El elegido Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—He inventado una excusa para venir a la Alhambra, pero a partir de ahora tengo que andarme con cuidado. Será la última vez que venga.

El visir de la Pluma tuvo que reprimir el impulso de abrazarla.

—Ya ha vuelto tu marido…

Ella asintió.

—Y mi hijo. Parece haber madurado cinco años durante el viaje. —Sonrió, y el gesto hizo que se le escapara una lágrima—. También ha traído a una mujer, una bereber que ha conocido en África.

—Maldito estúpido… —masculló Ibn al-Jatib—. Compartirte con una concubina…

—Los hombres podéis hacer esas cosas. No se aparta de ella, y te aseguro que es un alivio para mí. No me apetece recibirlo en mi cama.

—¿Cuándo ha vuelto? Nos vimos hace poco.

—Ayer. Estamos adaptándonos a la nueva situación. Ahora no sé cuál es mi lugar en la casa.

—Tu lugar siempre será el mismo que el mío: el estudio, con nuestros libros.

—Sí, tienes razón. Ese siempre es mi refugio.

Lisan al-Din la miró con intensidad, aspirando su suave aroma a flor. Deseó besarla, tenerla en los brazos una vez más, pero sabía que era un anhelo imposible.

—No habrá consuelo para mí —afirmó agorero—. Mi cielo se cubre de nubes.

—Poeta… Estás aprendiendo a ser más directo, a retorcer menos las palabras. —Le dedicó una sonrisa sincera. Sus miradas hablaban e iban más allá de los silencios—. Te lo advertí, ninguno de los dos iba a salir indemne de esto.

Él se irguió y se puso serio.

—Un mes contigo merece mil años de martirio.

Los ojos de ella se inundaron de nuevo.

—Calla, estúpido, que me vas a hacer llorar de verdad. Más vale que me vaya.

Ninguno de los dos dijo nada más. Umm al-Hassan salió del patio e Ibn al-Jatib sintió cómo su corazón frenaba sus latidos a medida que ella se alejaba.

«Aquí se detiene», se dijo llevándose la mano al pecho. «Aquí dentro se detiene el tiempo».

Faltaba solo un día para la aclamación y no quedaba nada por hacer para dar con Faray.

Lo había intentado todo, hasta el límite de sus fuerzas, de modo que decidió tomarse el día para poner en orden los asuntos de la Secretaría.

Eso le serviría para distraer la mente de los dolores de su alma.

Despachó algunas misivas, dio instrucciones a los secretarios, corrigió actas y aleccionó a un auxiliar que acababa de entrar a su servicio.

Cuando hubo concluido los asuntos ordinarios, se acercó a la mesa de Ibn Zamrak.

En silencio, observó su trabajo. El katib componía un poema para la decoración del palacio de Comares.

Era un encargo del propio emir. En poco menos de un mes, aquel joven ambicioso había conseguido ganarse el favor de Muhammad V.

Esos versos tal vez decoraran las paredes del palacio de Yusuf.

No imaginaba una cumbre mayor para un poeta.

Leyó por encima de su hombro. Ibn Zamrak se apartó ligeramente para facilitar la lectura.

Ibn al-Jatib le palmeó la espalda con afecto.

—Realmente, no hay otro como tú.

—Gracias, sidi . He tenido al mejor maestro.

El visir volvió a concentrarse en el texto. En la nueva lectura adoptó el papel del instructor, del corrector que mejora la poesía de un discípulo. Con gesto distraído, tomó la pluma y marcó dos palabras. Acto seguido, escribió sobre ellas otras dos que podrían sustituirlas.

—Es un gran poema, pero con estos pequeños cambios los versos fluyen sin estorbos. Si usas palabras con demasiado peso, se entorpece la declamación.

Ibn Zamrak leyó la propuesta y asintió.

—Tienes razón, maestro. Esas palabras destacaban demasiado. Gracias.

—Muchacho —llamó su atención para cambiar de tema—, soy consciente del peligro que afrontaste. Espero que entiendas que era una medida desesperada, pero necesaria. Debíamos intentar cazar a ese hombre con todos nuestros medios.

—Había que probar, sidi . Lo entiendo.

A su memoria vino el recuerdo del demente, su amenaza, los aullidos en la noche, el miedo a dejarse la vida en la madrugada solitaria de las huertas de la Alberzana. Sin embargo, prefirió callarse aquellas sensaciones.

—Bien. —Ibn al-Jatib sonrió, satisfecho—. ¿Cómo está tu esposa? —preguntó con intención.

—Gracias al Altísimo, está bien. Es una buena mujer, y espero que pronto Alá nos bendiga con un hijo.

—Así sea —deseó el visir, y comenzó a retirarse para dejarlo trabajar en el poema.

