El elegido Capítulo 26
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Capítulo 26

Los tres hombres reunidos en la sala del Mexuar lucían ojeras.

Solo faltaba un día para la ceremonia en la que Muhammad V sería aclamado por el pueblo de Granada, un reconocimiento que validaría su mandato.

Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no habían conseguido atrapar al hombre que amenazaba su vida.

Los tres conocían ya la verdadera identidad de Faray y su relación con la familia nazarí.

Reduán estaba satisfecho con el procedimiento de investigación llevado a cabo por Ibn al-Jatib.

A pesar de que era al-Assad el que estaba al frente de los guardias que aseguraban la Alhambra y ponían orden en la ciudad, había sido el visir de la Pluma quien había descubierto los secretos que el Jilguero se había esmerado tanto en ocultar.

Ibn al-Jatib informó al hayib y al visir de la Espada sobre la misión desesperada en la que había enrolado al katib Ibn Zamrak.

—Fue amenazado por un mendigo cerca de la Alberzana y tuvo que huir corriendo. No hay manera de atravesar su frontera, el Jilguero sabe que lo buscamos.

Al-Assad se irguió en su asiento y respiró profundamente antes de hablar:

—Tenemos un día para dar con él. Propongo que hagamos una redada en el Albaicín, rastrear por todas las casas abandonadas, una a una.

Reduán miró a Ibn al-Jatib, como si le solicitara aprobación para el plan. Este asintió, consciente de que, en ese punto de la investigación, poco importaba el sigilo. Era una medida desesperada para días desesperados.

—Bien, hazlo —sentenció el hayib —. Moviliza una escuadra de guardias y que entren en todas las casas sospechosas.

—Da aviso a los que custodian las puertas del barrio —añadió Ibn al-Jatib—. Que no dejen salir a nadie mientras se lleva a cabo la búsqueda.

El León de la Alpujarra lo señaló con el índice.

—Sigues siendo el más listo, maldito zorro. Así lo haré.

Debatieron sobre los detalles que quedaban por ultimar para la aclamación y, poco después, dieron por concluida la reunión. Al-Assad insistió en que, aunque no dieran con el Jilguero, podría garantizar la seguridad de mawlana durante el acto.

—Pondré dos guardias en cada palmo de tierra de la explanada —dijo con aire de suficiencia para calmar a los otros dos.

—Bien, pero procuremos antes dar con Faray —le respondió Reduán.

Esa misma mañana, veinte jinetes y otros tantos hombres a pie penetraron en el arrabal del Albaicín por su parte oriental.

Lo recorrieron de arriba abajo, calle a calle, allanando las casas en las que consideraban que podía esconderse el líder de la cofradía.

Terminaron antes del atardecer, pero no localizaron su objetivo.

Las casas abandonadas estaban vacías. Sin embargo, en tres de ellas encontraron pintadas referentes al Jilguero y al emir.

En la primera había un dibujo hecho con carbón que representaba a un pájaro que picoteaba una granada.

En la segunda habían escrito: «Alá concede su baraka, Alá la quita».

En la última se leía: «Muerte al emir», escrito con heces en una pared encalada.

Cuando Ibn al-Jatib recibió el informe de los guardias, se resignó al fin. Había llegado hasta donde se podía; era hora de soltar y confiar.

«Solo cabe esperar que la baraka proteja a mawlana ».

—Estamos solas. Hoy no quería ver a nadie más.

Mu’mina cogió a Iqbal de la mano y la llevó a la sala templada, donde tomaron asiento. La esposa del visir de la Pluma había acudido solícita a la llamada de la joven esposa del emir. Intuía que la muchacha tenía ansiedades que necesitaba calmar, y no se equivocaba.

—No nos hace falta más gente —respondió Iqbal—. Cuando vienen las demás, puedo notar la tensión entre la Gacela y Butayna. No me siento cómoda.

—Yo tampoco. ¿Ves? Tú me entiendes. Mi suegra es una mujer elegante, pero esa Maryam…

No la soporto. Siempre atacando con su lengua afilada, siempre mirándonos mal a mi esposo y a mí.

No sé por qué Muhammad insiste en mantenerla tan cerca.

Si por ella fuera, ya estaríamos muertos, y su hijo, el afeminado, sería el emir —opinó con franqueza y sin recato.

—La política se juega así, Mu’mina. Siempre me lo dice mi esposo. En la corte, la apariencia es más importante que la realidad.

—Tienes razón, amiga. —Apretó su mano con afecto—. Gracias por todo tu apoyo. Me hizo mucho bien verte la última vez. Tenías razón, Muhammad me ama. Aunque acabe acudiendo a los brazos de otras mujeres, eso no debe cambiar nunca.

Los días comenzaban a ser frescos y el vapor que se elevaba desde el suelo hacía hormiguear de placer sus miembros entumecidos. Una moza del baño se asomó a la sala para ofrecer sus servicios de masajista. Mu’mina la despachó.

—Más tarde nos daremos un masaje. Antes quiero que charlemos.

—Iqbal asintió conforme—. Te he hecho venir otra vez porque no me encuentro bien.

Mañana el pueblo aclamará a Muhammad y él estará expuesto al peligro.

Nadie lo dice, todos pretenden aparentar seguridad, pero yo puedo notar su miedo, el nerviosismo que los cortesanos llevan por dentro.

Temo que pase lo peor. —Sus ojos se humedecieron e Iqbal comprendió que hasta ese momento no había podido expresar su angustia con ninguna otra persona—.

