El elixir de la pasión de una duquesa Capítulo 23
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Capítulo 23

Para Melissa, la mañana era como cualquier otra.

Se había levantado temprano, había cosechado sus hierbas antes de que les diera el sol de la mañana y las había colgado a secar.

Después había paseado a Flit bordeando la mansión antes de volver a desayunar.

Todo estaba tranquilo y apacible, justo como a ella le gustaba.

Hasta que el mayordomo vino a anunciar la llegada de un invitado, uno de lo más inoportuno.

Aunque había oído la aldaba, no se había levantado de inmediato de la mesa del comedor. Y cuando Winston vino a anunciar quién estaba en la puerta, enseguida tuvo la sensación de que no le gustaría lo que iba a decir. La expresión de su rostro sugería que ya sabía que no le iba a gustar.

—¿Va todo bien, Winston? —preguntó Melissa.

En ese mismo momento, Flit, que descansaba tranquilamente junto a su silla, se levantó de un salto y comenzó a ladrar.

El ruido la hizo sobresaltarse, aunque no era nuevo para ella.

Estaba claro que, quienquiera que hubiera entrado en la casa, Flit no quería que estuviera allí.

Con una ceja arqueada, Melissa preguntó:

—Winston, ¿quién ha venido de visita?

—Un doctor Redditch, milady.

Apenas había pronunciado el mayordomo esas palabras cuando el hombre entró en la habitación detrás de él. No inclinó la cabeza en señal de respeto, ni apartó la mirada de la de Melissa mientras se acercaba desde el extremo de la mesa.

—Señor, no puede simplemente... —comenzó Winston, pero Melissa lo interrumpió rápidamente alzando una mano.

Sin apartar los ojos del doctor, se puso en pie con firmeza y, con un chasquido de dedos, silenció a Flit, que seguía ladrándole enloquecido.

—Señor Winston, por favor, salga —insistió Melissa. Estaba claro que el doctor había venido a buscar confrontación, y aunque apreciaba a Winston por su lealtad y su devoción por protegerla como a su señora, no deseaba que se viera involucrado en lo que estaba a punto de ocurrir.

—¿Está segura, milady? —preguntó Winston. Por el rabillo del ojo, ella vio la preocupación en el rostro bondadoso del anciano.

—Estoy segura —dijo, aún sin pestañear—. Estoy segura de que el doctor Redditch solo estará aquí un momento.

El doctor le devolvió la mirada ceñuda, y al bajar la vista ella vio que estaba completamente tenso, con las manos apretadas en puños a los costados.

Winston aún parecía reacio, pero no discutió más y salió de la habitación. Melissa notó que no cerró la puerta tras de sí y percibió que estaba listo para volver corriendo a la primera señal de peligro real.

No hay nada que este hombre pueda hacerme que sus colegas no hayan intentado ya, se recordó Melissa. Respiró hondo, cuadró los hombros y salió de detrás de la mesa. Sin acercarse demasiado, se colocó ante el doctor.

—¿En qué puedo ayudarle, señor? —preguntó con calma, con las manos entrelazadas ante ella.

Parpadeó lentamente mientras respiraba de forma pausada y constante.

No estaba asustada, sino enfadada por la presencia del hombre en su hogar, y más aún porque él parecía convencido de tener algún derecho a estar allí.

Ya sabía bien lo que probablemente vendría.

—He venido a hacerle una advertencia, lady Belmont —anunció el doctor Redditch, con la cabeza canosa bien alta. La miraba por encima del hombro como si fuera algo que hubiera encontrado pegado a la suela de su bota.

—¿Para qué? —respondió Melissa, fingiendo inocencia—. ¿Hay algún problema en la zona?

Pestañeó ligeramente, consciente de que probablemente ya lo había irritado aún más.

—El único problema en esta zona es usted, lady Belmont, y haría bien en retirarse mientras aún está a tiempo —anunció el doctor Redditch. La fulminó con la mirada como si deseara ponerle la mano encima, aunque estaba claro que era un hombre demasiado altivo para hacerlo realmente.

Melissa casi deseó que lo intentara solo para poder defenderse.

Aunque él era más grande que ella y ella una dama, no le disgustaba la idea de causar daño físico a quienes gustaban de intentar ponerla en su lugar, o al menos en el lugar que ellos creían que debía ocupar.

Le habría gustado sentir el escozor en la palma después de abofetearlo en plena cara; sin embargo, salvo por abofetear a algún que otro hombre por intentar besarla, nunca se había permitido hacerlo con los doctores.

Aunque no era una dama convencional, sí era una dama cuando importaba, y no permitiría que nadie le arrebatara eso comportándose de forma impropia.

—¿Perdón?

—¡No pestañee ni se haga la tonta conmigo, lady Belmont! —exigió el doctor Redditch, alzando la voz cada vez más hasta que Melissa tuvo que apretar los dientes para no devolverle el grito—. ¡No crea que no sé lo que ha estado haciendo!

Abrió la boca para hablar, pero el doctor no le dio la oportunidad. Dio un paso adelante de forma tan amenazadora que Flit intervino de inmediato.

