El elegido Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Lo guio hacia una casa de aperos que tenía un poyo de mortero adosado a la fachada. Ambos tomaron asiento.

—Llevas poco en la calle, ¿no? —Ibn Zamrak asintió. Era consciente de que su apariencia no era la de un desnutrido—. A mí se me mete una idea en la cabeza y no se va —comentó, compartiendo con él su trastorno—. Pero hay remedios, medicinas que calman.

—Lo ves fácil, pero a los médicos solo va quien puede pagarlos.

El mendigo titubeó, pero finalmente se animó a hablar:

—También hay gente buena que cuida de nosotros, nos da la medicina y nos alimenta.

—¿Sin recibir nada a cambio? ¿Te refieres a los habices de las mezquitas?

El hombre negó con la cabeza y sonrió. Su dentadura negra y mellada sobresaltó al secretario.

—Otros hombres buenos. A cambio, pedimos por las calles y les llevamos lo que sacamos.

Es como un trabajo. —Miró a los ojos a Ibn Zamrak—.

Me has caído bien. Me recuerdas a mí hace unos años.

Hablaré por ti. Pareces un hombre leído.

¿Sabes? Yo antes era asistente de un notario.

Mi jefe era un buen hombre, pero murió de peste.

Ibn Zamrak ya había notado que se expresaba bastante bien como para ser un hombre de la calle.

—¿Con quién vas a hablar?

—Con esos hombres buenos.

—¿Quién los dirige? —preguntó el secretario, procurando no mostrarse ansioso.

El mendigo arrugó la boca y frunció el ceño.

—¿Quién eres? ¿Qué buscas?

Ibn Zamrak se puso tenso.

—Ya te lo he dicho, vengo de Alhendín porque allí no hay nada para mí.

El mendigo se puso en pie y retrocedió dos pasos.

—Vete. Déjanos en paz. Ya me han avisado. Lo sabía, lo sabía… —Con gestos torpes, extrajo una daga de su túnica raída—. Sé usarla, ¡vete!

Al grito respondieron varios gruñidos lejanos. Ibn Zamrak, alerta, se levantó del poyo y comenzó a alejarse de él.

—¡Queréis acabar con nosotros, pero no lo vais a conseguir! —El mendigo agitaba su arma dando tajos al aire.

De un punto impreciso de la huerta llegó un aullido. El joven katib echó a correr. Tenía miedo.

—¡Ayuda! —gritó para avisar a los guardias.

Sentía presencias entre las sombras, mil ojos que lo observaban, acechándolo, preparados para saltar sobre él. Llegó a la primera cancela y encontró al guardia abriéndola. Sonó otro aullido lejano, una advertencia. Atravesó la puerta apresurado.

—Cierra rápido —pidió.

El guardia obedeció y oteó la oscuridad encendida por la luna. No había nadie a la vista. Acompañó a Ibn Zamrak hasta la siguiente cancela. El katib todavía tenía el corazón acelerado. «He visto la muerte», se decía una y otra vez mientras deshacía el camino que lo llevaba de vuelta a la Alhambra.

Iqbal pasó la noche en vela, dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño.

Como tantas otras noches, estaba sola en su alcoba.

Aquella soledad, y el silencio que la hacía más patente, comenzaban a pesar en ella como una carga cada vez más difícil de soportar.

En la ausencia de luz, los recuerdos se hacían más vívidos y campaban libres por su imaginación.

Los años del barrio de la Rambla, los chiquillos jugando junto al río Darro, la juventud, su matrimonio con Ibn al-Jatib, el primer embarazo…

Como las primeras gotas de un aguacero, cada perla de la memoria iba cayendo sobre ella, dejándole su huella indeleble.

No había tenido una mala vida, pero en los últimos años sentía una desazón imprecisa que le aceleraba el corazón y le provocaba ansiedad.

«Pensé que la vida era algo más», solía decirse.

Sin embargo, era consciente de su posición privilegiada, envidiada por otras muchas mujeres.

Sus sentimientos le impedían ser plenamente feliz, y su razón le recordaba que no debía aspirar a nada más.

Llevaba muchos meses debatiéndose entre las dos corrientes que la arrastraban, pero, en medio de aquella confusión, había surgido una figura que amenazaba con alterar todo aquel desorden y multiplicarlo por cien.

Iqbal lloró al recordar a al-Baaz, sus besos cálidos en el callejón de acceso a los baños.

No había llegado a ser nada, pero aquellas simples muestras de cariño habían hecho arder sus entrañas, provocando un calor que hacía años que no sentía.

«No deberías estar en la Alhambra. No es tu sitio.

Tendrías que haberte quedado en la Rambla, jugando entre los juncos y los álamos de la ribera».

Siguió llorando. Aquel llanto tardaría meses en cesar, bien lo sabía.

Ese fuego no se apagaba a voluntad, solo se extinguía con el paso del tiempo, a base de dolor y llagas.

Pero también sabía que no había otro camino.

Sus labios se habían apropiado del tacto suave de los de al-Baaz.

Lo anhelaba, como el calor de un brasero en pleno invierno.

Pero no podía permitirse el lujo de jugar, de arriesgar sus vidas por algo que ya había fracasado antes de germinar.

«Dolerá, pero debes entenderlo», le dijo al recuerdo de su amor, a esa presencia constante, insistente, que la acompañaba en los últimos días.

«Dolerá, mucho».