El elegido Capítulo 24
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Capítulo 24

Poco después del amanecer, Umm al-Hassan se presentó en la Secretaría. Había llegado corriendo, tan temprano que Ibn al-Jatib aún no había aparecido por allí. Cuando el visir la vio a la entrada de su despacho, su corazón le brincó en el pecho.

—Entra, entra —le dijo mientras abría la puerta.

Una vez dentro, no la dejó hablar. Se abalanzó sobre ella y la besó. La médica, rendida al encuentro, respondió, y acabaron amándose una vez más sobre la alfombra de seda del despacho.

—Cuánto te he anhelado —le confesó él, agarrado a su cuerpo para que no se despegara.

Ella le plantó un último beso fugaz e hizo presión para que la soltara.

—Yo también, lo sabes. Pero tengo noticias importantes que debes conocer cuanto antes.

Se pusieron en pie. Ibn al-Jatib la observó. La mujer tenía las mejillas arreboladas y respiraba con agitación. Le pareció hermosa, como una luna llena en un firmamento nocturno.

—Sé quién ha comprado el veneno, y quién debe de ser Faray. Lo llaman el Jilguero y es el líder de la cofradía del Albaicín. Ellos compraron el jugo de cicuta y suelen comprar Muerte azul. Les gusta reunirse en el monte de las Cuevas.

—¡Bien! —exclamó el visir mientras daba una sonora palmada—.

Estamos cerca. Buscaremos la cofradía y daremos con ese pájaro.

—Ibn al-Jatib sabía que la institución no tenía sede propia, que era un grupo de hombres y mujeres que se juntaban en cualquier sitio para orar y hacer buenas obras.

Miró a su amante con ojos pícaros—. Agárrate, porque yo también tengo información.

—Alargó el suspense—. Faray es hijo de Ismail I. Su madre fue concubina en la Alhambra.

Umm al-Hassan se llevó la mano a la boca.

—¡Hijo de un emir! —Pensó unos segundos en sus vínculos—. Hermano de Yusuf I, y tío de mawlana Muhammad V.

—Exacto. Ahora encaja todo —afirmó el visir—.

Los dementes que ha usado… Los habrá conocido en la cofradía.

Y la motivación para matar a Yusuf y a su hijo…

Personal, muy personal. Conocemos su nombre, los medios que ha usado y el motivo de sus ataques.

Solo nos queda encontrarlo. —Se acercó a una ventana que ofrecía una vista parcial de la alcazaba Cadima y del Albaicín.

Desde la peste negra, había decenas de casas deshabitadas en aquellos barrios—.

Me temo que no será fácil. Comenzaremos a buscar en el monte de las Cuevas.

Tenemos tres días hasta la ceremonia de aclamación. Alá nos ayude.

La médica repitió el ruego. Luego se dispuso a marcharse. Desde la puerta, antes de abrirla, se dirigió a él una última vez:

—He recibido carta de mi esposo, desde Salobreña. Está de camino.

Salió del despacho y cerró la puerta. En el interior, Ibn al-Jatib sintió cómo el alma se le encogía y le faltaba el aire al respirar.

La escuadra salió de la Alhambra por la puerta del Arrabal, descendió por el barranco que separaba a la Sabika del Generalife y cruzó el río Darro por el primero de sus puentes.

Una vez que estuvieron al otro lado de las aguas, los jinetes remontaron las cuestas que llevaban al monte de las Cuevas.

Divisaron varias columnas de humo que les indicaron hacia dónde debían dirigirse.

Al-Assad cabalgaba rodeado por sus guardias.

El visir de la Espada lucía una flamante brigantina forrada en terciopelo verde y vestía zaragüelles del mismo color remetidos en altas botas de cuero.

Portaba una lanza y llevaba una espada jineta al cinto.

Su cabeza estaba protegida por un capacete rematado en punta, con nasal y seda blanca enrollada en su base.

Al acercarse a las primeras cuevas, vieron una inscripción escrita con cal en una gran roca.

«Hijos de la peste», rezaba el texto. En torno a la primera de las hogueras contemplaron a un grupo de dos hombres y una mujer que se calentaban acuclillados.

A su alrededor había restos de inmundicia, desperdicios de comida y telas rotas tiradas sobre la maleza.

El olor de la lumbre disimulaba el hedor que predominaba en la zona.

—Malditos salvajes —rezongó al-Assad dirigiéndose al capitán de la escuadra—. Esta gente no ha tocado el agua en meses.

Un niño asomó la cabeza por encima de un zarzal. Los observó con indiferencia y continuó defecando.

—Han convertido el monte en una letrina. ¿Cuánto hace que nadie pasa por aquí?

