Capítulo 25
El visir llegó tarde a la Secretaría. Las misiones diplomáticas de reconocimiento del nuevo emir habían terminado y los funcionarios trabajaban despachando los asuntos ordinarios del emirato. Se dirigió a Ibn Zamrak y le pidió que lo acompañara fuera. Se sentaron en un banco de piedra del patio.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Ibn al-Jatib para iniciar la conversación.
—Bien, sidi . Te agradezco la preocupación.
Lisan al-Din dirigió la vista hacia el pequeño oratorio antes de continuar.
—Ahmed está bien, en el norte. —No se sentía cómodo hablando de él—.
Espero que reconduzca su vida. Y tú también —añadió.
Ibn Zamrak guardó silencio. Ibn al-Jatib suspiró—.
Haces bien tu trabajo, no me has defraudado.
—Había llegado el momento de limar las asperezas en su relación.
Luego, fue directo al grano—: Necesito tu ayuda.
Si no estuviera desesperado, no recurriría a ti.
— Sidi , estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que me pidas.
—La aclamación será en dos días. Tenemos que cazar a quien atenta contra mawlana antes de ese día. No podemos correr riesgos.
—Se puede retrasar…
Ibn al-Jatib no lo dejó terminar.
—No, no podemos. La fecha la fijó el astrólogo.
Todo el mundo la conoce. Cambiarla sería una mala señal y un signo de debilidad.
—Lo miró con intensidad—. Si algo le pasa a Muhammad V, también nos pasará a nosotros.
Pocos en la corte salen indemnes después de algo así.
—Ibn Zamrak asintió, asumiendo la gravedad de aquella eventualidad—.
Necesito a alguien inteligente, alguien con la habilidad suficiente como para ganarse la confianza de un extraño.
El visir le contó todo lo que sabía acerca de Faray, su relación con el asesinato de Yusuf I, sus intentos de acabar con la vida de Muhammad, su origen y su relación con la cofradía del Albaicín bajo el nombre de Jilguero.
—Todo lo que te he contado es alto secreto.
Sé que lo entiendes. Hemos intentado dar con él durante semanas, hemos interrogado a algunos de los dementes a los que atendía, pero se nos esfuma como el humo.
Solo se me ocurre una manera de atraparlo.
—Ibn Zamrak escuchaba con atención, sintiendo cómo su corazón se aceleraba—.
Ser uno de ellos, infiltrarte en la orden y llegar hasta él.
—Ahora estará alerta, se habrá retirado de las calles —razonó el joven katib .
—Sí, sabemos que se ha escondido, pero en las calles del Albaicín sigue habiendo locos y mendigos a los que la cofradía ha atendido. Ellos sabrán por dónde se mueve. —Hizo un breve silencio—. No sé si funcionará, pero no se me ocurre nada mejor —dijo, dejando aflorar su desesperación.
—Visir, es una buena idea —repuso Ibn Zamrak—. Y estoy dispuesto a llevarla a cabo. Me haré pasar por mendigo y me acercaré a ellos. Sabré cómo hacerlo.
Ibn al-Jatib volvió a mirarlo a los ojos. Escrutó en su mirada y encontró determinación. Ese muchacho había conseguido por sí mismo el favor y la amistad del emir. Sabía que tenía las cualidades necesarias para un trabajo tan delicado.
—Te lo agradezco, katib . —Citó su cargo como una forma de reconocimiento—. Más adelante te daré más detalles. Debes ir con mucho cuidado. No quiero que te expongas innecesariamente.
Ibn Zamrak recordó las noticias sobre la muerte de varios guardias a manos de un grupo de locos de la calle. Un leve estremecimiento recorrió su espalda.
—Estaré atento y no me expondré. Serviré a mawlana de la mejor manera que pueda.
—Bien, muchacho. Estás dispensado de tu trabajo. No lo hables con nadie. Antes del atardecer me reuniré contigo. —El poeta se puso en pie y comenzó a caminar—. Gracias —añadió el visir de la Pluma.
«No lo hago por ti, lo hago por Muhammad V.
Él lo merece», se dijo Ibn Zamrak, que sentía cómo el rencor hacia Lisan al-Din crecía en su corazón.
Su maestro lo había llevado a la Alhambra, pero también había desamparado a su amado Ahmed, y había juzgado su condición con dureza.
«Rechazas mi verdadera esencia, puedo oler tu censura».
El joven secretario decidió aprovechar lo que quedaba de día para ir a visitar a su madre. Pasó por el pequeño mercado que se instalaba en la medina alhambreña y compró pastelillos de almendra. Cuando llegó a su calle, las vecinas que limpiaban los trancos de sus puertas lo saludaron.
—Ahí viene el amigo del ministro —dijo una simulando una reverencia—. En buena hora, Ibn Zamrak —añadió con una amplia sonrisa.
—Anda que no ha cambiado tu madre —le comentó otra que se había acercado a él para hablarle al oído—. Ha florecido como una rosa en primavera. —Le agarró el brazo y lo zarandeó brevemente, con afecto.
Entró en la casa familiar y encontró a su madre preparando un guiso. Su hermano revoloteaba a su alrededor, haciendo preguntas constantes de las que ni siquiera esperaba respuesta.
—¡Zamrak! —gritó este al verlo, y corrió a abrazarlo—. No está papá, ya no está —dijo sin rastro de pena mientras señalaba el suelo justo en el punto donde el hombre había caído cuando Ibn Zamrak lo golpeó.
—Lo sé, hermano, lo sé.
