El elixir de la pasión de una duquesa Capítulo 14
31%

Capítulo 14

Horas después de regresar a casa, Elijah seguía despierto.

Aunque se había retirado a su cama, hacía rato que la había abandonado y se había sentado en un sillón junto a la chimenea de la biblioteca.

Fue entonces cuando oyó que se abría la puerta principal, lo que le indicó que su primo había vuelto.

Llevaba mucho tiempo sentado allí, con la mirada perdida en las llamas crepitantes, sin apenas prestar atención a la copa de whisky que sostenía en la mano.

El licor poco había hecho por aliviar sus pensamientos ni por evitar que pensara en lady Belmont y en la forma absolutamente inapropiada en que la había besado.

Cada vez que cerraba los ojos, aún podía ver su rostro sorprendido en el momento en que se separaron.

Recordaba cómo ella se había apresurado a entrar, como si no pudiera esperar para alejarse de él.

Pero más que eso, recordaba lo que había sentido cuando ella le devolvió el beso.

Había sido como un rayo que le atravesó los labios y le descendió hasta el pecho, y su corazón se hinchó de energía.

Le costó un esfuerzo enorme levantarse del sillón, pero llevaba demasiado tiempo allí sentado, dándole vueltas a todo. Una mirada al reloj de pie en el otro extremo de la habitación le indicó que era de madrugada.

Se levantó con languidez, apuró el resto de la bebida y dejó la copa sobre la mesa auxiliar de camino a la salida. Se encontró con su primo justo al pie de la escalera y lo pilló agarrado a la barandilla, con un pie ya en el primer escalón.

—¡Oh, Elijah! —exclamó al oírlo acercarse. Se dio la vuelta sin soltar la barandilla, aunque el pie le resbaló del escalón—. No esperaba que siguieras despierto.

—Yo tampoco —admitió Elijah, negando con la cabeza—. No he podido pegar ojo.

Antes de que su primo pudiera preguntarle si algo iba mal, Elijah se adelantó:

—¿Qué tal el baile?

Harold sonrió con suficiencia y asintió de forma exagerada.

—Fue maravilloso. No me había divertido tanto en mucho tiempo, aunque sospecho que habría sido aún mejor si te hubieras quedado.

Elijah resopló. Hubo un tiempo en que quizás habría sido el alma de la fiesta, pero últimamente le resultaba cada vez más difícil seguir el ritmo.

—Seguro que te divertiste de sobra sin mí —dijo Elijah, y puso los ojos en blanco—. Parecías bastante popular entre las damas cuando me marché.

La expresión de su primo le hizo desear al instante no haber dicho nada. El rostro de Harold se crispó y adoptó un aire suspicaz.

—Podría decir lo mismo de ti, con una dama en particular.

—No sé a qué te refieres —protestó Elijah, negando con la cabeza.

Se apoyó en el remate de la barandilla, intentando parecer despreocupado, aunque las palabras de Harold evocaron de inmediato la imagen de lady Belmont. Cada vez que parpadeaba, veía su hermoso rostro sonriente y sus ojos gris azulados.

—No creas que no te vi en la pista de baile con lady Belmont —dijo Harold en tono claramente reprobador—. Todo el mundo se dio cuenta.

A Elijah se le encogió el estómago y tuvo que apretar los dientes para no responderle bruscamente a su primo sin antes considerar cómo quedaría si se ponía tan a la defensiva por algo así.

Respiró hondo para calmarse y dijo con frialdad:

—Lady Belmont no fue la única dama con la que bailé esta noche.

Harold resopló y negó con la cabeza.

—Fue la única dama de importancia con la que bailaste esta noche.

Con la frustración creciendo en su interior, Elijah preguntó:

—¿Debería haber bailado con todas y cada una de las damas presentes? ¿Eso te habría complacido?

Por un segundo, Harold pareció sorprendido, y Elijah temió haber ido demasiado lejos. El caballero se apartó de la escalera para situarse directamente frente a él y, mirándolo a los ojos, afirmó:

—Es una mujer muy peligrosa, primo. Involucrarse con ella sería un error. No goza de buena reputación en Londres entre los profesionales médicos ni entre muchos hombres de la alta sociedad.

«Las mujeres fuertes siempre han amenazado a los hombres de la alta sociedad», pensó Elijah con amargura.

A su modo de ver, lady Belmont era una mujer perfectamente respetable, con una pasión por sanar que iba mucho más allá del cuidado que cualquier otro médico le había mostrado jamás.

Quizás fuera su toque femenino, pero lo cierto era que se sentía mucho menos enfermo de lo que había estado en meses.

—Puede que no sea bien vista en Londres, pero, primo, como puedes ver, no estamos en Londres —señaló Elijah con la cabeza bien alta, sin atreverse a parpadear.

No pensaba darle a su primo ningún indicio de que estaba considerando su advertencia. A diferencia de muchos hombres de la alta sociedad, Elijah siempre se había empeñado en juzgar a las personas por sí mismo en lugar de fiarse de la opinión de los demás.

Eso no iba a cambiar solo porque lady Belmont tuviera mala fama entre tantos colegas de profesión. Elijah sospechaba que muchos hombres de la alta sociedad ni siquiera admitirían que ella pertenecía a su mismo gremio.

Harold enarcó una ceja, aún más suspicaz.

