El elegido Capítulo 27
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Capítulo 27

LA ACLAMACIÓN

Estaba en una estancia ricamente decorada con mocárabes pintados de vivos colores.

Las paredes tenían zócalos de azulejos, que brillaban con intensidad con los rayos de sol que se colaban por las ventanas.

Salió al patio y aspiró la fragancia de los azahares.

Las copas de los naranjos lucían repletas de flores.

Caminó por un carril de mármol atravesado por un pequeño canal que desembocaba en la fuente central.

Observó los leones, que mantenían sus cabezas alzadas en una pose orgullosa, tal vez amenazadora.

No había agua en la taza que sostenían con sus lomos.

El conjunto era armonioso, pero adolecía de falta de vida.

Rodeó la fuente caminando despacio, contemplando el rostro bigotudo de cada león esculpido en mármol.

Cuando terminó su paseo, Muhammad escuchó un borboteo de líquido que provenía del interior de la gran taza.

Se asomó a su interior y pudo ver cómo, poco a poco, se iba llenando de sangre.

Aterrado, dio dos pasos atrás. El fluido, rojo y viscoso, ascendió hasta el borde de la taza y comenzó a fluir hacia las bocas de los leones por conductos ocultos.

Enseguida los doce leones escupieron aquella sangre que, pesadamente, se derramó sobre los mármoles y fluyó por los canales.

Muhammad sintió que le faltaba el aire. Retrocedió hacia una de las salas y, desde allí, contempló impotente cómo el rojo lo invadía todo…

—¡Sangre! —gritó, todavía dormido.

Mu’mina se sobresaltó y saltó de la cama con el corazón desbocado, buscando entre las sombras a un agresor.

Enseguida comprendió que no había sido más que una pesadilla.

Muhammad se despertó sudando y contempló a su esposa frente a la cama con el miedo dibujado en sus delicadas facciones.

Tardó unos segundos en reaccionar. Los huecos de la celosía de la ventana dejaban entrar en la alcoba la primera claridad del alba.

La voz del muecín de la aljama no tardó en escucharse, ahogada a través de los muros.

La esposa comprendió que, como ella, Muhammad también sentía el temor atenazando su corazón. No quiso hablar sobre ello para respetar la apariencia de dignidad que su joven esposo se esforzaba en construir. Se acercó a él y se sentó a su lado, al borde de la cama.

—Llegó tu día, primo —le dijo—. Prepárate para mostrarte ante tu pueblo y ser aclamado como emir.

En su voz había respeto y orgullo. Lo había amado desde niña.

Ahora, juntos, soñaban con nuevos palacios en la sede del poder nazarí.

Eran jóvenes y tenían toda la vida por delante.

En silencio, la muchacha entonó una breve súplica a Alá para que los cuidara.

También le pidió que cuidara del fruto que sabía que anidaba en su vientre.

Desde primera hora de la mañana, decenas de granadinos comenzaron a transitar la colina de la Sabika, unos desde el barrio de los Gomeres, otros ascendiendo por el barranco de la ladera opuesta.

Como el ganado de un gran rebaño, se fueron congregando en la explanada de la puerta de los Pozos.

Todos fueron registrados por los guardias que custodiaban los accesos.

Los mercaderes y los vendedores de comida se afanaron en montar sus tenderetes y pronto el ambiente quedó saturado por el olor del aceite caliente con el que comenzaron a freír los buñuelos y albóndigas.

Sobre el estrado del emir se había instalado un almimbar portátil.

La explanada iba a ser usada como musalla para una oración comunitaria.

Los guardias merodeaban entre el gentío, atentos a cualquier movimiento sospechoso.

Ibn al-Jatib fue uno de los primeros cortesanos en llegar a la explanada.

Desde el estrado entarimado observó aquella marea de personas que se acomodaban frente a la puerta de los Pozos.

Su estómago se contrajo y comenzó a sudar, a pesar de la fresca brisa que recorría la colina.

En el palacio de Ismail I, Muhammad V fue vestido ante su madre y su esposa.

Tres esclavas fueron colocando las prendas ceremoniales, la túnica de lino, los zaragüelles de seda remetidos en botas de cuero repujado, la marlota de terciopelo bermejo festoneada en oro, el cinto con su espada jineta y el turbante de seda añil con un broche de plata en la frente.

Butayna se colocó ante él, lo besó y lloró, entre emocionada y asustada.

—Déjate querer por tu pueblo, mawlana —le dijo con la voz a punto de quebrarse.

Mu’mina no le habló. Se limitó a abrazarlo y a dejarlo partir sin herir su pose distinguida. Allí se quedaron las dos, cogidas de la mano, rezando juntas.