El capitán se encogió de hombros a modo de respuesta. Se escuchó una voz lastimera que provenía del interior de una de las cuevas. La mujer que se calentaba en la hoguera se acercó a los jinetes. Al ponerse en pie, evidenció el estado lamentable de sus ropajes.

—¿Tenéis Calmante de flor? —les preguntó—. Un poquito, por favor, para sus nervios. —Señaló la cueva y luego se tocó con el índice la sien derecha.

—¿Dónde está el Jilguero? —preguntó el León de la Alpujarra con voz ruda.

La mujer comenzó a sollozar.

—Nos ha abandonado. Lleva días sin venir y sin traernos comida. ¿Lo buscáis? ¿Lo vais a traer? —Un brillo de esperanza apareció en sus ojos.

Al-Assad la ignoró y repartió órdenes entre sus hombres:

—Revisad todas las cuevas. Coged a dos e interrogadlos.

Mientras los soldados obedecían, al-Assad recorrió el paraje.

Calculó que, repartidos por la ladera del monte, habría en torno a treinta personas.

La mayoría mostraba signos de demencia y todos vivían rayando en la indigencia.

Al pie de un almendro había un enterramiento.

La fosa estaba marcada con azulejos rotos, colocados formando un mosaico carente de armonía.

Una sencilla estela de barro cocido identificaba al difunto.

«Ibn al-Rahimi. Un hombre santo. Alá lo proteja».

Pasado un rato, el capitán se presentó ante el visir con dos de los hombres.

— Sidi , estos parecen los más cuerdos. Todos insisten en que el Jilguero los ha dejado solos, que la cofradía ya no los atiende. Y no saben dónde puede estar.

Al-Assad observó detenidamente a los dos hijos de la peste.

—Si lo saben o no, lo sabremos ahora.

Los trasladaron a un lugar apartado y llevaron a cabo el interrogatorio.

El visir estuvo presente todo el tiempo.

Los desgraciados se retorcieron de dolor, se orinaron encima y mancharon con su sangre la tierra fresca del monte, pero no dijeron nada acerca del paradero de Faray.

El capitán miró al visir para comprobar si se daba por satisfecho.

—Continuad —ordenó este sin apartar la vista de sus cuerpos magullados.

Los torturadores se afanaron en su cometido, pero esos pobres hombres no podían hablar sobre lo que no conocían. Uno de ellos, al límite de su resistencia, comenzó a gritar que podía verlo subido al almendro.

—¡Ahí! ¡Ahí tenéis al Jilguero!

En ese momento el León se dio cuenta de que no había nada que hacer. Los habían quebrado y no habían obtenido respuestas. Tiró de las riendas de su caballo para apartarse e hizo un gesto con la cabeza al capitán.

Los reos gritaron con fuerza, pero enseguida el monte quedó en silencio. Dejaron sus cuerpos allí tirados, terminando de desangrarse. Apostados a las afueras de la zona habitada, los hijos de la peste observaron cómo los jinetes se marchaban.

—¡Traedlo de vuelta! —insistió la mujer a voces.

Las fuentes ya estaban instaladas. Ibn al-Jatib se detuvo a contemplar cómo el agua borboteaba desde sus surtidores, para luego resbalar por una rampa marmórea hasta derramarse sobre el paño líquido de la alberca.

Paseó por el patio, contempló cómo los carpinteros instalaban las celosías que cubrirían las ventanas del pabellón sur.

Quedaba poco trabajo allí, pero pronto los artesanos cogerían el testigo de Muhammad V, que dirigiría sus esfuerzos hacia nuevos proyectos.

El visir arrancó una ramita de arrayán y se la llevó a la nariz.

Como si la brisa del atardecer se la trajera, pudo escuchar la voz de Yusuf I.

«Esta planta atrae las bendiciones de Alá, la sembraré en mi palacio».

Bendición, baraka, la gracia de Alá que establecía el destino de cada persona.

Tiró el tallo al suelo de mármol blanco y caminó hacia el interior del salón del trono.

La luz del ocaso hacía brillar las pinturas de las yeserías y del imponente artesonado.

Las estrellas de la bóveda refulgían en ocre, destacándose entre ellas el cupulín central que representaba el trono de Dios.

Ibn al-Jatib se sentó en el suelo y observó con detenimiento aquel espacio, sobrecogido por su belleza.

Se sentía cansado, sin fuerzas. Umm al-Hassan, el joven emir, Iqbal, Faray, Ibn Zamrak…

Cada nombre representaba un peso en su conciencia, una carga de la que no conseguía librarse.

Se echó hacia atrás hasta quedar tumbado.

«Mañana iré a la zawiya », se dijo. Desde su posición contempló el cielo de estrellas que había ayudado a diseñar para Yusuf.

