Capítulo 23 #3
—Sí, visir. Como todas las historias de la Alhambra.
—Nadir se irguió y pareció recobrar su completa lucidez—.
No puedes venir y gritar que tu hijo es el heredero del emir.
Si lo haces, acabas mal. —Señaló a Ibn al-Jatib—.
Hicimos lo correcto, y tú lo sabes. La corte ya estaba lo bastante revuelta como para tener a otro aspirante al trono.
El mismo día que Muhammad IV murió, proclamamos emir a su hermano Yusuf.
—Calló y permaneció en silencio unos instantes.
Al fin abrió los ojos todo lo que pudo, contento por haber hallado un recuerdo—.
¡Faray! Así llamó Amina al niño. ¿Te das cuenta?
Como su abuelo paterno. Esa insensata le puso el nombre del padre de Ismail I.
—Negó con media sonrisa en la boca—. Descanse en paz.
Y su hermana, dices que ha venido, ¿no? Me gustaría verla. La Amapola del valle…
—Noble Nadir, la próxima vez que Rasha visite la Sabika, la traeré a tu casa. —Se puso en pie—. Ahora me debes disculpar, debo marcharme.
Ibn al-Jatib dio varios pasos y Muhammad bin Nadir se le unió antes de que se acercara a la salida.
—¿Ha ido bien? Disculpa a mi padre por sus desvaríos —se anticipó el hijo.
—Tranquilo, tu padre está mejor de lo que pensaba. Ha sido de gran ayuda. Le voy a enviar un obsequio, una cántara de vino dulce. Deja que tome un poco cada día hasta que se acabe. Le hará bien, le ayudará a descansar mejor.
—Así se hará, visir.
Lisan al-Din salió a la calle aturdido. «Faray, hijo de Ismail I, medio hermano de Yusuf I…». En su cabeza las palabras daban vueltas una y otra vez. Visualizó el mosaico recién compuesto. Ahora sabía quién era en realidad aquel hombre.
Una palabra se abrió paso en su mente. Se trataba de la motivación que había llevado a Faray a perpetrar el asesinato de Yusuf I y los atentados contra Muhammad V.
«Venganza», se dijo convencido.
—La paz sea contigo, amiga —saludó Mu’mina cuando vio aparecer a Iqbal en la sala de reposo.
—La paz sea contigo también.
La esposa de Ibn al-Jatib se sentó frente a ella en el colchón que había dispuesto sobre el altillo de alicatado.
Los encuentros entre ambas se hacían más frecuentes, la amistad se intensificaba.
En esa ocasión, Mu’mina había llamado a su amiga porque necesitaba hablar con ella sobre algo que rondaba su cabeza desde la última reunión.
—Iqbal, necesito tu consuelo. Me ha afectado mucho lo que hablamos el otro día, cuando vino la Amapola.
Siempre ha habido mujeres así en la Alhambra y los emires siempre han recurrido a ellas.
Sé que es lo normal, pero no quiero perder a mi esposo.
—La miró con los ojos al borde del llanto—.
Lo amo tanto… Me han casado con él porque es mi primo, pero yo ya lo había elegido hace años, y él a mí.
Es un buen hombre y me trata bien. ¿Y si se enamora de otra mujer?
—Muhammad no tiene concubinas, Mu’mina. Puedes estar tranquila.
Iqbal se inclinó ligeramente hacia delante para agarrar su brazo y transmitirle apoyo. La percibió preocupada; sin embargo, no le había hablado sobre el último intento de asesinato. «La vida sigue», pensó. «Mejor así».
—Ahora no las tiene, pero sé lo que pasará. Le pasó a mi suegra, y a otras muchas mujeres. Él se encaprichará, tendrá varias concubinas. Tú sabes bien de lo que hablo…
Iqbal soltó su brazo lentamente y Mu’mina se percató al instante del cambio en su actitud. Sus mejillas se arrebolaron y agachó la cabeza.
—Lo siento, no quería… Son rumores —comenzó a disculparse por haberla incluido en la lista de mujeres agraviadas por sus esposos.
—Tranquila. Sí, sé de lo que hablas. Los rumores hablan de la médica, ¿no?
—Mu’mina no contestó, paralizada—. Ya los oí durante los tiempos de la peste y ahora vuelven a sonar.
Tampoco creo que sea la primera, ni será la última.
A las mujeres nos toca soportar los escarceos de nuestros esposos y aguantarnos para no romper nuestras familias.
Así es nuestro mundo. Pero si una mujer hiciera lo mismo, moriría lapidada.
No es justo, pero las normas las dictan ellos.
—Se calló durante un buen rato, luchando consigo misma por contenerse y sobreponerse.
Su amiga la necesitaba y debía estar a la altura de sus necesidades.
Sonrió, sin poder evitar mostrar la amargura que anidaba en su mirada—.
Es probable que te pase a ti también, Mu’mina.
Estás en lo cierto —dijo al fin—. Pero sabrás manejar la situación, estoy segura.
Ibn al-Jatib siempre me dice que a tu esposo se le nota lo mucho que te ama.
Eso no lo perderás nunca. Muhammad podrá desahogar su cuerpo con otras, pero nunca dejará de amarte.