¿Y si llegan a él? No es tan difícil matar a un hombre…

—Se llevó las manos al rostro y ahogó un lamento.

Iqbal se acercó a ella y la abrazó. La comprendía. Se compadecía de ella. La esposa de un emir estaba condenada a vivir de ansiedad en ansiedad.

—Tranquila, Mu’mina. Al-Assad no dejará que le pase nada.

La ceremonia es necesaria, hay que hacerla, pero tomarán todas las precauciones.

Registrarán a cada persona que acceda a la explanada de la puerta de los Pozos y Muhammad estará apartado de la gente.

Me lo ha dicho mi esposo. No pasará nada —repitió con voz dulce, arrullando a la joven con sus brazos.

La muchacha alzó la cabeza y miró a su amiga con los ojos rotos por el dolor.

—Siento lo que te dije el otro día.

—No te angusties más. Ya lo sabía. —Le gustó que Mu’mina se preocupara por ella—. A veces los hombres no hacen más que darnos malos ratos. —Le dedicó una sonrisa.

—Hay algo más que quiero contarte. —La esposa del emir se llevó las manos al vientre—.

Siento algo aquí. Sé que no puedo confirmarlo, ha pasado demasiado poco tiempo desde que nos casamos, pero me noto extraña.

Mi padre me lo dijo hace tres días. Él afirma que estoy embarazada.

No me preguntes por qué, pero él dice que lo nota, y que ya lo notó en mi madre cuando lo estaba de mí.

No sé si es verdad, pero lo deseo. —Frotó su abdomen con dulzura.

—Amiga mía, quiera Alá bendecirte con un hijo. —Posó su mano sobre las de ella—. Ojalá… Un hijo sano y fuerte que pueda suceder a su padre y que cuide de ti cuando seas una anciana viuda.

Mu’mina soltó un manotazo amistoso contra el hombro de Iqbal y ambas rieron con ganas.

Conversaron durante un rato, pasado el cual, la esposa del emir llamó a dos mozas para que les dieran sendos masajes.

Sin embargo, Iqbal declinó el ofrecimiento alegando que tenía tareas pendientes en su hogar.

Se despidió de su amiga y salió de los baños antes del atardecer.

Su tarea pendiente en realidad la esperaba allí, en el callejón de la entrada.

En cuanto la vio aparecer, al-Baaz caminó hasta ella. Iqbal tenía los ojos brillantes, al borde del llanto, y sus manos temblaban. El hombre la abrazó y la besó. Ella respondió, pero enseguida se apartó y lo miró fijamente a los ojos.

—Ya no hay secretos entre nosotros —comenzó a decirle—. Los dos sabemos el sentimiento que nos une. —Él fue a cogerle la mano, pero ella lo rechazó. Respiró varias veces para coger fuerza.

—¿Qué te pasa? ¿Qué ha pasado?

—No ha pasado nada —lo tranquilizó—. No me odies por esto.

Al-Baaz intentó acercarse a ella por segunda vez, pero ella mantuvo la distancia.

—Te quiero —soltó Iqbal—. Te he querido desde los tiempos del barrio, y ese amor de niña ha seguido vivo en mi corazón hasta hoy. Ahora lo sé. —La primera lágrima resbaló por su mejilla—. Pero no puedo darte nada. Debemos alejarnos antes de que sea demasiado tarde.

—No, me niego. —El guardia fue vehemente en su respuesta—. Es posible, podemos irnos juntos. Te llevaré adonde nadie nos conozca, haré lo que sea. —Guardó silencio un instante—. Podemos ir a tierra de rumíes si es preciso. Saldremos adelante, yo me esforzaré…

Ella se tomó unos segundos para pensar.

—Al-Baaz, tengo tres hijos. No puedo irme sin más. No los abandonaré.

—Pues nos los llevaremos.

—Sabes que eso no es posible. ¿Cómo vas a apartarlos de su padre? —Nuevas lágrimas cayeron de sus ojos—. Debes comprenderlo, no podemos alimentar este fuego. Aquí, ahora, debe acabar.

El hombre permaneció meditabundo durante varios minutos, tratando de encontrar una salida en un laberinto que no la tenía.

—Aquí, ahora… —repitió, y en su voz Iqbal adivinó resignación—, déjame besarte una última vez —dijo entregado a la fatalidad.

La petición cogió por sorpresa a la mujer. Ya arrastraba suficiente sentimiento de culpa, pero asintió. Al-Baaz la besó, y ella pensó que el dolor nunca se apagaría.

—Debo irme, debo llegar pronto a casa.

Iqbal echó a andar mientras se enjugaba las lágrimas. Escuchó la voz de su amado a su espalda, apenas un susurro, pero dotado de la fuerza de un aullido.

—Velaré por ti. Te esperaré. Buscaré un camino, y no desfalleceré hasta encontrarlo.

Cada una de esas palabras tocaron su alma y la encendieron de luz. Acompañada por ellas, la mujer se marchó de la Alhambra sin esperar a su esposo. A su paso, las cuestas de la Sabika quedaron sembradas de suspiros.

Cuando Ibn al-Jatib salió del edificio de la Secretaría, se encontró con Umm al-Hassan plantada en el centro del patio. Su corazón se aceleró al instante y caminó hacia ella para conducirla hasta su despacho. La mujer negó con la cabeza y comenzó a llorar mansamente.