Capítulo 23 #2
Continuó su paseo y tomó la calle Alta del Emir.
Dejó atrás la mezquita aljama y se desvió hacia el sur para acceder al palacio del banu Sarray.
Un siervo de la casa lo recibió en la entrada y lo dejó acceder al patio.
El conjunto era armonioso. Las naves principales estaban en los lados menores del patio.
En el centro, una gran alberca de aguas verdosas refrescaba el espacio.
El palacio estaba adosado a la muralla de la Alhambra, de manera que una de las torres estaba integrada en él.
Una alta palmera sobresalía por encima de los tejados y había setos de arrayán en los extremos del patio.
—Ministro, bienvenido a nuestra casa —lo saludó Muhammad bin Nadir, el cabecilla del banu .
—La paz sea contigo, amigo. Vengo a ver a tu padre. Hay un asunto importante que debo tratar con él.
Muhammad entornó los ojos y pensó en cómo abordar la cuestión.
—Lisan al-Din, no sé si sabes que mi padre hace ya años que no es el que era. La niebla ha colmado la claridad de su cabeza… —explicó de un modo poético para ponerlo en antecedentes.
—Siento oír eso; lo desconocía. Pero, aun así, necesito hablar con él. Puedes estar presente, si lo deseas.
—Por supuesto, ahora mismo lo traerán. Acomódate y déjame ofrecerte vino.
Señaló varias banquetas que había en una de las galerías porticadas.
Ibn al-Jatib aceptó el ofrecimiento y se sentó a la sombra.
Enseguida, Muhammad bin Nadir dio instrucciones a los siervos domésticos.
Una joven sirvió vino al visir y dos mozos transportaron al viejo Nadir sentado en una jamuga.
Lo colocaron frente a Ibn al-Jatib, a cuyo lado se había sentado Muhammad.
El anciano llevaba la cabeza descubierta.
Su pelo se había plateado y escaseaba en la coronilla. Tendría en torno a ochenta años.
—Padre, el visir de la Pluma ha venido a verte —anunció el hijo en voz alta.
—Ya lo veo, ¿te crees que estoy ciego? —soltó el viejo, y rio por su propio descaro—. ¿Has visto, Ibn al-Jatib? Me llevan de un lado a otro como si fuera un emir.
El visir rio, pero el hijo comenzó a sudar, incómodo por las bromas de su padre.
—Mereces el trato de un emir, noble Nadir —lo aduló Lisan al-Din. Estaba contento, el hombre lo había reconocido a pesar de que hacía años que no lo veía. Tal vez fuera cierto que los ancianos recordaban mejor el pasado remoto que el reciente.
—¿Ves en lo que he quedado? —Nadir abrió los brazos—. Así es la vida. Aprovecha, zagal, que tú eres de los míos.
Muhammad veía que su padre comenzaba a parlotear y decidió intervenir:
—Padre, el visir quiere hacerte alguna pregunta.
—Pues que pregunte, ¿a mí qué me dices?
—Noble Nadir. —Ibn al-Jatib lo miró fijamente para que centrara su atención en él—. Hace poco ha venido una mujer a la Alhambra que dice que te conoce de los tiempos en que eras cadí. Todos la llaman Amapola del valle.
—La Amapola… ¡Claro que sé quién es!
—No conozco su verdadero nombre y no sé si puedes ayudarme —lo puso a prueba.
—Rasha —pronunció recreándose en cada sonido—. Una mujer como pocas. Fabulosa. La conocí muy bien, tanto por fuera como por dentro, por delante y por detrás. —Explotó en una sonora carcajada.
—¡Padre! —saltó Muhammad, poniéndose en pie.
—Si algo tenemos de bueno los viejos es que podemos decir lo que queramos. Si te molesta, grande es el patio.
El hijo se disculpó con el invitado y se retiró discretamente a un lugar apartado. No soportaba escuchar a su padre hablando de aquella manera.
—Tú me entiendes, Ibn al-Jatib —le dijo Nadir—. Este hijo mío ha salido a su madre, estirado como si le hubieran metido un palo por el culo.
Nuevas risas, a las que Ibn al-Jatib se unió, sinceramente divertido. No recordaba así al cadí. Los años le habían soltado la lengua.
—Háblame de Rasha, Nadir.
—¿Está en la Alhambra? ¿Podría verla?
—Ya se ha marchado, sidi . Vive lejos.
—Una pena. Me habría gustado echarle un vistazo.
Seguro que se conserva bien. —Ibn al-Jatib asintió y sonrió con picardía—.
Lo sabía. Tenías que haberla visto en aquellos años…
—Bajó la voz y miró de reojo a su hijo, que permanecía a unos metros de distancia—.
La caté unas cuantas veces. —Miró el vino que le habían servido al invitado—.
Si quieres que siga hablándote de ella, dame ese vino.
Ibn al-Jatib miró a su alrededor. El cabeza del banu había entrado en uno de los pabellones. En el patio solo había siervos. Tomó la copa y se la acercó al viejo, que la cogió con manos temblorosas.
—Alá te bendiga, visir. —Echó un largo trago, como si temiera que se la pudieran quitar de un momento a otro—. Mi hijo no sabe ni comprar buen vino, pero mejor esto que nada… —Se relamió.
