus ojos. Sé que piensa que estoy exagerando o vacilándola, pero hablo totalmente en serio.
No conozco a ningún hombre que esté a la altura de Indiana Merrick, con sus expresiones dulces y sus manías adorables. La chica que prefería leer Harry Potter durante las finales de la Stanley Cup y estudiar mientras sus primas se rizaban el pelo para salir de fiesta.
Ella juega en una liga completamente distinta. Una lejísimos de la NHL.
—¡Chupitos!
Mi compañero Torsten se estampa contra mí desde atrás y me empuja directamente hacia el espacio personal de Indy.
Mis manos rodean su cintura para evitar que caiga y apoyo la espalda contra el borde de la barra, pegándola a mi pecho para mantenerla estable. Ella tropieza con los tacones, entre el golpe y el alcohol corriéndonos por las venas, haciendo que los dos perdamos el equilibrio durante un segundo.
En cuanto recupero la estabilidad, no la suelto.
Sé que debería apartar las manos, pero encaja perfectamente contra mi pecho y… joder, se siente bien abrazar a una mujer que me gusta de verdad.
—También hay para vosotros. —Torsten chasquea los dedos delante de nosotros mientras cuenta cuántos chupitos pedir.
—Ay, no. —Indy da un paso adelante—. Mejor no.
Mis manos se deslizan lentamente hacia mis costados mientras la observo intentar convencer a Torsten de que no piensa beberse un chupito.
—Tú eres Indiana Merrick, ¿verdad? —pregunta Torsten, alternando la mirada entre ella y yo.
Indy asiente, frunciendo el ceño como si no entendiera qué tiene eso que ver con nada.
—Torsten Hansen. —Le tiende la mano.
—De Noruega —añade ella mientras se la estrecha.
Torsten sonríe.
—¿Así que has oído hablar de mí?
—Vi ese slap shot brutal contra Chicago —admite Indy, haciendo que a Torsten y a mí se nos abra la boca al mismo tiempo.
—¿No estabas demasiado ocupada leyendo como para ver hockey? —pregunto mientras apoyo una mano en la parte baja de su espalda.
Torsten capta el gesto al instante.
Está mal, porque no estoy reclamando a Indy como mía.
Y aun así… estoy reclamando algún tipo de territorio, porque ni de coña pienso dejar que uno de mis compañeros le ponga una mano encima esta noche.
Ni ninguna otra.
Torsten se ríe.
—Eso fue hace tres temporadas.
—Todavía recuerdo los highlights. —Hace un gesto despreocupado con la mano—. Encantada de conocerte. Deberías subir más el puck. Se te da muy bien leer el hielo y crear jugadas. No desaproveches las oportunidades ofensivas. Aprovéchalas.
Le suelta el consejo sin que nadie se lo pida y Torsten se queda mirándola un segundo antes de soltar una carcajada.
Asiente, dándole la razón.
—¿Eso te lo dijo tu padre?
—Nah. —Niega con la cabeza y le dedica una sonrisa traviesa—. Eso es cosecha propia.
—Estoy impresionado, Indiana —dice él mientras levanta diez dedos hacia el camarero—. ¡Patrón! —le grita al tipo que ya está alineando vasos de chupito.
—Solo Indy —corrige ella.
—¿Qué?
Torsten vuelve la cabeza hacia ella.
—Puedes llamarme Indy —repite.
—Vale, Indy. Ahora que me has dejado sin masculinidad analizando las debilidades de mi juego, tendrás que tomarte un chupito conmigo para que pueda salvar un poco la dignidad delante de todos estos cabrones.
Ella se ríe entre dientes, cambiando el peso de un pie al otro antes de asentir.
—¡Venga, todos aquí! —grita Torsten, llamando al resto del equipo hacia la barra.
Cuando acabamos siendo un grupo de diez, con la pequeña Indy Merrick en el centro de un montón de jugadores discutiendo y riéndose, levantamos los vasos de chupito.
Torsten mira a Indy expectante.
—¿Por qué brindamos?
Un destello de pánico cruza su cara, pero lo aplasta enseguida y lo reemplaza con diversión.
—¡Por el slap shot de Torsten!
Todos estallan en carcajadas, incluido Torsten. Algunos jugadores le lanzan miradas claramente interesadas a Indy y yo me acerco todavía más a ella, asegurándome de que mi lenguaje corporal deje claro que más les vale mantenerse alejados.
Indy, por supuesto, no se da cuenta absolutamente de nada.
En lugar de eso, se bebe el chupito de un trago y hace una mueca cuando el alcohol le quema la garganta.
Deja el vaso sobre la barra y se limpia la boca con el dorso de la mano de una forma nada refinada.
Yo sonrío.
—Estaba horrible —dice acusadoramente.
—Estaba increíble —corrijo, disfrutando esta noche más de lo que he disfrutado ninguna otra en muchísimo tiempo.