Capítulo 23
Nada más penetrar en el madjlis del palacio, Ibn Zamrak saludó con respeto al emir. Este lo invitó a sentarse a su lado. Muhammad había solicitado su presencia, excusándolo del trabajo en la Secretaría. Sobre una mesa de bronce había una bandeja con pasteles y limonada.
—Bienvenido a mi casa, poeta. Me apetecía verte. Nunca como ahora he necesitado tanto la poesía.
—Estoy a tu servicio, mawlana .
—No te pido que trabajes para mí. Quiero que juntos compongamos. Y, de paso, charlar con un amigo.
Ibn Zamrak observó sus facciones. En ellas había signos de cansancio y sus ojos, enrojecidos, destilaban una tristeza cuyas raíces intuía profundas. Comprendió enseguida que el emir necesitaba alguien de confianza con quien desahogarse. Trató de obligarse a abandonar el tono formal antes de hablar.
—Nada mejor que la poesía para sanar el alma, y la mía también necesita una cura.
Con habilidad, el secretario orientó esa necesidad hacia sí mismo.
Sin embargo, no había rastro de mentira en lo que había dicho.
El recuerdo de Ahmed latía con fuerza bajo su pecho, le robaba el sueño, le recordaba lo efímero que el amor podía ser en aquel mundo de apariencias.
Una leve sonrisa apareció en la boca de Muhammad.
—¿Estás trabajando en algún poema? —Ibn Zamrak asintió. En esta ocasión sí mintió, pero se sabía capaz de improvisar si el emir lo ponía a prueba—. Recítame lo que tengas.
El poeta se aclaró la voz y comenzó a declamar:
Llega la noche, pero no hay estrellas.
Amanece, pero para mí no sale el sol.
La razón de mi amor se apaga,
se aleja irremediablemente de mí.
La ausencia nos castiga,
nos fustiga con su látigo
mojado en oscura ponzoña.
Y yo, yo me siento morir…
Cuando terminó tenía los ojos brillantes. Cada palabra había brotado de su alma, de aquel rincón secreto en el que guardaba los sentimientos que a nadie podía mostrar. El joven Muhammad lo miró con compasión.
—No pareces muy feliz con tu esposa.
Ibn Zamrak se recompuso de inmediato y borró de su expresión cualquier rastro de dolor.
—Lo soy, mawlana . Mi esposa es una bendición y te estoy agradecido por ponerla en mi camino. Pero hay amores viejos, imposibles, que dejan huellas tan profundas que es difícil olvidarlos.
Muhammad estuvo varios minutos observándolo, como si evaluara sus palabras.
—Por eso me caes bien, poeta. No te escondes. Todos los buitres que rodean mi casa me halagan por obligación, vienen solícitos, y yo los detesto nada más oler el almíbar de sus palabras.
Ibn Zamrak sonrió, como si hubiera recordado algo, y el emir enarcó una ceja, inquisitivo.
—No es nada, sidi . Es solo que en tu manera de hablar se nota que eres poeta.
Ese dardo impactó de lleno en su corazón. El muchacho se irguió y sus ojos brillaron, y entonces Ibn Zamrak supo que lo acababa de conquistar definitivamente. Muhammad tomó los papeles que descansaban en su regazo y se los pasó.
—Aquí tienes algunas de mis composiciones.
Ibn Zamrak leyó con atención.
—Son muy buenas —afirmó sin apartar la vista de ellas.
—Tu maestro me enseñó los rudimentos de la poesía y ha pulido algunos de estos poemas.
Ibn Zamrak sintió un súbito aguijonazo en el pecho. La referencia a Ibn al-Jatib le resultó amarga. Había podido distinguir su retórica y su tono ampuloso en algunos de los versos.
—Lisan al-Din es un hombre sabio y un gran poeta —dijo, obligándose a parecer sincero.
Sin embargo, en su fuero más interno, la gratitud que sentía hacia él había comenzado a teñirse de sombras.
Umm al-Hassan se presentó en la Alhambra cerca del mediodía.
El mozo le había dado el recado a media mañana.
Atravesó la puerta de las Armas y percibió cómo los guardias cuchicheaban entre sí.
Miradas jocosas, sonrisas lobunas, gestos que la pusieron en alerta.
Llegó al patio de la Secretaría y solicitó a un guardia que avisara a Ibn al-Jatib de su presencia.
El visir salió de su despacho y la invitó a entrar, pero ella negó con la cabeza.
El hombre cedió y se reunió con ella en el centro del patio, cerca del minúsculo oratorio que daba servicio a los secretarios.
—Hablan de nosotros —comenzó la galena—. Es mejor que mantengamos la distancia. —El visir asintió—. ¿Para qué me has llamado?
—Han encontrado veneno en la daga de la mujer. Un concentrado de cicuta. Necesito que indagues en las boticas del Albaicín. Para una venta como esa están obligadas a llevar un registro.
—Lo haré. Tal vez ahora consigamos una buena pista que seguir.
Las ventas de ese y otros venenos similares debían recogerse por escrito con el nombre del comprador, y el boticario debía acreditar su identidad si no era cliente habitual.
De dicho registro estaban excluidas sustancias de uso común como el Calmante de flor, a pesar de que en dosis altas fueran consideradas venenos.
