El elegido Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Amigo, se trata del destino de mawlana , y si su vida está en peligro, también lo están todas las nuestras.

—Se frotó las mejillas con desesperación—.

Tuvimos al mejor emir y lo asesinaron delante de mis narices.

Y ahora amenazan a su hijo. ¿Quién nos gobernará si acaban con él?

¿En qué manos sucias caerá el emirato si lo consiguen?

—No te anticipes a lo que todavía no ha ocurrido. Solo existe el presente.

—Maestro, disculpa mi rudeza, pero hoy no puedo estar de acuerdo contigo. No puedo olvidar los problemas. Nuestro presente también depende de cómo resolvamos este asunto.

—Sin embargo, aquí estás —manifestó el santón, destacando el hecho de que el visir hubiera acudido a la casa de oración.

—Sí, pero no vengo buscando paz. Busco información.

Ibn al-Jatib puso al día al santón sobre las últimas novedades en la investigación. Sabía que recientemente al-Rundí había visitado la cofradía del Albaicín, por lo que lo interrogó acerca de ella.

—Nos vimos fuera de la muralla, frente a la puerta de Fajalauza.

Me dijeron que no tenían zawiya ni rábida, que todos eran vecinos del Albaicín y la alcazaba Cadima que se reunían en diferentes casas y parajes para orar y meditar.

También hacían buenas obras, pedían dinero y lo repartían a los pobres, y atendían a enfermos.

Me pareció que hacían una buena labor, aunque ya te dije: su deriva no me inspiraba mucha confianza, eran un tanto exaltados en sus opiniones contra el emir.

—Se detuvo un instante, como si acabara de darse cuenta de que aquello encajaba perfectamente con lo que Ibn al-Jatib le acababa de contar—. No pensé que pudieran llegar a tanto.

—¿Viste a su líder?

—¿Al Jilguero? Claro que lo vi. Fue él quien se reunió conmigo.

—¿Cómo es? —preguntó el visir. Había abandonado el tono familiar que normalmente usaba con él.

—Un hombre espigado, tal vez demasiado delgado.

Daba la sensación de ser más alto de lo que en realidad era.

—Hizo memoria entornando los ojos—. Me llamó la atención que no llevaba barba, y sus ojos.

Eran verdes y parecían penetrarte hasta el alma.

Se notaba que era el líder nada más verlo.

Alguien así es capaz de arrastrar multitudes.

—De nuevo se detuvo. Ahora era consciente de que hablaba del hombre que estaba detrás de los locos que habían atacado a Yusuf I y a su hijo Muhammad.

«Ojos verdes», pensó Lisan al-Din. «Como los de Yusuf».

Ambos permanecieron en silencio durante varios minutos, procesando la información.

—¿Te hablaron del monte de las Cuevas? —preguntó al fin el visir de la Pluma. Al-Rundí contestó que no—. ¿Te llevaron a algún otro sitio o te hablaron de otros lugares donde se suelan reunir? —El santón volvió a negar.

—Siento no poder ayudarte.

—No te preocupes. Ese Jilguero es demasiado astuto, pero acabaré dando con él.

Con la misma determinación con la que había hablado se puso en pie.

—Visita corta, visir.

—Necesitaba saber si podías aportarme información sobre ellos. Estoy desesperado —reconoció—. Falta muy poco para la ceremonia de aclamación y Muhammad estará expuesto ante su pueblo.

El santón asintió lentamente, comprendiendo su preocupación.

—Adonde no podemos llegar nosotros llega Alá. Confía.

Ibn al-Jatib esbozó una sonrisa de gratitud y se despidió con un gesto de la mano.

—Cuando esto acabe, me voy a venir contigo una semana entera —le prometió.

Era la segunda promesa de ese tipo que hacía en los dos últimos días.

Montó su caballo y salió de la zawiya sin haber encontrado alivio alguno.

La noche se cerraba e iba dejando caer sobre la ciudad su manto de oscuridad.

Ibn Zamrak salió de la Alhambra vestido con los harapos que le habían entregado.

También habían ensuciado su rostro y sus manos, e incluso habían restregado por su cuerpo estiércol de caballo para simular el olor de varios días sin lavarse.

Descendió por la colina de la Sabika, cruzó el río Darro y accedió a las cuestas que llevaban a la parte alta del Albaicín.

Los guardias ya cerraban las cancelas de las calles y tuvo que mostrar su salvoconducto en dos ocasiones.

El propio visir de la Pluma lo había sellado.

—Atentos a cualquier ruido. Si estoy en problemas, gritaré «ayuda» —les indicó el joven secretario con el corazón desbocado.

Se encaminó hacia la rauda del Albaicín, donde sabía que, desde la peste negra, muchos mendigos se refugiaban para pasar las noches.

Se sentó junto a una pequeña capilla de la parte baja del cementerio y aguardó en silencio.

Pasó más de una hora así, esperando a que algún mendigo se le acercara.

Sin embargo, no vio ninguno. Se puso en pie y deambuló entre las sencillas estelas funerarias.

La luna iluminaba el paraje dándole un aspecto espectral.

«Maldito seas, Ibn al-Jatib», masculló, y decidió dirigirse hacia las cercanas huertas de la Alberzana.

Antes de pisar la tierra suelta, alguien se le acercó.

—Eres nuevo.

Sonó a acusación. El que habló era un hombre y tenía el aspecto habitual de los que vivían en la calle: delgadez extrema, suciedad, ropa vieja y raída, barba larga y desaliñada. Exhalaba un intenso olor a orín reseco.

—Me han echado de Alhendín y me he venido a Granada —improvisó Ibn Zamrak.

El mendigo lo examinó a conciencia.

—Aquí ya somos muchos.

—No tengo otro sitio adonde ir. Que el Compasivo se apiade de mí. —Abrió los brazos ofreciendo el pecho.

—Pasa la noche y mañana ya veremos. Si te vas a la medina, te va a ser más fácil —sentenció el hombre, dando a entender que todos los mendigos del Albaicín estaban controlados y que el nuevo debía ser aceptado antes de quedarse—.

A ver si me entiendes, que no tengo nada contra ti, pero si dejamos que cualquiera venga, acabamos todos muertos de hambre.

—Lo entiendo —dijo el katib —. Son tiempos duros. La peste me robó la familia. Mi mujer y mis dos hijos. Uno era un bebé.

—Mi madre, mi esposa y un hijo —dijo el otro, haciendo recuento de sus pérdidas.

—Los sigo viendo —le confesó Ibn Zamrak, tocándose la sien derecha—. Mi cabeza me castiga y me hace verlos por todos los sitios, y los oigo.

El mendigo permaneció en silencio varios segundos. Su mirada había cambiado, parecía haberse compadecido de él.

—Ven, siéntate conmigo.