El Encantador (La Saga de los Boston Hawks 1) 2 Noah
6%

2 Noah

DOS

NOAH

El club está oscuro y la música es atronadora, el escenario perfecto para tomar malas decisiones.

La zona donde estoy, un reservado privado acordonado que nuestro capitán, Austin, ha conseguido para el equipo, tiene ese punto de exclusividad que permite cometer errores…

de los que no se entera nadie de fuera. Echo la cabeza hacia atrás y doy un largo trago a mi gin-tonic, dejando que el alcohol me queme las venas.

En el peor de los casos, mañana me despertaré con resaca.

En cambio, si mi hermano estuviera aquí esta noche en vez de desintoxicándose en rehabilitación, un gin-tonic sería la primera ficha de dominó de una espiral destructiva directa al fondo del pozo.

Qué irónico.

Apuro la copa, haciendo tintinear el hielo al dejarla sobre una mesa auxiliar, y le hago un gesto a una camarera que pasa cerca para pedir otra.

Abajo, junto a la barandilla, las grupis se pelean por llamar la atención, desesperadas por conseguir una invitación para subir a la zona donde el equipo disfruta del servicio de botellas.

Recorro la multitud con la mirada, sacudida por el ritmo que acaba de soltar el DJ, buscando a mi elección de esta noche.

Durante tres años fui un santo.

Sí, me daba cuenta cuando una chica estaba increíblemente buena igual que notaba si un tío estaba mazadísimo. Pero no me interesaba ninguna mujer, y desde luego tampoco las grupis, porque tenía a mi chica perfecta esperándome en casa.

Hace seis meses, justo después de perder el partido que nos habría clasificado para los playoffs, la perfección que tenía con Courtney se resquebrajó cuando descubrí sus enormes dudas sobre casarse conmigo.

Canceló la boda dos semanas antes del gran día, dejándome humillado públicamente y destrozado a nivel personal.

Da igual con cuántas mujeres me haya acostado en estos últimos seis meses —y me avergüenza admitir que he perdido la cuenta—, ninguna me ha interesado más allá de un polvo torpe y vacío.

Aun así, sigo buscando, como si follarme a una desconocida pudiera arreglar aunque sea una pequeña parte de lo roto que estoy.

Es una mierda, porque Courtney ya ha pasado página con un abogado, el tipo de hombre capaz de darle la vida «estable» que ella quería, mientras yo he involucionado por completo, volviendo a mis veintipocos, cuando salía de fiesta sin control y me follaba a cualquier tía que estuviese dispuesta.

Mis compañeros dicen que esquivé una bala y, aunque sé que tienen razón, eso no hace que el dolor sea más fácil de llevar ni que la traición se atragante menos.

El verano ha sido duro. Una sucesión de noches solitarias y pensamientos oscuros.

Entre el abandon de Courtney y el derrumbe de Easton, hacía años que no tenía tantas ganas de que empezaran los entrenamientos.

Durante los últimos tres meses me he volcado en prepararme para esta temporada y, faltando solo dos semanas para el partido inaugural, me siento optimista por primera vez en meses.

—¿Todo bien? —pregunta Austin, dándome un golpe amistoso con el hombro.

—Sí, tío. ¿Y tú?

Acepto mi nueva copa de la camarera con un gesto de agradecimiento y doy un trago generoso.

—¿Cómo está? —pregunta Austin bajando la voz.

Como mejor amigo de mi hermano, la preocupación de Austin va mucho más allá del hockey y de lo que la rehabilitación de Easton significa para la temporada. Está realmente preocupado por su recuperación. Igual que yo.

Echo un vistazo alrededor, pero nadie nos presta atención. Algunos jugadores sospechan que Easton no está enfermo esta noche. O que sí lo está, pero no precisamente por un virus.

El entrenador Phillips dará la noticia la semana que viene, cuando East supere la desintoxicación.

—Va tirando —respondo, manteniéndome deliberadamente ambiguo.

La verdad es que no tengo ni idea de cómo le va en rehabilitación. Sé que sigue adelante, pero no me han permitido tener contacto con él. Incluso cuando me den permiso para verlo, no sé si querrá verme.

O, más exactamente, si querrá que yo lo vea allí.

Después de su paso por rehabilitación el año pasado, mi hermano apenas podía mirarme a los ojos.

