El elixir de la pasión de una duquesa Capítulo 17
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Capítulo 17

Cuando el doctor llegó para ver a Elijah, este no pudo evitar mirar a su primo con disgusto.

El hombre permanecía de pie en el umbral del dormitorio mientras el doctor Wallis entraba con su maletín, similar al que llevaba lady Belmont, aunque Elijah sospechaba que su contenido distaba mucho de ser tan maravilloso como el de ella.

—Lord Spurnrose, disculpe la espera —dijo el doctor, deteniéndose al pie de la cama donde Elijah descansaba.

Después de caerse del caballo, tenía que admitir que estaba mucho más dolorido de lo que le había dejado ver a lady Belmont. Había sido un batacazo considerable cuando el dolor de estómago lo asaltó de improviso mientras galopaba por los campos.

—He tenido que recorrer una gran distancia para llegar.

—Doctor Wallis, aunque aprecio su visita, me temo que ha hecho el viaje en balde —dijo Elijah con frialdad, volviendo a fulminar a su primo con la mirada—. Yo no mandé llamar a ningún doctor.

El doctor Wallis alternó la mirada entre él y su primo en silencio durante un momento antes de volverse hacia Elijah con una sonrisa.

—Bueno, ya estoy aquí. ¿Me permitiría examinarlo de todos modos?

Elijah hizo una mueca ante la petición. Lo último que quería era que lo pincharan, lo palparan y le diera órdenes un doctor que había sido incapaz de ayudarlo tantas veces.

Y sin embargo, sabía que no podía rechazarlo sin más.

Si llegaba a oídos de su madre que había despedido a un hombre enviado para aliviar su sufrimiento, no se lo perdonaría jamás.

—Harold, déjanos —ordenó Elijah a su primo, sin ganas de andarse con miramientos. Si tenía que soportar aquella prueba, no iba a tener a su primo de espectador. Solo podía imaginar las cosas que el buen doctor podría dejar escapar delante de él si se quedaba.

Harold pareció a punto de protestar durante unos instantes. Luego, con una simple sonrisa y un asentimiento al doctor, dijo:

—Esperaré noticias aquí fuera.

—No es necesario —dijo Elijah con firmeza—. Ocúpate de tus asuntos. Estoy seguro de que el doctor Wallis y yo podremos aclarar las cosas.

Aunque su primo no parecía del todo satisfecho, no protestó. Hizo una reverencia, salió de la habitación y dejó a Elijah ocuparse de su siguiente tarea.

—¿Empezamos? —preguntó el doctor, dejando su maletín sobre la mesita de noche—. ¿Por qué no me habla de su accidente de esta tarde?

Y eso hizo Elijah: se lo contó todo al doctor, salvo que había sido una tal lady Belmont quien lo había ayudado a regresar a casa y a asearse.

El mero hecho de pensar en ella y en lo delicada que había sido al limpiarle las heridas le hacía odiar al doctor Wallis aún más. El anciano, con su cabeza calva y su rostro picado de viruelas, era demasiado brusco al comenzar el examen.

Revisó cada una de las extremidades de Elijah, tan poco dispuesto a aceptar su palabra de que estaba ileso como lo había estado lady Belmont, aunque ella sin duda había tenido un toque más delicado a la hora de sonsacarle las respuestas.

Y para cuando terminó el examen, Elijah estaba más que listo para despedir al doctor, con la sensación de que su presencia no había servido de nada.

Hubo un tiempo en que él, como tantos otros, habría depositado toda su fe en un hombre como el doctor Wallis.

Sin embargo, había conocido a tantos médicos como él en los últimos meses que ya no era capaz de hacerlo.

Ninguno de ellos lo había ayudado en meses ni la mitad de lo que lady Belmont había logrado en unos pocos días.

«Es simplemente la atracción que sientes por ella», se dijo Elijah con firmeza, aunque en el fondo estaba seguro de que era algo más.

La medicina que había tomado poco después de que lady Belmont se marchara ya había empezado a aliviarle el estómago, y se sentía más tranquilo de lo que había estado en semanas.

De no ser por la presencia del doctor Wallis, a esas alturas podría haber estado descansado y repuesto.

—Puedo darle algo para el dolor —anunció el doctor, alzando el pañuelo en el que Elijah había tosido durante la visita—. Aunque me temo que poco más puedo hacer por usted.

Elijah no necesitaba que se lo dijeran. Sabía de sobra lo que significaba toda aquella sangre en el pañuelo.

Al principio había sido un esputo rosado, pero ahora era de un rojo carmesí brillante, y cada vez que lo tosía, el estómago se le retorcía con tal dolor que pensaba que jamás volvería a enderezarse.

—Como sospechaba, doctor Wallis. Me temo que al final le he hecho perder el tiempo —dijo Elijah, esperando que aquello fuera el final. Pero el doctor negó con la cabeza y rebuscó en su maletín hasta sacar un frasco de medicina.

—Estaría encantado de hacerle una sangría —anunció el doctor, mirando a Elijah por encima de sus gafas—. Se sabe que los beneficios de tales procedimientos... prolongan la vida en pacientes en una situación similar a la suya, milord.

A Elijah se le encogieron las entrañas y negó rápidamente con la cabeza.