Apreciaba de veras a ese joven al que había educado en la madrasa.

Lo había visto crecer, había sido testigo de su florecimiento hasta convertirse en el funcionario poeta que ahora era.

Sin embargo, no podía evitar dejarse invadir por un oscuro presentimiento cuando pensaba en él.

«Tal vez algún día llegue a arrepentirme».

Por la tarde de aquel día de espera, Lisan al-Din paseó hasta el lugar en el que iba a celebrarse la ceremonia de aclamación.

Atravesó la puerta de los Pozos y, en la explanada que se abría al otro lado, se topó con los operarios que terminaban de instalar el estrado sobre el que estaría el emir.

Los carpinteros martilleaban clavos y serraban los últimos tablones.

También clavaban en el suelo las estacas que sujetarían la cadena que delimitaría el espacio seguro, adonde nadie debería acceder.

El aire fresco que corría por la colina lo reconfortó, pero de pronto, en su cabeza, el silencio del paraje fue invadido por las voces fantasmas de los miles de granadinos que al día siguiente ocuparían ese lugar.

Cerró los ojos y entonó una oración. No quedaba otro camino que encomendarse a Dios.

«Alá, Tú que todo lo puedes, protege a tu siervo Muhammad de todo mal».

A la luz ocre de las lámparas de aceite, Muhammad V tentaba a su esposa, la besaba, acariciaba su piel nívea, lamía sus pechos, pequeños y firmes.

La alcoba parecía temblar con los titileos de las llamas.

Dos braseros caldeaban el ambiente y habían colgado tapices de las paredes para mejorar su aislamiento.

—Parece que mawlana no ha tenido bastante…

—Nunca es suficiente contigo, prima —contestó pícaro.

—¿Conmigo? —preguntó ella simulando un enfado.

El joven emir rio y negó con la cabeza.

—Sabes que no hay ninguna más. Mi luna hace que todas las estrellas del cielo se apaguen.

—Ya. Eso dices ahora…

—Siempre —rebatió él, zalamero, y se lanzó sobre ella para abrazarla y volverla a besar.

Mu’mina accedió de buena gana y abrió ligeramente las piernas.

Se amaron una vez más. Las lámparas titilaron y la oscuridad de la noche invadió momentáneamente su tálamo. El ímpetu de su juventud terminó enseguida y Muhammad se echó junto a su esposa y acarició su vientre.

—Tal vez pronto Alá nos bendiga.

—Ojalá —se limitó a contestar Mu’mina, guardándose para sí la certeza de su embarazo.

Aferró el amuleto que le colgaba del cuello, como si solo con pensar en ello pudiera espantarlo, deshacer el hechizo que obraba el milagro en su interior.

Luego atrapó con sus manos las de él y lo miró a los ojos—. Tengo miedo.

Muhammad se incorporó.

—No empieces, prima.

—No puedo evitarlo. Mañana estarás en la explanada, delante de todos, y ese loco podrá tenerte a mano…

La expresión del rostro de Muhammad se alteró. Su esposa había terminado de borrar la magia que unos segundos antes invadía la alcoba.

—Estará loco, pero no es estúpido. Sabe que habrá decenas de guardias, que no podrá acercarse a mí, que nadie podrá traer armas a esta colina. Así que puedes estar tranquila.

Mu’mina percibió el cambio en su tono y guardó silencio.

Se echó de lado en la cama y no tardó en quedarse dormida.

Muhammad se levantó y apagó las lámparas.

El palacio estaba en calma. Escuchó el rumor de los pasos de un guardia que rondaba los pasillos.

No tenía sueño. Aunque le costara confesarlo, él también tenía miedo.

La amenaza era real y se había expandido por su mente, pegajosa y ponzoñosa.

La ventana de sus aposentos daba a Axares.

A través de la celosía contempló el entramado de callejas que conformaba el barrio.

Un perro ladró a las estrellas y a sus ladridos respondieron otros tres, hasta que sus dueños chistaron para hacerlos callar.

El joven emir imaginó esas vidas, las de sus súbditos, ajenos al poder y a sus intrigas.

Tal vez hubiera sido mejor para él ser uno de ellos, se dijo, pero al instante apartó aquel pensamiento de su mente.

«Tu trabajo es protegerlos», recordó las palabras de su padre, Yusuf, el emir amado por su pueblo.

«Padre, te han faltado veinte años de vida», susurró al cielo nocturno, recordando su cuerpo vaciándose de sangre sobre los mármoles blancos de Comares.

Al fin se echó en la cama junto a su esposa para concitar al sueño. Este tardó en acudir a la llamada y, cuando lo hizo, vino cargado de malos presagios…