—Rasha, sidi —le recordó Ibn al-Jatib—. Cuéntame lo que sepas de ella.
—Era una de las cortesanas que había en la Alhambra por aquellos años. Muy disputada, costaba conseguirla. Era casi la mejor. —Su mirada se perdió en la pared de la galería—. La mejor era su hermana, pero esa no podíamos catarla.
—¿Cómo se llamaba la hermana? —Lisan al-Din seguía poniendo a prueba al anciano.
—Amina —respondió de inmediato con los ojos brillantes, como si estuviera contemplando el sol coronando las sierras.
—¿Por qué no podías estar con ella? —preguntó el visir, que comenzaba a atar cabos en su cabeza.
—¡Me habría costado la cabeza! Se la quedó mawlana para él solo. Fue su favorita un tiempo. Qué mujer… Nada más estar a su lado te ponías nervioso.
—¿ Mawlana Ismail? —preguntó Ibn al-Jatib. Nadir asintió, confirmando que se trataba de Ismail I, el padre de Yusuf I y abuelo de Muhammad V—. Has dicho que fue su favorita durante un tiempo, ¿qué pasó luego? —El corazón del visir de la Pluma latía desbocado, anticipándose al relato.
—¡Uy! Esa historia se merece algo más que una copa de vino, visir. —Rio y negó con la cabeza.
Ibn al-Jatib se llevó una mano al corazón y alzó la otra.
—Te juro que, si me la cuentas, mañana mismo te haré llegar dos jarras del mejor vino malagueño y hablaré con tu hijo para que te deje bebértelo. En varias veces, eso sí —añadió con una sonrisa.
Nadir soltó una carcajada y los cuatro dientes que le quedaban se destacaron en sus encías vacías.
—En varias veces, dice… Visir, media copa a estas alturas ya me emborracha. —Rio de nuevo—. Está bien, está bien… —Se recompuso—. Tenemos un trato. —Bajó la voz antes de proseguir—. Que esto no salga de aquí, que mawlana Ismail es capaz de cortarme la cabeza.
—Te aseguro que Ismail no se enterará —repuso Ibn al-Jatib, obviando el dato de que el antiguo emir llevaba casi tres décadas muerto.
—La echaron de la Alhambra cuando se quedó embarazada. Ismail no quería saber nada de esa barriga. —Nadir soltó una risita—. Ya tenía un hijo de su esposa y poco después tuvo otro.
«Los emires Muhammad IV y Yusuf I», se dijo Ibn al-Jatib.
—¿Se fue sin más?
—Armó algo de revuelo, pero poca cosa. La olvidamos pronto. Poco después, Rasha se fue con ella. Una pena. —Apuró el vino de la copa y la depositó en la mesa.
—¿Y luego? ¿Ahí termina la historia?
Nadir negó lentamente.
—Volvimos a saber de ella cuando murió Muhammad IV —dijo con un rastro de amargura en la voz.
Ibn al-Jatib se percató de que, si recordaba al joven emir Muhammad IV, también recordaría la muerte de su padre, Ismail I, al que poco antes había dado por vivo.
Su hijo tenía razón, la cabeza del viejo cadí no andaba del todo bien—.
Amina tuvo un hijo, varón, y lo estaba pasando mal para sacarlo adelante.
Dicen que vendía su cuerpo en las alhóndigas del Albaicín, pero a saber…
El caso es que cuando Muhammad IV murió tan joven, ella se plantó aquí para reclamar el derecho de su hijo a sucederle.
—Volvió a negar con la cabeza—. Loca, estaba loca.
—«O desesperada», pensó Ibn al-Jatib. El viejo se echó hacia delante y miró fijamente al visir—.
Ya sabes, el hijo de Amina nació entre Muhammad IV y Yusuf I.
¿Entiendes? Esa mujer creía que, después de Muhammad, su hijo podría gobernar Granada.
—Nadir alzó la voz, simulando la entonación de una mujer—.
«¡Es hijo de Ismail I!». Todavía la recuerdo gritando, indignada. Pobre infeliz…
Lisan al-Din se tomó unos segundos para asimilar la información. Las diferentes teselas de aquel enorme mosaico comenzaban a encajar en su mente, conformando una historia de poder, odio y celos más grande de lo que había podido imaginar.
—¿Qué pasó con ella? —preguntó con cautela. Recordaba el relato del maestro del Albaicín, que le había contado que Faray había perdido a su madre siendo muy joven.
—¿Qué crees que podía pasar? Esa loca estuvo gritando a las puertas del palacio hasta que la arrestaron.
Se la llevaron a los pozos y la tuvieron allí dos noches.
No entró en razón. Tampoco te creas que a los miembros del Consejo les tembló la mano al decretar su muerte.
La esposa de Ismail I tuvo mucha culpa. Presionó para que la ajusticiaran, decía que el hijo podía ser de cualquier padre.
La odiaba, pero, claro, es normal. Amina la había echado de la cama de Ismail.
El viejo rio, pero Ibn al-Jatib no lo acompañó.
—Es una historia triste, y dura.