Avergonzado y derrotado, me confesó que haber heredado el gen alcohólico de nuestro padre le afecta muchísimo más de lo que yo imaginaba.

Tiene miedo de convertirse en él. En un padre de lengua afilada y manos todavía más afiladas.

A mi lado, Austin se lleva la copa a la boca, pero antes de beber se inclina sobre la barandilla y empieza a mascullar palabrotas.

Intento seguir la dirección de su mirada para ver qué le ha cabreado tanto, pero aparte de unas cuantas chicas espectaculares no encuentro nada raro.

—¿Qué pasa?

—Voy a matar a mi hermana —gruñe mientras hace señas al portero para que deje subir a las chicas.

Me río.

He pasado suficientes fines de semana en casa de los Merrick como para saber que Savannah, antes de casarse con Mike, era extrovertida pero siempre hacía caso a las advertencias de su hermano. Claire, en cambio, vive para provocar a Austin y descubrir hasta dónde puede tensar la cuerda.

Un segundo después, Claire aparece en el reservado… y entiendo perfectamente el sufrimiento de Austin.

Claire siempre ha sido preciosa, pero vestida así esta noche, todos los tíos del local van a babear por ella.

—Lo hace aposta, ¿sabes? —le digo a mi amigo mientras empieza a avanzar hacia su hermana con cara de pocos amigos.

Claire flirtea constantemente con mi hermano solo para tocarle las narices a Austin. Abro la boca para recordárselo, pero las palabras se me atascan en la garganta en cuanto veo a la amiga de Claire.

Joder.

La mujer es un espectáculo.

Tiene el pelo largo y castaño cayéndole sobre los hombros en una cascada de rizos, unos ojos verdes brillantes que deslumbran incluso desde el otro lado de la sala y un cuerpo que hace que se me haga la boca agua.

Unas caderas en las que me gustaría hundir los dedos y un cuello elegante por el que me muero por pasar la boca.

Agarro a Austin del antebrazo antes de que desaparezca.

—¿Con quién viene?

—Es mi prima.

Suena sinceramente enfadado, aunque también detecto un matiz de sorpresa en su voz, como si no esperara encontrarse allí a su prima esta noche.

Yo desde luego tampoco estaba preparado para verla.

—¿Esa es Indy? —pregunto, recordando una versión completamente distinta de Indiana Merrick, la chica que conocí de adolescente.

Todos los veranos visitaba Boston con sus padres y a veces coincidíamos, pero siempre parecía mantenerse al margen, como si prefiriera observar desde la periferia mientras Claire brillaba en el centro de atención.

Indy siempre llevaba un libro en la mano, rara vez bebía con nosotros y hablaba constantemente del jugador de hockey con el que salía.

Recorro la sala con la mirada, esperando ver qué tío da el primer paso para reclamarla, pero nadie se mueve.

Nadie excepto Austin, que avanza hacia sus familiares con la furia apenas contenida dibujada en la cara.

Divertido, voy detrás de él.

—¿Qué coño hacéis aquí? —les espeta entre dientes a su hermana y a su prima.

Claire pone los ojos en blanco.

—Hemos venido a molestar.

Indy hace una mueca y yo suelto una risita burlona que consigue llamar su atención.

En cuanto sus ojos se encuentran con los míos, siento el impacto como un puñetazo directo al estómago.

Ahora que la tengo más cerca, el verde vibrante de sus ojos resulta todavía más hipnótico. Intensos, luminosos… de esos en los que un hombre se ahogaría encantado. De esos que hacen fácil olvidarse del pasado y vivir solo el momento, aunque las consecuencias se vayan al infierno.

Parpadeo y rompo el contacto visual mientras me maldigo mentalmente.

Indiana Merrick es la última mujer con la que debería acostarme.

Bueno, Savannah y Claire también, pero ellas son prácticamente como hermanas para mí.

Y dejando aparte que Indy sea prima de Austin, también es la hija de Jeremiah Merrick, leyenda de la NHL, dios del hockey e ídolo absoluto de mi infancia.

Ningún jugador de hockey en su sano juicio intentaría tener algo casual con Indy.

Y ahora mismo, esta noche, es lo único que puedo ofrecer.

Austin arrastra a Claire hacia un lado del reservado, dejándonos a Indy y a mí solos para hablar.