El emir salió a caballo de su palacio y recorrió la Alhambra hasta dar con la puerta de los Pozos. Al-Assad cabalgaba junto a él, rodeados ambos por una escolta de elches.

—Recuerda: inalterable, altivo, distante, pero a la vez amable y comprensivo —le dijo el visir, recordándole cómo debía mostrarse ante el pueblo en un momento tan simbólico.

Muhammad asintió, sintiendo cómo el atabal que llevaba escondido en el pecho latía con fuerza, inquieto.

Del otro lado de la muralla llegaba el sonido de la marea, el rumor de cien olas batiendo contra los sólidos muros de la ciudadela.

Atravesó la puerta y su vista abarcó la explanada entera.

Los granadinos se fueron callando, chistándose unos a otros hasta que se hizo el silencio.

El emir desmontó sobre el estrado y se colocó sobre su alfombra de oración.

Se había preparado mentalmente para aquello, pero estar ante sus súbditos le hizo sentirse cohibido.

Ibn al-Jatib se percató de los temblores en sus manos y acudió solícito a su lado.

Al-Assad se colocó en su otro flanco y el hayib Reduán mantuvo la distancia detrás de ellos.

A su alrededor había cortesanos y parientes, entre los que destacaban su suegro y su medio hermano Ismail al-Hassas, que observaba el ritual con expresión descreída.

El imán de la mezquita aljama de la Alhambra dirigió la oración.

Las más de trescientas almas que se habían congregado en la musalla ejecutaron las prosternaciones y rezos al unísono, orientadas todas hacia la quibla.

Luego, el imán ejerció de predicador y declamó un sermón desde lo más alto del almimbar.

—Unidad —pronunció con voz potente, que recorrió toda la explanada y se partió en mil haces al pasar entre los árboles del bosque—. Somos uno cuando rezamos, un solo espíritu que se dirige a Alá, que se inclina mirando al mismo sitio. Unidad, nunca olvidéis ese concepto y nunca oséis romperlo.

A continuación mencionó los deberes de un buen musulmán, recordó a Yusuf I entre lágrimas sinceras y alabó al nuevo emir que «asumía el trono de Granada para dirigir a su pueblo hacia la gloria».

Mientras alzaba la voz, Muhammad V y sus visires permanecían sentados sobre sus alfombras, atentos al gentío.

Los guardias vigilaban, concentrados, y rodeaban la musalla para evitar que nadie más se acercara al lugar.

Ibn al-Jatib sentía cómo sus miembros se agarrotaban por la tensión.

Observaba ansioso las filas de creyentes buscando indicios de Faray.

Creía ver amenazas en los rostros e intuía odio en algunas miradas.

Sin embargo, la ceremonia avanzaba sin sobresaltos.

El imán terminó su sermón y varios siervos accedieron al entarimado.

Dos mujeres se situaron detrás del emir con sendas bandejas que portaban leche y dátiles, los símbolos necesarios de la hospitalidad.

Dos esclavos sudaneses transportaron el trono hasta el centro de la tarima.

Había llegado el momento de la aclamación.

Muhammad V se levantó y se acercó a la jamuga sobre la que se sentaban los emires de Granada.

Reduán, al-Assad e Ibn al-Jatib se situaron de pie a su izquierda.

A su derecha se colocaron las dos siervas.

Al fin, el joven de quince años se sentó en el trono y el pueblo entero de Granada pareció gritar a través de las trescientas gargantas reunidas frente a él.

—¡ Mawlana Muhammad! —exclamaban exaltados, reconociendo al nuevo emir en una catarsis que desahogaba la pena por la muerte de Yusuf.

La marea arremetió hacia el estrado y los guardias tuvieron que imponerse.

Hubo gritos, lágrimas de emoción y alguna que otra queja por la dureza con la que actuaban los elches.

Pero la marea fue contenida y, poco a poco, regresó la calma a la explanada.

Ibn al-Jatib suspiró aliviado cuando vio cómo las primeras filas retrocedían y dejaban de empujar contra los escudos.

Comenzó el rito de la hospitalidad y algunos de los asistentes perdieron el interés y se acercaron a los puestos de comida. Otros descendieron por la cuesta que conducía al barrio de los Gomeres, alejándose de la explanada.

La mujer que portaba los dátiles acercó la bandeja al emir, que cogió dos y se los llevó a la boca.

El ritual representaba al pueblo de Granada invitando a Muhammad a quedarse en la Alhambra para gobernar sus destinos.

«No sería emir sin la aclamación de mi pueblo.

Gobierno para él. Granada me legitima y le da sentido a mi cargo», le había dicho Yusuf a su hijo durante una visita a las obras de la puerta de la Ley.