Se miraron a los ojos y ambos leyeron las ansiedades que los colmaban. Dos secretarios salieron al patio y se sentaron al sol. Los guardias permanecían atentos a cada movimiento.
—Me importa poco que hablen —dijo Ibn al-Jatib—. Ven a mi despacho. —Ella negó lentamente—. Te deseo. Te necesito.
—Maldito estúpido —respondió Umm al-Hassan con media sonrisa en la boca—. Te lo advertí. ¿A qué venía volver a los viejos caminos ya hollados? Sabíamos adónde conducían.
—Conducían a ti. Por eso mismo los tomé.
—No, Lisan al-Din, no. Los viejos caminos no tienen buen destino, solo conducen a un acantilado. Por eso es una locura volver sobre ellos.
El hombre alzó la cabeza y la encaró.
—Aunque cayera despeñado, habría merecido la pena por tenerte otra vez en mis brazos.
Ella clavó sus ojos en los de él con la actitud juguetona de una niña, pero lo que encontró en aquella mirada la dejó desarmada.
Los ojos de Ibn al-Jatib hablaban de una muerte lenta que se abría camino en sus entrañas, de un anhelo inextinguible que lo consumía, de una esperanza imposible que, desde el fondo de su alma, emitía un tenue brillo.
No la pudo soportar y desvió la vista hacia el edificio de la Secretaría.
—Debo irme. Pasaré por las boticas y pronto podré decirte algo. La paz sea contigo, Ibn al-Jatib.
Antes de retirarse, alargó la mano y acarició brevemente el brazo de él. Se marchó sin que el visir pudiera contemplar las lágrimas que ya buscaban su barbilla para caer desde ella sobre su pecho.
A última hora de la tarde, Umm al-Hassan llegó a la tercera botica del barrio, cercana a la mezquita aljama del Albaicín. En las dos primeras no había tenido suerte. El boticario había montado su despacho en el zaguán de su casa. En ese momento no había nadie, y llamó a viva voz.
—¿Eres tú, médica? —se oyó desde el patio—. ¡Entra, ven! Tardo un segundo.
La mujer accedió al patio y vio cómo el hombre alimentaba con lechuga a dos pájaros enjaulados que brincaban entre los alambres de su prisión. Lo saludó.
—Estos sinvergüenzas comen más que yo —comentó el boticario mientras colocaba la última hoja entre dos alambres—. Tú dirás, ¿qué necesitas?
—Hoy no vengo a comprar, vengo a hacerte una pregunta. Necesito saber si alguien te ha comprado jugo de cicuta en los últimos días.
El hombre caminó renqueando hacia el zaguán. Había torcido el gesto.
—¿Por qué necesitas saberlo? El registro no es para cualquiera. —La amabilidad inicial se tornó suspicacia.
—Es un asunto importante. Me mandan desde la Alhambra. Si desconfías, puedo hacer que vengan unos guardias a consultar tu registro —replicó sin amilanarse.
—No será necesario, mujer. Ya sé que tienes trato con los de la Sabika. —Umm al-Hassan no pudo descifrar si había ironía o inquina en el tono de sus palabras—. No necesito mirar el registro para saberlo. Sí que ha habido una venta, hace un par de días, creo.
Llegaron al zaguán y el boticario se puso a ordenar sus botes.
—¿Quién? —preguntó ella a su espalda.
—Abd al-Bari. El mozo de la cofradía. Es el que se encarga de estas compras. —Miró brevemente a la mujer—. Lo tengo anotado, si necesitas verlo —añadió con sequedad—. Cumplo con mi deber. Me dijo que era para una vaca muy enferma que estaba sufriendo.
Umm al-Hassan necesitó unos segundos para reorganizar sus pensamientos. El corazón le latía con fuerza. Al fin tenían algo concreto.
—¿La cofradía te compra Calmante de flor?
—Pues claro, mujer. Como todos los santones del barrio.
—¿Dónde está la cofradía? —preguntó con ansiedad.
—En eso sí que no te puedo ayudar, médica.
La cofradía no tiene rábida ni casa. Se juntan en cualquier sitio y allí hacen sus rezos.
Yo los he visto alguna vez pasar por aquí.
Les gusta mucho ir al monte de las Cuevas.
—Señaló hacia oriente—. Por aquí los quieren mucho, cuidan de los enfermos y los pobres.
—Miró fijamente a la mujer con el ceño fruncido—. ¿Ha pasado algo?
—Nada que debas saber. ¿Quién los dirige?
—Lo llaman el Jilguero, por lo menudo que es. Pero no sé más de él. Algunos dicen que vive como un eremita fuera de la ciudad. —Se encogió de hombros—. A saber…
Umm al-Hassan, profundamente impactada por aquella información, se dio la vuelta y salió del zaguán convertido en botica.
—¡Gracias! —gritó desde fuera, cuando se percató de que no se había despedido.
Ibn al-Jatib salió de la Secretaría a media tarde y se encaminó hacia la medina de la Alhambra.
Por el camino se topó con la comitiva de Ismail al-Hassas, el medio hermano de Muhammad V, que regresaba de su misión en Guadix.
Su cuñado, el Bermejo, iba a su lado. Se saludaron con cortesía, pero en sus miradas mutuas había recelo.
«No tardarán en dar problemas», se dijo el visir de la Pluma.