El elegido Capítulo 23 #4
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Capítulo 23 #4

«Caiga sobre mí tu baraka», oró en silencio.

Accedió al interior y se encontró con el Jardinero llorando a los pies de la cama de al-Rahimi.

El santón permanecía inerte, en paz, y a Faray le pareció que solo dormía.

Se acercó a la cama y contempló sus rasgos, su mandíbula desencajada, sus ojos cerrados, su piel oscurecida por la enfermedad.

Agarró los extremos de su sábana y la cerró sobre él a modo de sudario.

—No lo toques, Jilguero —le dijo el Jardinero con voz cansada. Ese era el mote que el propio al-Rahimi le había puesto a su favorito por su delgadez.

Faray dejó las telas y se arrodilló junto al viejo.

—Tranquilo, Hassan. Si Alá dispone mi marcha, la acataré. No podemos dejarlo aquí. Merece ser enterrado como un buen musulmán.

En ese instante, el viejo explotó en llanto y se abrazó a Faray.

—¿Qué va a ser de mí ahora? —Lloró con desesperación.

—Yo cuidaré de ti. Juntos espantaremos a los yinn que viven en tu cabeza. No conozco a mejor jardinero que tú. He visto lo que puedes hacer. Te colocaré en la Alhambra y cuidarás las plantas del mismo emir. Ya lo verás.

El hombre pareció serenarse y se apartó de él para dejarlo amortajar al santón. Cuando estuvo tapado por la sábana, Faray lo levantó en volandas y caminó con él hacia la salida. Hassan lo seguía a pocos pasos. Ya en la calle, Faray habló en voz alta para sus compañeros cofrades:

—Este hombre ha cuidado de nosotros durante muchos años. Ahora ha muerto y se merece una buena despedida. Seguidme los que queráis dársela.

Comenzó a caminar hacia la puerta de Fajalauza para salir de la ciudad.

Decenas de hombres y mujeres se arremolinaron en torno a él y lo siguieron.

Tenían miedo y guardaban las distancias entre sí, pero acompañaron en cortejo al muerto.

Tuvieron que detenerse en multitud de ocasiones para que los brazos de Faray descansaran.

Este no consintió que nadie lo relevara, y así, cargando penosamente con el cuerpo de al-Rahimi, llegó hasta el monte de las Cuevas, donde había decidido enterrarlo.

Los hombres cavaron un hoyo y Faray introdujo al santón en él. Rezaron, taparon la tumba y lloraron a su alrededor, como hijos desprovistos de su padre. Cuando en el paraje se hizo la calma, Hassan el Jardinero se puso en pie y se subió a una enorme roca para dirigirse a sus compañeros:

—¡El Jilguero es un hombre santo! ¡Es un elegido! ¡Él debe dirigirnos ahora!

Lo señaló y varias cabezas asintieron.

—¡El Jilguero! ¡El Elegido! —gritaron varias voces a coro.

Faray no respondió al envite. Se limitó a arrodillarse ante la tumba de su mentor y rezar por el descanso de su alma.

Regresó a casa antes de que se hiciera de noche y encontró a Rasha remojando pan de mijo para la cena.

—¿Ya está hecho? —preguntó la mujer.

—Hecho está —respondió Faray. En sus ojos había huellas de llanto.

—Lo siento, lo siento mucho. —Rasha lo abrazó.

—Ha sido un padre para mí. —Sollozó—. Ahora quieren que yo me ponga al frente de la cofradía.

—Y debes hacerlo. Lo mereces y es lo mejor para todos. —Le dio un pedazo de pan húmedo—. Sé que te ha tratado como un padre. —Mordió su porción de pan y meditó en silencio unos segundos—. Faray, ya eres mayor, todo un hombre, y mereces saber ciertas cosas.

—¿Sobre mi padre?

Su tía asintió, dispuesta al fin a romper su voto de silencio. Suspiró profundamente y comenzó su relato:

—Hay algo que no sabes. Antes de que nacieras, tu madre y yo vivíamos en la Alhambra. Éramos jóvenes y hermosas, y los hombres nos deseaban. —Faray la observaba atento—. Si no soportas la verdad en algún momento, puedo parar.

—Por favor, tía, continúa.

La mujer se ausentó para prender una lámpara de aceite y enseguida retomó el hilo de su narración:

—Las dos gozamos de fama y lujo, pero tu madre siempre estuvo por encima de mí. A mí me visitaban altos funcionarios, algún visir, cadíes, capitanes del ejército… Pero ella… Ella llegó a lo más alto. El emir Ismail se prendó de ella nada más verla en una fiesta…

Rasha desgranó la historia de Amina, cómo Ismail I, el flamante emir, se había enamorado de ella, los celos que su esposa había sentido, el embarazo, la ilusión en ella, el desprecio en él.

—En cuanto supo que estaba preñada, la despachó —declaró rotunda—. La echó de la Alhambra. Ya tenía un hijo varón y no quiso saber nada de esa criatura.

—De mí… —concretó Faray.

—Sí, de ti. Al principio se hizo cargo de nuestros gastos, pero, poco a poco, también se olvidó de eso. Te tuvimos que sacar adelante con nuestro propio trabajo…

Faray alzó la mano, no necesitaba detalles.

—Sé lo que mi madre y tú hicisteis para mantenerme.

—Al principio no nos fue demasiado mal, pero también en eso tuvimos mala suerte.

Tu madre estaba desesperada. También indignada.

«El hijo de un emir pasando hambre…», solía decirme cuando me pillaba sola.

Sobrevivimos como pudimos durante años. Pasó el tiempo, y un día nos llegó la noticia de que Ismail I había muerto.

—Mi padre.

Rasha asintió.

—Ya se había desentendido de nosotros mucho tiempo atrás.

Su muerte no supuso ningún cambio. Luego también murió Muhammad IV, tu medio hermano —se anticipó a la aclaración—.

Entonces tu madre pensó que tú estabas por delante de Yusuf, que habías nacido antes y que podías tener derecho al trono de Granada.

—Esbozó una triste sonrisa—. Ilusa, ¿verdad?

Pero no pude convencerla de que lo dejara estar.

El día que la viste marchar fue a la Alhambra, a reclamar tu derecho. Y ya no he sabido nada más de ella.

La mujer lloraba cuando terminó su relato.

Faray la abrazó y lloró con ella. Se sentía confuso, herido, furioso.

En el crisol de su alma se fundieron todas aquellas emociones, generando en él un odio visceral hacia todo lo que representaba la Alhambra.

«Habéis destruido a mi madre». Sin soltarse del abrazo contempló sus propias manos, donde se destacaban, abultadas, las venas.

«Llevo sangre nazarí. Podría haber sido emir, pero la baraka de Alá quiso que lo fuera Yusuf.

Así son las leyes del destino, implacables.

Pero, tal vez, si nos esforzamos, podamos influir en ellas con nuestros actos…

». Ese pensamiento pareció ser lo único que le dio consuelo después de conocer su historia, un pasado que se habían esmerado en ocultarle durante décadas.