—Hola. —Sonríe con timidez y me tiende la mano—. No sé si te acordarás de mí…

—Me alegro de volver a verte, pequeña Indy —la interrumpo, usando el apodo adolescente que tanto odiaba.

Le estrecho la mano con una sonrisa y hago un gesto hacia la barandilla para apartarnos del centro del reservado.

Ella me sigue y, cuando nos apoyamos junto a la barandilla que da a la pista de baile, señalo a la camarera que ronda cerca.

—¿Qué vas a tomar?

—Eh… un vodka con soda y limón, por favor —pide Indy.

La observo en silencio. Juguetea con la correa del bolso y mira alrededor buscando a sus primas, insegura, como si no terminara de sentirse cómoda.

—¿Cuánto tiempo te quedas de visita? —pregunto, intentando que se relaje.

Su cara gira de nuevo hacia mí y la sorpresa cruza sus facciones.

—Ah, vivo en Boston ahora. Me mudé hace unos seis meses.

—¿En serio?

Ahora el sorprendido soy yo, preguntándome por qué Austin nunca mencionó algo así. Aunque, siendo sinceros, quizá sí lo hizo. Mi vida ha sido una montaña rusa desde que terminó la temporada pasada.

—¿Te mudaste por trabajo?

Un destello de alivio le cruza la cara mientras asiente.

—Sí. Y gracias por asumir eso. Odio que todo el mundo piense automáticamente que me mudé por un hombre.

Me río entre dientes. Me gusta lo transparente que es. Sincera.

—¿A qué te dedicas?

—Soy profesora.

—¿En serio?

Se aparta un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Sí. Acabo de empezar este curso. Doy clases de Ciencias Políticas en Brighton.

—Vaya… —digo, sinceramente impresionado.

Recordaba que Indy era mucho más inteligente que el resto de nosotros, pero no tenía ni idea de que quisiera dedicarse a la enseñanza.

—¿Ya terminaste el doctorado?

Se sonroja, baja la mirada y asiente, como si mi comentario le diera vergüenza.

Sincera y humilde.

—Eso es increíble. —Después, esperando arrancarle una sonrisa, añado—: ¿Y qué? ¿Algún estudiante ya ha intentado ligar contigo?

Sonrío cuando su risa llena el aire. Entonces vuelve a mirarme y me desarma por completo.

—No. —Niega con la cabeza—. La mayoría tienen dieciocho o diecinueve años.

Bastante tienen con aprender a ponerse una lavadora y recordar mi nombre como para intentar algo así.

—Arruga la nariz—. Pero no me hagas hablar del trabajo.

Sé que es un rollo emocionarse tanto por eso, pero ahora mismo es prácticamente el centro de mi vida.

—¿Ningún hombre al que dedicarle tiempo?

Me da igual sonar directo. ¿Cómo coño una mujer como Indy, con esa cara, esa cabeza, esa chispa y esa ambición, puede estar soltera?

Se muerde el labio inferior.

—Nadie que merezca la pena mencionar.

Su tono suena juguetón y mi sonrisa se ensancha.

La camarera reaparece y cojo la bebida de Indy de la bandeja para dársela. Cuando acepta el vaso, nuestros dedos se rozan y una descarga de calor me sube por el brazo.

Levanto mi copa hacia ella y sonrío.

—Por tu nuevo trabajo. Enhorabuena, profesora.

Inclina ligeramente la cabeza hacia mí y sus ojos brillan divertidos. Choca su vaso contra el mío y se lleva el cóctel a los labios.

Tengo que contener un gemido ante la imagen.

Su boca es pura tentación, sus ojos relucen y todo en ella grita inalcanzable. Después de meses rodeado de mujeres fáciles y disponibles, Indy me atrae sin siquiera darse cuenta.

Es la primera mujer que conozco desde Courtney que despierta algo dentro de mi pecho.

Anhelo.

No solo ganas de desnudarla esta noche, sino de conocerla de verdad.

La realización me golpea con fuerza. Es peligrosa. Aun así, no consigo detener la oleada de emoción que me atraviesa el cuerpo como fuego, haciendo que me entren ganas de alargar la mano y deslizar los dedos por su piel suave.

La Indiana Merrick que recuerdo era prudente y completamente ajena a todo.

Esta versión sigue siendo igual de dulce.

Pero también es peligrosamente tentadora.

Una receta perfecta para el desastre.