Capítulo 2
El vizconde Elijah Spurnrose, primogénito del conde de Durham, no estaba precisamente encantado de que lo hubieran desterrado de Londres a Oxfordshire, aunque debía admitir que la zona poseía cierta belleza.
Y justo al día siguiente de llegar a la finca que su padre le había «regalado» con la intención de que se retirara allí hasta que las cosas se calmaran en Londres, salió a cabalgar con su primo Harold, con la esperanza de que el aire fresco le despejara la mente destrozada.
Últimamente había hecho todo lo posible por dejar de pensar.
Probablemente esa era la razón por la que se había metido en tantos líos que su padre lo había desterrado de la sociedad.
También podría tener algo que ver con el escándalo que había provocado con la hija de otro noble, aunque no era tan grave como todos pretendían, nada que no pudiera superar.
Al menos, con tiempo... tiempo del que no disponía.
Sin embargo, su padre no sabía nada de eso, así que no podía culparlo por el castigo.
«Quizás estar aquí me venga mejor de todos modos», pensó mientras espoleaba a su caballo para ponerlo al trote y dejaba que el gran semental negro lo llevara por los campos exteriores de su flamante finca.
Si iba a estar desterrado en un lugar tan hermoso, bien podía disfrutarlo mientras aún pudiera.
—¡Elijah! ¡No vayas tan rápido! —gritó Harold tras él, casi sin aliento, como si le costara seguirle el paso con su semental, más pequeño.
Las palabras de su primo solo sirvieron para que Elijah se empeñara más, y espoleó a Tempest con más fuerza hasta ponerlo a galope tendido, abriendo los brazos y soltándole las riendas para que fuera donde quisiera.
Lanzó un grito de júbilo, disfrutando de la sensación del viento en su cabello cobrizo.
—¡Elijah! ¡Para!
De nuevo ignoró a su primo, sin intención de detenerse, hasta que divisó una hilera de árboles al pie de una pequeña loma. Tiró de las riendas para desviar ligeramente al semental y lo frenó, pues no quería acabar entre las zarzas ni que una rama lo descabalgara.
Cuando su primo por fin logró alcanzarlo, sintió el dolor repentino y familiar que empezaba a atenazarle el estómago, y sabiendo lo que vendría después, detuvo a Tempest en seco. El semental de Harold casi embistió a su caballo por detrás, y Harold apenas logró desviarlo a tiempo.
—¡Estás loco! —protestó Harold, jadeante, mientras se detenía un poco más adelante y hacía girar su caballo para encararlo—. ¿Qué demonios ha sido eso?
Elijah se encogió de hombros, apretando los dientes por el dolor creciente en el estómago mientras intentaba que su primo no notara que algo iba mal.
—Solo te estaba tomando el pelo —mintió, aún sin estar dispuesto a revelarle a Harold lo que, hasta entonces, solo sabían él, sus médicos y su madre.
En silencio, solo podía rezar para que no se avecinara otro episodio.
Con cada uno, sentía las garras de la muerte cerrándose con más fuerza en torno a su garganta.
Quizás si su familia lo supiera serían más indulgentes con todas las decisiones que había tomado últimamente, pero su primo ya lo miraba como si estuviera loco.
No soportaba pensar en cómo lo miraría si supiera la verdad.
Era mejor que todos lo creyeran un libertino sin escrúpulos que un hombre enfermo y digno de lástima.
Harold parecía a punto de hablar, con la boca entreabierta y el labio inferior tembloroso, pero antes de que pudiera hacerlo, un grito desde el bosque cercano los sobresaltó a ambos.
—¡Flit! ¡Vuelve aquí!
Elijah se giró en la silla para ver una mancha blanca y negra que salía disparada de entre los árboles.
Zigzagueaba entre los arbustos, y Elijah tardó unos instantes en darse cuenta de que era un perro, un spaniel, para ser exactos.
Y mientras observaba, apareció una mujer que se apartaba las faldas de seda marrón de las garras de un zarzal al que se había acercado demasiado.
—¡Flit! —volvió a gritar, sin parecer haber reparado en Elijah y su primo, que se habían detenido de nuevo en lo alto de la loma.
Elijah la observó mientras caminaba junto a la arboleda, siguiendo al spaniel sin ninguna prisa.
Era evidente que el perro tenía la costumbre de perseguir ardillas, pues ella no parecía demasiado preocupada por aquella huida tan indisciplinada, con el animal ladrando y gimoteando a lo que fuera que creyera estar persiguiendo.
Y aunque era el perro el que hacía más ruido, la mujer captó toda la atención de Elijah.
Incluso desde aquella distancia, su belleza lo pilló desprevenido.
Los rizos rubios bajo la capota marrón brillaban con la luz moteada del sol que se filtraba entre las ramas exteriores de los árboles, y lo poco que alcanzó a ver de su rostro mostraba una piel de porcelana.
Con una figura curvilínea y un porte decididamente seguro, era sencillamente deslumbrante.
«¿Quién será?», pensó, mordiéndose el labio mientras un torrente de pensamientos indecorosos le cruzaba la mente.
Últimamente había dejado volar la imaginación en lo tocante a las mujeres, decidido a divertirse todo lo humanamente posible antes de que fuera demasiado tarde.