«La geometría del universo», pronunció en un susurro, mientras seguía con la vista las líneas que conformaban cada astro.

—¿Debo llamar a un médico? —La voz de al-Assad se propagó por toda la sala mientras caminaba hacia su amigo—. Me han dicho que estabas aquí.

Ibn al-Jatib se incorporó, pero permaneció sentado.

—Necesitaba un poco de paz.

—Ya veo. —El visir de la Espada recorrió con la vista las yeserías—. Tenías razón. Forzando a los locos no vamos a conseguir nada.

—¿Otro interrogatorio?

El León de la Alpujarra asintió.

—Tendrías que ver lo que han montado en las cuevas. Viven como animales, rodeados de inmundicia. Cagan en cualquier sitio, mis hombres pillaron a un hombre fornicando con una mujer a la vista de otros. Son despojos. Los hijos de la peste, se llaman. Deberíamos hacer algo con ellos.

Lisan al-Din esbozó una sonrisa. Conocía a su amigo y sabía qué haría con aquellos infelices.

—Hay que indagar en el Albaicín, pero con otros métodos —sentenció el visir de la Pluma, y volvió a tumbarse—. Ven, échate aquí conmigo y mira el cielo de Yusuf.

La luz decaía. Al-Assad echó un vistazo a su alrededor y rio, divertido por su ocurrencia.

—Venga, nadie te ve. Hazme caso —insistió Ibn al-Jatib.

El general se tumbó a su lado, respiró profundamente y contempló el firmamento de madera. Estuvieron un rato en silencio, dejándose invadir por la quietud.

—¿Satisfecho? ¿Me puedo levantar ya? —preguntó, incómodo, el León.

Se sentía como un niño al que obligaban a hacer algo que no le gustaba.

Su amigo lo miró y rio—. Llama a dos de esos peones —al-Assad señaló hacia el patio—, que vengan a ayudarme.

Me he pasado el día cabalgando y tengo las piernas tiesas como tablones.

Ambos explotaron en sonoras carcajadas que resonaron en el salón del Trono. La magia del ambiente quedó disuelta en sus risas.

«Esto también me da paz», pensó Ibn al-Jatib mientras se ponía en pie sin parar de reír. Se despidió de su amigo y salió de la Alhambra con las primeras estrellas asomando sobre la sierra nevada.

En casa lo esperaba Iqbal, que se mostró distante cuando le sirvió la comida. El matrimonio cenó a solas.

—Hemos avanzado mucho en la investigación —comentó Ibn al-Jatib, que intuía los nubarrones de tormenta que sobrevolaban la cabeza de su esposa—. Queda poco para dar con él.

—Eso espero. Así tal vez nuestros hijos puedan recuperar a su padre.

Su voz sonó fría, pero sin intención de herir. Su comentario era solo un reproche revestido de desánimo. Eso precisamente fue lo que más le dolió a él.

—Sé que estoy ausente demasiado tiempo, pero vivís bien. No pasamos fatigas y tenemos una buena casa. Todo esto se lo debemos a mi cargo.

Iqbal asintió y se calló la respuesta que tenía atrancada en la garganta: que preferiría una casa más humilde con un esposo más presente, que le gustaría que pasara más tiempo con ella y con sus hijos, que había oído los rumores sobre la médica que visitaba la Secretaría, que se sentía marchitar por dentro como una flor sin riego, que la distancia que él había interpuesto entre ambos había favorecido que brotara otro amor…

Lisan al-Din posó una mano sobre la diestra de ella.

—Cuando acabe, cuando lo cacemos, me tomaré unos días de descanso. Iremos a Loja con los niños.

Iqbal sonrió, pero sus ojos seguían tristes.

—A los niños les encanta Loja —respondió.

Así eludieron la conversación que llevaban semanas evitando.

Terminaron de cenar e Ibn al-Jatib se retiró a su estudio.

Prendió dos lámparas de aceite y abrió sus textos.

Revisó su tratado sobre la peste. Luego leyó las últimas biografías que había incorporado a su Ihata .

Sin embargo, su mente estaba en otro sitio; en mil a la vez, en realidad.

Aquellas páginas le parecieron ajenas, como si otro las hubiera escrito.

Abandonó los libros y se sentó a meditar frente a la ventana que daba a la medina.

La luna creciente iluminaba los tejados y encendía la cal de los muros de la Alhambra.

Respiró profundamente para serenar la mente.

Con la segunda inspiración accionó el resorte de su amargura.

Lloró en la soledad de su estudio como hacía años que no lo hacía, desahogando ansiedades y penas que arrastraba en el alma desde hacía demasiado tiempo.

Finalmente, aliviado y agotado, se dejó vencer por el sueño.

El amanecer lo sorprendió tendido sobre los almohadones, profundamente dormido.