Enseñando los colmillos al doctor, gruñó amenazadoramente, y el hombre volvió a retroceder con vacilación.

—Haría bien en contener a esa bestia —le espetó el doctor, fulminándola con la mirada antes de lanzar una mirada poco confiada al spaniel que los separaba.

—Y usted haría bien en no entrar en mi hogar, amenazarme y hablar mal de mi mascota, doctor —dijo Melissa con calma, aunque mantenía los dientes apretados.

No dejó que su voz se elevara ni lo más mínimo mientras añadía—: También haría bien en bajar la voz y explicar con calma por qué está aquí, o no tendré ningún problema en dejar que mi bestia haga con usted lo que quiera.

Este es mi hogar, y seré respetada en él.

Ante sus palabras serenas, el doctor pareció más que un poco desconcertado. Su tez pálida se tiñó de rojo mientras la vergüenza le subía a las mejillas regordetas. La papada le tembló cuando abrió la boca para hablar, la cerró de nuevo y finalmente dijo:

—No tiene derecho a tratar a lord Spurnrose, y si continúa insistiendo en hacerlo, me veré obligado a tomar medidas.

—¿Y qué medidas podrían ser esas, señor? —preguntó Melissa. Esta vez le tocó a ella dar un paso adelante. Sin siquiera pestañear, añadió—: Como he dicho, no entre en mi hogar a amenazarme.

—Es usted una mancha en el campo médico, lady Belmont, y mis colegas y yo estamos más que hartos de que meta las narices donde no la llaman —dijo el doctor Redditch, y estaba bastante claro para Melissa que estaba haciendo un gran esfuerzo para no seguir gritándole.

No pudo evitar reírse del hombre mientras Flit volvía a gruñir por lo bajo. Era casi como si al perro le hiciera tanta gracia como a ella.

—Por su enfado, señor, deduzco que el vizconde Spurnrose está reaccionando bastante bien a mi tratamiento.

El enrojecimiento del rostro del hombre aumentó, y Melissa tuvo su respuesta.

—¿Entonces admite que ha estado tratando al hombre?

—La pregunta era más bien una acusación, y Melissa sabía exactamente por qué.

Como todos los demás médicos, el hombre que tenía delante no estaba de acuerdo con ninguno de sus métodos y prefería tratar los síntomas en vez de la causa de los problemas de sus pacientes.

—He ofrecido consejo a un vecino y no he recibido nada a cambio —dijo Melissa con cautela—. No pienso disculparme por ello si el estado de lord Spurnrose ha mejorado.

—Usted... usted... ¡usted no tiene derecho! —El doctor balbuceó y tosió, tan enfadado que no lograba articular las palabras.

Sin perder la calma, Melissa respiró hondo y dijo con claridad:

—Con el debido respeto, es usted quien no tiene derecho a venir aquí a decirme qué puedo y qué no puedo hacer con mi tiempo y en mi propia casa.

El doctor Redditch parecía a punto de despotricar de nuevo, pero Melissa ya había oído bastante. De hecho, ya lo había oído todo antes y estaba segura de que no había nada más que el doctor pudiera decir que la sorprendiera.

—Doctor Redditch, le agradezco la visita y que me haya informado de que el vizconde Spurnrose se encuentra tan bien, pero le aconsejo que se marche ahora.

Lo miró con severidad, a la espera de que intentara amenazarla de nuevo. Sería muy propio de un hombre creer que podía decirle exactamente qué hacer y que ella obedecería.

—Lady Belmont, si vuelve a poner un pie en la propiedad de lord Spurnrose...

Al oír aquello, Melissa se enfadó. No solo se había abstenido de visitar a lord Spurnrose durante los últimos días para mantener la profesionalidad, sino que además había tenido que luchar contra el impulso de hacerlo.

No iba a permitir que aquel hombre, un médico para más inri, viniera a decirle adónde podía y adónde no podía ir.

—Lord Spurnrose es un hombre adulto, y si me pide personalmente que me mantenga alejada de su propiedad, estaré encantada de hacerlo —insistió.

Aunque mantuvo el mismo volumen de voz, dejó que un tono cortante se deslizara en sus palabras—.

Puede que no sea médica, doctor Redditch, pero soy duquesa por derecho propio y exijo un poco de respeto, del mismo modo que yo le he mostrado mucho más del que usted merece.

Al oírla, Flit gruñó de nuevo, casi como si expresara su conformidad. El doctor Redditch no parecía nada satisfecho, y aunque la ira aún se reflejaba en su rostro, también se mostró cauteloso al mirar al spaniel.

Decidida a no escuchar ni una palabra más de sus labios, Melissa insistió:

—Sea sensato y márchese antes de que deje de contener a mi bestia.

En la bruma veraniega de la tarde, Melissa se sentó bajo el sauce que marcaba el final de su jardín.

El árbol se alzaba justo entre su propia tierra y la de lord Spurnrose, y era el punto más cercano a la mansión del vizconde al que se había permitido llegar en varios días.

Aunque apenas podía ver el tejado de la casa Spurnrose, se esforzaba por no mirar demasiado y mantenía la vista fija en las páginas de su diario, donde había estado escribiendo sobre su evidente éxito al tratar al vizconde.