La idea de que le hicieran una sangría después de haber tosido ya tanta sangre le revolvía el estómago.

No sería la primera vez que se veía obligado a soportar algo así.

Al principio había estado dispuesto a probar casi cualquier cosa.

Pero no había funcionado entonces, y estaba seguro de que no funcionaría ahora.

—No, gracias, doctor —dijo con frialdad, forzando una sonrisa—. He hecho las paces con lo que me espera. Solo deseo que me dejen partir en paz.

El doctor enarcó una ceja, como si fuera a protestar, sin duda para intentar seguir cobrando mientras Elijah viviera. Pero asintió con humildad y colocó el frasco de medicina sobre la mesita de noche, apartando su maletín.

Entonces el frasco tintineó contra otro, y la curiosidad del doctor se avivó. Elijah se reprendió de inmediato por haber dejado a la vista el frasco que lady Belmont le había dado.

Comparado con el líquido transparente y viscoso del frasco que el doctor acababa de dejar, el que ya estaba allí era como contemplar un cielo negro como la tinta. Incluso con la luz mortecina del atardecer, Elijah podía ver los trozos sólidos de materia flotando en el líquido.

—¿Puedo preguntar qué es esto? —preguntó el doctor, cogiendo el elixir para acercarlo a la luz. Lo examinó despacio, girándolo de un lado a otro para que la luz revelara los trozos sólidos de su interior.

El rostro del doctor resultaba indescifrable, pero Elijah tuvo la clara sensación de que no le había gustado lo que veía.

—No es nada —insistió Elijah—. Un simple remedio de hierbas para ayudarme a dormir, regalo de un amigo.

La mentira le salió con facilidad, y no estaba del todo seguro de que el doctor se la hubiera creído cuando este volvió a dejar el frasco en la mesita de noche, junto al suyo.

—Lord Spurnrose, le aconsejaría no aceptar nada de lo que le haya dado este amigo suyo —afirmó el doctor, observando a Elijah con detenimiento.

—Tendré en cuenta su consejo, doctor —le aseguró Elijah, forzando otra sonrisa. Qué alivio sería cuando el hombre se marchara de una vez y lo dejara en paz.

—Asegúrese de mandar aviso si necesita más analgésico, milord —dijo el doctor, inclinando la cabeza como si por fin hubiera comprendido que su presencia ya no era requerida.

—Así lo haré —dijo Elijah—. Por favor, procure que mi primo le pague a la salida.

Con otra inclinación de cabeza, el doctor se marchó, y Elijah se quedó a solas con sus pensamientos: si necesito ayuda, no será a usted a quien mande llamar.

La idea de recurrir a lady Belmont resultaba mucho más atractiva que acudir a cualquiera de los médicos de Londres. Y aunque apenas la conocía desde hacía poco, confiaba en ella infinitamente más que en cualquiera de ellos.

Tendré que hablar con Harold sobre eso de invitar médicos a mi casa sin previo aviso, decidió Elijah, pero aquella noche estaba demasiado absorto en sus propios achaques. La caída del caballo le había pasado factura, y sentía como si el maldito animal lo hubiera pateado mientras caía.

Quizás la medicina del doctor Wallis no fuera tan mala idea después de todo.

Lo consideró apenas un instante antes de cogerla y guardarla en el cajón superior de la mesita de noche.

Ya no la necesitaba. Tenía el remedio de lady Belmont.

El doctor Wallis no llevaba mucho rato fuera cuando Elijah oyó que llamaban a la puerta.

Al principio se estremeció, sospechando de inmediato que sería su primo, que venía a intentar hacerlo entrar en razón otra vez.

Estaba convencido de que el hombre insistiría en que tomara cualquier droga potente que el doctor le hubiera recetado.

Probablemente algo que lo dejaría somnoliento y aturdido al despertar, debatiéndose entre tomar más para aplacar el dolor o evitarla para poder vivir de verdad lo poco que le quedaba de vida, en lugar de convertirse en un guiñapo drogado.

—¡Déjame en paz, Harold! —gritó, decidiendo que era mejor no entrar en semejante conversación con su primo.

Cuando volvieron a llamar, los golpes sonaron mucho más femeninos de lo que cabría esperar de su primo. Quizás fuera el ama de llaves o una de las criadas, que le subía algo de cena tras su calvario. Sería muy propio de la cocinera mandar algo sin que se lo pidieran.

Incorporándose en la cama para quedar mejor sentado, dijo:

—Adelante.

Cuando la puerta se abrió, Elijah se sorprendió al ver a lady Belmont entrar de nuevo en la habitación con su elegancia habitual. Irguiéndose del todo, se aclaró la garganta y dijo:

—Lady Belmont, pensaba que se había marchado hace horas.

—Así es —respondió ella, y entró en la habitación con cierta vacilación—. Pero volví cuando me di cuenta de que no podía dejarlo a merced de ese hombre, conociendo toda la charlatanería que seguramente intentaba venderle.

Elijah enarcó una ceja, sin poder evitar preguntarse qué significaba que hubiera vuelto. ¿Habría vuelto de tratarse de cualquier otra persona? ¿O acaso él recibía un trato especial?