«Quizás sea una vecina. Desde luego, me encantaría conocerla mejor. »
Pero en su fuero interno recordó el daño que ya había causado en Londres y el dolor que había infligido a sus padres. Tenía que cambiar de actitud. No permitiría que lo recordaran en Oxford como lo recordarían en Londres.
Como si su primo no creyera que pudiera controlarse, Harold advirtió:
—Aléjate de ella, primo. Es como la flor de belladona.
Ante aquello, Elijah se volvió hacia su primo, completamente intrigado. Enarcando una ceja, preguntó:
—¿Qué quieres decir?
—Es tremendamente hermosa y tremendamente peligrosa. No te conviene involucrarte con una mujer así.
El evidente disgusto en el rostro de su primo bastó para avivar aún más el interés de Elijah, que soltó una risita burlona, pensando que su primo estaba consiguiendo justo lo contrario de lo que pretendía.
—¿Quién es?
Harold, que pasaba la mayor parte del tiempo en Oxfordshire, conocía claramente bien a la mujer.
Al menos, eso podía deducir Elijah por la advertencia y la mirada de disgusto en su rostro.
Aunque no alcanzaba a imaginar cómo una mujer tan hermosa había provocado semejante reacción en Harold, que solía ser tan apacible.
—Es lady Melissa Belmont, la duquesa de Twinton —explicó Harold, y Elijah creyó ver a su primo temblar de disgusto mientras hablaba—. La hija del difunto duque de Twinton y viuda del doctor Thomas Belmont.
Ahora Elijah estaba aún más intrigado. Saltaba a la vista que la mujer tenía un pasado turbulento, para nada el tipo de dama que uno solía conocer.
Elijah estaba seguro de haber oído mencionar su nombre antes, aunque no lograba recordar dónde; eso sí, a juzgar por la expresión de Harold, no debía de haber sido por nada bueno.
—¿Qué te pasa, Harold? ¿Te asusta una mujer tan hermosa, segura de sí misma y rica?
Elijah vio cómo la nuez de su primo subía y bajaba, como si tragara con dificultad.
—Dicen que después de que muriera su esposo, ella continuó con su trabajo. Dicen que practica las artes oscuras.
Elijah soltó un bufido y contuvo una carcajada mientras echaba un vistazo al bosque al darse cuenta de que lady Belmont había desaparecido, aunque aún podía oírla llamando a lo lejos y supuso que probablemente volvería a verla antes de que terminara el paseo.
Sobre todo si su perro seguía entrando y saliendo del bosque.
Desde luego, ahora entendía de dónde le venía el nombre al animal.
—¿Estás diciendo que es una bruja? —Elijah se echó a reír sin poder contenerse ante semejante disparate.
—No te rías de estas cosas —advirtió Harold, negando con la cabeza—. Los médicos de Londres y de todo el país se niegan a que se mencione su nombre en su presencia, ¡y con razón! Sus prácticas suelen ser peligrosas. Aunque las mujeres hablan muy bien de ella.
Esta vez fue Harold quien soltó un bufido, como si todo lo que las mujeres alabaran fuera completamente ridículo a menos que un hombre lo respaldase.
Elijah abrió la boca para señalar que habían conocido a unas cuantas mujeres muy inteligentes a lo largo de los años, pero antes de poder hacerlo, le sobrevino un ataque de tos.
Sabía de sobra lo que encontraría en la palma de la mano cuando la apartara, así que sacó el pañuelo del bolsillo y se la limpió a toda prisa antes de que su primo pudiera verlo.
«Quizás ella podría ayudarme», pensó Elijah distraídamente, aunque enseguida desechó la idea. Nadie podía ayudarlo ya.
Se guardó el pañuelo ensangrentado en el bolsillo, volvió a agarrar las riendas y miró por encima del hombro.
Lady Belmont había reaparecido, aunque esta vez su perro caminaba tranquilamente a su lado.
Parecía bastante satisfecha, con la cesta llena de flores y plantas, y Elijah se preguntó si tendrían algo que ver con las «artes oscuras» que Harold había mencionado. Una vez más, se rio para sus adentros.
Luego se volvió hacia Harold y suspiró.
—Vamos. Deberíamos seguir antes de que lady Belmont empiece a creer que la estamos espiando.
Harold esbozó una sonrisa y asintió. Hizo girar su caballo y emprendió el camino de regreso hacia la mansión mientras decía por encima del hombro:
—Tu padre estaría encantado de saber que por una vez estás usando la cabeza y no la entrepierna.
—No tengo ni la menor idea de a qué te refieres.
Al oír aquello, Harold volvió a mirar por encima del hombro con expresión sombría y el ceño fruncido.
—Ambos sabemos que causaste un buen revuelo en Londres. No finjamos lo contrario.
—Entonces tampoco finjamos que no te han enviado para vigilarme —replicó Elijah, y Harold pareció quedarse atónito.
Elijah no le dio tiempo a protestar: apretó las riendas y espoleó a Tempest. Pasando a toda velocidad junto a Harold y su caballo, Majesty, gritó por encima del hombro—: ¡Y para eso vas a tener que seguirme el ritmo!