Capítulo 27 #2
Ibn al-Jatib sintió cómo el nudo que atenazaba su estómago se disolvía lentamente, a medida que los granadinos comenzaban a marcharse.
«La ceremonia acaba», pensó. «Comienzo a respirar».
Sin embargo, al-Assad seguía alerta, pendiente del bullicio y repartiendo nuevas órdenes a los guardias: «Dejad que salgan de la colina, pero que nadie pueda entrar.
No bajéis la guardia hasta que mawlana haya entrado por la puerta de los Pozos».
Reduán, por su parte, hizo una seña a la mujer que acarreaba la leche para que se acercara al emir.
Esta vertió el líquido blanco de una jarra en un sencillo vaso de barro.
Luego se lo ofreció a Muhammad. Al hacerlo, en un gesto fugaz e instintivo, la mujer dirigió la vista a los visires.
Ibn al-Jatib le devolvió la mirada y se recreó en sus hermosos ojos verdes.
El emir tomó el vaso y terminó de masticar los dátiles.
Lisan al-Din se había quedado pensativo.
Aquellos ojos del color de la hierba habían impactado en su memoria como un rayo de melancolía.
Le recordaban a alguien amado, al mejor de los amigos, al mejor de los emires.
Su corazón se aceleró, empujándolo a actuar.
Muhammad ya tenía el vaso en los labios cuando Ibn al-Jatib saltó y, de un manotazo, arrojó el recipiente al suelo.
El barro se partió sobre la tarima y la leche quedó esparcida sobre las tablas.
Luego se abalanzó sobre la mujer y le arrebató el velo tirando de él con fuerza.
—¡Faray! —gritó el visir al descubrir el rostro de facciones masculinas.
El Jilguero estaba bien afeitado, pero no había podido evitar que la sombra de su barba le oscureciera las mejillas.
Con gestos rápidos, rebuscó entre los pliegues de su túnica y extrajo una daga con la que amenazó a Ibn al-Jatib.
No tuvo tiempo de nada más. Cinco guardias se abalanzaron sobre él y lo derribaron.
La daga se le escapó de las manos y rebotó en el estrado.
Muhammad se había puesto en pie y tres elches lo apartaron de la escena. Entonces comenzaron los gritos.
—¡Perderás la baraka! —Faray estaba fuera de sí, inmovilizado por los guardias—. ¡Maldito seas! ¡Esa silla es mía más que tuya!
Los guardias lo golpearon, pero el infeliz seguía gritando:
—¡Matasteis a mi madre y a mi tía! ¡Yo os maldigo!
Lo amordazaron para ahogar su veneno. El público de la aclamación tardó en reaccionar, pero enseguida se sacudió la sorpresa y comenzó a gritar para pedir su justicia:
—¡Echadlo aquí!
—¡Dádnoslo!
—¡Entregadnos a ese hijo de perra!
Reduán y sus visires revoloteaban alrededor de los guardias. El hayib permanecía paralizado, incapaz de tomar decisiones. Ibn al-Jatib fue el primero en reaccionar.
—Llevadlo a uno de los pozos —ordenó—. No dejéis que nadie se acerque a él. Y mantenedlo con vida.
Hablaba apresurado, nervioso, y no apartaba la vista del emir, cuya vida parecía asegurada. El muchacho temblaba y respiraba con ansiedad, horrorizado por tomar conciencia de que había tenido la muerte al borde de sus labios. Ibn al-Jatib se acercó a él e intentó calmarlo:
—Tranquilo, mawlana . Aquí acaba esta locura. —Luego se dirigió a los guardias que lo custodiaban—: Llevad a nuestro señor a su palacio.
Observó cómo los elches lo conducían al interior de la Alhambra a través de la puerta de los Pozos.
Después dirigió la vista a Faray, al que estaban maniatando.
Se rebelaba, forcejeaba e intentaba hacerse oír a través de la mordaza, pero sus intentos resultaban vanos.