—No te estarás involucrando en serio con esa mujer, ¿verdad?

Elijah hizo una mueca al oír el tono de su primo. Le recordaba al de sus padres cuando, a lo largo de los años, hacía algo que no aprobaban del todo.

—Con quién decida involucrarme no es asunto tuyo —le aseguró Elijah a su primo mientras se erguía cuan alto era, dominando a Harold con su estatura—. Un baile con una dama no es motivo para alterarse tanto. Simplemente sentí lástima por ella.

Harold volvió a resoplar, cada vez más divertido.

Y eso solo hizo que Elijah se sintiera aún más frustrado.

Había conocido a muchos hombres como su primo, de esos a los que les gustaba juzgar a los demás por sus errores mientras actuaban como si ellos no hubieran cometido ninguno.

Aunque Elijah no estaba seguro de que Harold hubiera cometido alguno últimamente, ni siquiera su primo podía estar libre de todo pecado.

—Si te inspira compasión, ya te tiene en el bote, y esa es una situación muy estúpida en la que te has metido, Elijah —advirtió Harold.

Sus palabras le pusieron la piel de gallina, y tuvo que apretar la mandíbula para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse.

—Es excéntrica y sus prácticas son peligrosas. Harías bien en mantenerte alejado de ella.

—Lo tendré en cuenta —prometió Elijah, que sentía que ya había oído suficientes advertencias de Harold, sobre todo en lo referente a lady Belmont.

Harold asintió y se giró a medias como si fuera a marcharse, pues claramente había dicho lo que tenía que decir. Pero en el último momento se detuvo y se volvió hacia Elijah.

—Casi lo olvido —dijo mientras metía la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacaba un sobre—. Esto llegó para ti antes, pero como volviste tarde de dondequiera que estuvieras paseando, se me olvidó por completo dártelo.

Elijah masculló una maldición mientras cogía el sobre que le tendía su primo.

Aunque reconoció de inmediato que era una carta de su madre y seguramente nada demasiado importante, no le gustaba hacerla esperar por una respuesta, no cuando ella pasaría cada segundo angustiada hasta recibir noticias suyas.

Como era el único que conocía su situación además de ella, estaba seguro de que la carga le resultaba abrumadora. Lo notaba cada vez más en sus cartas.

—Gracias —dijo entre dientes mientras cogía la carta de manos de su primo—. Que descanses bien.

—Igualmente, primo —respondió Harold, inclinando la cabeza con respeto antes de darse la vuelta y seguir escaleras arriba. Elijah lo vio alejarse, aliviado de no tener que hablar más de lady Belmont.

Solo cuando estuvo seguro de que su primo no volvería a bajar, regresó a la biblioteca y entró. Cerró la puerta tras de sí y por fin rasgó el sobre para empezar a leer.

Mi queridísimo hijo:

Espero que esta carta te encuentre bien.

Aguardo con ansia noticias de que quizás hayas encontrado en Oxfordshire algo que no pudiste hallar en Londres.

Mantengo la esperanza cada día y rezo por que los médicos de aquí se hayan equivocado, pero con cada hora que pasa, siento que el temor se apodera de mí.

Le he pedido a tu padre que me permita ir a visitarte, para estar contigo si ocurriera lo peor, pero no me lo consiente. Quizás si le contara la verdad, las cosas serían diferentes.

Te suplico que me permitas contárselo a tu padre; quizás entonces ambos podamos ir a acompañarte. Mientras tanto, ten por seguro que estoy haciendo todo lo posible para que el traspaso sea sencillo cuando llegue el momento.

Tus hermanos están bien, al igual que tu hermana y tu padre.

Aunque tu padre todavía está bastante enfadado por cómo se resolvieron las cosas en los últimos meses que pasaste con nosotros, parece que se va calmando.

Ojalá pudiéramos visitarte en el campo. El aire de Londres me resulta demasiado denso y pesado sin ti aquí, querido mío.

Por el amor que siempre te he profesado, por favor, considera mi petición.

Con todo mi amor,

Tu mamá

Elijah se estremeció y se mordió el labio varias veces mientras leía la carta de su madre.

Era similar a las que recibía casi a diario, en las que le suplicaba que por fin le permitiera contarle a su padre lo de su enfermedad y todo lo que sin duda vendría después.

Y sin embargo, Elijah no era capaz de darle el permiso que ella pedía con tanta desesperación.

Aunque le dolía pensar en ella cargando sola con semejante peso, no soportaba la idea de que su padre se enterara, ni sus hermanos ni su hermana, al menos no hasta que estuviera demasiado enfermo para hacer nada al respecto.

Por ahora, simplemente deseaba vivir como si estuviera sano y seguir así el mayor tiempo posible.

«Le contestaré cuando haya dormido», decidió Elijah enseguida.

No le haría ningún bien responder estando tan falto de sueño y aún tan afectado por los acontecimientos de la velada.

Las emociones contradictorias que le revolvían el estómago no eran en absoluto algo que quisiera transmitir en la carta a su madre.

Ella ya tenía bastante de qué preocuparse.

Así que dejó la carta encima de la pila de correspondencia que aún tenía pendiente y se fue a la cama, esforzándose por no pensar en la petición de su madre ni en cómo lo había mirado lady Belmont después de que la besara. Las mujeres de su vida estaban complicándolo todo mucho más de lo necesario.