La madre encendió su rostro de alegría y abrazó a su hijo con fuerza.
—¡Mi niño! ¡Qué alegría verte! Te quedas a comer —afirmó, sin dar opción a que su hijo dudara—. Estofado de conejo. —Le guiñó un ojo. Era uno de los platos favoritos de Ibn Zamrak.
—Con cuidado, madre. Afloja el abrazo, que vas a tirar el postre.
Le entregó el hatillo con los pasteles. La mujer lo abrió enseguida.
—Pero ¡hijo! Esto te habrá costado mucho. ¡Cuántos has comprado!
—Los hacen en la Alhambra, los mejores de toda Granada —alardeó.
Se sentó junto a su hermano mientras la madre terminaba de remover el guiso y apartaba algunas brasas para que acabara de cocinarse a fuego lento.
Ibn Zamrak disfrutó enseguida de la sensación cálida del hogar.
El suave borboteo del caldo, el olor a verdura y carne cociéndose poco a poco, el canturreo a media voz de su madre.
Pasados varios minutos, la mujer se sentó frente a él.
—Cuéntame, hijo, ¿cómo va tu nueva vida? —La madre sabía que Ibn Zamrak traía nuevas y que necesitaba desahogarse.
—Bien, madre. Mi esposa es una buena mujer. —Percibió su mirada inquisitiva—. No la amo, pero soy feliz con ella. Espero que pronto me dé hijos.
—¡Ay, mi niño, que pronto me va a hacer abuela! —Palmeó sonoramente para manifestar su alegría. Dirigiéndose a su otro hijo, añadió—: ¿Te imaginas, pequeño? ¿Te ves de tío de un sobrinito? —El muchacho la miró sin acabar de comprender.
—El Altísimo nos lo conceda pronto. No tengo noticias de que Hiba esté preñada aún —matizó Ibn Zamrak, pero la mera alusión al tema había puesto de buen humor a la mujer.
—Mi poeta… Viviendo en la Alhambra y casado. —Lo miró con ternura. Luego, de manera casi imperceptible, su actitud cambió y una sombra de duda asomó a sus ojos—. Y ese otro amor que a veces sientes… —No supo cómo terminar, pero Ibn Zamrak la comprendió.
—Eso es pasado. No volveré a esos caminos —dijo tajante.
—Has sufrido un desengaño…
—No exactamente, madre. Pero parecido. Hay riesgos y peligros que no puedo afrontar.
El recuerdo de Ahmed se le clavó en el pecho como un afilado dardo. Todavía soñaba con él, con sus besos, con sus palabras tiernas. A veces también tenía pesadillas con su condena y podía ver al verdugo ejecutando cada latigazo.
—No me parece mal, hijo mío. Es mejor para ti. Pero ¿podrás ser feliz?
La preocupación de su madre por su felicidad emocionó a Ibn Zamrak, que sintió cómo sus ojos se humedecían.
—Conseguiré serlo. Tengo una familia, un buen trabajo, la seguridad de un hogar. Y la poesía —añadió como si en ella encontrara el verdadero alivio a sus dolencias.
—Bien, me alegra —dijo la madre mientras se ponía en pie para remover el estofado y evitar que se pegara al fondo de la cazuela.
Cuando regresó, su hijo le entregó una bolsa repleta de monedas. La mujer la tomó y la sopesó.
—Aquí hay mucho dinero.
—Sí. Es para vosotros. —Ella hizo el amago de protestar, pero Ibn Zamrak no le dio opción—.
Madre, hoy estoy aquí y puedo hacerlo. Mañana, solo Alá sabe dónde estaré.
Permíteme ser generoso ahora que puedo. —La mirada de la mujer se tornó angustiosa, como si entreviera un peligro inminente que acechara a su hijo—.
No te preocupes, nada me va a pasar —la tranquilizó—.
Es solo que la Alhambra es una amante caprichosa, y lo mismo que un día te trata con mimo, al otro te puede escupir.
Ella aceptó el regalo y se lo agradeció, pero ya no pudo quitarse el velo de angustia de la mirada.
Pasado un rato, sirvió el estofado y la familia disfrutó compartiendo la comida.
—Parece que hubiera sabido que venías —dijo la madre—. Hay suficiente para los tres, y hasta va a sobrar.
—No te adelantes… —dijo socarrón Ibn Zamrak mientras le ofrecía su cuenco vacío para que lo llenara.
El katib se regocijó con la compañía familiar, pero se marchó antes del atardecer. Camino de la colina de la Sabika sentía que iba más ligero, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
Lisan al-Din llegó a la zawiya cerca del mediodía.
Los morabitos oraban de forma comunitaria en el patio.
Al-Rundí, frente a ellos, dirigía el rezo.
Miró al recién llegado y lo invitó a unirse, pero Ibn al-Jatib rehusó y se sentó bajo la higuera.
El santón percibió su ansiedad; algo no iba bien, de modo que llamó a otro hombre para que ocupara su lugar y se reunió con el visir.
Al-Rundí lo observó durante unos segundos. Su benefactor tenía los hombros caídos y su barba estaba despeinada. Tenía aspecto desaliñado, algo impropio en él. También parecía haber perdido peso.
—No te veo a diario —le dijo—, por eso noto más los cambios que se dan en ti. Las preocupaciones te están ahogando. Cuidado, visir, estás cayendo en un pozo del que es muy difícil salir.
—¿Tanto se me nota?
A al-Rundí le hubiera gustado decir que no, pero tuvo que asentir.
—Empiezas a preocuparme.