Por último, contempló a los granadinos que voceaban y agitaban sus brazos para pedir que les entregaran al asesino.
«Sí, aquí acaba», se dijo el visir de la Pluma.
«Y lo hace como debe, con el loco prendido y Muhammad V aclamado y amado por su pueblo».
Respiró profundamente, y justo entonces se percató de que él también temblaba.
Su vista se nubló mientras los guardias sacaban a Faray en volandas para encerrarlo en una mazmorra subterránea.
Tuvo que sentarse en la tarima para evitar caer desmayado.
Siguió a los elches con la vista. El Jilguero seguía retorciéndose y gruñendo, como un ternero camino del matadero.
Los granadinos lo insultaban, gritaban hasta desgañitarse, desahogando así las ganas de atraparlo con sus propias manos.
Ibn al-Jatib percibió una corriente pacificadora que recorrió todo su cuerpo hasta hacerlo caer de espaldas sobre el suelo de madera. Un guardia acudió a él.
— Sidi , ¿estás bien? —le preguntó en su romance arabizado.
—Mejor que nunca —contestó Lisan al-Din; y comenzó a reír, y su risa franca agitó las copas de los árboles cercanos, y retumbó en los muros de la Alhambra, como si pudiera limpiarlos de pesadillas—.
Mejor que nunca —repitió, y cerró los ojos para dejar que la paz terminara de inundar cada recoveco de su alma…
Era de noche cuando Ibn al-Jatib salió a caballo de la Sabika.
Le acompañaba una escolta de tres guardias elches.
Cruzó el río Darro y decidió dirigirse al Albaicín atravesando el barrio de Axares.
Las cancelas estaban cerradas, pero los guardias las abrían para él sin hacer preguntas.
El visir dirigió la marcha hacia una calle principal del barrio y detuvo su montura allí durante varios minutos.
A cierta distancia observó una ventana cuya celosía filtraba la luz de una candela.
El caballo bufó y una silueta oscura ocultó la luz momentáneamente.
—Mi Estrella… —susurró Ibn al-Jatib con aire fatalista.
La sombra desapareció y el visir retomó la marcha hacia su casa. Llegó hasta ella y se encontró con el mozo sentado en el tranco de la puerta. Despachó a los guardias y accedió a la vivienda por la puerta de las caballerizas.
—Ve a descansar. Es tarde —le dijo al mozo—. Yo le quito los aparejos.
El muchacho se marchó e Ibn al-Jatib comenzó a desabrochar las correas que sujetaban la silla de montar.
—Te ayudo —escuchó a su espalda.
Iqbal se acercó al animal y se afanó con la brida.
Ninguno de los dos habló. Él intuía que ella tenía sospechas, que sabía algo sobre su relación con Umm al-Hassan.
La tarde anterior, después de acudir a los baños, Iqbal había vuelto sola a casa.
Más tarde, cuando el visir regresó, la encontró seria y huidiza.
Terminaron con el caballo y lo encerraron en el establo. Antes de entrar en la casa, Ibn al-Jatib quiso hablar con su esposa.
—Iqbal —pronunció en voz queda, con todo el cansancio del mundo acumulado en una sola palabra.
Antes de que pudiera continuar, la mujer le tapó la boca con una mano y le chistó para que no siguiera.
—Calla, no digas nada. —Lloraba—. Hay harira caliente. Entremos.
Él rescató de su mejilla una lágrima con el pulgar y la besó en los labios. Luego asintió, firmando el trato que ella le proponía.
—La semana que viene nos iremos toda la familia a Loja. Pasaremos allí unos días. Nos vendrá bien.
Ella fingió una sonrisa y dos nuevas lágrimas resbalaron hasta posarse en las comisuras de su boca. Se giró y echó a andar hacia el interior de la casa. Ibn al-Jatib la siguió.
«Limpia mi alma de culpa, Alá, y permíteme amarla como se merece», oró él en silencio. Iqbal, por su parte, elevaba sus propias oraciones al cielo.