El elixir de la pasión de una duquesa Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

Se le sonrojaron las mejillas, más por vergüenza que por otra cosa.

Nunca había sentido la necesidad de decir algo así a nadie.

De algún modo, era como si intentara justificarse ante sí misma.

Normalmente, se guardaba para sí los pensamientos sobre su difunto esposo y todos los demás a quienes había perdido.

Quizás porque nadie se molestaba en preguntar, o quizás porque sentía que a nadie le importaba saberlo.

Sin embargo, con lord Spurnrose sentía que sí le importaba, como si de verdad quisiera conocer sus pensamientos más íntimos. Y eso la emocionaba un poco, pero la asustaba más.

Él arqueó una ceja y la miró de un modo que sugería que sus palabras lo habían intrigado aún más, casi como si lo hubieran sorprendido.

Algo incómoda, intentó cambiar de tema:

—Si le cuesta caminar, puede apoyarse más en mí.

Ahora lo sentía apoyarse en ella con bastante peso, pero sospechaba que se debía más a su distracción y curiosidad que a una necesidad real de apoyo. Hacía rato que no tropezaba.

Y cuando sus palabras parecieron hacerle efecto, lord Spurnrose se echó ligeramente hacia atrás y se enderezó, como si cayera en la cuenta de que se había apoyado demasiado en ella.

En cuanto lo hizo, a Melissa le dolieron el hombro y el brazo de haberlo sostenido.

Y sin embargo, no era capaz de apartarse de él ni un poco.

El calor de su cuerpo pegado al suyo le resultaba más que bienvenido después de tanto tiempo en soledad, sin más compañía que su Flit para acurrucarse por las noches.

—Perdóneme, lady Belmont. Me temo que me ha hecho sentir demasiado cómodo —admitió lord Spurnrose, e intentó alejarse un poco más. Por puro instinto, Melissa lo sujetó con más fuerza.

—No he dicho que pueda soltarme del todo, lord Spurnrose —insistió, con la esperanza de que su voz sonara estricta y profesional—. No pienso soltarlo hasta dejarlo a salvo en una silla.

—Entonces será mejor que nos demos prisa en llegar a la casa —rio lord Spurnrose, aferrándose a ella con más fuerza—. No creo que pueda aguantar mi peso mucho más.

Y de nuevo, sus miradas se encontraron. Melissa sintió una oleada de calor extenderse por las mejillas y el pecho. La invadió por completo hasta que sintió que podría estallar en llamas.

Pero justo en ese momento, llegaron al patio delantero de la casa señorial de lord Spurnrose. Y como si hubieran llamado a la puerta, esta se abrió de golpe.

Del interior salió el mayordomo. El hombre se apresuró hacia ellos y apartó a lord Spurnrose de Melissa antes de que ella pudiera protestar. —Por favor, permítame ayudarlo, milord. Lo vi desde la ventana.

Al mirar hacia la casa, Melissa creyó ver una cortina moverse en una de las ventanas de la planta baja.

Algo en sus entrañas le decía que sabía perfectamente quién los había visto desde la ventana, y desde luego no había sido el mayordomo.

Sin duda, lo habían enviado para liberar al lord de sus garras despiadadas.

«El muy necio ni siquiera se dignó a venir a ayudar a su primo», pensó Melissa, mientras la bilis le subía por la garganta.

Aunque presentía que se avecinaban problemas, Melissa no se dejaría ahuyentar de la casa tan fácilmente. Además, aquella era la casa de lord Spurnrose, y él no parecía tener intención de impedirle entrar.

—Deberíamos llevar a lord Spurnrose adentro para que pueda examinarlo como es debido —sugirió Melissa. El mayordomo la miró, luego al hombre que ahora se apoyaba en él, y de nuevo a ella, como si buscara alguna excusa para rechazar el ofrecimiento.

Entonces asintió y dijo: —Por supuesto, milady.

Melissa miró hacia la ventana donde había visto moverse la cortina y se preguntó si el señor Spurnrose seguiría observándolos. De ser así, no había rastro de él.

Mientras seguía a lord Spurnrose y a su mayordomo hacia el interior de la casa, solo podía esperar que el primo del noble no intentara causar problemas. Lo único que había hecho era ayudar al lord, pero a cada paso parecía haber alguien empeñado en detenerla.

Al llegar al vestíbulo de la mansión, Melissa contuvo la respiración, medio esperando que el señor Spurnrose apareciera para acusarla de brujería una vez más y exigirle que se marchara de la casa para no volver jamás.

Pero no ocurrió nada, así que se volvió hacia Betty, que apareció detrás de ella.

—Gracias, Betty. ¿Podrías ir a comprobar que el caballo de lord Spurnrose llegue a salvo a los establos?

—Por supuesto, milady.

—¿Y llevarte a Flit contigo? —sugirió Melissa. La idea de que su perro o su doncella tuvieran que presenciar una confrontación entre ella y el señor Spurnrose la incomodaba, y prefería ocuparse de esas cosas ella sola.

Aunque, a decir verdad, esperaba no verlo en absoluto.

—Por favor, ayude a lord Spurnrose a llegar a sus aposentos para que pueda examinarlo como es debido —indicó Melissa al mayordomo. Por un instante, pensó que el lord o incluso el mayordomo protestarían, pero ambos se limitaron a mirarse antes de empezar a subir las escaleras con torpeza.