La propia Iqbal creía que ese no era un consuelo válido, que el amor no aliviaba la huella que dejaba la infidelidad.
Sin embargo, Mu’mina necesitaba escucharle hablar en aquellos términos.
«Ellos siempre ganan. Hacen lo que quieren con quien quieren, y nosotras tenemos que conformarnos con que nos amen, aunque sea de forma intermitente».
La joven esposa del emir agarró con fuerza las manos de su amiga y le dio las gracias por sus palabras. Se disculpó una vez más por su metedura de pata, pero Iqbal le quitó importancia al asunto.
Pasaron más de una hora charlando abiertamente sobre otras cuestiones y consiguieron relajarse.
Sin embargo, Iqbal tenía en las entrañas un volcán de lava ardiente que amenazaba con explotar.
«Amas a esa mujer», se dijo con despecho, «y la sigues viendo».
Luego recordó a al-Baaz, su mirada suplicante, su confesión de amor revestida de un entrañable tono infantil.
Se dijo que su esposo tomaba libremente lo que ella se negaba. «No es justo», pensó.
Terminó el encuentro e Iqbal se quedó rezagada en el vestíbulo.
Mu’mina se despidió y se marchó, dejando sola a su amiga.
La moza del baño aguardó a que terminara de cambiarse.
Al fin, Iqbal salió al callejón de acceso, donde se encontraba el guardia que custodiaba el establecimiento.
En la distancia reconoció a al-Baaz, quien comenzó a caminar hacia la salida para dejarle el paso libre.
—Espera —lo llamó la mujer, y él se detuvo.
Con el corazón tamborileando en su pecho, se encaminó hacia él.
—No volveré a molestarte —dijo al-Baaz con gesto sombrío, recordando el resultado de su última conversación.
Iqbal agarró sus hombros y lo empujó contra el muro.
—Cállate —le pidió con furia, y su orden pareció dirigida a sí misma—. Cállate —repitió, ahora con aire lastimero, y volvió a empujar sus hombros.
Luchaba contra una fuerza invisible que comenzaba a dominarla y que se debatía entre el deseo y la moral, pero los diques que la contenían se resquebrajaron para dejarla libre.
Se puso de puntillas y acercó sus labios a los de él.
Lo besó, y el contacto de sus bocas pareció saldar una deuda de varios siglos, como si sus vidas hubieran cobrado sentido en aquel sencillo gesto de amor.
Cuando Iqbal se apartó, al-Baaz lloraba.
—Te amo —le dijo él, incapaz ya de callar.
Ella lloró también y lo besó una vez más.
—Yo también te amo, estúpido —reconoció, entregada ya a sus sentimientos—. ¿Por qué crees que te pedí que te alejaras? —Suspiró—. Pero qué más da que me ames, o que yo te ame. Estamos condenados a esto, a besarnos en las sombras.
Él miró a ambos lados del callejón. Se aseguró de que no hubiera nadie y la cogió de la mano para llevarla a la puerta del baño. Iqbal lo retuvo tirando de su brazo y negando con la cabeza.
—No puedo —le dijo con lágrimas renovadas—. No puedo darte más. Entiéndelo.
Él tomó la iniciativa y la besó una última vez. Sus labios le supieron a miel y canela. Tenía las mejillas empapadas de lágrimas, e Iqbal se las limpió con los dedos.
—Siempre has sido así —le dijo—. Pareces capaz de comerte el mundo, pero, en el fondo, eres un hombre sensible. —El Halcón apretó la boca y frunció ligeramente el ceño—. Eso precisamente es lo que siempre me ha gustado de ti.
Al-Baaz sonrió e Iqbal reconoció en sus ojos brillantes al niño bravucón, el pequeño travieso que se ponía al frente de los otros niños del barrio, el mismo que sabía tocarle el corazón cuando se acercaba a ella para regalarle una fruta madura.
—Debo irme —dijo Iqbal.
—Ahora no podré vivir sin ti —le confesó al-Baaz mientras se llevaba los dedos a los labios, como si quisiera retener sus besos.
—Tendrás que aprender.
La mujer se marchó sintiendo que su corazón se desgarraba en jirones con la distancia. «Vuelve pronto», le suplicó él antes de perderla de vista. Ella sintió cómo la culpa crecía en su interior. «No debería haberlo hecho», se dijo. «No debería haber sembrado una semilla que sé que no puedo regar».
Faray llegó a la calle envuelto en un manto, con la boca y la nariz tapadas por un pañuelo de lino. Apostados a las puertas de las casas, aguardaban varios cofrades. Permanecían separados los unos de los otros, protegidos también por pañuelos.
—¿Está solo? —preguntó el recién llegado.
—Hassan el Jardinero está con él. No se aparta de su lado —contestó uno de los cofrades.
El viejo jardinero se había contagiado de peste hacía más de diez días, pero había logrado recuperarse. Algunos lo llamaban «el Bendecido», aunque en los últimos meses era habitual encontrar a otros como él, como si la enfermedad hubiera perdido parte de su virulencia.
Faray echó a andar hacia la puerta de la vivienda.
—Espera, no entres. Te puedes infectar —le advirtió un joven.
—Será lo que Alá disponga —respondió. «Y la suerte», añadió para sí.